Capítulo 3 #2
Su interlocutora se había mantenido en pie con asombrosa habilidad, las dos señoritas inglesas estaban en mucha mejor forma de lo que cabría esperar.
—Pero tu muñeca seguro que tiene hambre, Elisabeth —insistió.
—No, miss Marwin —murmuró la pequeña, que, gracias a las enseñanzas de George, ya sabía bastante inglés.
—Claro que sí, mi niña. ¡Qué pálida está! Está muerta de hambre. ¿Y si me la llevo al comedor?
—Se llama Señorita Mine, y no tiene ganas de comer…
—Oh, creo que me ha guiñado un ojo, Elisabeth. Le encantaría venir con nosotras, pero no se atreve a ir sin su mamá…
Elisabeth torció el gesto y miró de reojo a la Señorita Mine, que Charlotte había encajado bajo el cobertor para que no se cayera de la cama.
—Está bien —suspiró la niña—. Pero la Señorita Mine no ha podido guiñarle el ojo, miss Marwin. Está tumbada boca abajo.
El olor en los pasillos no despertaba precisamente el apetito.
De todos modos Elisabeth caminó obediente de la mano de Charlotte y no tropezó ni una sola vez, porque su cuerpo compensaba los movimientos del barco de forma intuitiva.
Se cruzaron con un camarero que hacía equilibrios con una bandeja, en la que llevaba una infusión de manzanilla, y miss Marwin se enteró de que, excepcionalmente, la comida se serviría media hora más tarde.
—Qué lástima, pero es del todo comprensible dadas las circunstancias…
El opulento comedor de primera clase había sufrido daños considerables debido a la mala mar.
Las palmeras artificiales se habían caído de las macetas, las sillas se habían volcado y solo las mesas atornilladas a la tarima seguían en su sitio, con los manteles escurridos a un lado.
Un camarero trataba de barrer los trozos de cristal de las alfombras, pero tenía que sujetarse constantemente a las delgadas columnas de color bronce para no caerse.
La única comensal, miss Rose Marwin, ocupaba su sitio de siempre con postura señorial, sujetaba el plato y los cubiertos con ambas manos, y les dirigió una sonrisa de ánimo.
Era más alta y rolliza que su hermana y llevaba el pelo recogido igual que ella, pero prefería los pasadores brillantes adornados con plumas.
—Por lo visto, somos las únicas cuatro en pie de todo el pasaje —dijo a modo de saludo—. Claro, nosotras las británicas pertenecemos a una nación de navegantes. Sería ridículo saltarse una comida por culpa de una tormentita.
Charlotte no replicó, pero en realidad Elisabeth era alemana y ella solo había obtenido la nacionalidad británica tras haberse casado con George. También podía alegar que había tenido un abuelo británico en Bombay, aunque no había llegado a conocerlo.
—Las cinco en pie —comentó Elisabeth—. Ha olvidado contar a la Señorita Mine…
—Oh, te ruego que me disculpes. Efectivamente, somos cinco.
Un camarero se acercó deprisa para colocarles las sillas, y Charlotte observó aliviada que Elisabeth se sentaba a la mesa con toda naturalidad e incluso cogía la muñeca, que Charlotte había llevado hasta allí.
—Qué detalle por tu parte haber acompañado a comer a la Señorita Mine…
Miss Rose Marwin sacó las gafas para leer la carta, pero comprobó decepcionada que se trataba del menú del día anterior.
—Bueno, es que es la única amiga que me queda. Todas las demás se han quedado en Emden…
—¡Pobrecita! —se lamentó miss Jane Marwin—. Has tenido que dejar atrás a todas tus amigas. Eso es muy duro.
—Sí, a todas. —Elisabeth asintió y miró a Charlotte de reojo, sin saber muy bien si podía revelar esa información privada—. Pauline Klopp y Minna Springemann y Thilda Baumfalk y Julchen Böttcher…
—¡Cuántas amigas tienes!
—¡Y muchas más! También están…
Lo que siguió fue una larga lista que ambas inglesas escucharon asintiendo con gran seriedad. Cuando un camarero se presentó poco después para anotar lo que querían, Elisabeth pidió sopa de fideos para la Señorita Mine. Las adultas la imitaron.
¿Eran imaginaciones suyas, se preguntó Charlotte, o el balanceo se iba reduciendo poco a poco?
El buque seguía luchando contra las olas, pero se oían órdenes en el puente, y los marineros empezaron a recoger los cabos sueltos y a amarrarlos.
O sea que el oleaje ya no golpeaba la cubierta con tanta fuerza.
—Seguro que tus amigas te escribirán largas cartas…
—Thilda Baumfalk seguro que no. Hace muchísimas faltas, por desgracia es muy tonta. Puede que Minna y Pauline sí, y Julchen seguro…
Elisabeth, con la muñeca en el regazo, hablaba sin descanso e incluso logró beber limonada del vaso de Charlotte sin mancharse. ¿Se habría mareado de pura morriña? ¿Se estaría recuperando porque había encontrado un público compasivo al que podía confiar sus cuitas?
—Sí, me pongo triste muy a menudo. A veces lloro por las noches. Pero ya estoy mejor. Porque tengo a mamá y a George. Y también a la Señorita Mine…
La sopa de fideos se sirvió en pequeños cuencos, y Elisabeth decidió ayudar a la Señorita Mine a comer.
Las cinco damas —niña y muñeca incluidas— contemplaron asombradas las acrobacias de los camareros que llevaron la comida a la mesa, a pesar de lo mucho que se tambaleaba el barco.
Efectivamente, la tormenta había amainado y enseguida llegaron más pasajeros al comedor: dos jóvenes caballeros de Hamburgo que viajaban a África Oriental en representación de su empresa, un coronel retirado con un enorme bigote de Berlín, y el matrimonio mayor de Bremen que, sin embargo, solo tomó infusión de manzanilla y galletas secas.
Las palmeras ya estaban de nuevo en su sitio, las alfombras se habían barrido, pero las sillas seguían sin querer quedarse quietas.
Cuando se sirvió el plato principal, que, debido a las circunstancias, solo consistía en puré de patata, ensalada variada y pescado a la plancha, también apareció George. Estaba pálido y caminaba con paso vacilante, pero al menos había recuperado la sonrisa.
—¡Doctor Johanssen! —exclamó Jane Marwin—. ¡Lo hemos echado de menos! De nuevo hemos sido las damas las que hemos mantenido bien alto, contra viento y marea, el pabellón de nuestra nación de navegantes.
George examinó dubitativo la comida sobre el mantel, constató que Elisabeth acometía un trozo de carne con cuchillo y tenedor, y se sentó en el otro extremo de la mesa.
—Lamento profundamente no haber sido un digno representante de la nación británica —afirmó dirigiéndose a las dos inglesas—. Seguramente se debe a que entre mis antepasados también se encuentran varios daneses e incluso un abuelo alemán.
—No se avergüence, querido doctor. No me gusta reconocerlo, pero en nuestro árbol genealógico hay incluso una bisabuela escocesa.
En cualquier caso, me llena de orgullo que los británicos dominemos los mares y los océanos, un hecho que el káiser Guillermo no logrará cambiar por muchos buques de altura que mande construir…
—Bueno, no deja de ser nieto de la gran Victoria…
La conversación giró en torno a la creación de la Flota de Alta Mar alemana, que las dos inglesas consideraban una insolencia por parte del káiser; una insolencia que, gracias a Dios, había llegado a su fin con la botadura del Dreadnought en Portsmouth.
Un acorazado como aquel —una obra maestra de los constructores británicos— era muy superior a todos los buques de guerra construidos hasta el momento, de manera que el káiser Guillermo ya podía enviar a desguazar toda su flota.
—No se confíen, señoritas. Puede que el káiser aproveche toda esa ferralla para construir un Temerario. Una inmensa lata de conservas impulsado por baterías y con muchos orificios para la artillería…
—¿Una embarcación submarina? Pero, doctor Johanssen, esos cacharros jamás podrán usarse en el mar. Los pobres jóvenes que se sumergen dentro de esas cajitas de hojalata para no reaparecer nunca más…
—Bueno, en vista de las condiciones actuales, estaríamos bastante más cómodos en un submarino.
Charlotte veía lo mareado que se encontraba aún, pero incluso en ese estado lograba entretenerlas. Pidió vino tinto y pan blanco, que las hermanas Marwin ignoraron educadamente, y le preguntó a Elisabeth qué tal se encontraba la Señorita Mine.
—Se encuentra bien. Ya se ha comido media chuleta y tres cucharadas de puré de patata. Pero la ensalada no le gusta.
George bebió un sorbito de su vino e hizo bolitas con la miga de pan, habló sobre un viaje por Escocia que había hecho años atrás, e hizo sonrojarse ligeramente a las hermanas Marwin.
Cuando estas pidieron fruta, queso y compota de postre, se levantó para, según él, tomar un poco el aire.
Solo se había bebido media copa de vino y no había comido ni un bocado del pan.
Por si acaso, Charlotte pidió que llevaran una tetera de manzanilla al camarote de George, y luego salió con Elisabeth a la cubierta de paseo, donde dos marineros secaban los bancos.
Había varios pasajeros apoyados en la baranda, envueltos en gruesos abrigos y con la cara pálida de sufrimiento.
Las aguas estaban revueltas y el viento tironeaba de los abrigos y los sombreros, pero había motivos para la esperanza.
Después de todos esos olores que se mezclaban en los pasillos, era un gusto aspirar el aire fresco y limpio del mar.
Encontraron a George sentado en su cama con un libro abierto sobre las rodillas. A su lado tenía una bandeja con una tetera y una taza, en la que efectivamente se había servido infusión e incluso parecía haber bebido un poco.
—Tomaré muestras de los lagos y los ríos para examinarlas bajo el microscopio —le contó cuando entró en el camarote—. Habrá mucho trabajo por las noches.
Era buena señal que ya estuviera pensando en la expedición.
—No te preocupes, yo te ayudaré.
Cerró el libro distraído y bebió un poco de infusión, luego torció el gesto con asco y se burló de la costumbre típicamente alemana de tomar manzanilla para cualquier dolencia.
—¿Qué tal se encuentra Elisabeth?
—Estupendamente. Está dormida en la cama con la Señorita Mine.