Capítulo 3 #5
La bahía de Tanga se abrió ante ellos centelleando en tonos azules claros, playas lisas de arena, alguna que otra isla de coral erosionada por el mar, edificios coloniales blancos de arcos tallados y ventanas altas.
Los tejados rojos, húmedos por la niebla, brillaban al sol.
Una flota de dhows , barquitos de vela blanca o multicolor inflada por el viento, se acercó al vapor, que tenía que atracar a cierta distancia de la orilla, y varios botes de remos también se deslizaron por el agua hacia ellos.
Enseguida comenzarían las disputas de siempre por los pasajeros y el equipaje.
—Creo que ese de ahí es Peter Siegel —dijo Charlotte sorprendida, señalando hacia tierra.
George parpadeó deslumbrado por el sol con Elisabeth en brazos.
—¿Peter? ¿Dónde?
—Ahí, delante del edificio del puerto. ¿Ves esos arcos entre las dos torres blancas? Del portal tallado que hay en el centro baja una escalera hacia la playa. El hombre vestido de blanco que está entre los nativos.
George tenía buena vista, pero le resultaba un misterio que Charlotte reconociera a Peter Siegel a tanta distancia. Ese hombre blanco lucía la barba y la ropa que solían llevar los misioneros, pero el ala ancha de su sombrero le cubría el rostro.
—Seguro que es él. Esa postura tiesa es inconfundible.
George dejó a Elisabeth en el suelo y le advirtió que no se le ocurriera asomarse demasiado, ni siquiera para ver si los marineros habían colgado la escalerilla. Luego hizo señas con la mano al desconocido, que sin embargo no le devolvió el saludo.
Había llegado el momento de despedirse de los compañeros de viaje que habían conocido durante el trayecto.
Muchos habían reservado una travesía circular, que descendía hacia la Colonia del Cabo, luego continuaba por la costa occidental de África pasando por Swakopmund, en África del Sudoeste Alemana, y después regresaba al país de origen.
Las hermanas Marwin se mostraron especialmente tristes por perder a sus «más queridos compañeros de viaje», y prometieron mantener bien alto el pabellón de la nación británica, a pesar de que a partir de entonces estaban en irremediable minoría.
La noche anterior, cuando celebraron juntos la despedida, habían repartido regalos: para George, un pañuelo con las iniciales bordadas; para Charlotte, una cajita compuesta de innumerables retalitos de telas de colores; y para la muñeca de Elisabeth, un encantador vestido de colorido algodón con un cuello amplio y plisado que favorecía muchísimo a la Señorita Mine.
Cuando los pasajeros de primera clase ya estaban siendo trasladados a remo hacia la playa en los inestables botes, Jane Marwin todavía sujetaba la mano de Charlotte y le pedía por enésima vez que viajara a Inglaterra el año siguiente para visitarlas en su hogar de Yorkshire.
—Unas muchachas encantadoras —bromeó George cuando por fin estuvieron sentados entre su equipaje en uno de los pequeños dhows y decían adiós con la mano al barco.
—Pero si no son muchachas. En todo caso abuelas —comentó sorprendida Elisabeth.
—Es cierto. Precisamente por eso son tan encantadoras.
Delante del edificio del puerto se había reunido ya un gentío de los más diversos tonos de piel, y numerosos rickshaws esperaban a los pasajeros de las clases más altas.
Los hombres de negocios blancos saludaban a sus conocidos, un funcionario de bigote recogía a su prometida, una alemana un poco entrada en años; y dos caballeros bávaros, que se dirigían a una cacería mayor, echaban pestes a voz en grito de los condenados negros que todavía no habían descargado el equipaje.
Aún tendrían que esperar un rato más, ya que primero se desembarcaba a los pasajeros, después su equipaje y las sacas de correo, y por último la mercancía traída de Alemania.
—Efectivamente es él —constató George—. Venid, acerquémonos.
Peter Siegel no había bajado a la playa para ir a su encuentro, seguía donde antes, se abanicaba con el sombrero, y solo levantó un poco el brazo para llamar su atención.
El recibimiento fue amable, pero no entusiasta.
El misionero les estrechó la mano y declaró que la inescrutable voluntad de Dios los había traído de nuevo a África.
Que todas las personas debían confiar en la sabiduría y la bondad del Señor.
A Charlotte le pareció que sus palabras sonaban aún más patéticas y vacías que antes.
—¿Dónde está la tía Klara? —preguntó Elisabeth—. ¿Y ese hijo tan espan… tan especial que tenéis?
Peter Siegel clavó sus ojos marrones y un poco velados en Elisabeth, que se había mordido el labio asustada. Esta niña es una descarada y una malcriada, parecía decir su mirada, como si siempre lo hubiera sabido.
—Klara se ha quedado con Samuel en Hohenfriedeberg. Semejante viaje habría sido demasiado duro para ellos. De hecho, yo solo he venido hasta aquí porque tengo que recoger mercancía para llevarla a la misión.
—Qué feliz coincidencia que esa circunstancia te permita llevarnos a nosotros también —respondió George con sutil ironía, mientras que Charlotte guardó un silencio apocado.
Si habían creído que Peter Siegel había ido expresamente a recibirlos y acompañarlos a Hohenfriedeberg, este les había abierto los ojos.
—Sí, una feliz coincidencia —asintió Peter, que no pareció percibir su desconcierto.
A pesar de su actitud fría, Charlotte sintió lástima por el misionero. Peter Siegel estaba demacrado, la nariz sobresalía exageradamente de su rostro barbudo, y tenía los labios finos y secos. Tenía cierto aire de ave rapaz triste.
¿Qué había sido del ambicioso predicador que, lleno de orgullo, la había guiado por su misión recién creada en Naliene?
Aquel «pequeño paraíso», como lo había llamado Charlotte, había quedado destruido en el asalto de los negros rebeldes durante lo que se conoció como la rebelión maji-maji .
Peter Siegel había sufrido una fuerte contusión en la cabeza de la que, por lo visto, no había llegado a recuperarse.
Aguantaron pacientemente sus quejas sobre el calor y el clima insano de la costa, y se enteraron de que ya llevaba dos días esperando al vapor correo imperial Feldmarschall, porque el buque había llegado con retraso.
Ahora quería regresar a la misión lo más rápido posible.
Se fue al traste su bonito plan de pasar primero unos días en Tanga y buscar tranquilamente un lugar donde guardar sus cajas.
De ningún modo pensaban llevarse hasta las montañas Usambara algunos de los muebles, entre ellos el piano.
Pero como Peter les estaba metiendo prisa, confiaron sus posesiones precipitadamente a un comerciante indio, que les cobró un precio desorbitado por transportarlas desde el puerto hasta su almacén y custodiarlas.
Cuando regresaron al puerto con prisas y descontentos, el esposo de Klara ya los esperaba impaciente.
Diez jóvenes africanos que se había traído de Usambara estaban listos para llevar a la estación la mercancía destinada a la misión.
—¿Pretendes salir hoy mismo hacia Mombo?
—Solo son cinco horas de tren. Si corremos un poco, llegaremos hasta la misión de Wuga y mañana a primera hora podremos ascender las montañas.
A Charlotte no le gustaron nada esas prisas, no eran propias de África, donde todo el mundo tenía tiempo de sobra.
—Tendremos que contratar a un par de porteadores más para llevar vuestro equipaje a la estación. No entiendo por qué tres personas podrían necesitar tantas maletas…
—Somos cuatro, tío Peter. Te has olvidado de la Señorita Mine.
Charlotte se arrepintió seriamente de no haber hecho caso a George, que, disgustado, había propuesto dejar que Peter Siegel se les adelantara y unírsele en Hohenfriedeberg unos días más tarde.
Sobre todo, sabiendo que el misionero no había ido a Tanga por ellos.
Pero ella no había querido ofender a su cuñado y, además, estaba segura de que Klara los esperaba impaciente.
Al camino del puerto a la estación le habían puesto bordillo y grava, pero de todos modos había que esquivar numerosos charcos y quien no prestara atención podía hundirse en el barro rojizo.
El carro tirado por mulas de un comerciante indio se había salido del camino y había volcado, de manera que algunos de los fardos y tarros que llevaba habían caído al fango.
El indio había perdido todo atisbo de serenidad oriental, maldecía a voz en grito y amenazaba a su empleado negro con todo tipo de castigos en caso de que la mercancía se hubiera estropeado.
Justo delante de ellos iba un grupo de africanos jóvenes, muchachos resueltos con la cabeza rapada que llevaban los pantalones atados a la cintura con un cordón y una camisa holgada y colorida o una chaqueta hecha jirones.
Sin duda, buscaban trabajo en Usambara para ganar dinero.
—Sodoma y Gomorra —se oyó decir a Peter Siegel indignado—.
Son víctimas de la codicia, corren tras el dios del dinero, sucumben a las tentaciones de la costa en lugar de convertirse a la fe cristiana que los haría dichosos.
Ya se ve a negros pavonearse con sombreros de copa y botas de piel, y las mujeres llevan faldas de colores con volantes.
Miró con desprecio a las numerosas negras que vendían tortas rellenas, cacahuetes y plátanos a los viajeros que esperaban en el andén.
Siguió diciendo que Tanga se había convertido en una ciudad de pecado durante ese último año y que estaba desbancando a Dar es-Salam en ese sentido.
Toda la costa le repugnaba, eran los dominios de la ramera de Babilonia, y se alegraba de regresar por fin a la misión.
Charlotte y George intercambiaron miradas dubitativas, pero ambos decidieron no hacer comentarios por el momento a las peroratas de Peter.