La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Esa misma mañana el Atlántico todavía era una superficie turquesa ligeramente ondulada, las pequeñas olas escupían espuma cuando la proa del vapor las atravesaba, y a lo lejos se veían las rocas blanquecinas de la costa bretona.

Pero más tarde el monstruo despertó en las profundidades del océano, comenzó a moverse, se encabritó, rugió y azuzó el mar con su poderosa cola.

El Feldmarschall se elevaba como un juguete, la espumosa cresta lo arrastraba y desde allí se precipitaba hacia la oscuridad del hueco que se abría entre las olas.

La proa del vapor se hundía en las aguas de color verde grisáceo, la mar golpeaba con fuerza la cubierta e incluso los experimentados marineros temían que la siguiente ola pusiera fin a su travesía para siempre.

A bordo las condiciones eran aterradoras.

En el salón de primera clase, los muebles se deslizaban de un lado a otro por las estancias, chocaban y se astillaban; las botellas y las copas caían de los estantes a pesar de las protecciones y se rompían contra el suelo entre el caos generalizado.

Nadie se encargaba de recoger aquello, los camareros estaban demasiado ocupados cuidando de los pasajeros mareados, que se aferraban a las camas con sus últimas fuerzas para no salir volando.

Muchos se encontraban tan mal que ya solo querían morir, hundirse en las frías aguas, no saber nada más, no sentir nada más, simplemente librarse de aquel tormento.

Mientras tanto arriba, en el puente, y abajo, en la sala de máquinas, la tripulación luchaba a la desesperada contra la mala mar.

Mantener el curso era una quimera, lo único importante era sobrevivir a los ataques del océano enfurecido.

Charlotte era una de las pocas pasajeras que no sufría mareos; solo compartían su suerte dos inglesas de edad avanzada: miss Jane Marwin y su hermana menor Rose, que iban a visitar a su hermano en Sudáfrica.

A pesar de los bandazos del barco, las dos damas insistían en recorrer los pasillos con sus frasquitos de licor de menta, un excelente remedio contra los mareos del que habían hecho acopio antes de partir.

El médico de a bordo y dos enfermeras también trabajaban incansables en primera y segunda clase, donde en total había ciento ochenta pasajeros a los que atender, pero ni el Validol ni el alcanfor aliviaban su padecimiento.

Prácticamente nadie se ocupaba de los cerca de ochenta pasajeros de tercera clase, y mucho menos de las casi cien personas de entrecubierta, apiñadas en las literas de madera y abandonadas a su suerte.

Charlotte conocía las condiciones de allí abajo, ella misma había viajado en entrecubierta diez años antes con Klara y Christian, y, a pesar de compadecerse de aquellos infelices, se alegraba de poder ocupar ese camarote luminoso y bien decorado en primera clase.

Sobre todo porque su hija, que en el viaje de ida a Alemania había demostrado ser una buena «marinera», esta vez se encontraba muy mal.

—¡Mamá, quiero volver a casa! —se lamentaba la niña.

—La tormenta pasará enseguida, amor mío —la consolaba Charlotte—. Después te encontrarás mejor…

Elisabeth estaba tan pálida que Charlotte tenía miedo de que perdiera el conocimiento.

Sufría constantes arcadas, a pesar de que su estómago llevaba mucho tiempo vacío.

Charlotte cogía a su hija en brazos, intentaba compensar con su propio cuerpo los bandazos de la nave, le pasaba un paño húmedo por la frente y le sujetaba una escudilla delante de la boca cuando iba a vomitar.

Oían el oleaje romper una y otra vez con gran estruendo contra la proa, y los cables de acero hacían un ruido como de latigazo al romperse.

El vapor se balanceaba, las máquinas trabajaban a pleno rendimiento, y el casco metálico parecía gemir como una persona en graves apuros.

George estaba tumbado en el camarote contiguo, también había caído víctima de los mareos, pero se negaba rotundamente a que ella lo ayudara.

—Cuida de Elisabeth —le gruñía a Charlotte—. No necesito una enfermera. Y ni se te ocurra presentarte aquí con un frasquito de licor de menta.

Él, que siempre estaba ocupándose de enfermos, no soportaba que lo cuidaran cuando se encontraba mal. George prefería enfrentarse a la enfermedad solo, no se confiaba a ningún médico y tampoco soportaba las miradas impotentes de su esposa.

Charlotte se resignaba. Con la niña llorosa en el regazo, miraba por el ventanuco, que no era mucho más grande que un ojo de buey.

George había reservado camarotes en la parte más alta del barco para que tuvieran buenas vistas del mar y la costa.

Ahora solo se veían remolinos de aguas grises y espuma que salpicaba al vapor por todos lados, y a veces veían pasar un extremo arrancado del cordaje del balcón.

—Mamá, quiero ir a casa…

—Mírame el hombro, Elisabeth, tienes que fijar la vista en un punto para que el balanceo pare…

—¡Ojalá nos hubiéramos quedado en Emden!

—Dentro de poco estaremos en África. ¿Ya no recuerdas lo bonito que era?

—¡No!

Charlotte había pasado los dos últimos meses en Emden en un estado de felicidad absoluta al confirmarse que se marcharían de Alemania de nuevo.

Se sentía como alguien que abre la ventana de un salón en penumbra y se asoma a un luminoso y florecido paisaje primaveral.

La respuesta del duque de Mecklemburgo no se hizo esperar, en ella aceptaba encantado al doctor Johanssen en su expedición, e incluía una lista de los demás científicos y del material que pensaba llevar.

Pedía a George que le telegrafiara rápidamente si faltaba algún instrumento o herramienta que le resultara esencial, para poder remediarlo.

Por lo demás, el duque contaba con que el reconocido escritor de viajes George Johanssen pudiera asistirle al término de la expedición para publicar en un libro las experiencias adquiridas y los descubrimientos realizados.

Precisaba encarecidamente de dicha ayuda, ya que hasta el momento nunca se había dedicado a la escritura; había sido educado como soldado y había crecido a lomos de un caballo.

—Bueno, nadie es perfecto —había bromeado George.

Pero eso no había mermado en absoluto su entusiasmo por la inminente aventura. Charlotte tampoco cejaba en su optimismo: el duque había señalado educadamente que no era posible que una mujer los acompañara en aquel viaje largo y peligroso, pero ella estaba decidida a encontrar la manera.

Elisabeth era la única que se sentía desgraciadísima, no lograban persuadirla, ni con promesas ni recordándole cuánto añoraba a Hamuna y la plantación tan solo unos meses antes.

No estaba dispuesta a perder a sus amigas, y mucho menos a sus primos de Leer y a la pequeña Fanny.

Decía que Emden era su hogar, y que de todos modos mamá había vendido la plantación.

La abuela, que luchaba encarnizadamente por conservar a su adorada bisnieta, se había convertido en su más enérgica aliada.

—Si vosotros dos queréis volver con los negros y los monos, dejadnos al menos a la niña, que no se merece esa vida…

Charlotte se consolaba pensando que la pequeña enseguida se adaptaría a África.

Klara había enviado una carta que rezumaba alegría y en la que, cómo no, hacía referencia a la intensidad de sus oraciones, que por fin habían sido atendidas.

Además, en la misión de Hohenfriedeberg también se enseñaba a niños europeos, y los colonos alemanes daban mucha importancia a que se los separara de los negros.

De todos modos, a Charlotte la acongojaba la tristeza de su hija, porque le recordaba la época en que se había vendido la casa de sus padres en Emden y ella se había sentido desconsolada.

George y ella también habían ido vendiendo poco a poco los muebles adquiridos, las preciosas lámparas, los jarrones, la vajilla.

Muchos de los objetos se los habían regalado generosamente a Ettje y a Paul, y otros se habían embalado porque querían llevárselos a África.

Se instalaran donde se instalasen, querían conservar algunos elementos decorativos de su antiguo hogar.

El piano de Charlotte también viajaba desmontado y cuidadosamente guardado en cajas en la bodega del barco, donde esperaban que no estuviera sufriendo ningún daño.

—Mamá, ¿cuándo va a terminar la tormenta? —se lamentó la niña en su regazo.

—Ya está perdiendo fuerza, Lisa. ¿No lo notas?

Las crestas de una ola impactaron en la ventana con gran estruendo y desmintieron a Charlotte.

El barco se elevaba, descendía, volvía a ascender, vibraba, crujía, se balanceaba, los cabos azotaban la barandilla con fuertes estallidos y a todo aquello se superponía el rugido múltiple del mar embravecido.

—¿Vamos a hundirnos? Se oyen ruidos muy raros, mamá…

—Este barco está hecho de fuerte acero, Lisa. Y lleva dentro una potente máquina de vapor…

La niña volvió a tener náuseas y Charlotte le sujetó la frente mientras se inclinaba hacia la escudilla. Justo después se entreabrió la puerta del camarote y se asomó el perfil afilado y los ricitos blancos de miss Jane Marwin.

—Mi hermana y yo nos dirigimos hacia el comedor, querida señora Johanssen. Venía a preguntarle si quiere acompañarnos…

—Lo haría encantada, miss Marwin. Pero no estoy segura de que la comida vaya a servirse hoy con puntualidad.

—Oh, confiamos plenamente en ello —respondió miss Marwin con una sonrisa—. Al fin y al cabo, el Feldmarschall es un buque alemán…

Su plena confianza en la puntualidad alemana hizo reír a Charlotte, que no creía que con semejante marejada fuera a prepararse ni un huevo frito. En la cocina de a bordo seguramente reinaba el caos más absoluto.

—¡Ay, pobre niña! —exclamó miss Marwin compasiva—. ¡Qué pálida está! Seguro que una tacita de caldo le sentaría bien.

La amable inglesa tuvo que agarrarse al tablero de la puerta porque el barco se estaba elevando sobre una ola entre crujidos.

—No creo que quiera tomar nada, querida miss Marwin —observó Charlotte.