La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 2 #5
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Capítulo 2 #5

—Creo que el pobre hombre está bastante confuso, quién sabe de qué tendrá miedo por las noches. Pero, Charlotte, tienes que entender que sea lo que fuere que ha pasado en la plantación, no lograremos esclarecerlo…

Resopló furiosa y se zafó de su abrazo. ¡Qué infame era todo aquello, qué cruel!

¿Qué hacía ella en Alemania, completamente impotente, incapaz de defenderse de esos delincuentes?

Si estuviera en África, habría podido luchar, habría encontrado testigos, interpuesto una denuncia, llevado al culpable a los tribunales.

Se mareó. Agotada, se dejó caer sobre la almohada y jadeó para calmar la angustia que sentía en el estómago.

El desá­nimo volvió a apoderarse de ella.

—Si resulta que Josef Vosch efectivamente tiene algo que ver con el incendio —dijo George en voz baja y enfática—, solo hay una manera de pagárselo: vendiendo la plantación a otra persona.

Charlotte asintió cansada y sintió que se le iba pasando el mareo. Sí, eso era lo correcto. Le demostrarían que se había equivocado: no conseguiría sus tierras porque encontraría otro comprador para ellas.

—Voy a poner un anuncio de inmediato en el Deutsch-Ostafrikanische Zeitung , George.

—Puede que realmente sea lo mejor.

Ella percibió en su tono que no estaba del todo convencido, y se quedó desconcertada. ¿Acaso creía que se había precipitado y había decidido a la ligera? ¿Qué quería en realidad? Estaba vendiendo la plantación por él, para que pudieran vivir juntos, ¿no era eso lo correcto?

—Tienes que calmarte de una vez, Charlotte. Esta desafortunada historia te ha alterado demasiado.

Le apoyó la mano en la frente y ella cerró los ojos, sintió el roce de sus finos dedos, que se deslizaron desde la frente hacia la sien derecha y finalmente le pellizcaron el lóbulo de la oreja.

—¡Ay!

George sonrió con picardía y le dijo que iba a echar un vistazo al cuarto de Elisabeth, para que no se olvidara de hacer los deberes, mientras ella se quedaba un ratito más tumbada. Le pediría a Stine que le llevara una taza de té y unas galletas.

—Te lo agradezco…

El día terminó en armonía. Cenaron los tres juntos mientras escuchaban el animado parloteo de la niña, luego elogiaron como se merecían los dibujos y jugaron varias partidas de Halma para acabar el día de una manera plácida…

Todo transcurrió en calma y en paz hasta que Stine apareció para llevar a Elisabeth a la cama.

En ese momento la pequeña empezó a lloriquear, posiblemente asustada al pensar que tenía que ir al colegio al día siguiente.

—Mañana cuéntame exactamente lo que ha sucedido, no importa lo que sea, quiero oírlo —dijo Charlotte cuando se acercó a la cama de Elisabeth para darle un beso de buenas noches—. Y para comer habrá tortitas de patata con puré de manzana, tus preferidas.

La pequeña frunció el ceño pensativa, pero pareció recobrar el ánimo y se volvió hacia la pared para dormir.

Charlotte regresó al salón, recogió las tres cartas que tanta preocupación le habían causado y las metió en el cajón de la cómoda.

Luego fue al despacho, se acercó al escritorio de George y se puso manos a la obra con los folios abarrotados de texto.

Durante las correcciones, se adentró embelesada en el interior de Zanzíbar, visitó misteriosos palacios abandonados rodeados de una densa jungla y creyó oler el aroma de la macis.

Le supuso un gran esfuerzo utilizar el lápiz rojo.

Por la noche tuvo sueños muy intensos. Vio los eucaliptos de la plantación repletos de flores rojas.

Las ramas se mecían suavemente al viento, siseaban y crujían, las flores se abrían y le mostraban su colorido interior.

Era de un amarillo ardiente, con pistilos de un reluciente azul claro.

Pero ya no eran flores, sino llamitas que, azuzadas por el viento, se convirtieron en un gigantesco incendio.

El mar de fuego rompió contra la tumba que había bajo los árboles, ennegreció la lápida y borró el nombre grabado, siguió avanzando por el prado, se tragó el estanque y continuó hacia la casa.

Las llamas que devoraban las acacias eran como flores; el fuego asomaba del edificio blanco que habían construido los árabes tiempo atrás.

No había escapatoria, sus pies parecían haber echado raíces en el suelo.

Se le apareció el rostro triste y oscuro de Hamuna, oía sus gritos pero no podía acercarse a ella; Sadalla estaba agachado bajo un inmenso baobab hendido, tenía los brazos y las piernas envueltos en vendas blancas.

Tenía una muñequita en el regazo, un juguetito de madera con peluca rubia y un vestidito blanco, la acunaba sobre sus rodillas vendadas, y de pronto esa muñeca muerta se parecía muchísimo a su hija.

¡Elisabeth! ¿Dónde estaba? Por el amor de Dios, debía de estar en algún lugar del mar de fuego… ¡Elisabeth! ¡Lisa!

—Despierta, Charlotte. Has tenido una pesadilla. Toma, bebe un poco de agua…

Con dedos febriles, cogió el vaso que le ofrecía George y lo vació de un solo trago. Luego le habló del incendio que había visto, de la horrible muñeca, y él la abrazó.

—Ahora soy el guardián de tus sueños, amor mío. No te preocupes, yo ahuyentaré todas esas espantosas imágenes…

Se acurrucó contra él, volvió a sentir el dolor sordo en la espalda, pero se sintió protegida en su pecho, aspiró su olor y se durmió aliviada.

Al día siguiente había dejado de llover y el sol hacía brillar las hojas húmedas sobre el césped del jardín delantero.

Charlotte se sentía recuperada y animada de nuevo.

Presa de una gran energía, comentó el menú de la semana con la cocinera, ordenó a Stine que cambiara las sábanas y fue en persona a la oficina de telégrafos para enviar el anuncio a Dar es-Salam.

De regreso, cuando tomó la Osterstrasse, le sorprendió la imagen que vio.

A cierta distancia, casi a la altura de su casa, vio a dos niñas pequeñas, cada una acompañada por una criada.

Las trenzas rubias de su hija eran inconfundibles; la otra niña, cuya acompañante Charlotte reconoció como la criada del funcionario Böttcher, llevaba la melena rojiza suelta y apartada del rostro con una cinta blanca.

Las niñas iban agarradas del brazo y estaban enfrascadas en una animada conversación.

En un momento dado, se detuvieron, se cogieron de la mano y saltaron juntas un charco.

«Qué alegría —pensó Charlotte—. Todo va a mejor».

La repercusión del anuncio fue asombrosa.

Hacía algunos años, muchos desconfiaban de las colonias africanas y preferían irse a América.

Pero ahora, a pesar de las revueltas, había mucha gente dispuesta a emigrar que vislumbraba su futuro en los territorios alemanes de África del Sudoeste o África Oriental.

A mediados de noviembre encontraron un comprador de su gusto que además les ofreció una suma razonable.

Ignaz Kummer provenía de una importante granja cerca de Lüneburg de la que se haría cargo su hermano, ya que él siempre había soñado con labrarse una vida en África.

Negociaron que cuidara de Jacob Götz y que le ofreciera trabajo en la plantación en cuanto se recuperara.

A finales de noviembre, Ignaz Kummer viajó a Emden para firmar el contrato de compraventa bajo la supervisión de un notario.

Después se quedó a comer y escuchó con atención los consejos de Charlotte.

—Sin duda se trata de una tierra maravillosa y estoy orgulloso de poder continuar la obra de su difunto marido —dijo al despedirse.

Desde la ventana, Charlotte lo miró alejarse por la Oster­strasse: un hombre nervudo de estatura mediana que rondaba la treintena, al que el traje, el sombrero y el abrigo le hacían sentir claramente incómodo.

La mano que le había tendido a Charlotte para despedirse era ancha y, al tacto, dura y encallecida; era granjero, aprendería a amar el suelo africano y quedaría unido a él.

Por la tarde, Charlotte estaba de buen humor, jugó con Elisabeth a pillar en el jardín y se deslizó entre risas por el sendero congelado, como hacía de niña.

Le contó a su hija que antes, en invierno, a veces se podía incluso patinar sobre el hielo del Leda, y quien no tenía patines iba con los demás a jugar a bosseln , un juego de tiro de bola típico de Emsland que solía practicarse en carreteras heladas.

—¡El invierno alemán es precioso, ya verás! —exclamó entusiasmada.

Al caer la tarde en su cabeza bullían las ideas: le propuso a George varios argumentos para escribir libros nuevos y añadió pequeños párrafos a sus manuscritos. Charlotte se rio del gesto severo de su marido y le robó las gafas de montura dorada para ponérselas sobre la nariz.

—Vete a la cama, diablillo —la reprendió con una sonrisa—. Yo voy enseguida, en cuanto haya ordenado mis papeles.

Cuando fue al dormitorio más tarde, la encontró empapada de sudor y gimiendo de dolor contra la almohada.

Las contracciones la sobrevenían muy seguidas, empujaban lenta e inexorablemente al bebé hacia el exterior, a pesar de que ella luchaba desesperada por mantener dentro de su cuerpo a esa vida aún no nacida.

Le costó recuperarse. El bebé había sido grande, incluso para estar en el quinto mes, pero ya estaba muerto cuando llegó al mundo.

Al principio George había querido llevarla a una clínica, pero al final no lo había hecho, porque, a pesar de los dolores, ella se había negado en redondo.

Él no le mostró al bebé muerto, solo le dijo que había sido niño y que tenía el pelo negro.