Capítulo 2 #3
El corazón de Charlotte seguía latiendo más rápido de lo habitual; en realidad estaba cansada, pero por algún motivo no se tranquilizaba. «Bueno, todos los embarazos son distintos», pensó, y cerró los ojos para relajarse. La carta del administrador podría leerla después.
Oyó a George ir a su despacho sin hacer ruido. Abajo, en la cocina, percibió el tintineo de un cubo metálico y luego se abrió la puerta trasera al jardín, seguramente Stine tenía que sacar restos de verdura al compost a pesar del diluvio. En el cuarto de Elisabeth reinaba el silencio.
—¿Qué te parece si incorporo algunos de los dibujos de Klara a mi libro? —preguntó George al regresar y entregarle por fin los periódicos y la carta—. Naturalmente se los pagaría, eso está claro.
Charlotte sonrió. George le había ofrecido en repetidas ocasiones ayudar económicamente a Klara y a Peter, pero ella sabía que a su prima no le parecería bien.
—Se sentiría orgullosísima, cariño mío. Pero no aceptará ni un penique a cambio, ya la conoces.
—Lo habitual es pagar a los ilustradores.
—Claro. Pero por desgracia Klara no tiene ni una pizca de instinto comercial, hasta el momento siempre ha regalado sus dibujos. Estoy preocupada por ellos tres. Peter parece seguir afectado por la conmoción.
—No hay motivos para angustiarse. La Sociedad Misionera de Berlín se hará cargo de ellos…
Le recolocó la manta y la besó en la mejilla antes de regresar a su escritorio. Dejó abierta la puerta del salón para echar un vistazo de vez en cuando e intercambiar con ella alguna sonrisa fugaz.
Era agradable vivir con él. Los momentos más felices siempre llegaban al final del día, cuando pulían juntos los textos que escribía él.
Charlotte se sumergía entonces en el fascinante mundo de sus ideas, participaba de sus luchas y sus esperanzas, se dejaba seducir por sus descripciones y al mismo tiempo intuía que era un soñador, que dedicaría su vida a aspirar a un paraíso que no encajaba con el mundo real.
Pero ¿qué sería del mundo sin soñadores?
Quitó el precinto del Ostafrikanische Zeitung , editado en Dar es-Salam desde hacía varios años por un tal Willi de Roy, pero lo dejó después de leer los primeros titulares. Todo aquello estaba lejos, fuera de su alcance, era mejor no preocuparse demasiado por ello.
No desprecintó el otro periódico, el Zeitschrift für Tuberkulose , al que se había suscrito George y estaba editado por una tal Lydia Rabinowitsch-Kempner, pero sí abrió el sobre de la carta.
Para su sorpresa, contenía tres manuscritos de distinta autoría: uno de ellos era de Jacob Götz, otro estaba garabateado en suajili y parecían ser las palabras de Hamuna.
¿Quién se lo habría puesto por escrito? ¿Por qué no había acudido a Willi Guckes, que era quien solía plasmar los mensajes de Hamuna y Sadalla?
La tercera carta era un absoluto misterio, ya que la enviaba un colono bóer, Josef Vosch, que se había instalado cerca de su plantación tres años atrás.
De pronto le temblaban tanto las manos que le costó descifrar las breves líneas de Jacob.
¡Estimada señora Von Roden!:
Todavía no he podido hacer la liquidación porque aún no puedo calcular los daños del incendio en los cobertizos.
Las obras prosiguen y pronto enviaré los cálculos.
Hemos tenido poca lluvia, lo que es bueno para el sisal.
Hay que cortar madera para tablones, también necesitamos clavos y alambre de espino.
Hago que lo vigilen todo, sobre todo por la noche, porque nunca se está del todo seguro a oscuras.
Adjunto una carta de Josef Vosch. Me la dio a mí porque no tiene su dirección de Alemania y yo no se la quiero dar. Pero tampoco quiero interceptar la carta.
Su fiel,
J ACOB G ÖTZ
Charlotte leyó la carta varias veces sin comprenderla del todo.
Jacob nunca había sido capaz de expresarse con precisión, era un hombre sencillo sin educación superior, pero hasta entonces sus mensajes siempre habían sonado sensatos y lógicos.
Sin embargo, este le resultaba completamente confuso.
¿Se había producido un incendio en los cobertizos?
¿Cómo había podido pasar? ¿Alguien había salido herido?
¿Qué se había quemado?, ¿habría sido el sisal?
¿Y por qué no había querido darle su dirección al bóer?
Dirigió una mirada inquieta a George, quien estaba completamente enfrascado en su trabajo.
Decidió no molestarlo y se dispuso a leer la siguiente carta.
El texto de Josef Vosch estaba redactado en un alemán plagado de errores, pero el contenido estaba claro.
El colono lamentaba el trágico accidente en su plantación y al mismo tiempo le ofrecía una suma nada desdeñable de dinero por sus tierras.
Justificaba su generosa oferta con que la plantación tenía una ubicación muy ventajosa para él, justo al lado de la suya, lo que le permitiría unir ambas propiedades sin dificultad.
La propuesta causó en Charlotte una impresión desagradable.
Sin duda, había pensado en desprenderse de la plantación cuando se marcharon a Alemania en marzo, pero ahora estaba más apegada que nunca a ese pedacito de tierra africana.
Max le había dedicado todos sus esfuerzos, era la herencia de Elisabeth, y para la niña ese sitio era su hogar.
No, no quería vender la plantación, y menos aún al enjuto Josef Vosch, que se las daba de santurrón, pero cuyos ojos irradiaban pura codicia.
De ningún modo le entregaría sus tierras a ese tipo tan desagradable, ni aunque se las pagara a peso de oro.
¿Cómo se le ocurría hacerle semejante oferta?
Sintió que algo se encogía en su interior y casi la dejaba sin aire.
Intentó tranquilizarse y deseó que esas estúpidas palpitaciones pararan de una vez.
¿Qué tenía de insólita aquella oferta? Vosch llevaba mucho tiempo intentando ampliar sus tierras y, ahora que ella había regresado a Alemania, creía tener una buena oportunidad de comprarle la plantación.
El negocio era el negocio, había que ser rápido y no tener miramientos.
Ella misma lo sabía, al fin y al cabo había regentado una tienda y era una comerciante muy hábil.
Pensativa, cogió la carta de Hamuna. Por un instante dudó si hacer venir a Elisabeth al salón, ya que las palabras de Hamuna solían dirigirse sobre todo a la niña de sus ojos, la hijita de bibi Roden, a la que tanto echaba de menos. Pero la enrevesada caligrafía desconocida le hizo cambiar de idea.
A mi querida bibi Roden, mi buena señora, que siempre ha cuidado de todos nosotros.
Nos sentimos muy desgraciados y abandonados, todos los días lloramos a nuestra buena señora, que nos ha dejado.
Han venido personas malvadas, poseídas por sheitani .
En plena noche trajeron fuego, que devoró dos cobertizos y todas las balas de sisal.
Bwana Jacob y bwana Willi intentaron salvar el sisal, todos llevamos agua y la tiramos a las llamas, pero el incendio era grande.
Nos hizo heridas y ampollas a muchos de nosotros.
Sadalla tiene fuertes dolores en manos y piernas, pero bwana Willi murió esa misma noche y su alma está con Dios.
Ahora bwana Jacob está muy triste, no come y tampoco quiere hablar.
Los espíritus quieren llevárselo a donde está bwana Willi, y ya no sabemos cómo ayudar a nuestro buen señor.
Estamos solos y no hay nadie que nos diga qué hacer.
Mi buena bibi Roden, es hora de que regreses con nosotros. Bailaremos de alegría cuando estés aquí y traigas también a mi señorita.
H AMUNA , S ADALLA , K APANDE M TITIMA
Eso era. Dios mío, esos eran los acontecimientos que tanto habían impactado a Jacob Götz y que, en su profunda desesperación, ni siquiera había podido relatar.
Willi Guckes, el simpático y diligente muchacho, compañero de Jacob y que, para espanto de los negros, solía silbar una canción mientras trabajaba, había perdido la vida en aquel horrible incendio.
Cuánto debía de estar sufriendo Jacob por la pérdida de su amigo; ambos eran prácticamente inseparables.
Jacob parecía haber perdido la razón de puro dolor, y ya no era capaz de dirigir la plantación.
Charlotte apartó la manta y se incorporó.
Había que hacer algo. Alguien tenía que ayudar a Jacob, hacerse cargo de la administración, organizar a los trabajadores, revisar qué se podía salvar después del incendio.
También haría falta dinero, por lo visto se había quemado toda la cosecha.
Pero ¿cómo iba a encontrar a un administrador capaz aquí, en Alemania?
Alguien que conociera el país, que supiera dirigir una plantación, que tomara las decisiones adecuadas…
—¡George! Tengo que regresar a África Oriental… Solo un tiempo, hasta que haya puesto en orden los asuntos de la plantación…
Ella misma sabía que era un disparate, pero de todos modos corrió hacia él y le tendió las cartas, muy alterada. George se incorporó asustado y se levantó de un salto.
—¡Por todos los cielos! ¡Charlotte!
A Charlotte le zumbaban las orejas como el mar embravecido y el viento que tironeaba de la cadena del ancla ahí fuera.
Vio que George se le acercaba, pero sus movimientos le parecieron extrañamente lentos e inestables, hasta que comprendió que era ella quien se tambaleaba.
Finalmente le cedieron las piernas, el parqué pareció abrirse y se precipitó por una profunda y estruendosa oscuridad.
—¡Mamá, mamá! ¡Despierta! ¡Mamá!
—No te asustes, Elisabeth. Ya ha vuelto en sí.