La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 1 #7
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Capítulo 1 #7

La rodeó con el brazo y retomaron el paseo.

A su izquierda, las aguas del Leda refulgían de vez en cuando entre las casas bajo la luz del sol de mayo, en la península de Nesse el suelo verdeaba en torno a las chabolas, los pensamientos y los tagetes florecían en los jardines delanteros, cuidadosamente plantados en hileras.

Las aspas de los molinos giraban estrepitosamente, como queriendo saludar a los paseantes.

Qué distinto era recorrer junto a George esas calles que tan bien conocía.

Su presencia ahuyentaba los recuerdos que la habían asaltado como una niebla sombría, su brazo la reconfortaba, su alegría irradiaba una luz renovada sobre la ciudad gris.

Tomaron un atajo hacia el río, se sentaron bajo un olmo y contemplaron los veleros y las gabarras que pasaban río abajo. Cerca de allí, unos niños jugaban a canicas y discutían, en una casa algo más alejada las camisas azules y la ropa interior blanca ondeaban en el tendedero.

—O sea que quieres comprar un terreno en la Mühlenstrasse y construir una villa —constató George con una risita, y espantó una mosca que se le había posado en la rodilla.

—Dios mío, ¡no!

—Ah, pensaba que ya estaba decidido —bromeó él—. O al menos así lo ha planteado tu abuela.

Ella negó con la cabeza sonriendo y se apoyó en él. Tenía tan pocas ganas de quedarse en Leer como él de instalarse en Londres.

George comenzó a hablarle de Berlín. Había hecho contactos, había conocido a personas afines y había planeado la escritura de un nuevo libro.

Era muy posible que la actitud con respecto a las colonias cambiara, muchos albergaban esperanzas en el nuevo secretario de Asuntos Coloniales, Berhard Dern­burg.

George, sin embargo, tenía sus dudas, ya que Dern­burg era economista y había dirigido el Banco Comercial e Industrial, de modo que era evidente qué intenciones tenía para con las colonias.

De todos modos, por lo visto pretendía viajar al África Oriental, señal de que se tomaba en serio su cometido.

En el corazón de Charlotte se encendió una minúscula chispita de esperanza, pero guardó silencio. África quedaba lejos, por el momento no había ningún camino que los llevara de vuelta allí.

—Berlín es una ciudad fascinante, Charlotte. Te gustaría, y a Elisabeth también se le abrirían muchas posibilidades allí. Hay lagos preciosos y zonas muy campestres, podríamos alquilar una casa y enviarla a un buen colegio…

—No. A Berlín no, George.

Él la miró confuso durante un instante, pero luego lo entendió.

—Hace años que no sabes nada del hermano de Max y su cuñada, y los abuelos de Elisabeth tampoco han dado señales de vida…

—Da igual —se obstinó, alterada—. Tras la muerte de Max, su hermano solicitó la tutela de Elisabeth.

La familia quería que se trasladara a su finca de Brandeburgo.

¡Era inadmisible que una Von Roden creciera en África rodeada de negros y monos!

No, esa gente no puede enterarse bajo ningún concepto de que la niña está en Alemania.

George respiró profundamente y Charlotte percibió su disgusto.

De pronto se había abierto una brecha entre ambos.

Hacía bien poco habría estado dispuesta a seguirlo hasta el fin del mundo, pero ahora había algo que se interponía entre ellos.

Su hija. La maravillosa niña a la que no quería perder por nada del mundo, y mucho menos a favor de la familia de su difunto marido, con la que este se había enemistado tiempo atrás.

—Podría adoptarla —propuso George.

—Es una idea maravillosa —respondió conmovida—. Pero ¿no sería un proceso muy largo y complicado?

Sus reservas no eran infundadas. George era británico y Charlotte había adquirido la misma nacionalidad al casarse con él. Sin embargo, Elisabeth era alemana, como su difunto padre.

—¿Tú querrías regresar a El Cairo? —propuso, intentando hallar una solución—. Creo que allí podríamos llevar una buena vida.

Él sonrió y, como no había nadie cerca salvo los niños, la besó en la mejilla y luego le buscó la boca.

—Lo que quieres es montar en camello por el desierto, ¿a que sí? Esa idea aún te ronda la cabeza, ¡no lo niegues!

—La culpa es tuya, George. Si no me hubieras enviado aquellas maravillosas cartas y manuscritos…

—Zalamera.

La atrajo hacia sí entre risas, la abrazó con fuerza y recuperó rápidamente el gesto serio. No tenían hogar, flotaban en el aire con unas raíces expuestas que intentaban encontrar un suelo apropiado en el que arraigar.

—Me da igual, Charlotte. Me parece bien cualquier sitio en el que tú seas feliz. Pero creo que Elisabeth debería ir a una escuela alemana.

Es decir, en Alemania, y en el fondo no le faltaba razón.

—Dime un lugar.

Charlotte titubeó y dibujó con el pie sobre la hierba fresca, que enseguida se levantaba de nuevo.

—¿Emden?

Allí había vivido hacía muchos años con sus padres y su hermano. No estaba lejos de Leer, de manera que la abuela vería a Elisabeth de vez en cuando, y Ettje también podría visitarlos. Un poco de calor hogareño, aunque fuera a distancia. Ya mantendría a Menna alejada de algún modo.

—¡Pues vamos a Emden! —exclamó aliviado—. Por mí, adelante. Me parece un lugar tan bueno como cualquier otro.