La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 1 #6
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Capítulo 1 #6

Pocas veces había visto a Paul tan parlanchín y confiado; qué extraño que se pudiera conquistar el corazón de alguien con dinero.

Antje también parecía otra, le sirvió té a Charlotte con una sonrisa y le contó que esperaba una herencia modesta, ya que sus padres eran dueños de una casita y de una sastrería.

Por desgracia no habían podido darle una dote, porque era la mayor de siete hermanos y vivían con lo justo.

Sin embargo, cuando Paul mencionó sus abortos, bajó la mirada con gesto culpable y enmudeció de nuevo.

Ettje, que vivía muy cerca de allí, llegó con su esposo Peter Hansen y abrazó a Charlotte impulsivamente al enterarse de lo que había sucedido.

—Lo sabía, Paul. ¿No te dije yo que no te pediría que le devolvieras el dinero? Conozco a Lotte, es una buena persona…

La abuela también estaba contenta. Había cumplido la palabra de su difunto esposo, y eso era importante para ella.

Si Charlotte no quería destinar el dinero a su mocita, al menos su renuncia beneficiaría a Paul, a Antje y a la pequeña Fanny, además de al bebé que estaba en camino, que esta vez seguro que sería un niño.

Solo Peter Hansen, que había adorado a Charlotte en el pasado y ahora tampoco dejaba de mirarla, dijo en voz baja para que Paul y Antje no lo oyeran:

—Ojalá no te arrepientas nunca, Lotte.

Sus palabras pasaron desapercibidas entre el barullo de voces, que ahora era especialmente animado porque Peter Hansen había llevado una botella de vino.

Comentaron el plan de la abuela, Paul se ofreció a informarse sobre el precio de los terrenos y le recomendó que no se lo pensara mucho; Ettje describió la casa recién construida de un fabricante, que tenía hasta balcón y un porche con columnas, además de un jardín precioso que casi parecía un pequeño parque con su fuente de obra y una escultura de piedra blanca.

Luego informó de que el año siguiente se celebraría en Leer un gran festival para conmemorar el aniversario de la feria de Gallimarkt, que llevaba cuatrocientos años celebrándose.

Querían organizar un desfile por la ciudad en el que el señor Peters representaría al conde Edzardo, con armadura y a caballo, y su hijo Henrich lo acompañaría como portaestandarte.

Se encendieron tanto los ánimos que Elisabeth acabó apareciendo en la puerta de la sala con su largo camisón, seguida de la pequeña Fanny.

—Hacéis mucho ruido —se quejó indignada—. No nos dejáis dormir. Y además Fanny tiene hambre.

La mismísima abuela cojeó hasta la cocina para cortarles a las dos niñas de sus ojos un trozo de tarta que en realidad era para la merienda del día siguiente.

Una vez saciadas con el pastel recién hecho y el vaso de leche que se bebieron, las dos niñas fueron a acostarse de nuevo.

Charlotte oyó claramente a través de la pared cómo Antje le propinaba un par de bofetadas a su hija por haber salido de la cama sin permiso.

A continuación oyó que Elisabeth volvía a salir de debajo de la manta para ir a la habitación de al lado.

—Ha sido culpa mía —oyó Charlotte anunciar a su hija—. Ella no quería ir, pero yo la he llevado. ¡No le pegues, tía Antje!

Regresó a la cama con las mejillas coloradas pero con gesto de satisfacción, pidió otro beso de buenas noches, y luego se volvió hacia la pared para dormirse enseguida.

Charlotte no sabía si sentirse orgullosa de su hija o enfadarse con ella.

Su pequeña era valiente, pero también testaruda, y tendía a imponer su voluntad en cualquier circunstancia.

Puede que al final Menna tuviera una pizca de razón al tacharla de «malcriada».

A primera hora de la mañana, cuando todos salvo la abuela aún dormían, alguien llamó a la puerta.

Charlotte no se sentía responsable de atender al cartero ni a vendedores ambulantes, así que se dio la vuelta soñolienta.

Notó, molesta, que Elisabeth le pasaba por encima para llegar a la ventana; justo después se abrió la cortina.

—Mamá, esta porquería de ventana está atascada, ¡no consigo abrirla!

—No hace falta, Elisabeth. La abuela abrirá la puerta enseguida.

—¡Pero es que es George!

—¿Cómo?

Charlotte apartó el edredón de golpe y ayudó a su hija a tirar de la terca ventana. La madera hinchada se resistía y no cedió hasta que Charlotte levantó un poco la hoja.

Efectivamente era él. Estaba ahí abajo, ante la puerta, con su traje beis y el sombrero en la mano. George levantó la mirada hacia ellas con una sonrisa.

—¿Acaso he despertado a las damas? Qué imagen tan bonita. Rizos rubios y negros sin peinar, seguro que todavía huelen al cálido sueño…

—¡Qué gracioso! ¿Por qué no has enviado un telegrama? ¿Por qué has llegado tan temprano?

Lo oyó reírse alegre, justo después se abrió la puerta y la abuela lanzó un grito de sorpresa.

Charlotte se precipitó sobre su ropa, mientras que Elisabeth corrió escaleras abajo sin ceremonias, descalza y en camisón.

¡Había llegado George, la tortura de la separación había terminado!

Se vistió con manos torpes. La luz de sol parecía inundar el cuartito.

Cielos, se estaba comportando como una chiquilla enamorada por primera vez; ¡qué ridículo, pero al mismo tiempo qué maravilloso y delicioso era aquel instante!

Se le había concedido un momento de completa felicidad, y lo aceptó sabiendo que la vida no se prodigaba demasiado con ese tipo de obsequios.

Cuando entró en el salón, George tenía en brazos a Elisabeth, que le hablaba muy alterada, pero dirigió la mirada hacia su esposa. Sus ojos grises conservaban la expresión que la había encandilado siendo aún muy joven, ese esfuerzo por descubrir un lado de las cosas que nadie hubiera visto aún.

—No he podido librarme antes —explicó, y se agachó para dejar a la niña en el suelo—. Cuánto pelma, cuánta palabrería inútil, cuánto tiempo perdido. Lo único positivo del viaje ha sido darme cuenta de que sin ti no sé arreglármelas, Charlotte.

La atrajo hacia sí, y en su beso hubo mucho más deseo del que habrían querido presenciar los ojos de la abuela, pero en ese momento a Charlotte le dio completamente igual.

Sintió la calidez del cuerpo de George, su pulso acelerado, notó que él también la había echado muchísimo de menos, y disfrutó de esa sensación embriagadora.

Fue difícil deshacer ese primer e intenso abrazo.

Lo hicieron a regañadientes, casi con violencia, y sin soltarse las manos.

En lugar de las muchas palabras afectuosas que les habría gustado decirse, George preguntó qué tal habían pasado esos días en Leer.

—Oh, ha sido bonito volver a ver a mi familia. Nos han recibido con tanto cariño que aún estoy emocionada…

George sonrió. Había detectado en su tono de voz que era una verdad a medias.

—Me alegro mucho. Me preocupaba que aquí te aburrieras…

En ese momento la abuela tomó la batuta.

Había llegado George Johanssen y, como ya había sucedido cuando viajó desde Inglaterra para visitarlos, la anciana no escatimó gastos ni esfuerzos para agasajar al invitado.

Después de tantos años, incluso después de que se divorciara de Marie, la abuela parecía seguir bajo el embrujo de George.

Antje, que entretanto se había vestido, fue enviada a la cocina; a Charlotte y Elisabeth también les tocó trabajar allí; mientras que Paul, que estaba a punto de salir hacia el trabajo, tuvo que calentar el salón a pesar de la suave temperatura primaveral y hacer compañía al invitado hasta que el desayuno estuviera listo.

La anciana ignoró por completo el ruego de George de que no se tomaran ninguna molestia por él.

Durante el desayuno, al que también se unió precipitadamente Ettje, George habló de lo asombrosa que era Berlín, la capital, donde, además de coches de caballos y tranvías eléctricos, también circulaban ya numerosos automóviles e incluso ómnibus que no iban tirados por caballos, ya que también funcionaban a motor.

Sin embargo, esos vehículos hacían semejante ruido que los pasajeros no se oían ni a sí mismos.

No, no había visto al káiser, pero sí a muchos oficiales y damas elegantemente ataviadas, desfiles grandiosos y muchachos vestidos de marineritos.

Como de costumbre, todos escuchaban su relato con la boca abierta; ¿cómo conseguía George una y otra vez ganarse el afecto de cualquiera gracias a la cháchara insustancial?

De vez en cuando miraba a Charlotte sin detener su perorata, y sus miradas eran ora divertidas, ora interrogantes y cada vez más preocupadas.

La abuela quedó del todo satisfecha con el desayuno, sobre todo porque George elogió las mermeladas caseras y el té de las ocasiones especiales, y además se mostró entusiasmado con las tortitas preparadas expresamente para él.

Al mediodía estaban invitados a comer en casa de Ettje y por la tarde, si el tiempo lo permitía, tomarían café y tarta en el jardín de la abuela.

Al día siguiente era domingo y seguro que Menna vendría de visita con su marido y las niñas, ya que llevaban días deseando volver a ver a George Johanssen…

—Mi esposa y yo daremos un paseo —anunció George con decisión al terminar, desbaratando así los planes de la abuela, que había dado por supuesto que echaría una cabezadita en el salón hasta el almuerzo.

Al fin y al cabo, había pasado la noche en el tren.

Elisabeth, que detestaba pasear, se lo pensó un momento, pero finalmente acompañó a Ettje a casa para ayudarla a limpiar verdura, porque además Jonny regresaría enseguida de la escuela.

Charlotte y George salieron de la casa, recorrieron aceleradamente la Ulrichstrasse sin mirar a izquierda ni derecha, y no ralentizaron el paso hasta tomar la Mühlenstrasse. Finalmente se detuvieron y se miraron, los ojos de George brillaban con picardía, y se echaron a reír.

—¡Hemos conseguido huir, cariño mío!

—De las tortitas, los repollos y las morcillas…

—Sí. Pero me temo que nos alcanzarán.