La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

George se recostó, cruzó los brazos detrás de la cabeza y levantó la vista hacia el techo del camarote. Respiró hondo y luego alzó un poco la cabeza para mirarla.

—Tenemos una hijita maravillosa, Charlotte —dijo sonriente—. Y utilizo la primera persona del plural completamente en serio, porque para mí es como si Elisabeth fuera hija mía también.

A Charlotte le sorprendió un poco el énfasis con el que lo dijo, porque ya sabía que quería mucho a Elisabeth, y la pequeña, que ya no recordaba a su padre real, también había aceptado a George desde el principio.

Era maravilloso que este hubiera logrado firmar todos los documentos necesarios y la hubiera adoptado de verdad antes de que partieran hacia África.

Eso había aliviado casi por completo la preocupación de Charlotte de que el hermano de Max von Roden cumpliera sus amenazas e hiciera valer su tutela.

Seguía angustiándose cuando pensaba en los nobles terratenientes de Brandemburgo, pero su temor se reducía con cada milla marina que el Feldmarschall avanzaba en dirección a África.

—Enseguida volverá a adaptarse —prosiguió George—. Klara será como una madre para ella. Sin embargo, Elisabeth necesita mano firme y está claro que tu prima no es la adecuada para ello.

—¿Adónde quieres ir a parar? —preguntó Charlotte con el corazón acelerado.

George volvió a dejar caer la cabeza y se llevó una mano al estómago.

—Puede que la expedición se alargue un año entero o incluso más, Charlotte. ¿Has pensado en ello?

Esperó hasta la tarde siguiente para plantearle la pregunta.

No quería que se pelearan, y menos estando él enfermo.

De todos modos estaba firmemente decidida a no dejar que se instalara entre ellos un silencio tan destructivo como el de Emden.

A partir de ahora expresaría todo lo que pensaba y sentía, y esperaba que él hiciera lo mismo.

La oportunidad surgió cuando Elisabeth jugaba una partida de shuffleboard con las hermanas Marwin en la cubierta deportiva, un divertimento que nadie se habría atrevido siquiera a imaginar el día anterior.

El Atlántico se mostraba en ese momento amable, los pasajeros masculinos más deportistas ya habían completado sus carreras matutinas de entrenamiento, y un pequeño grupo de mujeres progresistas también habían hecho de nuevo sus ejercicios de gimnasia, que eran recibidos con burlas e insultos, sobre todo por parte de algunas de sus congéneres femeninas.

El cielo estaba cubierto y la costa francesa no era más que una sombra gris en la lejanía, pero el vapor correo imperial seguía su rumbo con tranquilidad.

Charlotte y George habían observado divertidos a las jugadoras de shuffleboard durante un rato y luego se habían dirigido a la cubierta de paseo, que estaba muy concurrida porque muchas personas aprovechaban la brisa marina para recuperarse de las fatigas del día anterior.

De vez en cuando se detenían para interesarse por la salud de pasajeros con los que habían coincidido en alguna ocasión, para lamentar la horrible tormenta y el retraso que hubiera podido causar en la travesía, y también para elogiar la fortaleza del vapor correo imperial alemán.

A Charlotte volvió a llamarle la atención la facilidad con la que George se ganaba las simpatías de los demás viajeros, sobre todo de las mujeres.

¿Sería aquella extraña combinación de ligereza y seriedad la que lo hacía tan atractivo?

Sus piropos siempre tenían un matiz jocoso, pero sonaban sinceros y ciertamente lo eran.

Si la conversación se prolongaba, podía ser increíblemente gracioso, ameno y agudo, pero sus bromas siempre tenían un sentido profundo que invitaba a su interlocutor a reflexionar.

Después de dichas conversaciones, a menudo parecía cansado; una vez reconoció que toda aquella gente lo agobiaba y que se alegraba cuando lo dejaban tranquilo.

Pero en la siguiente ocasión volvía a mostrarse tan encantador como siempre.

Esa noche había reflexionado mucho acerca de él y se había preguntado qué sabía ella en realidad de George Johanssen.

Sin duda, el hombre al que amaba tenía un espíritu juguetón, pero en su fuero interno era una persona que sufría por sí mismo y por el mundo en el que vivía.

—Sentémonos un momento a hablar.

Señaló uno de los bancos, del que acababa de levantarse un matrimonio mayor. A pesar de las mantas y de las bebidas calientes que servían los camareros, costaba permanecer sentado con aquel viento fresco y húmedo.

—Claro…

¿Sospechaba él lo que se proponía? Le extendió cuidadosamente la manta sobre las rodillas y luego se recostó, rodeándola con el brazo.

Eran gestos tiernos, Charlotte siempre los había disfrutado, le encantaba notar su calidez.

Ese día tenía la impresión de que George buscaba su cercanía física con especial intensidad, incluso la atrajo un poco hacia él sin importarle la mirada de los demás pasajeros.

—Quiero hacerte una pregunta, George. No porque quiera criticarte o pelearme contigo. Solo quiero que todo quede claro, nada más.

Sintió los dedos de él sobre su hombro.

—¿A qué viene tanta introducción, amor mío? Pregunta y yo responderé.

Charlotte se temía un comentario irónico y respiró aliviada al percibir su tono serio.

—¿Realmente quieres que te acompañe a la expedición?

Lo miró interrogante, trató de anticipar la respuesta a partir de sus gestos, pero solo vio una expresión reflexiva.

—Estoy deseando compartir contigo la experiencia, Charlotte —respondió tras pensarlo un rato—. La emoción de ser el primer europeo en pisar esos senderos, disfrutar de la belleza infinita de los paisajes, vivir la aventura, lo inesperado, los peligros…

Sonreía entusiasmado. Tenía muchas ganas de ponerse en marcha, parecía impaciente por que la caravana partiera de una vez.

—¿Pero? —insistió ella.

—Bueno, también me preocupo por ti, como es natural.

Una expedición por el interior del continente africano conlleva muchos peligros.

Sé que no es la primera vez que participas en una caravana, pero hasta ahora nunca has estado en territorio completamente inexplorado.

Y, además, serías la única mujer entre tantos hombres…

Siguió hablando mientras le acariciaba el hombro, mencionó a las tribus nativas, que seguramente se mostrarían hostiles, las marchas forzadas por regiones inhóspitas, los mosquitos venenosos, las enfermedades, las muertes.

Las experiencias horribles y puede que incluso espeluznantes que prefería ahorrarle.

—No tengo miedo de todo eso, George. Mi miedo sería mucho mayor si tuviera que esperarte sin saber cómo estás. Si estás sano o sigues vivo…

Él se rio con suavidad, la abrazó más fuerte y murmuró que ya no era el joven inconsciente que medía sus fuerzas contra la letal magnitud del Sáhara. Tenía mucha experiencia en la jungla y también en la sabana, y tenía siete vidas, como un gato.

Charlotte se preguntó si George volvería a sufrir fiebres.

Era de lo más normal, siempre lo había sido; todos los expedicionarios enfermaban de fiebres tarde o temprano, la mayoría de ellos varias veces, y a algunos les afectaba tanto que tenían que abandonar la expedición.

En el mejor de los casos, se los llevaba a una zona habitada por blancos en la que las condiciones climáticas fueran mejores, pero en el peor de los casos…

—Además, no soy el único médico del grupo —prosiguió George, pero Charlotte dudaba de que fuera a dejarse tratar por sus colegas mientras pudiera mantenerse mínimamente en pie o sobre la silla.

Montarían en mulas y asnos del lugar, así que como mucho caminarían trechos cortos.

Además, siempre contaban con la posibilidad de hacerse portear por los negros.

Todas las expediciones llevaban lonas o también sillas con esa finalidad.

Pero Charlotte sintió un escalofrío solo de pensar en que eso pudiera pasar.

Siempre había sabido que él no aguantaba mucho tiempo en un mismo lugar, pero pensaba que podría compartir con él esa vida inquieta.

Oteó hacia el mar, intentó reconocer la silueta de la costa entre la neblina, pero solo veía una línea gris y difuminada que bien podía ser una franja de nubes o un espejismo.

George interpretó el silencio a su manera y decidió abordar con cautela el tema de Elisabeth, que quizá al principio se sintiera fuera de lugar en la misión.

Charlotte solo lo escuchaba a medias. No decía nada nuevo, ella también sabía que no podía dejar sola a su hija tanto tiempo.

El entusiasmo inicial le había hecho creer que la expedición del duque de Mecklemburgo duraría como mucho uno o dos meses. Pero ¿un año entero?

—Ya lo iremos viendo —propuso George—. Quizá puedas acompañarnos una parte del viaje. Con el ferrocarril de Uganda hasta el lago Victoria y desde allí en barco a Entebbe y Bukoba. Es un trayecto maravilloso, me gustaría recorrerlo contigo.

—Pero en Bukoba es donde comienza la expedición de verdad.

—Es solo una propuesta, cariño. Tú decides qué hacer. Y sé que tomarás la decisión correcta.

El camarero les ofreció café y bocadillos en una bandeja, pero ambos rehusaron dando las gracias.

Otros pasajeros sí aceptaron, a pesar de que la cena se serviría al cabo de una hora, pero lo cierto es que el día anterior no habían podido comer mucho y tenían que recuperar fuerzas.

Había viajeros —sobre todo matrimonios mayores— que esperaban con impaciencia cada comida y cuyas conversaciones giraban principalmente en torno a lo que habían degustado.

—Deberíamos ir a ver qué está haciendo nuestra pequeña —propuso George al ver que Charlotte guardaba silencio.

—Seguramente ya se ha llevado todos los premios. No le vendría mal tener que enfrentarse a un contrincante de verdad.