La luna en las Usambara (Sueños de África 2)
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Capítulo 1
Charlotte Johanssen apoyó la cabeza dolorida en el respaldo y cerró los ojos para abandonarse un momento al traqueteo del tren.
¿Era agotamiento lo que sentía? No, era más bien tensión e inquietud, una curiosa mezcla de alegría y temor que se había apoderado de ella desde la mañana y que se acentuaba a medida que se acercaban a su destino.
De cuando en cuando se oía el largo silbido de la locomotora.
Y a veces también pasaban nubes de vapor blanquecino por el exterior de la ventanilla, pero era imposible que estropearan la vista de las llanuras a cuadros grises y verdes de Frisia oriental.
Su tierra natal se extendía plana hasta el horizonte, había campos de cultivo y prados divididos por setos de color verde claro o por estrechas zanjas; aquí y allá se veían árboles frutales en flor, vacas, ovejas y algún que otro bosquecillo o pueblito gris con un campanario puntiagudo.
—Mamá, ¿cuándo llegaremos a Leer? —preguntó su hija Elisabeth, que había cumplido los seis años hacía más de seis meses.
Sonaba malhumorada: después de una semana de viaje, la niña estaba agotada y quejicosa.
Sentada en el borde del asiento, enfrente de Charlotte, se apoyaba con ambos brazos en la tapicería y miraba aburrida el paisaje.
Se lo había imaginado todo mucho más impresionante, colorido y alegre.
Aquí ni siquiera había elefantes, solo gordas vacas blanquinegras, y había visto mujeres y niños blancos trabajando en los campos, cuando en realidad eso era cosa de negros.
En África, en la plantación donde había vivido hasta entonces y en la que incluso había nacido, las cosas eran distintas.
—Ya queda poco —tranquilizó Charlotte a la pequeña—. ¿Quieres más té? Todavía quedan un par de galletas.
—No, gracias…
Elisabeth hizo una mueca con la que dejó claro que no imaginaba nada más asqueroso que unas galletas secas y té frío. Se acercó un poco más a la ventanilla y puso morritos.
—¡No seas cochina, por favor! —la reprendió Charlotte, que sabía perfectamente lo que se proponía: a Elisabeth le encantaba chuparse el dedo y pintar en los cristales con él.
La respuesta fue un profundo suspiro. La niña volvió a apoyarse en el respaldo y a estirar las piernas sobre el profundo asiento.
Se tironeó disgustada de las ásperas medias de algodón que su madre la había obligado a ponerse y luego giró los pies de un lado a otro para observar detenidamente los zapatos de cuero de color marrón.
También eran nuevos, resistentes y horriblemente austeros, mucho más feos que los de su madre, que tenían una línea elegante y medio tacón.
El tren avanzaba en línea recta hacia el sur.
Habían salido de Hamburgo muy pronto por la mañana y habían hecho transbordo en Bremen.
Había sido divertido, porque en su compartimento también iban una joven con dos niñas pequeñas, un estudiante y un señor mayor con sombrero de copa.
Pero todos se habían apeado en Emden y ahora se moría de aburrimiento.
—Cuando lleguemos a Leer, conocerás a tus primos. Todos los hijos de Ettje tienen tu edad y…
—Chicos —rezongó Elisabeth balanceando los pies—. ¿Qué voy a hacer con ellos?
—Bueno, en la plantación también jugabas con chicos, verás como no te aburres.
Charlotte intentó recolocarse las horquillas del moño para poder apoyar mejor la cabeza.
También tuvo que echarse hacia delante y sujetar de nuevo el sombrerito redondo y rojo que George le había comprado el día anterior en Hamburgo porque creía que conjuntaba perfectamente con su pelo negro.
¡Ojalá se le pasara de una vez ese molesto dolor de cabeza!
—Seguro que os entenderéis bien. Y también está la pequeña Fanny, la hija del primo Paul y su esposa Antje, que ya tendrá casi cuatro años.
—Ufff, ¡un bebé!
—Te gustará, Elisabeth. Todos tienen muchas ganas de verte, ¡sobre todo, la abuela!
—Prefiero volver a casa.
La pequeña se frotó con torpeza los ojos.
Había soportado asombrosamente bien la larga travesía en barco desde Dar es-Salam hasta Hamburgo.
No se había mareado ni una sola vez, probablemente porque había heredado los genes de su abuelo, el capitán Ernst Dirksen, quien se sentía como en casa en cualquier mar del mundo.
La pequeña, con su cabello rubio y rizado, había hecho las delicias de los pasajeros de primera y segunda clase: había recibido atenciones y regalos de las mujeres y había acribillado a preguntas a los caballeros.
Pero, sobre todo, había sido George quien se había ocupado de Elisabeth con enorme cariño.
Con su infinita imaginación, había inventado juegos para ella, le había contado cuentos creados por él mismo antes de acostarla y, además, se había encargado de que no descuidara la escritura y las matemáticas.
George Johanssen, normalmente un hombre muy inquieto, hacía gala de una paciencia tal con la niña que a Charlotte le costaba reconocer en él a su amado.
Al desembarcar en Hamburgo dos días atrás, Elisabeth todavía echaba a correr traviesa delante de ellos, pero la noche del primer día en suelo alemán la pequeña estaba febril y no quería apartarse de Charlotte.
Puede que echara de menos el entorno seguro y controlado del vapor correo imperial, y probablemente la asustaba el ajetreo de la gran ciudad alemana.
Esa noche, que pasaron los tres juntos en una espaciosa habitación de hotel, la niña estuvo varias horas despierta hablando de la plantación junto al Kilimanjaro que había pertenecido a su padre, el barón Max von Roden, antes de que muriera en un horrible accidente, y que ahora dirigía su madre con ayuda de dos administradores de confianza.
También habló de Hamuna, su niñera negra, a la que echaba muchísimo de menos; de Sadalla, el criado; de sus cabras y del perrito, que había tenido que dejar en casa.
Durante el largo viaje en tren tampoco había pegado ojo.
—¿Por qué George no viene con nosotras a Leer? —preguntó entonces a su madre.
—Primero quiere visitar a unos conocidos en Berlín, Elisabeth. Ya lo sabes. Es muy importante para los libros y los artículos que escribe.
—¡Ojalá estuviera con nosotras!
Charlotte compartía el deseo de su hija.
Era asombroso, casi ridículo, lo mucho que estaba sufriendo por la separación.
George solo pasaría unos días en Berlín y luego se reuniría con ellas en Leer, pero a Charlotte le dolía su ausencia.
La mirada penetrante de sus ojos grises, la sonrisa comprensiva, su brazo rodeándole los hombros…
Lo echaba muchísimo de menos. Se habían deseado en la distancia tanto tiempo, habían tenido que superar tantos obstáculos para confesarse por fin su amor, que no era capaz de librarse completamente del miedo a volver a perderlo de repente.
Como si George fuera una ilusión que se desvaneciera al despertar.
—Canta la canción que me canta Hamuna cuando voy a dormir, mamá…
Elisabeth se había deslizado hasta el asiento de Charlotte y estaba intentando subirse en su regazo.
Últimamente había dejado de hacerlo, en el barco incluso había declarado en tono enérgico que ya no era ninguna «niña pequeña», y solo de vez en cuando dejaba que George la columpiara sobre sus rodillas.
—¿ Wimbo wa watoto ? ¿La canción infantil de Hamuna?
—No es una canción infantil. Matumbuizo . ¿Cómo se dice eso en alemán, mamá?
—Canción de cuna, cariño mío.
Charlotte empezó a tararearla en voz baja, luego recordó la letra e intentó imitar la voz grave y un poco áspera de la niñera.
Hamuna se sabía un sinfín de canciones y todas sonaban muy parecidas, seguramente se las había inventado ella.
Contaban historias de niñas que iban con cántaros a por agua, de monos malvados y de hienas parlanchinas, de un baobab que el gran espíritu había arrancado del suelo y clavado en la tierra con las raíces hacia arriba.
Las canciones de Hamuna a menudo hacían sonreír a Charlotte, pero ahora esa melodía sencilla le proporcionaba alivio.
Era como si el traqueteo del tren se mezclara con sonidos familiares, las rítmicas palmadas de los negros, los trinos de las mujeres, el ruido sordo de los tambores.
África brotaba de los cantos y la envolvía, le permitía aspirar de nuevo la brisa marina y el delicado perfume de la macis, le traía el polvo caliente de la sabana y el olor húmedo y terroso de la selva.
¿Se habían quedado dormidas? Los resoplidos y silbidos del convoy enmudecieron y, de pronto, un chirrido metálico muy familiar se le incrustó a Charlotte en el cráneo ya dolorido.
El tren frenó y hundió a madre e hija en el asiento para después volver a lanzarlas de golpe hacia delante cuando se detuvo por completo.
—¡Leeer! ¡Cuidado con el bordillo del andén! El tren efectuará una parada de diez minutos. ¡Leeer! Cuidado con el bordillo del andén. El tren efectuará…
—Ya hemos llegado, Elisabeth. ¡Venga, rápido!
Charlotte bajó la ventanilla e intentó distinguir algo a través de las nubes de humo gris que flotaban en el exterior.
¡El edificio de la estación! Dios mío, tenía el mismo aspecto sombrío que diez años atrás, cuando se había subido al tren de madrugada con Christian y Klara para marcharse en secreto de la ciudad.
Huían de las deudas de Christian, con la esperanza de poder empezar de nuevo en tierras lejanas.
—¡Charlotte, Charlotte! Cielos, ¡es ella! ¡Lleva la carretilla hasta allí, Henrich! Venga, chico, pero ¿es que estáis todos ciegos? Están ahí, en la ventanilla. ¡Charlotte!
Charlotte conocía muy bien esa voz, pero esa figura rechoncha con un vestido azul claro y sombrerito blanco no encajaba con sus recuerdos.
—¿Esa mujer gorda que mueve los brazos es familia nuestra, mamá?
—¡Es tu tía Ettje!