La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 3 #8
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Capítulo 3 #8

Sobre un montículo semiesférico se distinguían edificios bañados en la luz naranja del crepúsculo. No parecía que la misión contara con una iglesia.

—Nos falta una hora larga de caminata para llegar allí —calculó George—. Será mejor que pidamos que nos alojen en una de las aldeas.

—Son paganos que no nos permitirán quedarnos con ellos —replicó el esposo de Klara.

—Podemos intentarlo —respondió George.

—No será necesario estando tan cerca de nuestro destino. Dios nos guiará.

George no era el único disgustado por las intenciones de Peter Siegel, los tres porteadores que había contratado en Mombo al principio se negaron a seguir andando de noche.

—Bosque lleno de espíritus cuando oscuro. Mpepo vive en roca y duerme en árbol, sale cuando noche. Demonios de animales también tienen poder cuando sol se quema en el cielo.

—Nos acompaña Jesucristo, señor de todos los espíritus y demonios. Estando bajo su protección, nadie puede hacernos nada, ni siquiera una hechicera malvada. ¡Prosigamos pues en nombre del Señor! —exclamó ridículamente el misionero.

Los porteadores que iban con él, cristianos conversos, se pusieron en movimiento, y los negros a los que había contratado George se unieron a ellos, no sin antes encender varias ramas secas a modo de antorchas.

Peter Siegel le dio a George una de las dos linternas sordas que llevaba.

Comenzaron a descender hacia el valle. Elisabeth se sostenía estupendamente sobre su mula.

La niña aseguraba no estar en absoluto cansada y rechazó indignada el ofrecimiento de George de sentarse detrás de ella para que pudiera dormir un poco en sus brazos.

—Siéntate con mamá, seguro que a ella sí le apetece dormir contigo.

Charlotte estaba acostumbrada a la selva.

Junto al Kilimanjaro también había densas arboledas que solía cruzar a caballo a menudo, pero nunca de noche.

Todo parecía haber cambiado a su alrededor, los gritos de los pequeños monos habían enmudecido en las ramas, las aves callaban, solo los acompañaba el murmullo de los regueros de agua invisibles.

Las flores nocturnas abrían su cáliz y despedían aromas dulces y mustios, del suelo se elevaba un vaho extrañamente terroso y mohoso.

Si durante el día, bajo el alto techo de la vegetación gigante del bosque, ya había penumbra, enseguida reinó allí la más completa oscuridad.

La luz amarillenta de las antorchas proyectaba figuras titilantes en las sombras, los troncos delgados se extendían como brazos consumidos, las hojas grises se convertían en rostros desencajados, y las ramas bajas se movían tan despacio que Charlotte al principio creyó que una culebra arborícola descendía hacia ellos.

La selva no dormía por la noche, al contrario: estaba llena de vida.

Las aves nocturnas se deslizaban a su lado como sombras, mensajeras del kuzimi , el reino de los espíritus, al que iban a parar los muertos según las creencias de los negros; los ojos de resplandor demoniaco observaban a los extraños desde la oscuridad.

Los porteadores, que iban en cabeza para abrir el camino con palos y machetes, comenzaron a musitar cada uno en su lengua.

De tanto en tanto utilizaban una palabra que también existía en suajili, y al cabo de un rato Charlotte comprendió que recitaban pasajes de la Biblia que habían memorizado.

Peter Siegel guardaba silencio, había cogido uno de los machetes y lo hundía en la maleza con furia.

A pesar de su aspecto enfermizo, había demostrado poseer una gran resistencia, por lo visto tenía más fuerza de la que parecía.

¿Seguían caminando por el sendero o habían empezado a abrir su propio camino a través de la jungla?

Una vez llegaron al pie del valle, oían el murmullo del agua por allí cerca, debía de ser el río que habían visto desde la cresta de la montaña.

No veían nada más que follaje atravesado por lianas, los árboles cada vez estaban más juntos, y en algunos puntos tenían que dar un rodeo para que las mulas pudieran pasar.

—Creo que ya hemos dejado Wuga atrás —le dijo George al misionero—. Opino que deberíamos seguir hacia la izquierda, en dirección al río. La colina está muy cerca de…

No pudo terminar la frase porque en ese momento la mula de Charlotte se encabritó de tal manera que a esta le costó mantenerse sobre su lomo.

—¡Mamá! —gritó Elisabeth con miedo.

El animal brincaba como loco y habría echado a correr sendero atrás si George no hubiera agarrado rápidamente el ronzal.

Tuvo que emplear todas sus fuerzas en sujetar a la mula, pero enseguida acudieron en su ayuda dos de los porteadores negros y Charlotte pudo apearse.

Descubrieron que el animal tenía una herida que sangraba en la pata delantera derecha, pero nadie supo decir cómo se la había hecho.

—¡Por qué has tenido que traerte estas bestias! —maldijo Peter—. ¡Lo único que hacen es retrasarnos!

George se mordió la lengua y se concentró en vendar la herida mientras el preocupado dueño de la mula, uno de los tres hombres de Mombo, la sujetaba del ronzal.

Parecía un mordisco. ¿Los vehementes golpes con los palos habrían asustado a alguna serpiente que, al sentirse amenazada, le habría clavado los colmillos?

Pero la herida era demasiado grande para eso.

—Sube con Elisabeth —aconsejó George a Charlotte al terminar—. Ataremos a la mula herida al otro animal con una cuerda, así seguirá caminando. Toma, coge esto.

Le pasó su fusil y ella se lo colgó a la espalda sin hacer preguntas. Por muy terrible que fuera, si se trataba de la mordedura de una serpiente o un reptil venenoso, no dejarían sufrir al pobre animal.

George fue hacia la cabecera de la pequeña caravana, le quitó la antorcha a uno de los nativos y le ordenó que abriera el camino hacia la izquierda.

—¿A qué viene esto? —se indignó el misionero—. A estos hombres los he traído yo, son buenos cristianos y obedecen mis…

—Ya basta —gruñó George—. No tengo ningunas ganas de pasar la noche en vela. ¡Ahora tomaremos el rumbo que yo decida!

Peter Siegel no se atrevió a replicar esas palabras tan groseras, pero sus gestos fueron de lo más elocuentes.

A su séquito aquello no le preocupó, los hombres hicieron lo que George les dijo y casi parecieron alegrarse de haber dado con un líder resuelto.

El grupo de viajeros se puso poco a poco en marcha, las linternas sordas se habían rendido hacía un buen rato y constantemente tenían que buscar ramas secas para encender nuevas antorchas.

El orden de la marcha había cambiado: a la cabeza iban tres hombres con palos y machetes, detrás de los cuales iba George, que también se había armado con un machete.

Peter iba en medio de la comitiva, entre los porteadores y las dos mulas que cerraban la fila.

—¿Mamá?

Charlotte había rodeado a su hija con los brazos; la pequeña estaba agotada, pero la emoción no la dejaba dormir.

—¿Qué pasa?

—Ahí hay una cara entre las hojas. ¿La has visto?

Alargó el brazo, pero Charlotte no distinguió nada, la luz de las antorchas ya había seguido hacia delante.

—Sería un tronco de forma extraña o una mata de helechos, Elisabeth. A mí me ha pasado antes.

—Seguro que no eran helechos, mamá. Lo he visto perfectamente, pero tú ves peor que yo, por eso no lo distingues. Parecía un guerrero africano, con rayas marrones y negras por aquí y por allá y con los ojos rodeados de pintura blanca. Y tenía toda la nariz pintada de negro…

Charlotte intentó disimular su inquietud. ¿Sería posible que los estuvieran espiando nativos guerreros? ¡Pero si era plena noche! Además, se decía que los shambaas eran más bien pací­ficos…

—Duerme un poco, Lisa. Yo te sujeto.

—¿Queda mucho para llegar a Wuga?

—Seguro que no, cariño. George nos está guiando hacia allí.

—¡Entonces seguro que llegamos enseguida!

La pequeña se recostó contra su madre y ahora sí parecía querer dormitar un poco.

Charlotte se volvía constantemente para vigilar a la mula herida, que hasta entonces había cojeado obediente tras ellas.

En ese momento notó que su propia mula se ponía nerviosa y que la otra se acercaba mucho más a ellas.

Algo ahí atrás, en la oscuridad impenetrable del sendero, debía de haber asustado a los animales.

—Levanta la antorcha —gritó en suajili al porteador que iba en última posición—. Ahí hay algo.

El hombre no reaccionó de inmediato, puede que no la hubiera entendido bien, pero cuando por fin alzó la antorcha, la luz titilante iluminó dos ojos.

Charlotte agarró el fusil de la espalda a la velocidad del rayo y Elisabeth gritó cuando la caja del arma le dio en la cabeza.

Durante una milésima de segundo Charlotte miró a la cara al rey de la jungla, de líneas hermosas y horribles al mismo tiempo, en cuyos ojos brillaba el fuego de la muerte mientras se abalanzaba sobre sus presas.

Entonces el disparo atravesó el silencio nocturno de la selva.

— Chui!

Los monos chillaron en las copas de los árboles, la mula de Charlotte relinchaba presa del pánico y se encabritó asustada. Elisabeth, aterrada, se aferró a la crin del animal.

— Chui!

Tras el susto inicial, todos corrieron a reunirse, los gritos resonaron en la noche iluminada por las antorchas vacilantes. Dos de los porteadores llevaban fusiles y dispararon al fugitivo. Elisabeth lloraba de dolor. George la bajó de la mula y la consoló en brazos.

—Maldito animal. Ya debía de llevar bastante tiempo acechándonos. ¿Le has dado?

—Menuda pregunta. Pues claro que no. No sería capaz de matar a un leopardo.

A Charlotte le temblaba todo el cuerpo. Sabía que era absurdo lo que decía.

Pues claro que habría matado a la fiera si hubiera atacado a su hija o a ella misma, pero con las prisas no había podido ni apuntar.

El leopardo había saltado con precisión y, a pesar de haberse asustado con el disparo, le había dado un zarpazo en el anca a la pobre mula.