La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

Charlotte abrió los ojos despacio y parpadeó.

Sobre ella colgaba una lámpara de araña dorada con pantallitas de papel verde claro.

¿De qué la conocía? Claro, la había comprado ella misma, estaba colgada en su dormitorio.

En la casa alquilada de Emden. Alguien le sujetó la cabeza y le sostuvo un vaso de agua junto a los labios.

Tras beber agua limpia y fría, reconoció el rostro barbudo de George y la mirada escrutadora de sus serios ojos grises.

A su lado estaba Elisabeth, muy asustada y al mismo tiempo con gesto de reproche.

—¡Mamá, pensaba que estabas muerta!

—Qué tontería, Elisabeth. Solo ha sido un instante, me he… mareado un poco.

Elisabeth le acarició la mejilla con su mano cálida y pegajosa. Cariñosa y tranquilizadora, como si tuviera que consolar a su madre.

—Ya lo sé, mamá. George me lo ha explicado. Es el tonto de mi hermano pequeño. Ojalá no estuvieras embarazada…

—Espera a que llegue, seguro que cambias de idea. Además, también podría ser una hermanita…

—No necesito ni una cosa ni otra —rezongó Elisabeth con la nariz arrugada—. Pero si vosotros os alegráis tanto, me acostumbraré.

Charlotte se sentía débil. Recordó las cartas de África, que seguramente habían sido el motivo de su repentino desmayo, pero no dijo nada de ellas, para no preocupar a Elisabeth.

La niña fue un momento a su cuarto a buscar el dibujo que había empezado para enseñárselo a su madre, y esta la elogió por ello.

La pequeña explicó prolijamente todo lo que quería pintar y al final prometió que también haría los deberes.

—Otra vez nos han mandado cosas aburridísimas, como para tontos —afirmó antes de regresar a su cuarto.

Charlotte esperó a que la puerta se hubiera cerrado tras ella, luego se incorporó con cuidado y se recolocó el pelo.

—Ay, Dios mío —dijo con una sonrisa ladeada—. Os he debido de dar un buen susto, ¿verdad?

—Podría decirse que sí. ¿Estás mejor?

—Perfectamente. ¿Has leído las cartas?

—Todavía no.

—Pues léelas, George, por favor. Me gustaría saber qué piensas al respecto.

Él la escudriñó con la mirada y luego se levantó para recoger las hojas del suelo.

Charlotte observó impaciente cómo se sentaba con ellas en una butaca, sacaba las gafas del bolsillo de la chaqueta y observaba primero las cartas por ambos lados antes de leerlas.

Le puso nerviosa por primera vez desde que vivían juntos, sintió la necesidad de increparle.

¿Realmente era necesario que la tuviera en suspenso?

—¿Y bien? ¿Qué opinas?

Él dejó caer las hojas sobre el regazo y miró por encima de las gafas. De forma penetrante, como siempre, esforzándose por comprender los verdaderos motivos de su angustia.

—Veamos, entiendo a la perfección que estés preocupada. Pero primero deberíamos averiguar más detalles de lo sucedido, porque estas cartas plantean muchos interrogantes.

Esa serenidad no hizo más que aumentar su preocupación.

¿Qué más detalles quería averiguar? La situación estaba clara: el pobre Willi Guckes estaba muerto, su amigo Jacob estaba profundamente afligido y no era capaz de dirigir la plantación.

La cosecha se había perdido, la cuadrilla de empleados estaba trastornada, el codicioso vecino intentaba hacerse con sus tierras…

—Tengo que hacer algo, George. Esa plantación es mía, soy responsable de ella.

Hay que encontrar a un administrador apropiado, no uno de esos jóvenes sin experiencia que se creen que una plantación se gestiona por sí misma, sino un hombre experimentado que haya vivido un tiempo en las colonias.

Alguien que conozca las circunstancias y sepa en qué se está metiendo.

Pero, sobre todo, alguien que sepa tratar con los trabajadores negros.

Me niego en redondo a que haya golpes en mi plantación, ¿entiendes?

Él la escuchaba pacientemente y asentía una y otra vez, pero Charlotte no conseguía librarse de la molesta sensación de que solo quería tranquilizarla.

George no podía entender lo importante que era para ella ese trocito de tierra, no estaba hecho para la vida en una plantación.

George se sentía en casa en cualquier lado.

En cualquier lado y al mismo tiempo en ningún sitio.

Sin embargo, acto seguido le demostró que se equivocaba. Había entendido perfectamente cómo se sentía.

—¿Qué te parecería que viajara allí y aclarara la situación por ti? —le propuso.

—¿Tú?

Su desconfianza la avergonzó. Realmente estaba dispuesto a regresar al África Oriental Alemana, a la colonia de la que se había marchado furioso y asqueado porque los colonos alemanes seguían tratando con crueldad a los nativos.

Era una propuesta conmovedora, pero no fue capaz de alegrarse.

En lugar de eso, la invadió una sensación muy distinta: una envidia absurda y corrosiva.

—De ser así, quiero viajar contigo.

George se levantó de la butaca, dejó las cartas sobre la cómoda —un mueble que había pertenecido al capitán, al igual que la maqueta de barco que había encima—, luego se acercó a la ventana y miró un momento hacia el jardín bajo la lluvia, para luego volverse hacia ella.

—Por favor, Charlotte, no quiero que emprendas semejante viaje en este estado. No pretendo darte órdenes, no lo haría jamás, a pesar de que existen motivos médicos para ello. Pero te quiero, y temo por ti.

Quiso protestar, explicarle que se encontraba bien, que a partir de entonces seguro que no tendría más problemas.

Pero en ese mismo instante volvió a sentir un dolor sordo en la espalda y calló acongojada.

Quizá George tuviera razón: ¿realmente merecía la pena poner en juego la vida de su bebé por la plantación?

Ya había sufrido un aborto en el pasado.

Habían pasado más de diez años, pero jamás olvidaría aquella horrible noche.

Ahora también se trataba de su amor por George, quería regalarle a su esposo ese niño, el niño de ambos, que nadie podría arrebatarle.

—No quiero que viajes solo a África para resolver mis asuntos, George. Al fin y al cabo la plantación es mía, aunque…

Él se mostró visiblemente aliviado de que ella cediera tan rápido.

—Pues encontraremos otra solución. Puede que algún conocido de allí nos ayude. O tu prima Klara.

—¡De eso ni hablar, Klara no! ¿Cómo iba ella a escoger a un administrador apropiado?

¡Cómo se le ocurría pensar precisamente en la dulce Klara, quien con su pierna izquierda demasiado corta y el pie zambo nunca había destacado por su capacidad de imponerse!

Pero ¿qué podían hacer si no? ¿Poner un anuncio en varios periódicos?

Los solicitantes podían presentarse aquí, en Emden.

No, Charlotte descartó la idea. Cuando alguien demostraba su valía en las colonias, no regresaba a Alemania, se quedaba en el país que había aprendido a amar.

—No nos precipitemos —dijo George, y se sentó junto a ella en la cama para abrazarla—. Es mejor que reflexionemos y lo consultemos con la almohada.

Ella disfrutó de su calidez, pero la inquietud que sentía por dentro no se calmó en absoluto.

No, necesitaba saber que el asunto estaba resuelto, pronto, a ser posible ese mismo día.

Su plantación se estaba desmoronando y, una vez instaurada la dejadez, una negligencia traería consigo otras tantas más.

Desde Alemania no podía hacer gran cosa.

De pronto tuvo la sensación de que no había salida.

¿Por qué se aferraba con uñas y dientes a la plantación?

—¿Crees que sería mejor que vendiera las tierras? —preguntó desanimada.

El repentino viraje lo sorprendió. Le acarició el pelo pensativo y guardó silencio un momento para formular cuidadosamente su respuesta.

—Eso es decisión tuya, Charlotte. No te precipites, tómate tu tiempo para considerar los pros y los contras.

Pero eso era precisamente lo que no quería hacer.

Se le aceleró el pulso, demasiado, y entonces tomó una decisión: sí, la vendería, era lo único sensato que podía hacer.

Su lugar estaba junto a George, e incluso aunque algún día regresaran a África Oriental, su esposo jamás querría vivir en una plantación.

Así que se habían acabado los sentimentalismos, dejaría las cosas claras.

—Si vendo, desde luego no será a Josef Vosch —dijo acalorada—. ¿Te acuerdas de él? Nos visitó en una ocasión, un tipo frío y codicioso.

George opinaba lo mismo. Además le resultaba desagradable que hubiera presentado su oferta justo después del trágico accidente.

—Tienes razón, George. Es casi como si lo hubiera estado esperando. Enséñame de nuevo la carta de Hamuna. ¿No decía que habían aparecido personas malvadas y habían llevado el fuego? Casi parece que fue intencionado.

George tuvo que reconocer que él también lo había pensado.

Pero naturalmente Hamuna también podía decirlo en otro sentido, ya que, para los negros, el fuego destructor provenía de los sheitani , los diablos o espíritus malignos.

Si bien creía al bóer santurrón capaz de muchas maldades, le costaba imaginar que él hubiera provocado el incendio.

—No tiene por qué haberlo hecho él mismo —insistió Charlotte—. Puede haber sobornado a alguien. Ay, George, qué horror. Piénsalo, puede haber sido incluso uno de mis empleados…

George la miró muy preocupado. A Charlotte se le habían encendido las mejillas de pura agitación, pero cuando le tomó las manos, las tenía heladas.

—Tu imaginación va a acabar contigo, amor mío —intentó tranquilizarla—. El incendio seguramente lo provocó algún descuido de los trabajadores. Ya sabes lo que pasa. Un farol encendido se vuelca y prende las esteras o las cuerdas de cáñamo con las que se atan los fardos de sisal…

—¿Y entonces por qué escribe Jacob que ha puesto vigilancia, sobre todo de noche? Ahora lo entiendo todo: ¡teme otro incendio provocado!