LA LUCIERNAGA EN LA TORMENTA CAPÍTULO XXIV — Emilia
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CAPÍTULO XXIV — Emilia

La primera vez que Elena dijo la palabra embarazo, Adrián abrió una hoja de cálculo.

Elena lo miró.

—No.

Adrián levantó la vista.

—¿No qué?

—No vas a hacer eso.

—¿Hacer qué?

—Convertir esto en un proyecto.

Adrián miró la pantalla.

Pestañas.

Fechas.

Especialistas.

Costos.

Seguros.

Posibles escenarios.

—Esto es organización.

—Es una invasión militar.

—Hay diferencias.

—No muchas.

Adrián cerró la computadora.

—Está bien.

—Pero necesitamos información.

—Sí.

—Médicos.

—Sí.

—Controles.

—Sí.

—Seguro.

—Sí.

—Presupuesto.

Elena levantó una ceja.

—Ahí te perdiste.

—No porque no podamos pagarlo.

—Entonces peor.

• • •

No había sido una decisión impulsiva.

Habían hablado.

Esperado.

Pensado.

Y cuando finalmente ocurrió, ninguno reaccionó como había imaginado.

Elena miró la prueba.

Después a Adrián.

Adrián miró la prueba.

Después a Elena.

—¿Eso significa...?

Elena empezó a reír.

—Sí, Adrián.

—¿Seguro?

—No. La rayita apareció para generar suspenso.

Adrián tomó la prueba.

La observó como si pudiera auditarla.

—Deberíamos repetir.

—Ya repetí.

—¿Cuántas?

—Tres.

Adrián levantó la mirada.

—¿Tres?

—Te conozco.

Se quedó callado.

Después sonrió.

No una sonrisa corporativa.

No la de un cierre.

Otra.

Elena lo vio.

—¿Estás feliz?

Adrián asintió.

—Mucho.

Y después, casi inmediatamente:

—Tengo miedo.

Elena sonrió.

—Yo también.

• • •

Daniel fue el primero de la familia en saberlo.

Adrián quería decírselo en persona.

Nada de mensajes.

Nada de llamada rápida.

Lo invitó a cenar.

Daniel llegó sospechando algo.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Eso suena culpable.

—Sentate.

Elena estaba allí.

Daniel miró a ambos.

—¿Se van a casar?

Adrián cerró los ojos.

—No todo gira alrededor de eso.

—Entonces qué.

Elena tomó la mano de Adrián.

Daniel lo vio.

Y entendió antes de que hablaran.

—No.

Adrián levantó las cejas.

—¿No qué?

—¿Está embarazada?

Silencio.

Elena sonrió.

—Sí.

Daniel abrió la boca.

Después:

—No.

Adrián empezó a reír.

—Tenés que ampliar vocabulario.

Daniel miró a Elena.

—¿En serio?

—En serio.

Después a Adrián.

—Vas a tener otro hijo.

La frase aterrizó.

Otro hijo.

Adrián sintió el peso.

No sustitución.

No reparación.

No una segunda oportunidad para “hacerlo bien”.

Otro hijo.

Otra persona.

Otra historia.

• • •

Daniel se quedó callado varios segundos.

Adrián no quiso llenar el silencio.

Finalmente:

—¿Estás bien?

preguntó.

Daniel asintió.

—Sí.

—Es raro.

—Claro.

—Pero bien.

Elena sonrió.

Daniel miró a Adrián.

—¿Sabés si es niño o niña?

—Todavía no.

—Si es niño no le pongás Adrián.

Elena comenzó a reír.

—Excelente regla.

Adrián fingió ofensa.

—Es un gran nombre.

—Para vos.

—Exacto.

• • •

Más tarde, cuando Elena fue a la cocina, Daniel habló más bajo.

—Pa.

—¿Sí?

—¿Va a vivir aquí?

Adrián entendió.

No preguntaba por el bebé.

Preguntaba por él.

—Sí.

Daniel asintió.

—¿Y yo?

La pregunta salió pequeña.

Adrián sintió algo en el pecho.

—Vos también.

Daniel levantó la mirada.

—No vivo aquí siempre.

—No.

—Pero esta sigue siendo tu casa.

—Aunque no vengás una semana.

—Aunque vengás más.

—Aunque tengas veinte años.

—Aunque algún día me digás que ya no querés dormir aquí.

Daniel sonrió.

—Eso va a pasar pronto.

—No hace falta entusiasmo.

Después Adrián se puso serio.

—No hay un bebé que pueda quitarte tu lugar.

Daniel bajó los ojos.

—Está bien.

No era una preocupación resuelta para siempre.

Pero ya tenía palabras.

Eso importaba.

• • •

El embarazo convirtió a Adrián en una versión ridícula de sí mismo.

Leyó.

Demasiado.

Médicos.

Estudios.

Nutrición.

Desarrollo fetal.

Elena empezó a prohibirle ciertos sitios.

—No busqués síntomas.

—No estoy buscando síntomas.

—¿Qué buscás?

—Probabilidades.

—Peor.

Adrián levantó el teléfono.

—Esto es información médica.

—Internet también tiene información sobre meteoritos.

—¿Y?

—No vamos a construir un refugio.

Adrián pensó.

—Depende de la probabilidad.

Elena le lanzó un cojín.

• • •

En las consultas llevaba preguntas.

La primera vez:

diecisiete.

El obstetra las miró.

—¿Trabaja usted en medicina?

—No.

—Se nota.

Elena empezó a reír.

Adrián cerró la libreta.

—Me gusta entender.

—Está bien.

dijo el médico.

—Pero también tiene que aceptar que algunas respuestas serán “no sabemos”.

—Estoy practicando.

• • •

El embarazo avanzó bien.

Eso fue ayudando.

Semana tras semana.

Controles normales.

Elena cansada.

Adrián preocupado.

Daniel preguntando si ya podía sentir al bebé.

Un martes, sí.

Elena tomó su mano.

La colocó.

Movimiento.

Adrián quedó inmóvil.

Otra vez.

La misma sensación del hospital con Daniel.

No exactamente.

Amor y miedo entrando juntos.

• • •

—¿Sentiste?

preguntó Elena.

Adrián no respondió.

Ella lo miró.

—Estás llorando.

—No.

—Otra vez.

—Esta casa tiene polvo.

—Estamos en el dormitorio.

—Peor.

Elena rio.

Adrián apoyó la frente sobre su abdomen.

—Hola.

dijo.

No sabía qué más.

• • •

El nombre llegó después.

No inmediatamente.

Listas.

Opciones.

Adrián quería algo elegante.

Elena quería algo que no pareciera elegido por un banco privado.

Daniel descartó nombres por razones incomprensibles.

Finalmente:

Emilia.

Adrián repitió.

—Emilia Salvatierra.

Elena levantó una ceja.

—No la estás presentando a inversionistas.

—Estoy probando.

Daniel asintió.

—Está bien.

—Entonces aprobado por comité.

Elena lo miró.

—Voy a cambiarlo.

Adrián cerró la boca.

• • •

Los meses siguientes tuvieron algo que Adrián no había esperado:

rutina.

Y le gustó.

Cena.

Consultas.

Daniel entrando y saliendo.

Elena organizando cosas.

Salvatierra Capital sin ocupar todos los espacios.

La empresa seguía creciendo.

Adrián seguía siendo quien era.

Pero su agenda tenía ahora bloques que no se movían.

Control prenatal.

Almuerzo con Daniel.

Terapia.

Cena en casa.

No porque la vida familiar necesitara convertirse en agenda.

Sino porque Adrián finalmente había entendido algo sobre sí mismo:

si no protegía ciertos espacios, el trabajo siempre encontraba la manera de ocuparlos.

• • •

El embarazo entró en el tercer trimestre.

Adrián empezó a respirar mejor.

Ese fue el problema.

Había aprendido demasiado bien que cuando las cosas parecen estabilizarse uno puede bajar la guardia.

Intentó no hacerlo.

No funcionó del todo.

• • •

La llamada llegó a las tres doce de la mañana.

Adrián despertó porque Elena estaba sentada en la cama.

—Adrián.

Algo en la voz.

Él se incorporó.

—¿Qué pasó?

Ella respiraba diferente.

—Creo que algo no está bien.

• • •

Los siguientes minutos se convirtieron en movimiento.

Hospital.

Llamada.

Bolsa.

Llaves.

Adrián quiso conducir.

Elena dijo:

—Despacio.

No:

rápido.

Despacio.

Adrián respiró.

• • •

En emergencias, las cosas empezaron a suceder sin pedir permiso.

Monitores.

Evaluación.

Preguntas.

Adrián respondió todo.

Edad gestacional.

Medicamentos.

Antecedentes.

Después llegaron palabras que no quería escuchar.

Contracciones.

Riesgo.

Parto prematuro.

• • •

—¿Se puede detener?

preguntó Adrián.

La médica fue cuidadosa.

—Vamos a hacer todo lo posible.

No era sí.

Adrián lo entendió.

No quiso.

• • •

Elena estaba asustada.

Eso lo reorganizó.

Adrián tomó su mano.

No empezó a buscar especialistas.

No llamó a Nueva York.

No pidió segunda opinión en otro país.

No todavía.

—Estoy aquí.

dijo.

Elena lo miró.

La frase.

Esta vez era verdad.

• • •

El parto ocurrió demasiado pronto.

No tanto como para eliminar la esperanza.

Suficiente para llenar la habitación de profesionales.

Adrián apenas vio a Emilia.

Pequeña.

Mucho más pequeña de lo que había imaginado.

Demasiado.

• • •

El llanto llegó.

Adrián cerró los ojos.

Respiró.

Después se la llevaron.

• • •

—¿Dónde?

preguntó.

Neonatología.

Evaluación.

Apoyo.

El médico habló.

Adrián escuchó aproximadamente la mitad.

La otra mitad de su mente ya estaba intentando construir un plan.

• • •

—¿Cuál es el mejor especialista?

preguntó.

—Tenemos un excelente equipo neonatal.

—¿Necesitamos trasladarla?

—No.

—¿Hay algún medicamento?

—Depende de evolución.

—¿Puedo traer a alguien?

—Señor Salvatierra...

La médica se detuvo.

Lo miró directamente.

—Su hija está donde necesita estar.

Adrián apretó la mandíbula.

—Quiero saber qué más podemos hacer.

Ella respondió con suavidad.

—Ahora mismo, nada más.

• • •

Silencio.

La frase que había pasado toda una vida tratando de evitar.

Nada más que hacer.

• • •

Adrián sintió que el cuerpo rechazaba la idea.

Tenía dinero.

Seguro.

Acceso.

Contactos.

Podía llamar a médicos en tres países en menos de quince minutos.

Podía contratar aviones.

Podía pagar cualquier tratamiento disponible.

Podía movilizar recursos que la mayoría de las personas nunca tendría.

Y nada de eso cambiaba la respuesta.

• • •

—No puede ser nada.

dijo.

La médica entendió.

—Puede estar con su pareja.

—Puede informarse.

—Puede descansar cuando sea posible.

—Y cuando permitan verlo, puede estar con su hija.

—Eso no es nada.

• • •

Adrián quedó inmóvil.

• • •

Elena lo encontró sentado.

Había llorado.

No lo ocultó.

Ella extendió la mano.

Adrián se acercó.

• • •

—¿Cómo está?

preguntó.

Adrián explicó.

Sin disfraz.

No bien.

No mal.

Pequeña.

Estable.

Necesita ayuda.

Van a observar.

No sé.

• • •

Elena cerró los ojos.

Adrián tomó su mano.

—No sé.

repitió.

Y por primera vez aquella frase no significó fracaso.

Significó verdad.

• • •

Las primeras horas fueron lentas.

Eso era insoportable.

Esperar.

Adrián caminó.

Después recordó.

No necesitaba gastar energía para fingir control.

Se sentó.

• • •

Gabriel llamó.

—¿Qué pasó?

Adrián explicó.

—¿Necesitás algo?

La respuesta habitual:

no.

Adrián pensó.

—Sí.

—Decime.

—Encargate de la empresa.

Gabriel esperó.

Adrián añadió:

—Completamente.

—Hecho.

Nada más.

• • •

Laura escribió.

Adrián no abrió.

Después vio:

No hace falta responder. Estoy pendiente.

Bloqueó el teléfono.

Salvatierra podía esperar.

• • •

Horas después pudo ver a Emilia.

No cargarla.

Verla.

Incubadora.

Monitores.

Cables.

Adrián se acercó.

La niña era tan pequeña que le resultó difícil asociarla con todos los movimientos que había sentido semanas antes.

• • •

Una enfermera explicó.

Adrián escuchó.

Preguntó.

Poco.

Eso también era nuevo.

• • •

—¿Puedo tocarla?

La enfermera mostró cómo.

Adrián introdujo la mano.

Un dedo.

Emilia movió la mano.

No lo sujetó inmediatamente.