La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 3 #6
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Capítulo 3 #6

Llevó bastante tiempo meter en uno de los tres vagones de mercancías del tren las cajas y los sacos destinados a la misión de Hohenfriedeberg.

Charlotte contempló fascinada a los porteadores.

No dejaban que el misionero Siegel los acuciara, la idea de que el tren se marchara a una hora determinada parecía resultarles del todo ajena.

Se pasaban unos a otros los fardos con parsimonia, los colocaban con esmero y los meneaban un poco para comprobar que no se volcarían.

Pocos de ellos parecían entender el suajili, entre ellos hablaban en otro idioma del que Peter claramente solo tenía nociones.

Cuando llamaba a alguno de ellos por su nombre de pila, decía «Johannes», «Noah» o «Job».

O sea que eran cristianos que habían recibido un nombre bíblico en su bautizo.

—Deberíamos subir al tren; si no, tendremos que conformarnos con los peores sitios —los apremió de nuevo.

Los dos vagones de pasajeros ya estaban bastante llenos.

La mayoría de los viajeros eran africanos, entre ellos se distinguían los turbantes blancos de algunos indios, y aquí y allá se veía el casco colonial de un europeo.

Todos estaban apiñados en los bancos de madera, y el equipaje de mano obstaculizaba el paso: maletas de piel, cestas gastadas y fardos atados con bramante.

Encontraron tres plazas libres, lo que significaba que Elisabeth tendría que sentarse sobre las rodillas de Charlotte, para disgusto de la niña.

—¿Por qué te enfadas, Lisa? La Señorita Mine también se sienta en tu regazo, ¿no?

—¡Pero es que ella todavía es pequeña!

George fue el último en subir al tren. Le había comprado a una de las mujeres las tortas rellenas junto con la cesta, además de una bolsa de cacahuetes y dos mangos maduros. Peter Siegel abrió los ojos como platos y preguntó cuándo pensaba comerse todo aquello.

—Son provisiones para el invierno —respondió George con una sonrisa burlona y le guiñó un ojo a Elisabeth.

A Peter Siegel no le hacían gracia ese tipo de bromas, pero quien sí se rio fue su vecino de asiento, un blanco que había entendido la conversación en alemán.

Rondaba los treinta años, tenía la piel muy clara y, salvo por el bigotito, estaba completamente afeitado.

Locuaz, se presentó como Horst Meier, ingeniero y empleado de la empresa Bleichert por ahora el recorrido finalizaba en Mombo, desgraciadamente.

—No se imaginan la riqueza que albergan las montañas Usambara.

Allí crecen la teca y la caoba, cuyo metro cúbico se comercializa a ciento cuarenta y cinco marcos.

Pero es aún más valiosa la madera de cedro, con la que se fabrican lápices, mangos de pinceles, pipas e incluso cámaras para las colonias.

Les contó que la compañía ya había construido varios aserraderos, el mayor de los cuales estaba en Neu-Hornow, muy cerca de la selva de Schumme.

—¿Y dónde se encuentra esa selva de Schumme? —preguntó Charlotte.

—En el extremo occidental de las montañas Usambara.

Es una región extraordinaria, estimada señora Johanssen.

Hay quien afirma que Usambara se parece a la Selva Negra, pero eso es una completa estupidez.

Se trata de un paisaje único, salvaje y romántico con un denso bosque y peñascos escarpados.

En algunos puntos hay caídas de más de mil metros…

Fuera, en el andén, sonó un pitido estridente y se oyeron gritos furiosos.

El ferroviario negro maldecía como un descosido porque un viajero de última hora se había subido de un salto al tren.

Luego unas densas nubes de vapor llenaron el andén y tanto el almacén con techo de paja como las mujeres con los cestos de comida, e incluso el ferroviario de uniforme rojo y gorra blanca, desaparecieron entre el humo.

El tren se zarandeó con fuerza varias veces al arrancar, se volcaron maletas y una africana de pelo crespo chilló porque la cesta de pollitos se le había caído del regazo.

Todos los pasajeros se agacharon enseguida e intentaron pescar a los fugitivos con plumas, un par de niños negros se pusieron a cuatro patas y siguieron a los suaves pollitos, que huían por entre las piernas de los viajeros.

Se oyeron insultos y risas, la dueña de los animales tuvo que oír todo tipo de chistes y consejos, pero cuando por fin recuperó todas las bolitas amarillas, fue ella misma la que más se rio de su percance.

Además de cazar cinco pollitos, Elisabeth se hizo varias manchas oscuras en el vestido de color claro y conoció a dos niñas negras.

Solo sabían algunas palabras en suajili, pero de todos modos se entendieron sin dificultad.

Al cabo de poco tiempo, las tres estaban sentadas en el suelo, balanceándose suavemente al ritmo del tren y comiéndose los cacahuetes que Elisabeth compartió con generosidad.

—No se lo tome a mal —susurró el ingeniero Meier a Charlotte—. Pero no es bueno entablar relaciones demasiado cercanas con los negros. Es fácil que acaben perdiéndole el respeto. Ya lo irá aprendiendo cuando lleve más tiempo en el país.

—Por supuesto —respondió George con una risita—. Si uno sale al extranjero con los ojos y las orejas abiertas es imposible que no aprenda. ¿No es cierto?

Horst Meier asintió entusiasmado. Sí, él ya llevaba un año entero en África, primero en la costa, en Dar es-Salam, y desde hacía un tiempo en Neu-Hornow.

Por lo visto, África ofrecía excelentes oportunidades para un experto como él, porque había que planearlo y pensarlo todo desde cero.

La madera, por ejemplo, era del todo inadecuada para construir un teleférico, ya que las termitas la devoraban en un abrir y cerrar de ojos.

Por eso, cada tornillo, cada viga y cada riostra debía ser de buen acero y debía importarse de la metrópolis.

Peter Siegel no participaba en la conversación.

Le habían dejado el asiento de la ventanilla y allí estaba, con el codo apoyado en el marco y mirando fijamente el paisaje en movimiento.

Eran plantaciones de sisal, extensas llanuras llenas de agaves grises azulados que extendían sus hojas carnosas hacia el cielo como espadas.

Entre medias aparecían viviendas aisladas de estilo colonial y tejado rojo, grupos de cocoteros, campos pequeños en los que se cultivaba maíz, alubias y plátanos, y también las cabañas redondas con tejado de paja de los nativos, rodeadas de palmeras y delgadas cañas de azúcar.

A veces, los tupidos manglares permitían atisbar el Pangani, que centelleaba en tonos plateados cuando lo iluminaban los rayos de sol.

Ahora, sin embargo, el cielo estaba cubierto de nubes oscuras y el agua del ancho río tenía un color marronoso.

—Menos mal que estamos en el tren —comentó Horst Meier—.

Los aguaceros son constantes. La temporada de lluvias es una lata, sobre todo para las comunicaciones, porque los senderos quedan casi intransitables.

Algunas empresas de plantaciones han comenzado a construir ramales para el ferrocarril, una buena idea.

Pero cuando el teleférico esté en funcionamiento, podremos…

Un fuerte trueno estalló sobre ellos, como si un pedrusco hubiera explotado entre las nubes.

Algunos viajeros que se habían adormecido con el suave traqueteo del tren se despertaron asustados y miraron por la ventana.

Cayeron las primeras gotas sobre el techo del vagón, y en la zona trasera se inició una disputa entre los que querían cerrar la ventanilla y aquellos que querían dejarla abierta.

Acto seguido comenzó a llover a cántaros, el golpeteo en el techo era ensordecedor, y todas las ventanas se cerraron apresuradamente.

—Miren a esos pobres desgraciados —dijo el ingeniero de Leipzig señalando hacia fuera.

Bajo la tupida lluvia se entreveía una caravana que avanzaba hacia Usambara en paralelo al Pangani: entre cuarenta y cincuenta porteadores negros con varias mulas de carga que se habían espantado con la tormenta y a las que contenían con gran esfuerzo—.

Hay colonos que boicotean el ferrocarril de Usambara por los altos portes y prefieren contratar a porteadores nativos.

Pero eso no significa que gasten menos dinero, puede que paguen incluso más, por no hablar de la mercancía que desaparece por el camino, porque los negros son todos unos ladronzuelos.

Pero para ellos es una cuestión de principios…

Un relámpago iluminó el paisaje y permitió distinguir claramente las siluetas empapadas por la lluvia. Habían formado grupitos y buscaban cobijo bajo las hojas de las palmeras.

—No es nada divertido caminar chapoteando por el barro con semejante diluvio… —suspiró el ingeniero, compasivo.

El trueno sonó como si unas cajas gigantes de madera chocaran con gran violencia. Los niños negros se metieron los dedos en las orejas y cerraron los ojos, a Elisabeth se le cayeron los cacahuetes y, por si acaso, se subió a las rodillas de George.

Las conversaciones del vagón enmudecieron, todos escuchaban atentamente el estrépito de la lluvia, que eclipsaba incluso los ruidos del tren. De pronto se oyó la voz de Peter Siegel, que habló con un tono extrañamente ronco.

—Un diluvio sobre estas tierras. Se abren las compuertas del cielo y la naturaleza libera sus aguas. Que no emerjan del agua ni las colinas, ni las rocas ni la montaña más alta. ¡Señor, envía un diluvio sobre África que ahogue toda vida!