La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 3 #9
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Capítulo 3 #9

—Dios nuestro Señor nos ha protegido —musitó el misionero Siegel con los labios temblorosos—. Recemos una oración.

Ni a George ni a Charlotte les pareció que aquel fuera el momento de rezar.

Las mulas intentaban huir y Elisabeth, que ya estaba exhausta, seguía llorando amargamente.

Pero esa vez los negros obedecieron al misionero.

Dieron las gracias a Jesucristo por su protección, que vencía a todos los demonios e incluso ahuyentaba al chui , el poderoso aniquilador, el rey de la jungla.

Charlotte también había juntado las manos mientras el misionero entonaba el padrenuestro en suajili; George tenía en brazos a la niña, pero consiguió recoger el arma al mismo tiempo.

No podían estar seguros de que el leopardo no fuera a hacer un segundo intento.

Cuando llegó el «amén», Elisabeth también se había calmado.

Las mulas resoplaban con suavidad, la mayoría de las antorchas se habían consumido y hubo que reponerlas.

—¡Silencio! —exclamó George cuando uno de los negros levantó el machete para cortar una rama seca—. ¡Escuchad eso!

Se oía el murmullo del río, los graznidos ocasionales de algún mono al que habían despertado, y uno de los negros tosió porque el humo de la antorcha se le había metido en la nariz.

Pero entonces, la brisa nocturna les trajo unos sonidos chocantes.

Parecían un lamento lejano e incoherente y a Charlotte le llevó un ratito reconocer la melodía.

— Adeste fideles, laeti triumphantes, venite, venite…

—Eso…, eso es un villancico alemán —murmuró.

Era completamente absurdo oír esa melodía en medio de la jungla, rodeados de criaturas misteriosas, aromáticas plantas y el hechizo de la naturaleza africana.

—Por ahí —ordenó George satisfecho—. ¡Lo que yo decía!

Apenas un cuarto de hora después ascendió la colina y llegaron a los edificios de la misión, donde los dos misioneros ensayaban canciones alemanas con los negros.

El cielo matutino estaba cubierto de suaves jirones de nubes, y una luz tenue pero nítida bañaba el paisaje y realzaba su belleza.

Lo que a Charlotte el día anterior le había parecido un peñasco escarpado, ahora se revelaba como una serie de colinas cubiertas de bosque verde oscuro del que solo emergía alguna que otra roca gris.

En la hondonada había hileras de montículos, una cadena de líneas onduladas que se iban debilitando a medida que se alejaban.

Las cimas de dichas colinas estaban cubiertas de hierba, había pequeños matorrales y helechos, y también se elevaban enormes árboles aislados que parecían los últimos supervivientes de una selva gigante.

Sobre algunas de aquellas colinas se distinguían las chozas de los nativos y también los coloridos rectángulos de las parcelas en los que cultivaban maíz, alubias, tabaco y caña de azúcar.

Hacia el oeste, envueltas en neblina y teñidas de azul, se alzaban las cumbres más altas de las montañas Usambara, algunas de las cuales superaban los dos mil metros de altura.

—Cuántas cosas se podrían haber hecho en este romántico rincón del planeta —dijo Peter Siegel con un profundo suspiro—. Pero el espíritu misionero no parece avanzar mucho aquí en Wuga…

Estaban en el primer piso del edificio de la misión, sentados a una mesa fabricada con cajas sobre la que un joven africano acababa de servirles el desayuno.

Había colocado ante ellos con orgullo una tetera de porcelana pintada, seguramente el mayor tesoro de la esposa del misionero, que la custodiaba como si fuera la niña de sus ojos.

Las tazas a juego ya estaban un poco desportilladas, y el plato sobre el que había varios pedazos de pan de cebada seco y pastelitos de plátano fritos era de arcilla.

También les habían servido miel silvestre y una mermelada roja de intensísimo aroma que Charlotte no había visto nunca.

—Pero sí que se hacen cosas, Peter —objetó—. Mira el ajetreo que hay en el patio. Tienen hasta una imprenta que los negros ya saben utilizar.

En realidad el edificio de la misión era un pastiche.

Seguramente al principio solo había una casita de ladrillos cocidos con tejado en punta cubierto de cañas, luego se había construido un segundo edificio y se había unido al primero.

Ahora había incluso un porche techado con chapa ondulada en el que se encontraba la imprenta.

Además de la sede de la misión, había varios edificios alargados de ladrillo que hacían las veces de vivienda para los negros y de escuela, pero no había iglesia ni capilla.

Todos los edificios se agrupaban en torno a un patio cubierto de hierba que durante el día acogía al pequeño ganado.

Los árboles y los matorrales protegían los huecos entre las casas, y aquí y allá se habían desplegado esteras de paja para defenderlos precariamente de los saqueos de los habitantes de la jungla.

Peter Siegel apartó la taza de té y contempló a Charlotte con mirada compasiva. Era cierto, en Wuga tenían una imprenta con la que estampaban colecciones de historias de la Biblia en la lengua de los shambaas, y en los últimos tiempos incluso el Evangelio.

—Pero ¿de qué sirve todo eso si los cristianos convertidos vuelven a caer en las garras del diablo?

¿No oíste lo que nos contó el pastor Franz Gleiss anoche?

Durante el último mes más de veinte almas han vuelto a sucumbir en el paganismo.

Lo que otros tuvieron la dicha de construir se le deshace a él entre los dedos…

Charlotte asintió a todo lo que decía porque no tenía ganas de discutir.

Lo cierto es que Franz Gleiss le había causado una buena primera impresión: era un poco ceremonioso y no especialmente agraciado, pero entendía casi a la perfección la lengua de los shambaas y traducía textos de la Biblia para los nativos.

Su esposa tenía rasgos duros, acentuados por el pelo tirante recogido hacia atrás.

Charlotte no sabía qué pensar de ella porque era una persona silenciosa, y daba la impresión de no haberse alegrado demasiado por la visita nocturna.

Había bajado de madrugada al río con dos mujeres negras para hacer la colada.

Charlotte bebió un sorbo de té y centró su atención en la estancia contigua, aguzando el oído.

Elisabeth todavía no había dado señales de vida.

La noche anterior había llegado completamente agotada y había tardado en dormirse.

—Así que bebe usted té. Y puede que incluso café. Un misionero debería alimentarse con lo mismo que comen sus protegidos: maíz, alubias, miel, huevos, leche de cabra…

—La verdad es que me alegro mucho de que haya té y no leche de cabra para desayunar. —Al percibir la mirada de reproche de Peter, Charlotte añadió rápidamente—: Claro que yo no soy la esposa de un misionero.

—¡Desde luego que no!

Peter Siegel ya había comprendido que George no tenía muy buena opinión de las conversiones de paganos.

No habían hablado sobre ello directamente, pero al misionero no se le habían escapado los comentarios irónicos del esposo de Charlotte.

A sus ojos, el doctor George Johanssen era una persona impía y arrogante, y los acontecimientos de la noche anterior habían confirmado su parecer de la peor manera posible.

Charlotte masticaba un pedazo de pan de cebada que había mojado en miel mientras miraba divertida por la ventana que daba al patio. No había cristal, pero de la parte superior del marco de madera colgaba una estera enrollada que se bajaba cuando hacía mal tiempo.

Entre las gallinas, los patos y las cabras correteaban niños negros que, por lo visto, habían venido de las aldeas vecinas para acudir a la escuela de la misión.

Solo había chicos, y algunos de ellos llevaban con orgullo una sucia mochila de cuero a la espalda.

Una yegua y su potro bebían de un bebedero de piedra; al lado estaban sentados los porteadores de Hohenfriedeberg, comiendo tortas de maíz y pasándose una calabaza con agua.

No muy lejos de ellos, tres vacas africanas arrancaban del suelo la hierba recién brotada y también mostraban cierto interés por unas frondas de helecho.

Era una escena rural y serena que siguió animándose cuando George salió de uno de los edificios anexos con el misionero Gleiss, seguidos por el porteador al que pertenecía la mula herida.

—¡Estos dichosos animales solo nos han causado molestias! Seguro que el muy listillo quiere que se le resarza la pérdida.

—Es posible. Al fin y al cabo, una mula es una propiedad muy valiosa para un negro.

Junto a la figura alta y delgada de George, el corpulento pastor Gleiss, con el pelo cortado al cero, presentaba un aspecto bastante tosco.

Charlotte contempló a su esposo con cariño.

George había tratado las heridas del animal nada más llegar por la noche y había cuidado de aquella criatura asustada con tanto esmero como si se tratara de una persona.

Ahora parecía estar negociando intensamente con su dueño y el misionero, y Charlotte sintió curiosidad por el resultado de las conversaciones.

Los tres porteadores de Mombo habían reclamado enérgicamente su jornal la noche anterior, era muy posible que se temieran otra caminata nocturna.

No estaban dispuestos a continuar hasta Hohenfriedeberg, querían regresar a Mombo ese mismo día.

Peter Siegel ya había terminado su frugal desayuno. Se levantó y caminó pensativo por la pequeña estancia, observó la cómoda construida con tablones, la cruz de madera colgada de la pared encalada, y luego deslizó la mirada por los lomos de los libros de las baldas.

—Geografía, lingüística, botánica… ¿Dónde están las obras que alimentan el espíritu? ¡Ni siquiera veo aquí alguna de las obras del pastor Bodelschwingh!