Capítulo 1 #5
Charlotte lo dejó estar. No era el momento de explicarle a la niña que no entraba en sus planes regresar a África Oriental.
George tenía razón, estaba sucediendo lo mismo que en el sudoeste, donde los colonos estaban quemando aldeas, destruyendo pozos y arruinando cosechas para sofocar el levantamiento de los nativos.
Así habían condenado a muchísima gente a morir de hambre, mientras que a otros los habían encerrado en campos de internamiento, donde sucumbían lentamente a enfermedades físicas y mentales, sin esperanza alguna de una vida digna.
Max von Roden, el padre de Elisabeth, dijo en una ocasión: «En África hay sitio para todos, negros y blancos, indios, goaneses y árabes».
Charlotte lo creyó, pero los atroces incidentes de la rebelión maji-maji en África Oriental le habían abierto los ojos.
En África solo había sitio para los poderosos, para los que se adueñaban de las tierras a mano armada, les arrebataban sus tesoros y esclavizaban a sus gentes.
Los que se resistían a los colonos blancos lo pagaban con su vida.
Charlotte admiraba a George, que no dejaba de escribir artículos para periódicos alemanes y británicos y al menos luchaba con la pluma contra las injusticias.
Ella quizá habría logrado cerrar ojos y oídos y retirarse a su pequeño paraíso, la plantación junto al Kilimanjaro, pero para George era imposible.
Lo había intentado por amor a ella, pero Charlotte enseguida había comprendido lo infeliz que eso lo hacía.
Por mucho que amara África, por muchas ganas que tuviera de regresar, encontrarían otro sitio, algún lugar en el mundo, en Alemania, en Inglaterra o donde fuera, donde los tres pudieran vivir juntos, satisfechos y con la conciencia tranquila.
Elisabeth, que al principio echaba muchísimo de menos a George, ya no pensaba mucho en él porque tenía otras distracciones.
La pequeña, de seis años, había tenido muy poco contacto con niños blancos hasta entonces; sus compañeros de juego eran niños y niñas de piel negra que se sometían a sus deseos porque, al fin y al cabo, era la hija de bibi Roden.
Lo cierto es que Charlotte esperaba que su pequeña acudiera constantemente a ella llorando porque los hijos de Ettje no toleraban su tiranía, pero se había equivocado de pleno.
Elisabeth tenía a los tres muchachos a sus órdenes desde el principio, eran la corte de la princesa rubia venida de África, y se peleaban por cumplir sus deseos.
Claro que eso era solo por la tarde, porque por la mañana iban al colegio.
Entonces Elisabeth rondaba a Antje y jugaba con la pequeña Fanny, a la que enseñaba toda clase de travesuras.
A Charlotte le costaba convencerla para que hiciera algunos ejercicios de cálculo y dictado.
La niña no había empezado a ir al colegio todavía, pero Charlotte había comenzado muy pronto a enseñar ella misma a su hija, como era costumbre en las aisladas plantaciones de África.
En el fondo se alegraba de que la niña se hubiera adaptado tan fácilmente a la vida en Leer, ya que a ella le estaba costando mucho más.
Quizá fuera incluso bueno que George tardara tanto en llegar, porque así tenía tiempo de aclarar las ideas sobre su relación con la familia.
Las maldades de Menna le habían dolido mucho, sobre todo porque ella no había sentido ningún recelo hacia ella.
Al fin y al cabo, George y Marie llevaban ocho años divorciados y efectivamente había sido Marie quien había pedido el divorcio, en eso Ettje tenía toda la razón.
La preciosa e inteligente Marie se había buscado otro marido, un adinerado noble inglés que poseía una lujosa vivienda en Londres y una gran finca en el campo, y cuyo estilo de vida —muy alejado de los incesantes traslados de George— cumplía más las expectativas de vida familiar que ella tenía.
En el fondo, Marie tendría que haber estado contenta, pero claramente no era así.
De hecho, era aún peor: su preciosa prima Marie, a la que había querido y admirado desde niña, difundía semejantes infamias a sus espaldas.
Era la misma Marie que pocas semanas antes había escrito que estaría encantada de recibir a Charlotte y Elisabeth en su casa, pero por lo visto en realidad albergaba sentimientos muy distintos.
Qué falsas eran Marie y su hermana Menna.
¿Por qué no se había dado cuenta hasta entonces?
¿Por qué no había prestado atención? Qué tonta había sido.
Sin embargo, no solo estaba Menna. Había otras personas en Leer, personas que le tenían afecto y que la habían recibido con auténtica alegría.
Sobre todo Ettje, y también la abuela. Hablaría con Paul para que supiera que no le pediría que le devolviera la herencia.
Charlotte se propuso tratar a Menna a partir de entonces de forma amable pero distante, porque ahora ya sabía a qué atenerse con ella.
Marie vivía en Londres, y le deseaba que fuera muy feliz, pero Charlotte desde luego no mantendría correspondencia alguna con ella.
En lugar de eso, buscaba la compañía de Ettje, iba con ella de compras, ayudaba en la casa y el huerto, y conversaba con Antje, que sin embargo se mostraba de lo más reservada y silenciosa.
Cuando las mujeres trabajaban en el huerto detrás de la casa, colocaban una silla para que la abuela pudiera sentarse a observarlas.
Puede que Grete Dirksen ya no pudiera empuñar el pico y la pala, pero seguía teniendo buen ojo para la huerta, decidía dónde plantar ese año las cebollas y las zanahorias, y supervisaba de forma rigurosa que sus instrucciones se cumplieran a rajatabla.
Charlotte obedecía entre risitas, y a veces se preguntaba si su hija Elisabeth no habría heredado un poco del espíritu mandón de su bisabuela.
—Esa mocita tiene que ir a la escuela —rezongaba la anciana—. Así no puede seguir, va a acabar asilvestrada. Le preguntaré a Grit Sandhoff, su hijo da clase a los pequeños. La mocita es espabilada, todavía podrá entrar en primero. No hace tanto que empezaron, en Pascua.
—Pero es que todavía no sabemos dónde nos instalaremos, abuela. Prefiero esperar a que llegue George…
Comprendió que la abuela tenía la esperanza de que se quedaran en Leer para que su bisnieta creciera cerca de ella.
—¿Por qué quieres marcharte otra vez? Por la Mühlenstrasse se venden terrenos. Podríais construir algo, no está lejos, la niña podría venir a verme por las tardes…
A Ettje también le gustó mucho la idea. Le recordó a Charlotte cómo solían visitarse mutuamente los domingos, cómo iban juntas a fiestas y a la feria de Gallimarkt.
Y a misa, por supuesto, añadió rápidamente para contentar a la abuela.
Antje comentó titubeante que sin duda sería caro construir una casa nueva, pero que en el fondo no era mala idea viendo lo bien que se entendían los niños.
—Y además tu pequeña Lisa tiene aspecto de haber nacido aquí —añadió Ettje entre risas—. A Peter ya le han preguntado en el colegio si es su hermana pequeña.
—¡Es que es una Dirksen! —insistió la abuela—. Antje, ¿qué pasa con las judías? Ya puedes sembrarlas, no helará más. Ettje, trae los tutores.
—Sí, abuela…
Charlotte contempló pensativa a las dos mujeres y de pronto se le quitaron las ganas de ayudar.
Algunos vecinos no habían querido creer que Elisabeth fuera su hija.
Tan rubia y de ojos azules tan claros. Era imposible que fuera hija de Charlotte, que tenía el pelo negro y unos ojos oscuros con brillos ambarinos.
Era la sangre mala de la hermosa mujer llamada Emily que se había traído de la India el capitán Ernst Dirksen, cuyo padre era inglés, pero su madre nativa.
Quizá fuera bueno que a Elisabeth no se le notara que tenía una abuela india. Al menos allí, en Leer.
Hacia el final de la tarde, la abuela trasteó en su dormitorio mucho rato, luego le pidió a Charlotte que fuera a verla y le tendió un papel doblado varias veces: el documento que había redactado el abuelo.
—Al César lo que es del César, Lotte —dijo la anciana—. Y si tú no lo necesitas, te vendrá bien para la mocita.
Charlotte desdobló la hoja emocionada y contempló las líneas apretadas, la caligrafía pequeña y homogénea del abuelo.
Recordaba perfectamente el día en que la había hecho llamar a su despacho para leerle aquel texto despacio y con evidente incomodidad.
Paul no llegó a terminar los estudios, suspendió los exámenes, así que en realidad el dinero se había dilapidado.
Al igual que el resto de su dote, la herencia de sus padres fallecidos, perdida en la quiebra del negocio de Christian Ohlsen.
Pero ¿qué más daba eso ahora? Abrazó agradecida a la abuela y le aseguró que ese papel ya no provocaría discordia alguna en la familia.
Esa noche reinó la más absoluta armonía en el salón de la abuela.
Paul lloró de emoción cuando Charlotte metió el papel en la pequeña estufa de hierro delante de él, hasta la abrazó y le aseguró que habría saldado aquella deuda en algún momento, era algo que lo atormentaba.
Pero por el momento ahorraba todo lo que podía para poder salir adelante, porque Antje estaba mejor y esperaban que Dios les concediera otro hijo, a ser posible un varón.
No era cosa segura, ya que Antje había sufrido dos abortos después de dar a luz a Fanny, por desgracia tenía una constitución débil y debía cuidarse durante el embarazo.