Capítulo 2 #8
Pasaron los días sin Elisabeth extrañamente forzados a estar en pareja.
George se mostraba hablador y se esforzaba por proponer nuevos temas de conversación, la invitaba a tocar el piano a cuatro manos, paseaba con ella por la ciudad decorada y le preguntaba por sus recuerdos de la infancia.
Por las noches aseguraba no haber tenido jamás un hogar tan confortable, elogiaba su gusto, y mencionaba nuevos proyectos editoriales para los que necesitaría su ayuda.
Charlotte respondía a todo, pero percibía su agitación y sabía que se estaba engañando a sí mismo.
Lo único auténtico era su desesperado esfuerzo por no perderla.
Desde el aborto, no la había tocado, pero ahora volvía a acostarse con ella.
La primera noche lo hizo con tiento, como si tuviera miedo de hacerle daño, las siguientes la tomó apasionadamente varias veces seguidas, y antes de que el sueño lo venciera, le buscaba la mano para cogérsela.
«Algo tiene que cambiar —pensó Charlotte—. Si seguimos así, nos distanciaremos cada vez más. ¿Por qué tenemos miedo de decir la verdad?».
La capa de hielo sobre la que se movían con tanto cuidado se rompió cuando Elisabeth regresó a Emden dos días después de Nochevieja.
Paul, que tenía asuntos que tratar en la ciudad, la acompañó en tren y cargó con su maleta desde la estación hasta la Osterstrasse, porque quería ahorrarse el dinero de un coche de punto.
Almorzaron juntos, charlaron sobre cosas intrascendentes, y todos se sintieron aliviados cuando el primo de Charlotte se despidió por fin para dedicarse a sus asuntos.
Elisabeth se abalanzó sobre su nueva muñeca, un regalo navideño de George que no le habían permitido llevar a Leer.
La Señorita Mine, que era como se llamaba la muñeca, tenía un delicado rostro de porcelana pintada y movía los brazos y las piernas gracias a las articulaciones de bola.
Se le podían quitar los vestidos, llevaba ropa interior de verdad y un calzón de encaje, pero lo que más le gustaba a Elisabeth era la larga melena castaña que tenía que peinar sin falta.
—¿George? —se dirigió Elisabeth a su padrastro mientras tironeaba del pelo de la muñeca con el peine—. ¿Es verdad que el Señor ha castigado a mamá por haberse casado contigo?
A Charlotte se le paró el corazón. Intercambió una mirada con George, que había entornado los ojos. Parecía al acecho, como si intuyera un peligro que ya conocía.
—¿Quién ha dicho eso?
—El tío abuelo de Aurich, el que es pastor y habla mucho. Se lo dijo a la abuela un día tomando café.
—¿El tío abuelo Harm? ¿El marido de la tía Edine?
—Sí, creo que sí. Dice que Dios se llevó consigo a mi hermano pequeño porque…, porque…, algo de Dios y una cadena…, o condena…, porque mamá le quitó el marido a la tía Marie.
Charlotte era incapaz de responder. El pastor Harm Kramer era el padre de Marie y Menna.
Seguramente no había podido aceptar que el matrimonio de su hija terminara, al fin y al cabo la había criado según las enseñanzas del Señor.
Por lo tanto, el divorcio no podía achacarse a Marie, debía de ser obra del diablo, de una seductora endemoniada…
—Eso es un absoluto disparate, Elisabeth —oyó decir a George en tono tranquilo—. El Señor nos hizo a tu mamá y a mí el uno para el otro y nos reunió… Eso es lo que pasó.
Elisabeth siguió intentando domar la melena de la Señorita Mine sin inmutarse.
—La abuela también dijo que eran tonterías.
Se enfadó muchísimo y se puso a gritar. El tío abuelo Harm no dijo nada más, pero la tía Edine se levantó y volcó sin querer la taza de café.
Luego la abuela se fue a su cuarto y la tía Ettje nos llevó a Fanny y a mí a su casa porque la abuela necesitaba estar tranquila.
—Tu bisabuela es una mujer inteligente, Elisabeth. Tiene razón, no eran más que estupideces.
—Eso me parecía. Pero ¿por qué tengo que llamarla abuela si es mi bisabuela…?
Elisabeth se rindió con el peine y sujetó la rebelde melena de la muñeca con uno de sus ganchos.
Para ella, el tema estaba zanjado. A Charlotte le costó disimular su agitación delante de la niña y se alegró de que George se ocupara de ella el resto del día.
Cuando la pequeña ya estaba en la cama y el ritual de buenas noches hubo terminado, Charlotte permaneció un instante en el pasillo a oscuras con la espalda apoyada en la puerta del cuarto.
Luego caminó con decisión hacia el despacho de George.
Él la estaba esperando. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo alterado que estaba.
—Sé muy bien de dónde han salido esas acusaciones, Charlotte. No te lo he querido decir, pero Marie siempre ha tenido una lengua muy afilada, especialmente con respecto a ti… No son simples maldades, son infamias…
—¡Todo eso ya no importa, George!
Él se acercó a abrazarla, pero ella lo rehuyó. Se habían acabado las mentiras, era el día de la verdad.
—Quiero marcharme de aquí —declaró—. Y sé que tú también.
No la contradijo, bajó los brazos y de pronto parecía desvalido.
—¿Por qué lo sabes? —musitó.
—Lo noto. Estás inquieto, y todo lo que haces me lo confirma. Tu mirada, tus movimientos, lo que dices y, sobre todo, lo que callas.
—¿Y si fuera así?
—Me iría contigo. Sin dudarlo. No importa adónde.
Él la miró fijamente como si buscara algo que hasta entonces no hubiera visto, y luego resopló como si acabara de tomar una decisión trascendental.
—Me han hecho una oferta —dijo, y abrió varios cajones de su escritorio para rebuscar entre los papeles.
—¿Qué tipo de oferta?
Se quedó quieto. Al percibir la impaciencia de ella, parecieron surgirle dudas.
—El duque de Mecklemburgo quiere llevar a cabo una expedición por África el año que viene. Ha invitado a varios científicos y médicos de renombre, entre ellos a mí. Ha leído varios de mis libros…
Charlotte temblaba de emoción. África. Quería ir a África. Y le había ocultado sus intenciones.
—¿Una expedición? ¿Adónde exactamente?
—Quiere cruzar el continente. Desde Mombasa a través del protectorado británico hasta el lago Victoria, luego por territorio alemán hacia Ruanda y finalmente bajar por el Congo hasta la costa occidental.