Capítulo 1 #2
Charlotte saludó con la mano a la silueta corpulenta, porque sin duda se trataba de su prima Ettje, que había sido siempre muy delgada.
Luego agarró apresuradamente su maleta e indicó a Elisabeth que cogiera su bolsa y el paraguas.
Ambas corrieron hacia las puertas y bajaron al andén, donde un mozo ya estaba cargando su enorme arcón del tren a la carretilla que había llevado Ettje.
—¡Ay, Charlotte! ¡No has cambiado nada! ¡Qué guapa estás! ¡Y qué elegante! Y ese sombrerito… En Leer no se encuentran cosas como esa…
El parloteo incesante después de mucho tiempo sin verse debía de ser cosa de familia: la prima Klara, tan silenciosa normalmente, no callaba en situaciones como aquella.
Charlotte se reencontró en el generoso pecho de Ettje, aspiró el olor de su infancia, cuando la ropa siempre olía un poco a moho, a comida y a naftalina, y le emocionó profundamente la sincera alegría de su prima por el reencuentro.
—Me he dejado un poco, como ves —siguió contando Ettje mientras sostenía el abrazo—. Todo empezó cuando Peter enfermó hace unos años, y ahora no consigo quitarme las lorzas de encima…
—Solo estás un poco más rellenita que antes, pero aparte de eso no has cambiado nada, Ettje. No olvides que has traído al mundo a tres fuertes y preciosos muchachos…
—Y tú a una encantadora hijita. Dios mío, parece una auténtica frisia, qué rubia es, y los ojos son los del abuelo, no hay duda…
Elisabeth miró con ojos adormilados a sus tres primos, que se ocupaban de las bolsas y las maletas, y luego se vio estrujada de sopetón contra los pechos de Ettje, que le acarició los rizos con su mano áspera.
La Ulrichstrasse no quedaba lejos y el sol de la tarde era cálido, así que recorrieron el camino a pie.
«No han cambiado muchas cosas desde que me marché de Leer», pensó Charlotte.
Aquí y allá se veía alguna casa nueva, la dársena del puerto se había ampliado para no depender de las mareas, y los viejos puestos de venta marrones en la península de Nesse, rodeada por la curva del Leda, se habían multiplicado.
No podía dejar de observar a Ettje, que caminaba pesadamente a su lado.
Su prima tenía cuarenta años, cuatro más que ella, pero a Charlotte le daba la impresión de que las separaba una generación entera.
Ettje nunca había sido guapa ni elegante, ahora tampoco le molestaba su corpulencia, que la hacía parecer mayor y no la favorecía en absoluto.
Era madre orgullosa de tres muchachos y la fiel y preocupada esposa del que fuera su vecino, Peter Hansen, que ahora era funcionario de aduanas; su prima había encontrado su vocación y no esperaba más de la vida.
El anhelo por tierras lejanas que había sentido Charlotte desde niña, el amor que la consumía por un hombre inalcanzable, los sueños, las esperanzas, la satisfacción que le proporcionaba la música…
Ettje no había conocido ninguna de aquellas cosas.
—Te vas a quedar asombrada, Charlotte —seguía parloteando—. La abuela sigue de lo más despierta y no se deja tomar el pelo. ¡Paul y su esposa Antje no lo tienen fácil viviendo en su casa! Pero a la pequeña Fanny la tiene completamente mimada…
En el jardín todavía había algunos manzanos en flor, pero la mayoría de los pétalos ya tenían los bordes marrones y habían caído sobre los arriates y el césped.
Las aspas de los molinos, esos horribles monstruos que atemorizaban a la pequeña Charlotte cuando era niña, giraban sin parar.
Qué lejos quedaba aquel funesto día de mayo en el que había regresado del mercado con Paul y Ettje con los peniques ahorrados envueltos en un pañuelo, dispuesta a enseñárselos con orgullo a la abuela.
Fue el día en que la muerte entró de forma repentina en su vida.
Había pasado mucho tiempo, pero volvió a sentir el dolor de aquella niña de diez años que se había resistido con todas sus fuerzas a creer al oficial de aire sombrío y que hasta el final del verano había conservado la esperanza de volver a ver a su padre, a su madre y al pequeño Jonny; había sido en vano.
Al principio, Elisabeth se había cogido de la mano de su madre, ya que la nueva parentela la ponía bastante nerviosa, pero pronto echó a correr detrás de la carretilla en la que Henrich, el hijo mayor de Ettje, llevaba el arcón y las maletas a la Ulrichstrasse.
—Ten cuidado —advirtió al sudoroso muchacho—, ahí delante hay un bache. Que no se caiga el arcón, porque ahí dentro están vuestros regalos. Hay obsequios para todos, pero si se te cae el arcón de la carretilla, te quedarás sin nada…
Antes, en el andén, la tía Ettje había presentado a su prole uno a uno, y los muchachos habían ido haciendo reverencias por turnos.
Henrich era delgado y nervudo, tenía los brazos demasiado largos y el pelo liso y rubio pajizo.
Se había confirmado el año anterior, tenía el gesto muy serio y parecía considerarse un adulto.
El hijo mediano se llamaba Peter y ya era casi tan alto como su hermano, pero tenía el pelo rojizo y la cara llena de pecas.
A Elisabeth le pareció que el más simpático era Jonny, porque se reía todo el rato y decía tonterías, y además sabía hacer música soplando una brizna de hierba, como hacían los negros de la plantación.
—Ay, qué lástima que no te hayas traído a Klara, Charlotte. ¡Cuánto me habría gustado volver a verla! Quién habría imaginado que mi hermanita Klara, con su pierna coja, se casaría con un misionero en África y que tendría un hijo…
Charlotte recordaba mucho más grande la casa de la abuela.
Ahora le pareció muy baja, con los ladrillos oscuros y el tejado un poco hundido.
¿De verdad había vivido en esa casita durante todos esos años?
Junto con el abuelo, la abuela, la tía Fanny, las primas Ettje y Klara, el primo Paul…
Había sitio para todos ellos. En comparación, la casa de la plantación junto al Kilimanjaro, con sus gruesos muros blancos que databan de la época de los árabes, era casi un palacio.
—¡Pasad! —exclamó Ettje haciendo un amplio y orgulloso gesto con el brazo—.
Os hemos hecho pastel de mantequilla. Y podéis instalaros arriba, en nuestro antiguo dormitorio.
Paul y Antje dormirán mientras tanto en las camas de los abuelos, y la abuela se trasladará al despacho. Por un par de días no pasa nada.
«¡No ha cambiado nada!», pensó Charlotte.
La puerta con lucerna de la entrada se había pintado de blanco y, como antaño, la pintura ya estaba desconchada por el centro, en la zona donde la lluvia la golpeaba.
En el pasillo la recibió el olor a madera húmeda y cera para suelos, impregnado ligeramente con los aromas de la cocina.
Sobre la vieja cómoda había un par de frascos de conserva cubiertos de polvo que se acababan de sacar del sótano.
La abuela Grete Dirksen estaba sentada en el salón y llevaba el vestido negro bueno y la cofia de encaje de siempre.
Parecía más pequeña y estaba mucho más delgada, y el rostro, antes terso, ahora estaba surcado por innumerables líneas y arruguitas.
Tenía los ojos un poco más hundidos, pero seguían siendo luminosos y lucían la mirada despierta de la señora de la casa.
Efectivamente, la esposa de Paul no debía de tenerlo fácil.
—¡Lotte ha vuelto! —exclamó la abuela, y se apresuró hacia la puerta del salón—. ¡Cuánto tiempo ha pasado desde que te marchaste al amparo de la noche, llevándote a la pobre Klara y al inútil de Christian! No volvió a ser hombre de provecho tampoco en África, ¿verdad?
En lugar de responder, Charlotte abrazó a la anciana. A pesar de que la voz de la abuela aún era enérgica, tuvo la sensación de que, bajo la gruesa capa de ropa, solo había un pajarillo. Su voluntad de hierro parecía ser lo único que mantenía en pie el cuerpo de la octogenaria.
—Déjame ver a tu mocita, Lotte. ¡Pero qué cabecita más rubia!
Tiene los ojos de mi difunto Henrich, los mismos que también tenía tu padre, Lotte.
Esta cría es claramente una Dirksen. ¿Cómo se llama?
¿Elisabeth? Apuntas alto, ¿eh? ¡Aquí en Leer te llamaremos Lisa!
Venga, adentro, al salón. Hemos hecho café y té de Bünting…
El salón tampoco había cambiado. El sofá de felpa, la mesa y la butaca seguían en el mismo sitio, también el jarrón con las palmas falsas y las numerosas figuritas en las repisas de las ventanas.
La cruz blanca de mármol de Carrara que había traído de Sudamérica su padre, el capitán Ernst Dirksen, hacía más de treinta años, brillaba a la luz vespertina.
E incluso la fotografía en la que se veía a Charlotte, que entonces tenía diez años, junto a sus padres y al pequeño Jonny, seguía colgada de la pared.
Los años habían desdibujado los contornos y habían amarilleado los colores; el crespón de luto, que antes era negro, se había vuelto gris oscuro y quebradizo.
—Mi piano… —musitó Charlotte con ternura, y deslizó los dedos sobre la madera negra y lisa del instrumento.
—Sí —dijo sonriendo Ettje, que traía el plato del pastel—.
Ese trasto inútil sigue aquí. Cuántas veces habremos pedido permiso Paul y yo para vender de una vez por todas ese mamotreto, porque el tío Gerhard no tiene ninguna intención de llevárselo.
Pero la abuela no está dispuesta a deshacerse de él.
El tío Gerhard era el hijo menor del matrimonio del pastor Dirksen y, a juzgar por las conversaciones que Charlotte había oído de niña, era un completo inútil.
No obstante, tenía cierta inclinación hacia la música y, por lo visto, se ganaba la vida en Hamburgo enseñándola. Nadie sabía qué había sido de él.
—Gerhard se presentará un día en la puerta y querrá su piano —insistía tercamente la anciana—. Y ese piano tiene que seguir aquí para él.