La luna en las Usambara (Sueños de África 2) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

El instrumento, por supuesto, estaba desafinado.

No era de extrañar, porque en invierno el salón solo se calentaba al anochecer; durante el día solían quedarse en la cocina, donde ya tenían encendido el hogar de todos modos, y así ahorraban leña.

Esos constantes cambios de temperatura habían tenido efectos en el piano.

En ese momento entró en el salón una joven de aspecto tímido y ligeramente afligido, con ojos azules y labios carnosos.

Era Antje, la esposa del primo Paul. Llevaba de la mano a su hija, la pequeña Fanny, toda engalanada con un amplio vestido rosa de volantes y una cofia de encaje.

La toca ocultaba el fino pelo castaño de la niña, que en ese momento se llevó una bofetada de su madre porque se estaba chupando el pulgar de pura timidez.

Se trajeron sillas de la cocina, como en los viejos tiempos, para que todos los invitados pudieran sentarse a la mesa del café.

Antes solía ser tarea de Charlotte, ahora eran Ettje y Antje las que llevaban a cabo esas labores.

No le dejaron hacer nada, ni siquiera pudo servir el té, porque Antje se hizo cargo.

También fue pasando el azúcar y la leche, mientras Ettje repartía el pastel de mantequilla.

Charlotte y Elisabeth eran invitadas en casa de la abuela, las agasajaban y las hospedaban porque, al fin y al cabo, eran familia.

Pero esa ya no era su casa, otros habían ocupado su lugar.

—¿Te gusta? —le preguntó la abuela a Elisabeth.

La niña estaba sentada en una silla de la cocina a la que le habían elevado el asiento con dos cojines de plumas, de manera que veía la mesa entera como desde un trono.

Charlotte frunció el ceño en señal de advertencia, pero fue innecesario.

Elisabeth respondió que nunca había comido un pastel tan delicioso y, a pesar de hablar con la boca llena, con eso se ganó para siempre el cariño de su bisabuela.

—¿No hay pastel de mantequilla en África? —preguntó Ettje.

—Hay otros dulces hechos con plátano, miel y mango, que se cocinan en aceite de cacahuete —contestó Charlotte.

Los demás manifestaron lástima al oír aquello.

Cómo iba a estar rico algo cocinado en aceite rancio.

Sin buena mantequilla no podía haber comida como es debido, ni mucho menos dulces.

Daba igual que Charlotte les hablara de los crujientes pastelitos de maíz y de esa delicia india, la samosa; eso eran porquerías para negros e indios, no para buenos cristianos alemanes.

—Os he traído especias. Cúrcuma y macis. También galanga, ¡y hasta comino, pimienta blanca y hebras de azafrán!

Respondieron al anuncio asintiendo amablemente con la cabeza y también con cierta curiosidad. Luego Antje preguntó con cautela si también había traído café y quedó decepcionada al saber que en la plantación prácticamente ya solo había sisales y apenas quedaban cafetos.

—¿El café crece en los árboles? Qué cosa más rara. ¿Se varean las bayas cuando están maduras?

Elisabeth escenificó el proceso, era perfectamente capaz de explicar cómo se recogía el café.

La escucharon con desconfianza, sobre todo los hijos de Ettje, que no se creían que el café se escondiera dentro de unas bayas rojas y se rieron de la niña a carcajadas, pero Charlotte confirmó lo que había contado Eli­sabeth.

—Qué mocita tan despierta —dijo la abuela, que ya solo tenía ojos para su nueva y rubia bisnieta, y asintió en señal de admiración.

La conversación siguió su curso pausado.

Charlotte comprendió enseguida que sus descripciones se malinterpretaban, que era casi imposible hacer comprender a sus familiares lo diversa y fascinante que era la vida en África.

Su imagen del continente estaba marcada por la Iglesia protestante, que constantemente llevaba a cabo colectas para poder guiar a los pobres niños paganos por el camino correcto.

Además, de vez en cuando aparecía algún reportaje en revistas o en el Ostfriesenboten , artículos sobre la labor de las misiones, sobre las costumbres y las tradiciones de los negros, o sobre las valiosas materias primas que se obtenían en las colonias africanas.

Para los habitantes de Leer, los indígenas africanos eran, en el mejor de los casos, ignorantes infieles para los que tejían mitones durante el verano.

Sin embargo, en el peor de los casos, eran brutales salvajes que cocían a sus víctimas en enormes calderos y las devoraban como parte de sus espantosos rituales.

Quienes vivían voluntariamente allí con ellos, o bien poseían una devoción extraordinaria, o bien les faltaba un tornillo y había que compadecerlos.

—Dios nuestro Señor os ha traído de vuelta a casa —afirmó Ettje con gran seriedad—. Ojalá Klara también regrese pronto a la civilización.

Charlotte, definitivamente resignada, respondió sin perder la sonrisa que Klara permanecería junto a su marido. El grupo reaccionó con un gesto de asentimiento entre triste y comprensivo. Sí, por supuesto, al fin y al cabo ese era el lugar de una esposa.

La conversación abordó entonces las novedades de Leer, y Charlotte tuvo que reconocer que ahora era ella quien no comprendía.

¿De verdad podía despertar semejante reacción el llamativo sombrero de la esposa del nuevo superintendente?

¿Tan trascendente era que trasladaran el mercado de madera del centro del pueblo hacia el este?

¿O que la hija del funcionario Wagner se relacionara desenfadadamente con un estudiante de Aurich y se la hubiera visto con él en los prados?

Poco después, cuando la prima Menna entró en el salón con sus dos hijas, Johanna y Grete, la casita de la abuela parecía a punto de reventar.

¿Antes también solían estar tan apretados?

Charlotte no recordaba esa sensación. Se añadieron tres sillas más sin ningún aspaviento y se pusieron más platos y tazas.

La tetera parecía inagotable, al igual que la tarta y las galletas redondas que la abuela sacaba de una lata.

Menna la saludó con mucho cariño y naturalidad, y Charlotte se sintió aliviada.

Menna era la hermana de Marie, la primera esposa del que ahora era su marido, George Johanssen.

A pesar de que se habían divorciado hacía varios años y Marie llevaba mucho tiempo felizmente casada en Londres, Charlotte había temido en secreto que Menna le guardara rencor.

Pero en lugar de eso, charlaba alegremente sobre asuntos cotidianos, elogió el vestido de Charlotte y el encantador sombrerito, y quedó cautivada por la preciosa y vivaracha Elisabeth; todo parecía ir bien.

Charlotte percibía por fin la calidez de su gran familia y la seguridad que le había transmitido en el pasado formar parte de ella.

Había siete niños correteando por la casa, persiguiéndose por los pasillos, lanzando pelotas en la huerta, riñendo, tirándose del pelo, llorando, berreando y reconciliándose enseguida con las mejillas encendidas.

La primera de ellas Elisabeth, a la que dejaron repartir los regalos para los niños y que aprovechó la oportunidad para pavonearse ante los mayores.

Una navaja para los chicos, una pelota de goma roja para la pequeña Fanny, muñecas con pelo de verdad y vestidas como damas distinguidas…

Ni siquiera en Navidad se veían semejantes maravillas en esa casa.

—Al fin y al cabo, solo regreso una vez cada diez años —bromeó Charlotte, que se sentía casi culpable.

Ella no habría hecho compras tan espléndidas; había sido George el que la había empujado a ello el día anterior.

Charlotte comprendía el motivo: a George le habría encantado llevar regalos a sus propios hijos en Londres, verlos de nuevo y abrazarlos, pero Marie, su exmujer, había respondido muy claramente a su petición.

Si tenía intención de viajar a Londres con su nueva esposa y la hija pequeña de esta, escribió, Charlotte y Elisabeth serían siempre bienvenidas en su hogar.

Pero ni hablar de un reencuentro entre George Johanssen y sus hijos.

Recibieron la carta de Marie cuando aún estaban en el barco rumbo a Nápoles.

George la había abierto durante el desayuno, la había hojeado rápidamente y luego se la había tendido a Charlotte en silencio.

Esta había visto el dolor en su mirada y había intentado consolarlo.

No sería así para siempre. Berta ya tenía dieciocho años, dentro de tres años sería mayor de edad y entonces podría decidir por sí misma si quería volver a ver a su padre.

Johannes, dos años menor que su hermana, tendría que esperar un poco más.

Sin embargo, por dentro Charlotte estaba furiosísima con su prima Marie, que siempre conseguía lo que quería y actuaba a su antojo.

Marie cumplía un requisito que consideraba importantísimo para ser realmente feliz: no tenía compasión.

En cualquier caso, allí rodeada del alegre barullo en casa de su abuela, Charlotte comenzó a albergar la esperanza de que George hallara en Leer algo que sustituyera en parte lo que había perdido.

Allí eran bienvenidos, los acogían con cariño y sin reservas en el cálido nido que tanto necesitaba alguien que vivía en el extranjero y regresaba a su hogar.

Insistió en ayudar a Antje a recoger la mesa y no permitió que la echaran de la cocina.

—Llevo años deseando poder lavar estos platos —explicó entre risas—. Dios mío, ¡cuántos recuerdos me trae estar aquí!