La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 3 #7
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Capítulo 3 #7

Los viajeros lo miraron horrorizados, incluso los africanos e indios, que no habían entendido ni una sola palabra. Charlotte vio que la barba del misionero hacía movimientos extraños, luego este se volvió de nuevo hacia la ventanilla y lanzó una carcajada burlona.

No dijo ni una sola palabra más durante el resto del viaje.

Enfurruñado, mantuvo la mirada clavada en el exterior, rechazó las tortas rellenas que George ofreció generosamente a todos sus vecinos de asiento, y suspiraba impaciente cada vez que el tren se detenía en una de las numerosas paradas para que los viajeros se apearan o se subieran a él.

Cuando se abrían los vagones de mercancía y se descargaban fardos, su miraba vagaba hacia el techo, y Charlotte estaba segura de que enviaba plegarias al cielo.

El tiempo se les escapaba de las manos, tardarían mucho más de cinco horas en llegar a Mombo, lo que parecía desbaratar por completo los planes de viaje de Peter Siegel.

Horst Meier se despidió en Korogwe, donde pasaría la noche en casa de un amigo que era dueño de una plantación.

Según él, no había ninguna posibilidad de que llegaran ese mismo día a Wilhelmsthal, ya que los veinte kilómetros que separaban la estación de allí suponían unas cuatro horas de caminata, y con los caminos reblandecidos por la lluvia, quizá incluso más.

A él no le apetecía nada quedarse varado en la oscuridad o tener que pernoctar en una aldea de negros.

—Espero que volvamos a vernos pronto —se despidió de Charlotte—.

Hay poquísimas mujeres alemanas en esta zona.

Bueno, sí que hay algunas, personas fuertes a las que tengo un gran respeto.

Las esposas de los dueños de plantaciones y de los misioneros, también algunas enfermeras y diaconisas, incluso una profesora.

Pero… —El ingeniero se llevó la mano de Charlotte a los labios y dedicó a George una mirada de disculpa—.

Pero aquí no me he topado con ninguna dama tan elegante como usted.

De verdad espero que tengamos la ocasión de volver a charlar…

Fuera se oyó el estridente silbato del jefe de estación negro. Horst Meier abrió la portezuela con un fuerte tirón en el último minuto y saltó al andén. El tren se puso en movimiento y él se quedó allí despidiéndose con el sombrero.

Había dejado de llover, pero había charcos brillantes por todas partes y los regueros anaranjados borboteaban sobre la tierra reblandecida y obligaban a los viajeros de la estación a cruzarlos con hábiles saltos.

Las laderas de Usambara oriental se alzaban grises y rocosas, la niebla crecía en los valles, y el verde exuberante de las mesetas estaba envuelto en delicados jirones blanquecinos.

A la izquierda de las vías se extendía la sabana, una llanura verdeante y floreciente interrumpida aquí y allá por matorrales y montículos, y a lo lejos se veía la franja verde oscura del río Pangani.

Los lirios rojos y las malvas azules se mecían al viento entre miles de otras coloridas flores cuyos nombres Charlotte desconocía.

—¿No te parece el paraíso, George?

—Sí —asintió este con una sonrisa—. Durante un par de semanas, efectivamente esto es un jardín del Edén.

Ya eran casi las cuatro de la tarde cuando por fin llegaron a Mombo.

La estación provisional se encontraba en un claro de forma cuadrada en medio de una densa jungla, y contaba con un andén pavimentado y un almacén de piedra con tejado de chapa ondulada.

Probablemente habrían podido pasar allí la noche, habrían estado incómodos pero al menos secos y seguros.

Pero Peter Siegel pareció cobrar vida de repente, y a sus acompañantes negros también les entró una prisa extraña por sacar los fardos del vagón de mercancía y repartírsela.

—Vamos a Wuga —anunció Peter—. Ellos conocen el camino, para cuando oscurezca ya estaremos allí.

—¿A qué distancia está? —preguntó George.

—Bueno, tendremos que caminar unos pocos kilómetros, pero muchísimos menos que si vamos a Wilhelmsthal.

Normalmente anochecía sobre las seis de la tarde, así que no tenía sentido alargar la discusión.

Peter conocía la zona, aunque Charlotte estaba casi segura de que Wilhelmsthal estaba al oeste, es decir, de camino a la misión de Hohenfriedeberg.

Sin embargo, el misionero señalaba hacia el este cuando hablaba de Wuga.

George se había acercado a unos africanos que holgazaneaban por allí y claramente esperaban a que los contrataran como porteadores.

Regresó con dos de ellos y un tercero echó a correr para conseguir dos mulas en el pueblo más cercano, que harían las veces de montura.

Peter Siegel volvió a negar con la cabeza al ver lo que hacía, sobre todo porque les estaba costando unos minutos muy valiosos.

—Sospecho que tendremos que pasar la noche en una aldea nativa —le susurró George a Charlotte cuando la ayudó a subirse al animal—. Por lo que he entendido de la conversación de los negros, Wuga está a unas tres horas.

Elisabeth se sentó orgullosa a lomos de la segunda mula, montaba desde muy pequeña y rápidamente se hizo con el animal.

George iría a pie como los demás hombres.

Pronto se confirmó que había sido muy buena idea conseguirles montura, porque el estrecho sendero estaba resbaladizo por la humedad y enseguida se volvió muy empinado montaña arriba.

La pequeña caravana avanzaba a ritmo rápido y Charlotte admiró a los muchachos flacos de piel negra que cargaban con los pesados fardos cuesta arriba y sin descanso por la roca escurridiza y la grava suelta.

En algunas zonas, el agua rojiza de un arroyo había inundado el camino, luego se encontraron con un árbol caído que les cortaba el paso, víctima de los torrentes de agua que llevaban años socavando sus raíces y ahora le habían asestado el golpe final.

Todos se alegraban de que en ese momento no pareciera que fueran a caer más aguaceros, porque, de ser así, el ascenso habría sido casi imposible.

Al principio Elisabeth parloteaba alegremente sin cesar, lamentó no poder volver a ver a sus dos amigas negras, quiso saber si llegarían a casa de la tía Klara ese mismo día, y luego preguntó a George si les cazaría un impala para la cena.

George, que había sacado el fusil de la funda y se lo había colgado del hombro, respondió sonriendo que ya había pensado en ello, pero que con tanta gente tendría que ser un elefante, de lo contrario no habría comida para todos.

—No puedes disparar a los elefantes, ¡está prohibido! Solo puedes si pagas dinero.

—Chica lista. Ojalá todos cumplieran las normas.

Efectivamente, la Gobernación alemana había limitado la caza de elefantes.

A los nativos se les había prohibido por completo, pero los numerosos practicantes de caza mayor tenían suficiente capacidad económica como para pagar la tasa.

Y en el caso de personalidades de alto rango o de buenos amigos, la norma no se tomaba tan en serio.

—¡Mamá, las rocas son de plata!

Era esquisto, aún húmedo por la lluvia y que ahora centelleaba al sol.

El sendero serpenteaba por entre saledizos de roca agrietada y atravesaba pastizales y vegetación rala en su ascenso a las frondosas montañas.

Las laderas estaban cubiertas de exuberantes helechos y plantas en flor, y entre medias se alzaban palmeras, acacias y delgados árboles de hoja ancha africanos que nadie había investigado ni nombrado aún.

Muchos de ellos estaban completamente envueltos en lianas, de la maraña de hojas asomaban unas flores rosadas con forma de tulipán y unos frutos alargados de color verde o amarillo.

Los enjambres de mariposas azules claras o rojas oscuras levantaban el vuelo de las flores cuando el grupo se acercaba, y de vez en cuando sus delicadas alas rozaban la piel acalorada de los viajeros.

Por todas partes se oía el ruido del agua en movimiento, a veces era solo un goteo suave, pero otras era un murmullo que iba creciendo hasta que tras el siguiente recodo del camino descubrían una cascada reluciente que se precipitaba a raudales.

Si Peter Siegel no les hubiera metido prisa constantemente, ese trayecto a través de la cordillera húmeda, fecunda y abundante habría sido una experiencia maravillosa.

Pero Charlotte no conseguía disfrutar por completo de la belleza natural.

Tenía que azuzar a su mula todo el tiempo con cuidado de que no resbalara o se espantara, y en algunas zonas demasiado empinadas y resbaladizas la única solución era apearse y llevar al animal sujeto por las riendas.

Menos mal que George se ocupaba de la mula de Elisabeth y la agarraba del ronzal cuando las cosas se ponían difíciles.

Ya llevaban una hora y media larga caminando por el bosque tropical y el sendero seguía ascendiendo con giros muy cerrados.

¿Estaría Wuga situada sobre un peñasco? En los breves instantes en los que el paisaje se abría un poco, en las laderas se distinguían las plantaciones de los nativos: plataneras de color verde claro, maizales verdes oscuros y también cañas de azúcar de un gris irisado.

La mayoría de las aldeas se encontraban en lo alto de pequeños montículos y consistían en un grupito apiñado de chozas techadas con cañas, rodeado por un seto ancho y verde que protegía a los habitantes de los animales salvajes.

¿Recibirían amistosamente a un grupo de europeos de paso y les ofrecerían lecho en una de sus cabañas?

El cielo llameaba en intensos tonos rojos cuando por fin alcanzaron la loma de la montaña.

A pesar del esfuerzo, tiritaban, porque a la sombra de la jungla el ambiente era frío y húmedo.

Desde la cresta rocosa tenían una vista impresionante.

Ante ellos se extendía una gran hondonada, que estaba atravesada por sierras menores y profundas gargantas, y por la que discurría un río de espuma blanquecina.

—Ahí está la misión de Wuga —dijo Peter Siegel alargando el brazo.