La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

Los oscuros nubarrones atravesaban el cielo como infinitas manadas de animales a la fuga, se amontonaban, se desgarraban, se deshacían en jirones plomizos.

Muy de vez en cuando, el sol se reflejaba en alguna ola del puerto de Emden, pero por lo demás el agua se mostraba tan oscura como el cielo, y los botes pesqueros amarrados en el canal se le antojaban tristes prisioneros a Charlotte.

El mar quedaba lejos. Pero más allá del enjambre de canales y dársenas, chimeneas y grúas, el Ems cruzaba la bahía de Dollart y se abría paso hasta el mar del Norte.

Los vapores y las gabarras podían seguir su curso, al igual que las gaviotas, esas audaces y libres navegantes del aire.

Pero Charlotte no, ni siquiera con la mirada.

Sin duda se debía al otoño, que le ensombrecía el ánimo.

Un fuerte viento procedente de la dársena se adentraba sin encontrar obstáculos en su camino hasta la ciudad, le inflaba el abrigo y el vestido y la obligaba a sujetarse el sombrero.

Se acercó apresuradamente a uno de los flancos del ayuntamiento y vio a un muchacho que venía de frente empujando una carretilla.

Se apoyaba con todas sus fuerzas contra la carreta y llevaba el gorro tan calado que apenas se le veían los ojos.

Charlotte se alegró de haber alcanzado la protección de las hileras de edificios, se levantó el cuello del abrigo tiritando y contempló los escaparates de las tiendas.

Había comercios maravillosos en Emden, se podían comprar telas inglesas y vinos españoles, libros y crónicas recién publicados, delicias de todos los rincones del mundo, y toda clase de preciosos cachivaches como lámparas decoradas con perlas, latas de tabaco esmaltadas, delicados juegos de té o figuritas de porcelana.

Qué curioso que, al admirar esas grandes y antiguas casas nobles a menudo la asaltaran recuerdos que tanto tiempo llevaban sepultados.

Su madre, elegante y morena, helada de frío y arrebujada en su abrigo…

¿Había estado con ella delante de esa misma tienda, mirando con curiosidad los platos decorados con flores y los coloridos angelotes de porcelana de ese mismo escaparate?

La imagen desapareció con la misma rapidez con la que había surgido.

«Será el embarazo», pensó con una sonrisa. Cuando estaba embarazada de Elisabeth también recordaba muchísimas cosas de su infancia.

¿Y si compraba ese ángel rosado de cera esmaltada?

Mejor que no, George se reiría de ella. Seguramente ya la esperaba impaciente en su bonita casa de la Osterstrasse, como hacía siempre que ella se demoraba en la ciudad y regresaba cargada con compras.

Le decía que no llevara tanto peso, que solo diera paseos cortos, que descansara después de comer, escribiera cartas o tocara el piano que le había comprado.

De acuerdo, el embarazo había tenido alguna que otra complicación, había sufrido dolores e incluso leves sangrados, pero eso ya había quedado atrás, ya estaba de cuatro meses y se encontraba bien.

A Charlotte le parecía un gran regalo estar esperando otro bebé, al fin y al cabo ya tenía treinta y seis años.

Era la culminación de su amor, más que eso: era un triunfo.

George, que tenía una hija y un hijo en Londres a los que no podía ver, sería padre de nuevo, y esta vez nada ni nadie lo separaría de su criatura.

Charlotte repararía el daño que Marie le había causado.

Titubeó un rato y pensó en comprar al menos el cubretetera de tela acolchada con el precioso dibujo de hojas de hiedra verdes oscuras y claras, pero entonces se dijo por enésima vez que no debía gastar el dinero de George tan a la ligera, aunque él no se lo reprochara nunca.

Al contrario, había observado con una sonrisa cómo ella llenaba la casa alquilada de toda clase de objetos bonitos, y cuando paseaban juntos por la ciudad, desaparecía de tanto en tanto en alguna tienda para comprarle un libro, una joya o unas partituras.

Elisabeth, que ya iba a la escuela, también recibía abundantes obsequios, en realidad demasiados; podría decirse que la tenía absolutamente consentida.

Cuando las campanas de la gran iglesia tocaron las doce del mediodía, el viento trajo las primeras gotitas de lluvia, y Charlotte decidió regresar a casa.

Dos chiquillos vestidos con uniforme escolar y gorras rojas pasaron por su lado; era miércoles y las escuelas de secundaria no tenían clase por la tarde.

Elisabeth, que todavía iba a la primaria, pronto regresaría también a casa con la criada.

La pequeña siempre llegaba con miles de aventuras que contar, y a Charlotte le parecía importante escucharla pacientemente para ayudarla o reprenderla si era necesario.

Elisabeth se había adaptado con una rapidez asombrosa a la nueva situación, pero, como era de esperar, iba muy adelantada a sus compañeros y se aburría en clase, así que se dedicaba a realizar todo tipo de travesuras.

Sin embargo, a Charlotte le parecía mucho más preocupante que su hija hubiera congregado a su alrededor un círculo de amigas y admiradoras que había provocado la envidia de una de sus compañeras.

Se trataba de Jule Böttcher, la hija de un adinerado e influyente concejal de la ciudad, a la que llamaban Julchen.

En esos momentos la guerra era total: algunas estaban de parte de Elisabeth von Roden y otras, de la de su contrincante, a la que Elisabeth llamaba directamente «la estúpida chulita».

Charlotte no siempre conseguía que su hija le contara los detalles de lo sucedido; lo único seguro era que la niña luchaba encarnizadamente por mantener su posición.

—No puedes ayudarla —había afirmado George para sorpresa de Charlotte—. Tiene que aprender hasta dónde puede llegar. En cuanto hayan medido sus fuerzas, es posible que Jule Böttcher y Elisabeth se hagan muy buenas amigas.

Naturalmente, Charlotte sabía que George no quería que ella se alterara y por eso restaba importancia a la situación.

No, las cosas no eran tan sencillas. Elisabeth estaba bajo mucha presión y dormía inquieta.

Hacía unas semanas, coincidiendo con su séptimo cumpleaños, había tenido que guardar cama por unas fuertes anginas y fiebre alta.

Si la situación no se resolvía, tendría que hablar con el profesor.

Empapada y jadeando por las prisas, tomó la Osterstrasse y al menos contó con la ventaja de tener el viento a favor.

La casa que habían alquilado era un edificio de ladrillo visto de dos pisos con cubierta de tejas rojas y ventanas altas y estrechas; en el césped delantero había una enorme ancla oxidada.

Un capitán había hecho construir la propiedad hacía muchos años y ahora pertenecía a su hijo, que no quería venderla y se alegró de encontrar arrendadores.

En su primera visita a Emden, la abuela le había mostrado a Charlotte el edificio en el que ella misma había vivido con sus padres y su hermano pequeño.

No quedaba lejos de su domicilio actual y las casas se parecían mucho, pero extrañamente Charlotte no recordaba nada.

Tuvo que detenerse un momento delante de la puerta de entrada pintada de blanco y respirar hondo para bajar un poco las palpitaciones.

Cuando entró en el vestíbulo, Stine, la criada, se acercó apresuradamente, hizo una torpe reverencia —¿quién le habría enseñado esa estupidez?

— y anunció que Elisabeth estaba en su cuarto, pero que no quería ver a nadie ni comer.

—¿Está enferma?

La criada era una muchacha joven, fornida y no muy hábil, hija de un pescador de arenque, y acostumbraba a esconder las manos rojas detrás de la espalda. Pero Stine no era tonta y tenía una intuición natural.

—Enferma no está, señora. Más bien de malísimo humor. Me ha tirado la cartera a los pies y ahora está sentada en la cama llorando.

Charlotte se quitó los alfileres del sombrero con un suspiro y le tendió el abrigo húmedo a la criada.

—¿Hay correo?

—Lo he dejado sobre el escritorio del señor.

—Gracias, Stine. Puedes servir el almuerzo.

La muchacha asintió, dudó si preguntar o no, pero decidió no hacerlo.

—Tres cubiertos —añadió Charlotte, que había interpretado correctamente el titubeo de Stine—. Hablaré con ella, seguro que baja.

Efectivamente, a través de la puerta cerrada del cuarto se oían los sollozos de Elisabeth.

A Charlotte se le encogió el corazón. Había expulsado a su hija del paraíso, la había arrancado de una vida libre en la plantación junto al Kilimanjaro, y le había arrebatado a Hamuna, su cariñosa niñera.

No era de extrañar que Elisabeth se sintiera desgraciada y se metiera en problemas…

—¿Charlotte?

George había salido de su despacho. Se quitó las gafas de montura dorada que necesitaba para leer desde hacía un tiempo y dirigió una mirada de reproche a su mujer, luego la sujetó por los hombros y le rozó la mejilla con los labios.

Había vuelto a dejarse barba, a pesar de haberle dicho ella que esos pelillos le hacían muchísimas cosquillas.

—Otra vez correteando por ahí bajo el viento y la lluvia —la reprendió—. Estás pálida, mi princesa india. Siéntate y come algo para que nuestro pobre bebé no se muera de hambre…

—Solo quiero entrar un momentito a ver a Elisabeth…

—¡De eso nada! Ahora vas a sentarte. Yo me ocuparé de nuestra encantadora y testaruda tirana.

—¡No es una tirana, George!

—Solo un poquito —la apaciguó sonriendo—. Y, desde hoy, seguramente destronada. Pero tendrá que aceptarlo, en esta vida no siempre se gana.

Charlotte no le habló de todo lo que se reprochaba a sí misma. De ninguna manera quería que George se sintiera culpable porque ella lo hubiera seguido. Había abandonado África por él y se reafirmaba en su decisión, por muy difícil que le resultara a veces.