La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 2 #9
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Capítulo 2 #9

—Pero… es fantástico, George. Una oportunidad única de explorar el continente junto a un gran número de expertos. ¡Es un magnífico reconocimiento de tu labor como médico y es­critor!

Él detuvo la búsqueda y se apoyó con ambos brazos sobre la mesa.

—He dicho que no —dijo sin mirarla.

—¿Has dicho que no? Pero ¿por qué?

Se encogió de hombros y volvió a rebuscar en los cajones. Cayeron papeles al suelo, pero la carta que buscaba no aparecía por ningún lado. ¿O quizá no quería encontrarla?

—Dios mío, Charlotte, ¿es que no lo entiendes?

No hace ni un año que di la espalda a las colonias con repulsión.

He publicado incontables artículos en contra de las condiciones que imperan allí, he escrito hasta un libro.

Y ahora, solo porque el duque de Mecklemburgo me invita personalmente a su expedición, ¿tengo que tirar mis principios por la borda y viajar a Ruanda?

Pues claro, cómo había podido olvidarlo.

Tenía miedo de perder credibilidad entre sus partidarios.

El duque de Mecklemburgo era un hombre sensible y emprendedor, pero hasta el momento no había manifestado ninguna crítica hacia el gobierno colonial de África Oriental ni hacia su política de tierra quemada.

Más bien destacaba por ser un entusiasta de la caza mayor.

—Pero… las circunstancias sí que han cambiado —replicó ella con cautela—.

En el Parlamento se están imponiendo nuevas opiniones, Bernhard Dernburg quiere reconciliarse con los africanos.

Has tenido que leerlo en los periódicos, George.

En las colonias ya se empiezan a notar los efectos, al menos eso dice Klara en sus cartas…

—Puede que así sea, pero todas esas reformas seguirán teniendo como objetivo extraer dinero de las colonias como sea. Si no es con violencia, será con falsas promesas. Se quiere desarraigar a la población, evangelizarla, civilizarla y finalmente explotarla como mano de obra barata.

Parecía tentado de enviar todos sus papeles a un rincón de una patada, pero no lo hizo, solo cerró de golpe los cajones. Luego la miró con una sonrisa triste.

—Desearías volver, ¿verdad? —preguntó en voz baja—. Echas de menos África y no quieres reconocérmelo. ¿Crees que no me he dado cuenta de que evitas expresamente todas las tiendas de ultramarinos cuando paseamos por la ciudad?

O sea que él la había estado observando al menos tanto como ella a él. Pero también había guardado silencio.

—Comprendo tus motivos, George. Hay otros lugares en el mundo, no tenemos por qué regresar a África. Ni mucho menos al África Oriental.

Él negó apenado con la cabeza.

—Vendiste la plantación a la que tanto apego tenías —prosiguió—. Lo hiciste por mí, lo sé perfectamente. Y yo no tuve fuerzas para impedirlo. Dios mío, puede que incluso nuestro hijo siguiera vivo si nos hubiéramos quedado en África…

—¡Cómo puedes decir algo así!

Le entristecía que se hiciera tan duros reproches, pero al mismo tiempo estaba furiosa. Las cosas habían salido de esa manera, ¿de qué servía echarse la culpa y plantear suposiciones de­sesperadas?

—Escúchame, George —dijo, obligándose a mantener la calma—.

Me marché de África voluntariamente, nadie me obligó, tú tampoco.

Venir a Alemania fue lo correcto, porque aquí has hecho contactos, has aportado tu experiencia, y quién sabe si el cambio de paradigma no se debe en una pequeña parte a tu labor periodística…

Se había ido acalorando y se detuvo un instante para comprobar el efecto que estaban teniendo sus palabras. Vio que la boca de George esbozaba un débil gesto irónico, pero sus ojos la miraban con gran seriedad.

—De acuerdo, me resultó difícil vender la plantación —prosiguió—. Pero yo ya había tomado la decisión y no habrías podido detenerme ni aunque lo hubieras intentado. ¿Lo entiendes? No eres responsable de mis actos, ¡ni siquiera cuando son por amor a ti!

Él no era capaz de responder, pero la ironía había desaparecido de sus labios. La miraba fijamente, como si la viera por primera vez, la escrutaba asombrado, con creciente admiración.

—Y una cosa más —declaró enérgicamente—. Si al final decides participar en la expedición, yo te acompaño. Elisabeth puede quedarse mientras tanto en la misión con Klara y después ya decidiremos cómo y dónde vivir.

Eso ya fue demasiado. La admiración se transformó en alegría, se echó a reír, desbordado y al mismo tiempo infinitamente aliviado.

—¿Quieres incluso acompañarme? ¡Estás loca!

—No creerás que voy a dejarte…

No pudo seguir hablando porque, a pesar de que ella se había resistido, la tomó en sus brazos y la estrechó contra su cuerpo.

—¿Cómo puedes querer estar con un hombre tan caprichoso como yo? —le susurró al oído—. Un veleta, un tipo sin principios del que no puede uno fiarse y que te va a volver loca…

—Eso lo decido yo, George Johanssen. ¿Me prometes que enviarás el telegrama mañana? ¿Cuándo quiere partir el duque de Mecklemburgo? ¿En primavera? Ay, Dios mío, Klara insistirá en que el Señor ha escuchado sus plegarias… George, cuidado, me acabas de arrancar un botón…