Capítulo 2 #2
En el comedor, Stine todavía estaba recolocando torpemente los platos y los cubiertos sobre el mantel blanco y, con mucho cuidado, puso en el aparador el jarrón de cristal con los ásteres que George había traído el día anterior.
Se esforzaba mucho por cumplir esmeradamente con todo lo que se le pedía, pero por desgracia era lentísima, y solía poner nerviosa a Charlotte bastante a menudo.
En realidad, había necesitado mucha más paciencia con varios de sus empleados negros, aunque estos se lo recompensaban con afecto y un espíritu alegre.
Pero no, estaba siendo injusta, y de ninguna manera metería prisa a Stine.
En lugar de eso, entró en el despacho para echar un vistazo al correo.
George ya había ordenado las cartas y había abierto las que eran para él; aún había dos revistas precintadas y, junto a ellas, dos sobres dirigidos a Charlotte Johanssen.
Reconoció la caligrafía enseguida: una de ellas lucía la preciosa letra inclinada de Klara y llevaba el matasellos de Dar es-Salam, y la otra era de Jacob Götz, uno de los dos administradores de su plantación junto al Kilimanjaro.
Junto con su mejor amigo Willi Guckes, el hombre, nacido en la región de Kassel, había trabajado primero en una plantación de café en Usambara y después ambos habían llegado a la finca de los Von Roden.
Charlotte se alegraba de haber encontrado unos administradores así de fieles y trabajadores para sus tierras.
Abrió primero la carta de Klara; la otra podía esperar, seguramente se trataba de la liquidación de los beneficios de la cosecha, o puede que también fueran nuevos proyectos de construcción u otros planes de los que constantemente urdían los dos laboriosos administradores.
Stine había dejado reluciente el abrecartas de plata del escritorio de George.
Debía de haberlo hecho a escondidas, ya que nadie, excepto Charlotte, podía tocar sus cosas.
Cayeron varios dibujos del sobre: el palmeral del cabo Immanuel, el edificio de la misión con los nuevos anexos, niños nativos en clase.
Las vistas por la ventana del angosto cuartito de la misión evangélica en el que Klara vivía desde hacía unos meses con su esposo y el pequeño Samuel.
Klara también había dibujado a su hijo, que ya había cumplido los quince meses: un niño precioso de ojos grandes y un poco hundidos con una mirada seria y extrañamente sabia.
En esa ocasión Klara no había plasmado con el lápiz a su esposo, el misionero Peter Siegel.
Con un suspiro, Charlotte se acercó la silla tapizada del escritorio, aguzó el oído preocupada para escuchar la voz de George que le llegaba desde el cuarto infantil, y luego empezó a leer la carta de Klara.
Como siempre, una lectura superficial hacía que las palabras de su prima parecieran ponderadas, casi alegres, pero Charlotte conocía demasiado bien a Klara.
La verdad se desvelaba en las frasecitas accesorias.
Decía que Samuel ahora comía con ganas y que estaba completamente sano: ¿el pequeño había rechazado la comida?
¿Había estado enfermo? Klara no había mencionado nada en sus misivas anteriores.
Escribía que Peter Siegel se encontraba bien y se esforzaba todo lo posible por ayudar a los empleados de la misión en sus quehaceres diarios.
Tras el ataque a su misión en Naliene, el esposo de Klara había estado mucho tiempo enfermo; parecía confuso y durante semanas ni siquiera habían podido hablar con él.
A Charlotte le preocupaba que Peter Siegel no pudiera volver a ejercer de misionero nunca más, y George también lo dudaba.
Sin embargo, no se planteaba regresar a Alemania, Klara lo había repetido en numerosas ocasiones.
Por lo visto ya estaba llevando a cabo labores sencillas en la misión, al menos progresaba.
Pero eso no era un horizonte a largo plazo para la pequeña familia.
Contempló pensativa los dibujos y se preguntó por qué Klara se los enviaba una y otra vez.
¿Acaso no sabía el pesar que le causaba a Charlotte ver las delgadas palmeras, los rostros oscuros de los nativos y el vasto océano?
Klara dibujaba bien, con pocos trazos captaba lo esencial del paisaje, y, al mirar los dibujos, Charlotte tenía la sensación de estar oyendo el rítmico batir de las olas y sintiendo el calor del sol africano.
—¿Mamá? Vamos a comer. La sopa ya está en la mesa.
¡George había obrado el milagro! Elisabeth todavía tenía la cara bastante enrojecida y los ojos hinchados, pero su voz infantil había recuperado la entereza.
—¡Ya voy, cariño!
—¡Oh, no, otra vez sopa de cebada con trocitos de nabo! —se quejó la niña justo después, cuando Charlotte levantó la tapa de la sopera.
George se sentó a la mesa esforzándose por permanecer serio y desdobló la servilleta, pero Charlotte se dio cuenta de que estaba muy satisfecho de sí mismo.
Mientras Elisabeth comía la sopa a cucharadas con el ceño fruncido —estaba obligada a medio cucharón, aunque el plato no le gustara—, Charlotte alargó la mano disimuladamente por debajo del mantel hacia George y le acarició la rodilla.
La conversación giró en torno a temas intrascendentes durante un rato: a George se le había acabado la tinta, había que barrer las hojas del jardín, y la cocinera había pedido un día libre porque su hermana se casaba en Bremen.
—Mañana no voy a ir al colegio —espetó Elisabeth sin previo aviso.
George guardó silencio, como si el comentario no tuviera importancia, y se sirvió dos lonchas de asado de la bandeja. Sin embargo, Charlotte no pudo contenerse.
—¿Y por qué quieres quedarte en casa?
—Porque ahora todas están del lado de Julchen y nadie del mío.
—¿Y no crees que sería mejor que os llevarais bien?
Elisabeth no contestó y se limitó a masticar con ahínco. Pero sus ojos entornados y las cejas hundidas evidenciaban que no estaba pensando precisamente en firmar la paz. Al menos todavía no.
—Puede ser —masculló, y tragó el bocado—. Si no hay más remedio, igual sí.
Charlotte se sintió un poco aliviada, pero su preocupación no desapareció.
Elisabeth, en un gesto increíblemente valiente, estaba dispuesta a hacer frente al día siguiente a su rival.
A pesar de haber perdido, no huía, sino que reclamaba su sitio.
Charlotte no pudo evitar pensar en Max, el padre de Elisabeth, que había discutido encarnizadamente con su familia y por eso había emigrado a Alemania Oriental.
Max siempre se había enfrentado de cara a los peligros, pero no había logrado reconciliarse con sus padres y su hermano.
Quizá para eso hacía falta un valor distinto al que permitía despreciar la muerte: el valor de enfrentarse a uno mismo.
—Klara me ha escrito y me ha enviado un montón de dibujos preciosos… —les informó para distraerse de sus cavilaciones.
—¿Sammi sigue siendo igual de feo? —preguntó Elisabeth, inmediatamente alterada—. ¿Todavía no tiene pelo en la cabeza? Está claro que es el niño menos guapo del mundo entero…
—No deberías decir esas cosas, Elisabeth —la reprendió Charlotte, mientras sonreía descaradamente.
—¿Por qué no? Pero si no pueden oírme. La tía Ettje también dijo hace poco que Sammi estaba muy flaco…
—La verdad es que, comparado con los hijos de Ettje, es bastante delicado —le dio George la razón a su hijastra—. Pero ha sobrevivido a un enorme peligro, una lucha a vida o muerte.
El hijo de Klara había nacido poco antes de que unos rebeldes negros asaltaran la misión, y el bebé solo había sobrevivido al parto gracias a las aptitudes médicas de George.
Estaba colocado al revés dentro de su madre, tenía el cordón enrollado al cuello, y Klara también estuvo a punto de no superarlo.
El pequeño Samuel pasó sus primeros días en el mundo en la selva, a donde habían expulsado los insurrectos al misionero Siegel, herido durante el ataque, junto con su familia y un criado negro.
Tuvieron la inmensa suerte de que las tropas askaris, a las órdenes de los alemanes, los rescataran a tiempo y los llevaran a Kilwa.
—De verdad espero que la tía Klara no venga a visitarnos —dijo Elisabeth con la crueldad que solo puede esperarse de los más pequeños—. Porque entonces tendría que salir a pasear con Samuel, y sería muy incómodo.
Después de comer, se precipitó sobre los dibujos de Klara con gran curiosidad, los criticó y los admiró, preguntó cuándo enviaría su madre respuesta a África, y luego fue a su cuarto a rescatar el cuaderno de dibujo que tan abandonado tenía.
Su tía Klara elogiaba sus pinturas en todas sus cartas y por eso quería ponerse manos a la obra cuanto antes.
George insistió enérgicamente en que Charlotte se tumbara una hora en el sofá del salón mientras él trabajaba un ratito en su libro y le preparaba las páginas para que las corrigiera al final de la tarde.
—De todos modos no vamos a poder salir a pasear, mira cómo llueve —comentó al tiempo que la arropaba con una suave manta de lana—. Menos mal que tenemos esa ancla en el jardín, así el aguacero al menos no se nos podrá llevar la casa por delante.
Cierto, ahí fuera en el jardín estaba ese armatoste de hierro que ni siquiera diez hombres podían levantar.
Había pertenecido a un soberbio velero de tres mástiles que, con el auge de la navegación a vapor, había dejado de considerarse rentable y había sido abandonado por la compañía naviera.
El capitán cuya casa ocupaban seguramente había comandado el velero en el pasado y había comprado el ancla por motivos sentimentales.
—Tráeme por favor los periódicos y la carta de Jacob —pidió Charlotte, que siempre se aburría durante la siesta obligada.
—No deberías leer, deberías descansar un poco —replicó su esposo, y salió de la estancia con el ceño fruncido en broma.