Capítulo 2 #6
Charlotte no lloró. Pasó varios días recostada y apática, mirando la lámpara dorada con las pantallitas verdes, observando las sombras con forma de araña que se deslizaban por el techo con la luz del día, sin sentir nada más que una indiferencia sorda y desconsolada.
Ni siquiera George, que abandonó sus manuscritos y pasó horas junto a su lecho para recordarle que al menos tenían su amor y una hija sana, pudo aliviar el peso sofocante del duelo.
Solo se recomponía cuando Elisabeth entraba a verla, hablaba un poco e incluso intentaba gastar bromas, aunque fracasaba estrepitosamente.
—Mamá, estás muy delgada —observó Elisabeth negando con la cabeza, como si tuviera delante a una niña testaruda—. George dice que tienes que comer, que si no te va a llevar el viento.
Al cabo de unos días, Charlotte fue como una sonámbula del brazo de George al cementerio donde habían enterrado a su hijo muerto, miró fijamente la pequeña cruz de madera y descifró su nombre.
«Henrich Johanssen. Nacido el 27 de noviembre de 1906 en Emden, fallecido el mismo día».
Las coronas verdes sobre la tumba infantil aún estaban frescas, pero la lluvia había empapado los lazos y el viento del noroeste los sacudía, así que Charlotte no pudo distinguir lo que decían.
Dejó sobre el túmulo unas ramitas de abeto y laurel, y entonces por fin salió de su letargo.
Se apoyó en George y lloró sobre su hombro, sintiendo que sus manos le acariciaban una y otra vez la espalda.
—Por fin —susurró—. Desahógate, amor mío. Luego te sentirás mejor.
Tenía razón solo en parte. Efectivamente retomó su rutina habitual, participaba en las comidas, se ocupaba de la casa y supervisaba con gran atención los deberes de Elisabeth.
La pequeña ya se había adaptado a las mil maravillas a Emden, habían cesado los enfrentamientos en la escuela, por las tardes visitaba a sus amigas, también las recibía, y la invitaban a fiestas de cumpleaños.
El hielo y la nieve de los que le había hablado su madre aún no habían llegado, el mes de diciembre estaba siendo frío y lluvioso, y solo a primera hora de la mañana se veían cristalitos relucientes en los tejados y las vallas, pero patinar sobre hielo era impensable.
A Charlotte, que hacía unas semanas aún hablaba entusiasmada del invierno alemán, ahora le parecía una época triste y sombría.
¿Cómo había podido olvidar lo cortos que eran los días?
Apenas se había disipado la niebla matutina, la luz ya empezaba a dar paso a la noche.
El cielo pesaba sobre la ciudad y no parecía haber colores más allá del gris y el negro.
George seguía cuidando de ella, pero se retiraba cada vez más a su escritorio y se enfrascaba en sus manuscritos.
Cuando iba a verlo al final de la tarde, sonreía abstraído, y no siempre tenía textos nuevos que ofrecer.
A menudo repasaba, corregía y enviaba artículos a revistas y periódicos sin habérselos enseñado a ella antes.
—De todos modos ya sabes lo que dicen —se disculpaba cuando ella descubría la publicación en su escritorio—. Es lo mismo de la otra vez, solo que un poco adaptado y actualizado.
No le mostró lo dolida que estaba. No quería presionarlo, sobre todo porque siempre había sido él quien le pedía que leyera sus textos.
Tampoco le preguntó por el contenido de las numerosas cartas que recibía.
Ella no era como Marie, que registraba el correo de su marido a escondidas; confiaba en él y sabía que no le ocultaría cosas importantes.
Pero en el fondo le entristecía que no la involucrara en todo lo que le preocupaba.
El correo que recibió ella no contribuyó precisamente a levantarle el ánimo.
Un anuncio de nacimiento llegó hasta su casa, con tres semanas de retraso por consideración a su «disgusto»: Antje había dado a luz a un muchachito sano al que habían llamado Paul Johann Budde.
Por supuesto que se alegraba por Antje, pero le causaba un gran dolor que el pequeño Paul Johann hubiera venido al mundo sano y fuerte la misma noche en la que su propio hijo había muerto.
También tuvo noticias de Klara. Peter Siegel quería retomar su labor en la misión luterana de Hohenfriedeberg, lo que era motivo de esperanza.
De manera que Klara se trasladaría con su esposo y su hijo a las montañas Usambara, en las que últimamente se estaban estableciendo muchos alemanes.
Charlotte solo había llegado hasta Mazinde, a los pies de la cordillera, pero había oído hablar de sus fértiles suelos y el clima saludable.
La gente ensalzaba sobre todo la belleza natural del paisaje, la zona se consideraba el «Harz africano», repleto de arroyos de montaña, peñas escarpadas y románticas cascadas.
Klara también mencionaba con gran satisfacción el «nuevo espíritu» que recorría las colonias, que encajaba tan bien con las enseñanzas de la religión cristiana que en la misión del cabo Immanuel todos miraban hacia el futuro con alegría y confianza.
Von Rechenberg, el nuevo gobernador, quería convertir África Oriental en un país para «comerciantes, tratantes y culturas nativas».
Los indios, a los que tantas veces se había perseguido y expulsado de Dar es-Salam, podían establecerse donde quisieran de nuevo, pero sobre todo había prohibido a los colonos blancos adquirir tierras de cultivo que hubieran pertenecido a un negro.
El señor Von Rechenberg trabajaría para que los negros también pudieran establecer plantaciones y vender sus frutos.
Nuestros hermanos negros por fin se ven liberados de la pobreza y pueden reconocer la bondad del Señor, del que nosotros les hablamos sin descanso.
Y nosotros podemos ser para ellos auténticos maestros y servirles de ejemplo, como siempre hemos deseado.
Ay, querida Charlotte, ahora miro con alegría hacia el futuro, y la única gota de acritud en el cáliz de la felicidad es que no estáis a nuestro lado.
Pero estoy segura de que Dios nuestro Señor escuchará mis plegarias y nos reunirá algún día.
Hasta entonces, todo mi cariño y mis besos.
Te quiere,
K LARA
Al leer estas líneas, Charlotte sintió amargura.
Así que un nuevo espíritu recorría África Oriental.
Qué bien. Pero ¿quién sabía si esas palabras se correspondían con la realidad?
La buena de Klara era muy ingenua, y las noticias sobre la muerte de nativos en el sur del país no habían dejado de llegar.
De todos modos, se quedó pensativa junto a la ventana y, en lugar de las ramas desnudas y los viandantes completamente abrigados, vio laderas verdes cubiertas de flores y follaje exuberante, el vuelo oscilante de las coloridas mariposas, la cascada deslumbrante en cuyo vapor la luz se descomponía en muchos tonos.
Qué musical sonaba el nombre de Usambara, cuántos colores y olores evocaba.
Usambara. ¿Cómo podían comparar esa tierra con una cordillera alemana, cuyo nombre, «Harz», ya sonaba cortante y seco?
Por muy hermoso que fuera el Harz —que ella nunca había visto—, las laderas de Usambara eran más salvajes, las plantas más frondosas, el cielo más abierto.
Usambara era África, un paraíso de verdor, hasta la niebla era luminosa y delicada allí, y las gentes…
—¡Mamá, mamá! ¡Tenemos que comer rapidísimo, me han invitado al cumpleaños de Julchen!
Elisabeth todavía llevaba puesto el abrigo, el viento la había despeinado y tenía las mejillas sonrosadas por los nervios.
Abrazó a su madre con impaciencia, se soltó enseguida y preguntó si el regalo de su amiga ya estaba envuelto.
Si se podía poner el vestido nuevo con cuello de volantes y si podía llevar el pelo suelto.
Stine podía rizárselo con las tenacillas, quedaría mucho más bonito.
—Tienes rizos naturales, Elisabeth, no hace falta ondularlos.
—Pero es que apuntan hacia todos lados…
—Oh, si la señorita quiere que le ricen el pelo, yo mismo empuñaré las tenacillas —bromeó George, al que la voz aguda de Elisabeth había sacado de su despacho.
—¿Tú? —exclamó la niña horrorizada—. Mejor que no…
—Pero me gustaría intentarlo alguna vez —aseguró con una sonrisa burlona.
—Conmigo no. Prueba con mamá.
George le guiñó el ojo a Charlotte, que se obligó a sonreír.
—Me temo que tampoco tendré suerte con tu madre —suspiró.
Más tarde, Charlotte se acercó a la ventana para decirle adiós a su hija, que bajaba por la Osterstrasse de la mano de la criada.
El viento tiraba con fuerza del enorme paraguas de Stine, con el que pretendía proteger sobre todo el regalo hermosamente envuelto.
Elisabeth llevaba una gabardina azul oscuro sobre la chaqueta forrada, además de un gorro de ala ancha de tela encerada que podía atarse a la barbilla.
La larga melena suelta iba debajo del abrigo, para que la lluvia y el viento no le estropearan los rizos.
La pequeña tironeaba impaciente de Stine, saltaba en los charcos salpicando con fuerza, y parecía hacer caso omiso de las reprimendas de la criada.
—Qué rápido se ha adaptado —comentó George, que estaba detrás de Charlotte y miraba por encima de su hombro.
—Sí…
Volvió a poner la cortina en su sitio y señaló el piano, sobre el que había dejado el correo.
—Ha escrito Klara.
—¿Está bien?
—Léelo tú mismo. Peter trabajará de misionero en las montañas Usambara.
—¿Ah, sí? Bueno, entonces se habrá recuperado. Qué bien.
—Sí, me alegro mucho.
Sonrió y notó que sonaba muy poco sincera. George no pareció darse cuenta.