Capítulo 2 #7
¿A qué estaban jugando? Charlotte tenía la sensación de estar caminando sobre un lago helado, oía los suaves crujidos y veía pequeñas grietas que se extendían como una tela de araña por la superficie lechosa.
Y, sin embargo, seguía avanzando. Y George también se desplazaba sobre la delgada capa, ágil, con pasos ligeros, evitando las grietas y cambiando cuidadosamente de rumbo con cada crujido.
Lo importante era no hundir el hielo, porque los ruidos guturales y rugidos que se oían debajo eran corrientes que podían separarlos para siempre.
Contempló pensativa a su marido, que se había sentado en la butaca y hojeaba la carta de Klara.
Tenía las piernas recogidas y el torso inclinado hacia delante, como si estuviera a punto de levantarse de un salto para salir corriendo.
Hasta que no terminó de leer no relajó la postura y se recostó en el respaldo.
Dejó la carta sobre la mesita del salón sin hacer ningún comentario.
Ni una palabra sobre el Instituto de Investigación Agro-Biológico Amani en Usambara, que antes quería visitar a toda costa; tampoco sobre Von Rechenberg, el nuevo gobernador; y, sobre todo, ni una palabra sobre el supuesto cambio en la situación de África Oriental.
Parecía existir entre ellos un acuerdo tácito para callar sobre esos temas.
—Es posible que el tiempo empiece a mejorar —dijo George en tono esforzadamente despreocupado—. Deberíamos alquilar un carro y hacer una excursión por la zona. El fresco aire invernal te sentará bien.
—Sí, buena idea…
Charlotte sabía que sus intenciones eran buenas.
Era injusto por su parte sentir que Emden era gris y lúgubre.
En días buenos, el cielo era de un azul precioso, las nubecillas blancas flotaban como plumón y los pesqueros de colorida pintura se reflejaban en el agua del puerto.
La ciudad estaba llena de vida y de personas cariñosas, incluso las tenderas del mercado preguntaron por ella cuando estaba enferma, y los vecinos también le habían dado el pésame.
—Deberíamos comprar los regalos de Navidad, no queda mucho…
—Claro, casi lo había olvidado…
George asintió con demasiado entusiasmo como para ser sincero.
En las escasas visitas a Leer, Charlotte enseguida se había dado cuenta de que su esposo, si bien seguía prodigando sus encantos con la familia, al final del día parecía estar relajado y contento de marcharse por fin de la angosta casita de Grete Dirksen.
No le gustaban demasiado aquellas reuniones familiares y únicamente se prestaba a ellas por amor a Charlotte.
Sin embargo, ella misma también se sentía cada vez más incómoda durante las visitas, la alegría del reencuentro tras diez años de ausencia ya se había desvanecido y todos tenían sus propias vidas.
Ettje estaba preocupada por su esposo, que seguía sufriendo achaques, Paul y Antje miraban cada penique que gastaban, y la abuela era la única que preguntaba constantemente cuándo irían a Leer.
Por supuesto, lo hacía sobre todo por ver a su bisnieta.
Hasta entonces solo les habían devuelto la visita en una ocasión, ese mismo verano, porque todos tenían curiosidad por ver su nuevo hogar en la Osterstrasse.
Menna también había anunciado su presencia, pero Charlotte le había telegrafiado que estaba sobrepasada con tantas visitas y que sería mejor que eligiera otras fechas.
Por suerte, no había vuelto a tener noticias de su prima.
No había encontrado un cálido hogar, ni siquiera uno templado, aquel hogar se había enfriado del todo. Elisabeth era la única que seguía disfrutando en Leer, donde la abuela la tenía completamente consentida y podía recorrer los alrededores con los hijos de Ettje.
—Cuando vayamos a Leer por Navidad, podríamos dejar a Elisabeth unos días allí y luego regresar a buscarla —propuso George con cautela.
Charlotte comprendió que no le apetecía pasar la noche en el estrecho dormitorio, y esta vez estaba de acuerdo con él.
El cuartito la ponía triste, porque le recordaba la época en que dormía allí con Klara.
Su prima pequeña, que ahora ya estaría viviendo en la misión de Usambara, era el único miembro de la familia que siempre había estado de su lado sin reservas.
Klara nunca había sentido un especial deseo por viajar, solo había acompañado a Charlotte a África por el apego que sentía hacia ella.
Y se había quedado allí, mientras que Charlotte vivía de nuevo en Alemania.
Poco antes de las vacaciones nevó un poco, para gran alegría de Elisabeth.
Eran copos grandes y húmedos que caían lentamente de las nubes, se pegaban a la piel haciendo cosquillas y formaban abultados colchones sobre los tejados y las vallas, pero en el suelo se derretían enseguida.
George llevó personalmente a la oficina de correos el manuscrito terminado de su nuevo libro y regresó con nieve en el sombrero y el abrigo.
En su rostro no había orgullo por el trabajo hecho ni satisfacción; en lugar de eso, Charlotte percibió esa agitación que ya le había llamado la atención otras veces.
—Ahora no tendré nada que hacer durante un tiempo —constató con una sonrisa ladeada antes de coger el periódico.
Charlotte detectó una gran dosis de ironía en esa sonrisa y tendría que haberse quedado desconcertada, pero estaba enfadada con él porque había hecho copiar el manuscrito original en un despacho profesional en lugar de encargarle la labor a ella.
—Entonces estás como yo.
Molesto por su tono mordaz, casi agresivo, bajó el periódico.
¿Creería él que sus días estaban ocupados solo porque cuidaba de su hija, tocaba un poco el piano y supervisaba el trabajo del hogar?
¿Acaso era ella Marie, que nunca había querido hacer otra cosa que criar niños y llevar una gran casa?
Había regentado un negocio en Dar es-Salam y dirigido una plantación durante cinco años.
Una plantación que ahora había vendido. Otra persona continuaría la obra de Max von Roden. Ella, Charlotte, no poseía nada más que el dinero en el banco, que en realidad pretendía invertir para su hija, pero aún no había logrado decidirse a hacerlo.
Se encontró con la mirada asustada de George, de pronto sintió el remolino bajo la fina capa de hielo, y también el miedo a estar poniendo en juego algo tremendamente importante. No, nada de pelear. Se querían.
—Es que, si tú no escribes, no tengo trabajo porque no hay nada que corregir —concedió.
—Dejemos que pasen las fiestas, ya surgirá algo después… —la tranquilizó aliviado, y se enfrascó en la lectura de un artículo del periódico.
Charlotte no podía apartar la vista de él.
Le parecía un extraño, con ese batín forrado y las ridículas gafas en la nariz.
¿Era ese el mismo hombre cuyas cartas desde países lejanos habían despertado sus sueños y fantasías?
¿George, el soñador que constantemente ponía su propia vida en peligro en busca de la belleza, el luchador furibundo que se enfrentaba a todo lo que le parecía injusto?
¿El hombre que un año antes la había guiado por la sabana con prudencia y seguridad, esquivando peligros mortales, el hombre que le había infundido valor cuando ella se desesperaba?
¿El que tan apasionadamente la había amado bajo el cielo africano repleto de estrellas?
Claro que era el mismo, aunque llevaba una máscara que no le quedaba bien. Pero ¿acaso seguía siendo ella la misma mujer que era entonces? ¿No tenía el papel equivocado en el lugar equivocado? ¿No había intentado actuar como una esposa y madre amantísima y crear para él un hogar confortable?
—Sí, dejemos que pasen las fiestas —accedió cansada, y se sentó al piano para tocar una pieza de Schubert. Franz Schubert, el compositor que lograba convertir la tristeza en belleza.
Las Navidades fueron templadas, aunque el viento del noroeste traía consigo una humedad que empapaba la ropa y hacía tiritar.
La visita que hicieron a Leer fue breve; intercambiaron regalos con la familia, bebieron té todos juntos y Charlotte tuvo ocasión de sostener en brazos a su pequeño sobrino, un niño delicado y propenso a enfermar que tenía preocupados a sus padres.
George examinó al bebé y, para consternación de Antje, le prescribió un paseo diario, bien envuelto y abrigado, sin importar el tiempo que hiciera.
El aire viciado del salón húmedo y caldeado solo empeoraría su estado.
Elisabeth ya había llevado su equipaje al dormitorio que compartiría con la pequeña Fanny durante unos días.
—Fanny me agobia —les confesó Elisabeth al despedirse de ellos—. Siempre me persigue y, cuando me voy con los chicos, se echa a llorar. ¡Me alegro mucho de no tener hermanos pequeños!
George y Charlotte regresaron a Emden en tren.
Se sentaron en silencio uno frente al otro en los mullidos asientos de primera clase, sin saber muy bien hacia dónde mirar.
El paisaje exterior estaba a oscuras, solo de vez en cuando se veían pasar las ventanas iluminadas de alguna casa, en las estaciones había lámparas eléctricas encendidas, y las líneas grises de la lluvia se distinguían claramente en el haz de luz de los faros.
«Época de lluvias», pensó Charlotte, y se ciñó el abrigo tiritando. Silenciosa y fría. Ni truenos, ni nubes negras que estallaran sobre el campo y descargaran el agua, ni tierra humeante de la que ascendiera el olor de una cálida fertilidad… Solo una llovizna fría sobre el suelo embarrado.
Vio que George había cerrado los ojos. Pero no estaba dormido, se dio cuenta de que contraía los párpados de vez en cuando. ¿Qué estaría imaginando? Habría dado cualquier cosa por saberlo.