Capítulo 1 #4
Sin duda, no todos esos recuerdos eran agradables.
Allí se había sentado furiosa con su primer marido Christian a pedirle explicaciones cuando reapareció tras la humillante quiebra, desarrapado y cadavérico, un extraño y sin embargo su marido, la persona en la que había confiado hasta ese momento.
De todos modos, los buenos recuerdos se imponían ahora, las comidas todos juntos, el alegre parloteo mientras se limpiaban las verduras, la compenetración con la tierna y fiel Klara, que siempre había estado a su lado…
¡Ay, cuánto echaba de menos a Klara! Qué pena que no estuviera en Leer con ella.
El primo Paul no apareció hasta el final de la tarde, cuando Menna ya estaba a punto de marcharse y preparaba en la cocina unos bocadillos para los niños, a los que tanto alboroto les había abierto el apetito.
Charlotte casi no lo reconoció. El pelo le raleaba en la frente y le pareció envarado y mucho más callado que antes.
Los tiempos en los que Paul lanzaba terrones de barro a las niñas y se divertía burlándose de la apariencia exótica de Charlotte, que había heredado de su madre india, parecían haber quedado muy atrás.
Paul Budde se había convertido en un ambicioso funcionario, uno de aquellos que parecía haber nacido en un despacho y cuya tez había adoptado el tono del papel.
Se saludaron fugazmente porque, cuando apenas habían intercambiado un par de palabras, Elisabeth tropezó en el pasillo y se golpeó la cabeza contra la cómoda.
Todo ese bullicio había alterado a la niña, que lloraba con tanta fuerza que la abuela insistía en llamar al médico.
Tuvieron que ponerle un paño mojado para enfriar el chichón; las palabras de consuelo le llovieron de todos los lados; Peter, que había estado involucrado en el accidente, hizo de tripas corazón y se disculpó; y por fin cesaron las lágrimas. Elisabeth parpadeaba de sueño.
—¿Y mi cama dónde está, mamá?
Charlotte subió la escalera con su hija. La emocionó entrar en el cuartito que antes compartía con Klara, Ettje y la tía Fanny. ¡Allí seguía la desvencijada cama de su infancia! Cuánto había soñado en ella. Sueños hermosos, de anhelo, pero también melancólicos…
—Mamá, hay muchísimos trastos aquí. Y huele a moho.
—¡Chist! La abuela se pondrá triste si dices esas cosas.
—Bah, pero si ya no oye bien…
Charlotte ayudó a la niña a desvestirse, le puso el camisón y le sopló de nuevo sobre el feo chichón para que desapareciera enseguida.
—Pero tú también subirás a dormir, ¿no, mamá?
—Dentro de unos minutos. Estaremos abajo, en el salón, seguro que nos oyes…
El ritual de irse a la cama fue corto, porque a Elisabeth ya se le cerraban los ojos durante la oración. La recitaba en suajili, porque había sido Hamuna quien se la había enseñado. Charlotte le cantó después una canción en voz baja que la niña ya oyó en sueños.
Todavía no había electricidad en casa de la abuela, la anciana seguramente se negaba en redondo a que la instalaran.
Así que Charlotte dejó encendida la lámpara de aceite por si acaso, le apartó a la niña dormida el rizo que aún tenía pegado a la mejilla y trató de cerrar la vieja puerta lo más silenciosamente posible.
Ahora la escalera estaba a oscuras y tuvo que bajar los peldaños a tientas.
Se sorprendió a sí misma: reconocía cada uno de ellos, sabía dónde poner el pie para que no crujiera, dónde había un clavo salido, dónde estaba un poco astillada la madera…
—Seguro que Lotte no querrá que le devuelvas el dinero. ¿Para qué? Se ha casado bien y no lo necesita…
Era la voz de Ettje la que salía de la cocina. ¿Con quién estaría hablando? ¿Con Paul, que le debía a Charlotte parte de su herencia? Era el dinero que el abuelo había tomado del patrimonio de su padre para que Paul pudiera estudiar. ¿Conservaría la abuela aquel escrito que se redactó entonces?
—Eso no significa nada. La abuela podría entregarle ese estúpido papel. En los tribunales no llegaría muy lejos con él, pero podría hacerme daño. Una buena reputación se arruina enseguida cuando la gente tiene tema de conversación…
Ese era Paul. Charlotte tiritó de pronto, hacía fresco en el pasillo.
—Baja la voz —advirtió Ettje.
—Bah, está arriba con la niña —dijo Menna—.
Menuda malcriada. Cómo se las ha dado de importante al repartir los regalos.
Y eso que están comprados con el dinero de George, Charlotte no tiene ni un penique.
Me habría gustado tirarle esas estúpidas muñecas a la cabeza, pero no he querido hacerle eso a mis niñas…
—Estás siendo injusta…
—Cállate, Ettje. Sé de lo que hablo. Mi pobre hermana Marie me contó entre lágrimas que Charlotte intentó destruir su matrimonio desde el principio.
Se enviaba cartas con George, la muy víbora, lo hizo durante años.
«Mi querida y pequeña Charlotte», le escribía él.
Marie las leyó todas, las de él y las de ella, y no me extraña…
—¿Marie le leía el correo?
—Pues claro, mema. Mi hermana no es tonta, enseguida se dio cuenta de que la prima Charlotte se arrimaba a su marido.
—¡Eso no me lo creo, Menna!
—Por el amor de Dios, nuestra prima Charlotte ha enterrado a dos maridos.
¿Te parece normal? Y ahora ha pescado a George y le ha endosado a esa niña que ni siquiera es suya.
El pobre George pronto se dará cuenta de con quién ha acabado.
¿Has visto el traje que lleva? ¿Y ese sombrerito?
Derrocha el dinero de él a manos llenas.
No, es mi pobre hermana Marie a la que hay que compadecer en realidad.
Menos mal que encontró un marido decente cuando George se largó…
—Yo creía que había sido Marie la que se separó de George y pidió el divorcio…
—Tengo que irme, Ettje. Tenemos que darnos prisa, el tren sale dentro de veinte minutos. ¡Hanna! ¡Grete! Dónde os habéis metido…
Charlotte ni siquiera intentó esconderse cuando Menna salió de la cocina al vestíbulo.
Se quedó petrificada, incapaz de moverse.
Así debía de sentirse alguien que se precipitara sin querer por un abismo gélido.
Sordo y embotado. Menna no la vio, estaba demasiado ocupada recolocando los abrigos de sus hijas y llevándolas luego hacia el salón para decir adiós a la abuela.
Poco después regresaron al pasillo y se despidieron apresuradamente de Paul y Ettje.
En ese momento Charlotte constató que Antje, la esposa de Paul, también estaba en la cocina.
—¡Ay, Charlotte! —exclamó Menna, que ahora sí la descubrió en la escalera—. ¿Está ya dormida tu hijita? Me temo que ya tenemos que irnos, se está haciendo tarde para las mías. Dame un abrazo, qué alegría volver a verte. Regresaremos cuando George esté aquí. Dijo que vendría unos días, ¿verdad?
Charlotte se recompuso. ¿Para qué acalorarse o discutir? No conseguiría nada con eso. Así no haría desaparecer las mentiras y las calumnias.
—Sí, George llegará pronto. Se alegrará de verte, Menna. Que tengáis buen viaje.
Nada había cambiado. El cálido nido familiar estaba lleno de púas y espinas, tendría que haberlo sabido.
George tenía previsto llegar al cabo de una semana, siete largos días que a Charlotte le parecieron años.
Durante ese tiempo paseó por Leer, descubrió rincones familiares y algunos nuevos, dio espacio a sus recuerdos y, sin embargo, sintió que aquella pequeña ciudad ya no era su hogar.
Habían derribado la casa de su profesor de piano, el maestro Pfeiffer, y la tienda de ultramarinos de Ohlsen en la Pfeffergasse era ahora un taller de relojería.
¿De verdad había vivido dos años ahí arriba, encima de la tienda?
¿Realmente había mirado a través de ese ventanuco hacia los tejados grises y el callejón?
¿En serio Christian, que ya llevaba nueve años enterrado en tierras africanas, había atendido aquel negocio y había vendido especias, arroz y café a la clientela de Leer?
A veces se llevaba a Elisabeth a dar uno de aquellos paseos para hablarle de épocas pasadas, pero la pequeña mostraba mucho más interés por los automóviles que pasaban traqueteando de vez en cuando que por los relatos de Charlotte.
¿Qué tenía de especial que su madre hubiese admirado una cabeza de león disecada en este escaparate?
En la casa de la plantación había pieles de león y de leopardo en el salón, y también la cabeza de una hiena y cuernos de ñus, porque su papá había sido un gran cazador.
Los cuentos de los erdmantjes que supuestamente vivían en Plytenberg tampoco le parecieron emocionantes; las historias sobre espíritus de Hamuna eran mejores, ya que esas criaturas de la naturaleza se podían ver y sentir, estaban en el bosque y en los eucaliptos, en las praderas junto al lago y también en las plataneras.
Además, Peter le había dicho que eso de los erdmantjes era una tontería, que ni siquiera existían.
—Cuando volvamos a casa, quiero que Jonny venga con nosotros —anunció Elisabeth decidida—. Tiene muchas ganas de ver la plantación y a los negros. Y no me cree cuando le digo que en la sabana hay leones y elefantes de verdad. Podrá venir, ¿no?
—Me temo que sus padres no le dejarán, Elisabeth.
La pequeña frunció el ceño un instante, luego se zafó de sus reservas y afirmó con gesto radiante que Jonny podía esconderse en su arcón de viaje y, cuando ya estuviera en la plantación, la tía Ettje, el tío Peter y sus hermanos podrían visitarlo.