Capítulo 3 #10
Charlotte se tragó el pan de cebada seco con ayuda del té.
Había perdido el apetito. Su estancia allí habría podido ser de lo más apacible de no ser por las quejas constantes de Peter.
¡Pobre Klara! ¡Cuánta paciencia debía de necesitar una esposa para soportar a alguien así!
Le entraron muchas ganas de contradecir a Peter, de desafiarlo y rebatir lo que decía, pero luego entró en razón.
No quería que nada empañara su cariñosa relación con Klara, solo por ella haría de tripas corazón y evitaría cualquier disputa con Peter.
De todos modos, tampoco podía tomarlo en serio.
—¿Sabes qué hacen con la caña de azúcar que cultivan en esa colina de ahí? —preguntó burlón apartándose de los libros.
—Creo que elaboran una especie de aguardiente.
—¡Así es! —exclamó completamente indignado—. Ah, el diablo está por todas partes, nos acecha rugiendo como un león, ¡y no enfrentarse a él es ser un mal pastor! ¿Cómo puede un misionero tolerar algo así, y dar además ejemplo de embriaguez?
Charlotte no contestó. En el patio, un grupo de monitos grises había saltado de las ramas a la velocidad del rayo y se había abalanzado sobre una cesta de huevos que una niña había colocado en la repisa de una ventana.
Hubo gritos, las aves cacarearon y se desbandaron, y los negros acudieron a toda prisa a lanzar piedras a los ladrones, pero fue en vano.
—¿Acaso no sirvió alcohol anoche y bebió un poco él mismo? —prosiguió Peter Siegel en voz más baja, porque acababa de llegar el muchacho a recoger la mesa.
—Solo fue un vasito de coñac para recibirnos, ¿qué más da? Fue un verdadero alivio después de todo lo sucedido, no creo que hiciera daño a nadie.
—Si se le ofrece el dedo meñique al diablo, siempre toma la mano entera, ¡y también el alma! Es una verdadera lástima, un buen misionero podría convertir este lugar en un auténtico jardín del Edén, el reino de Dios en la tierra…
—Si me disculpas, voy a ir a echar un vistazo a Elisabeth. Parece que quiere pasarse el día entero durmiendo.
—Despiértala, ¡tenemos que ponernos en marcha enseguida! Ya son más de las ocho.
Las negociaciones de George habían dado sus frutos.
Había conseguido que la mula enferma se quedara en la misión y, a cambio, su dueño recibiría un burro.
No parecía del todo contento con el cambio, examinó el animal una y otra vez desde distintos ángulos, le miró la boca, las orejas, le inspeccionó los cascos, pero al final pareció comprender que un burro sano era mejor que una mula herida.
George sonrió satisfecho hacia la ventana y le hizo señas al marido de Klara.
—Si habéis terminado de desayunar, podemos irnos. El misionero Gleiss ha tenido la amabilidad de proporcionarnos tres mulas y un porteador.
—¡Le estamos inmensamente agradecidos! —gritó Peter. Charlotte ya había abierto la puerta hacia la estancia contigua, pero lo oyó gruñir que habría preferido tres porteadores y una mula.
Media hora después, la caravana ya estaba lista para partir de nuevo.
La única que no tenía ningunas ganas de proseguir el viaje era Elisabeth.
Charlotte había tenido que despertarla a la fuerza, el desayuno tampoco había sido del gusto de la niña y, para colmo, su madre se había negado en redondo a sacar a la Señorita Mine de la maleta.
La muñeca podía caerse si Elisabeth la llevaba en brazos, y por eso no se la darían hasta llegar a Hohenfriedeberg esa tarde.
El misionero Gleiss estrechó la mano de Charlotte y de George y acarició la mejilla de Elisabeth, mojada por las lágrimas que derramaba la niña. Algo apocado, les rogó que disculparan a su esposa. Por desgracia estaba muy afligida, ya que hacía solo unas pocas semanas que habían perdido una hija.
—Nuestra pequeña Bertha no tenía ni dos años cuando Dios la llamó a su lado.
Debemos aceptar la voluntad del Señor con humildad, pero a mi esposa le está resultando especialmente duro.
Ya es el tercer hijo que perdemos, y por eso le duele ver a los niños de los demás.
Les ruego que no se lo tomen como algo personal…
—Por supuesto que no —respondió Charlotte emocionada—. Hágale saber que la entiendo muy bien. Yo también he sufrido la misma desgracia recientemente.
Se habían formado nubes oscuras sobre ellos y se apresuraron a llegar al menos a la selva, donde estarían más protegidos del inminente aguacero.
Acompañados de los porteadores y las mulas, seguían un sinuoso sendero indígena en dirección al noroeste, y al cabo de una hora larga llegaron a una meseta.
Para alegría de todos, encontraron una carretera.
—Conduce al dominio de Kwai —explicó Peter Siegel.
La estación de pruebas biológicas y agrícolas construida en 1886, en la que, entre otros científicos, también trabajaba el médico y microbiólogo alemán Robert Koch investigando varias enfermedades tropicales, enseguida se había declarado patrimonio estatal y había adquirido una gran importancia para la colonia.
A pesar de ello, la carretera era más bien una senda con dos profundos surcos de ruedas por los que ahora corría el agua de lluvia.
Evitaron las embarradas roderas y avanzaron por el centro, intentando pisar en las manchas de hierba para hundirse lo menos posible en el lodo.
De todos modos, al cabo de un cuarto de hora, tanto los humanos como los animales tenían las piernas embadurnadas de barro rojizo, y uno de los porteadores incluso se había hundido hasta la rodilla.
Elisabeth ya se había calmado, se había olvidado de la Señorita Mine, y ahora se reía de las salpicaduras de barro en los pantalones de George.
A pesar de los contratiempos, Charlotte observaba el paisaje con curiosidad.
En esa zona el bosque se había talado a gran escala, se extendían ante ellos extensos campos en los que se cultivaban hasta patatas y avena.
En los pastos vio grandes rebaños de vacas marrones y manchadas, que por lo visto allí abundaban, y refugios de madera que protegían a los pastores y a los trabajadores de las lluvias tropicales.
—Algunas compañías poseen diez o más plantaciones —oyó decir a Peter Siegel—. Levantan aserraderos, construyen ramales selva a través, y roturan parcela tras parcela. Usan a los negros como mano de obra barata, pero su alma les da igual.
—¿Y no hay plantaciones más pequeñas?
—Sí, claro, pero muchos llegan aquí buscando fortuna y se rinden al no lograr la riqueza esperada en los primeros años. Los propios alemanes les enseñamos a los nativos que es el dinero lo que mueve el mundo, ¿cómo van a hallar así la verdadera fe cristiana?
Esta vez Peter Siegel no estaba del todo equivocado, pensó Charlotte.
Examinó las plantaciones con ojo experto y constató que los cafetos eran bastante enclenques.
No era de extrañar, porque apenas había sombra en los campos, solo alguna que otra acacia o platanera aislada.
Además, seguramente los suelos ya estaban agotados.
—¿Y bien, cariño? —oyó decir a George de buen humor—. ¿Ya estás pensando en cómo mejorar estas plantaciones? Te lo veo en los ojos.
—Pues me gustaría —reconoció—. Pero sé que un tal doctor Johanssen no puede medrar en plantaciones como estas.
—Bueno, el paisaje es campestre y precioso —bromeó él—. Hay vacas a montones y, si no fuera por las montañas, parecería que estamos en Frisia oriental.
—Solo que con la leche de estas vacas no se puede hacer mantequilla.
—Pero sí se puede cultivar tabaco. O al menos los nativos lo hacen.
—Sí, tabaco y caña de azúcar.
—Aguardiente y humo —confirmó él con una sonrisilla—. ¡Puede que acabe cogiéndole el gusto a la vida en el campo!
Charlotte rio y al mismo tiempo se alegró de que Peter Siegel fuera en cabeza y no estuviera oyendo su conversación.
Avanzaron un buen rato por el camino bordeado de hileras de altos árboles, hasta llegar al portón de entrada de una plantación. A Charlotte le habría gustado entrar a conocer a los dueños y echar un vistazo, pero Peter Siegel negó con la cabeza.
—¿Cómo se te ocurre? Nos agasajarán y entonces tendremos que pasar la velada con ellos y escuchar sus historias. Perderíamos un día entero.
¿A qué venía tanta prisa? Estaban en África, había tiempo de sobra.
Pero el misionero parecía obsesionado por llegar ese mismo día a Hohenfriedeberg.
Así que solo hubo tiempo para una breve pausa durante la cual dieron de beber a las mulas y tomaron un pequeño tentempié, y luego la caravana prosiguió su camino.
La travesía los hizo sudar de lo lindo, el camino a veces dibujaba curvas muy cerradas para ascender la roca, continuaba perpendicular a la ladera y luego descendía de nuevo hacia el valle.
Los helechos eran de una exuberancia asombrosa, entre la hierba crecían orquídeas blancas y cardos silvestres, y unas pequeñas flores de color lila formaban mullidos almohadones de aroma espectacular: eran las violetas de Usambara.