Capítulo 3 #4
Él sonrió travieso y, al pensar en una entretenida partida, pareció convertirse en un muchacho despreocupado, pero a ella no la engañó. Había preocupación en sus ojos grises, sabía a qué se debía el silencio de Charlotte.
Esta apartó las mantas y se levantó, haciendo así una señal para que otros pasajeros ocuparan el asiento que dejaban libre.
Todavía no se habían colocado las hamacas, se decía que el personal del barco primero tenía que reparar las lamas que la tormenta había arrancado de las persianas de madera que protegían del sol.
Caminó en silencio junto a George, que ahora se dirigía con paso ligero a la cubierta deportiva y respondía a las voces amables de varios viajeros.
Ella se limitaba a asentir distraída y sonreír, como si estuviera disfrutando de una tarde tranquila con su marido.
En realidad, sentía una profunda decepción.
¿De qué había servido hablar? George no se había resistido, había respondido detalladamente a su pregunta y sus argumentos eran sensatos.
Pero seguía teniendo la desagradable sensación de que había sido diplomático y solo había dado rodeos en torno a la verdad.
En el fondo, prefería irse de expedición sin ella y no le importaba en absoluto que estuvieran separados durante un año.
Durante las siguientes tres semanas evitaron el tema, pero Charlotte cada vez estaba más convencida de que estaba siendo injusta con él.
¿No había rechazado en un principio participar en la expedición?
Si ella no hubiera insistido tanto, George se habría quedado con ella y con Elisabeth en Emden.
Ciertamente era feliz a su lado, la amaba a ella y a su hija, eran su familia y se sentía a salvo con ellas.
Sin duda, sus reservas solo se debían a que le preocupaba que ella pudiera no estar a la altura de las circunstancias y a que pensaba en el bienestar de Elisabeth.
De todos modos, se propuso encontrar una solución, porque el deseo de acompañarlo era sencillamente demasiado poderoso.
Como si intuyera por lo que estaba pasando, a partir de entonces George se mostró aún más atento, apenas se apartó de su lado, y los libros que se había llevado para preparar la expedición desaparecieron dentro de su maleta.
Se asomaban a la baranda, muy juntos uno al lado del otro, para contemplar el mar y se entusiasmaban cada vez que descubrían nuevos y asombrosos paisajes costeros.
En Nápoles bajaron a tierra, alquilaron un coche para explorar la ciudad con Elisabeth y montaron en burro por los terrenos en flor a los pies del Vesubio.
En El Cairo, los tres recorrieron juntos callejuelas y bazares, George le compró a Charlotte unos afiligranados pendientes de plata y Elisabeth escogió un collar de piedras azules.
Después les enseñó la casa en la que había vivido con Marie y los niños, la azotea en la que se sentaba por las noches a escribir a su «querida y pequeña Charlotte» a Leer.
Hablaron de los días en que todavía estaban separados y él le reveló cosas que hasta entonces había callado.
Su consternación al enterarse de que se había casado con Christian Ohlsen, su resignación después de visitar la plantación de Max von Roden junto al Kilimanjaro, donde la vio feliz y satisfecha junto a su marido.
Por las noches a menudo entraba a hurtadillas en el camarote en el que ella dormía con Elisabeth y la despertaba con un beso.
La ropa le olía a brisa marina porque había estado paseando por la cubierta hasta estar seguro de que la pequeña dormía.
Después iban de puntillas como dos niños traviesos a la cabina de él, cerraban la puerta y hacían el amor.
Cada noche era distinto, George sabía excitarla con caricias siempre nuevas.
Sin embargo, no era tanto su cuerpo como sus palabras lo que la hechizaban, el murmullo que despertaba en ella fantasías dulces e indecentes.
Después, cuando descansaban agotados, él urdía planes para el futuro, le hablaba de una casa blanca al estilo de los árabes que construiría para ella en Dar es-Salam, de una fuente y un estanque rectangular en el patio interior del edificio, las frescas paredes de barro decoradas con tapices, y una azotea a la sombra de lonas de color claro.
Trabajaría de médico en la clínica para nativos y también sacaría tiempo para escribir más libros.
Quizá a ella le apeteciera volver a regentar una tienda como la de la calle de los indios en Dar es-Salam, él sabía lo mucho que la apasionaba la labor de comerciante.
Lo que nunca mencionaba era que esa vida en común no empezaría hasta que él no regresara de la expedición, si al final ella no encontraba la solución que le permitiera acompañarlo.
Sin embargo, en esos breves momentos de intimidad, esa empresa no le parecía más que un fantasma que palidecía frente a sus felices planes de futuro.
Pasaron junto a las rocas negras de Adén, en el extremo sur de la península arábiga: piedra desnuda inundada por una luz deslumbrante, como si el volcán acabara de elevarla del mar azul intenso.
A Elisabeth el lugar le pareció feo y quedó horrorizada cuando George propuso en broma hacer una excursión por allí.
Esa noche se sentaron en la cubierta de paseo y contemplaron cómo la esfera solar desaparecía en el mar y teñía el cielo y las olas de color rojo dorado.
¡Qué lejos quedaban los eternos amaneceres grises y los tristes anocheceres de su hogar alemán!
Aquí un sol resplandeciente iluminaba el cielo nocturno en cuestión de minutos, y hacia las seis de la tarde el día se sumía en una oscuridad absoluta con grandioso espectáculo de colores.
Allí donde el sol se hundía en el mar se encontraba África Oriental, y Charlotte explotaba de alegría al pensarlo.
Ya solo faltaban unos días. ¿Alguna vez había sido tan afortunada?
Su hija, su amante y su hogar africano. Era como si la vida le hubiera dado todo lo que había deseado.
Cuando avistaron la ciudad portuaria de Tanga, alguien sacó un gramófono a la cubierta de paseo.
Se oyó una versión orquestada del himno imperial Heil dir im Siegerkranz .
Pocos pasajeros escuchaban las estridentes notas, que quedaban prácticamente ahogadas por los golpes del motor.
Los viajeros estaban asomados a la baranda y se señalaban mutuamente los puntos de interés, elogiaban el faro blanco de estilo moruno de Ulenge y apuntaban al edificio contiguo de color claro —un lugar de recreo para blancos—, a la sombra de unos pintorescos cocoteros.
En general, todos lamentaban que el paisaje estuviera envuelto en una densa neblina que solo permitía intuir las hermosas construcciones y la exuberante vegetación de la costa.
Pero aquello se debía a la estación de lluvias y por desgracia no tenía remedio.
—¿Tú también lo sientes, amor mío? —preguntó George cuando el barco enfiló la ensenada del puerto pasando lentamente junto a los escarpados arrecifes de coral—.
Esta tierra está llena de magia. Tengo la impresión de que de estas fértiles nieblas surgieron las primeras criaturas que poblaron nuestro planeta, y de que cuando se anuncie el fin del mundo todo regresará aquí.
África es la madre de toda vida, todo alimento, toda risa y todo amor, y, en sus cantos, los nativos conviven con los espíritus de los muertos.
Charlotte estaba muda de emoción, efectivamente sentía lo mismo.
De ningún otro lugar en la tierra emanaba una fuerza primigenia como la de aquel continente.
¡Qué superficial era el parloteo de los viajeros que lamentaban la niebla y las lluvias!
Esa niebla era el elixir de la fertilidad, brindaba humedad y frescor, bajo ella todo prosperaba y florecía.
Ay, estaba deseando volver a ver los tupidos palmerales, las acacias en flor, los manglares en las orillas de los ríos, con su maraña de raíces sumergida en el agua.
Y, sobre todo, estaba deseando ver a los africanos, a los que jamás entendería del todo y que tan inteligentes y alegres eran a su manera.
—Por supuesto, ayer a nadie se le ocurrió poner Rule, Britannia cuando pasamos por Mombasa —oyó criticar a Jane Marwin en inglés—. Se nota mucho que viajamos en un buque alemán, querida. Considero que se echa en falta cierta deportividad.
—Oh, no estaba escuchando… —respondió Charlotte sonriendo—. En realidad es todo un poco ridículo, esta tierra no pertenece ni a los británicos ni a los alemanes. África se pertenece a sí misma, ¿no cree?
Miss Marwin frunció el ceño para reflexionar sobre aquella afirmación, que en principio la escandalizaba. Pero si la pronunciaba una persona tan simpática como la señora Johanssen…
George había levantado un poco a Elisabeth para que viera mejor y no se le ocurriera subirse a la barandilla.
—¡Mira, Lisa! Ahí atrás, esas lomas verdes azuladas, eso son las montañas Usambara.
Elisabeth estiró el cuello, pero no servía de mucho.
Las plantas y los edificios de la costa estaban envueltos en una delicada niebla, un velo traslúcido que el sol teñía de un dorado cada vez más intenso hasta que por fin lo atravesó creando una imagen preciosa, casi tan bonita como en la plantación junto al Kilimanjaro.
Pero allí, los húmedos espíritus de la niebla ascendían hacia las montañas, envolvían las plantaciones de los chagas y se fundían con el vaho que flotaba sobre la jungla.
Y a veces la enorme montaña se les aparecía delante y era como si flotara entre las nubes.
En sus cumbres relucía la nieve. Nieve de verdad, no como los copos pegajosos de Emden, que se derretían en la mano y embarraban el suelo.
—Usambara —rezongó—. Pero si no son más que unas cuantas montañitas. Menos mal que por lo menos la tía Klara vive allí.