LA LUCIERNAGA EN LA TORMENTA CAPÍTULO XXIII — Lo que queda cuando el ruido baja #2
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CAPÍTULO XXIII — Lo que queda cuando el ruido baja #2

—Durante años pensé que si alguna vez estabas bien con otra persona me iba a doler.

Adrián permaneció quieto.

Valeria continuó.

—Y un poco sí.

Honesta.

—Pero también me alegra.

Adrián sintió algo en la garganta.

—A mí también me alegra que estés bien.

Ella sonrió al otro lado.

—Eso sonó diplomático.

—Soy inversionista.

—Se nota.

Ambos rieron.

• • •

No había reconciliación.

No había fantasía de volver.

Había otra cosa.

Dos personas que habían sido hogar una para la otra y ahora podían mirarse sin necesitar destruir el pasado para justificar el presente.

• • •

—¿Cómo estás?

preguntó Valeria.

Adrián pensó.

La respuesta importaba.

—Mejor.

—No perfecto.

—Pero mejor.

Valeria guardó silencio.

—Me alegra.

• • •

Después añadió:

—Daniel está más tranquilo.

Adrián sintió algo.

—¿Sí?

—Sí.

—Creo que confía más en que vas a aparecer.

La frase.

Adrián cerró los ojos.

Durante años había querido que su hijo dijera eso.

Ahora que quizá empezaba a ocurrir, no sintió triunfo.

Sintió responsabilidad.

• • •

—Quiero mantenerlo.

dijo.

—Entonces hacelo.

Valeria respondió con suavidad.

—Sin convertirlo en otra meta que tengas que ganar.

—Todos hicieron un curso secreto sobre mí.

—Era caro.

Rieron.

• • •

Meses después, Salvatierra Capital recibió otra propuesta de adquisición.

Excelente compañía.

Gran sector.

Precio atractivo.

Antes, Adrián habría entrado personalmente desde el primer día.

Esta vez pidió que el equipo preparara recomendación.

Gabriel se sentó frente a él.

—¿No vas a verla?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Cuando el comité tenga tesis.

Gabriel lo miró con sospecha.

—¿Tenés fiebre?

—No.

—¿Golpe en la cabeza?

—Andate.

• • •

El equipo presentó.

Adrián hizo preguntas.

Muchas.

Pero no desmontó el trabajo para reconstruirlo a su manera.

Al final, Martín recomendó no avanzar.

Adrián no estaba de acuerdo.

Eso hizo la decisión interesante.

• • •

—¿Por qué no?

preguntó.

Martín explicó.

Dependencia de dos clientes.

Riesgo tecnológico.

Valuación.

Necesidad de capital.

Adrián veía mitigantes.

Presentó algunos.

Martín sostuvo posición.

La sala estaba en silencio.

Años atrás, la discusión habría terminado cuando Adrián quisiera.

Ahora miró al comité.

—¿Qué piensan?

La mayoría coincidió con Martín.

Adrián se recostó.

La operación le gustaba.

Mucho.

Podía imponerse.

Formalmente.

• • •

No lo hizo.

—Pasamos.

Martín pareció sorprendido.

—¿Seguro?

Adrián levantó una ceja.

—No abuses.

Risas.

• • •

Después, Gabriel entró.

—Estás evolucionando.

—No.

—Acabás de dejar pasar una empresa que te gustaba porque tu equipo no estaba convencido.

—Eso se llama gobierno.

—Hace tres años lo llamabas falta de visión.

—Uno puede corregir conceptos.

Gabriel soltó una carcajada.

—Finalmente usás esa habilidad para bien.

• • •

La operación fue comprada seis meses después por otro fondo.

A un precio superior.

Adrián vio la noticia.

Sintió una punzada.

Después la empresa perdió a uno de sus principales clientes.

La valoración cayó.

Gabriel entró con el artículo.

—No digás nada.

—Te.

—No.

—Lo.

—Adrián.

—Dije.

Ambos empezaron a reír.

• • •

La vida seguía.

Con pequeñas victorias.

Errores.

Decisiones correctas por razones equivocadas.

Decisiones equivocadas que terminaban bien.

Eso también estaba aprendiendo Adrián.

El resultado no siempre decía si una decisión había sido buena.

Algo que Gabriel llevaba años intentando explicarle.

• • •

Elena se acostumbró a Costa Rica.

No completamente.

Extrañaba Nueva York.

Por eso viajaba.

Adrián no lo tomaba como amenaza.

Casi nunca.

• • •

Una vez ella anunció:

—Voy dos semanas.

Adrián levantó la mirada.

—Dos.

—Sí.

Sintió ansiedad.

La reconoció.

No la convirtió en pregunta acusatoria.

—Te voy a extrañar.

dijo.

Elena sonrió.

—Yo también.

—¿Estás bien con eso?

Adrián pensó.

—No mucho.

Elena rio.

—Buena respuesta.

Adrián se acercó.

—Pero está bien.

• • •

Durante aquellas dos semanas durmió solo.

• • •

En Nueva York, Elena tomó café con Inés después de una reunión editorial.

Habían trabajado juntas durante años, antes de que Costa Rica se convirtiera en una palabra recurrente en su calendario.

Inés cerró el menú.

—Entonces ¿te mudaste?

—Estoy viviendo allá.

—Eso fue una respuesta de abogada.

Elena sonrió.

—No soy abogada.

—Estás saliendo con demasiados empresarios.

—Con uno. Ya es suficiente.

Rieron.

Inés tomó café.

—¿Y qué pasa con esto?

No señaló la ciudad.

No hacía falta.

El trabajo. Los libros. Las reuniones. La vida que Elena había construido antes de conocer a Adrián.

—Sigue —dijo Elena.

—¿Desde Costa Rica?

—Desde donde haga falta. Y cuando tenga que venir, vengo.

Inés la observó unos segundos.

—¿Él está bien con eso?

Elena apoyó la taza.

—Tiene que aprender a estarlo. Igual que yo tengo que aprender a estar con alguien cuya vida ocupa demasiado espacio si nadie le pone bordes.

—Suena agotador.

—A veces.

—¿Y vale la pena?

Elena pensó.

—Sí.

No sonrió al decirlo.

No necesitaba adornarlo.

Después agregó:

—Pero no quiero convertirme en la mujer que aparece únicamente cuando él necesita recordar que existe algo fuera del trabajo.

Inés levantó una ceja.

—Eso fue muy específico.

—Porque me da miedo.

Era la primera vez que Elena lo decía así.

No miedo de que Adrián se fuera.

Miedo de irse ella, lentamente, de su propia vida.

—Quiero una casa con él —continuó—. Quiero ver qué construimos. Pero quiero seguir reconociendo mi vida cuando abra la puerta.

Inés asintió.

—Entonces no dejes de abrir otras puertas.

Elena rio.

—Eso sonó a frase de libro malo.

—Trabajo en editoriales. Se pega.

Rieron otra vez.

Después hablaron de otra cosa.

Un manuscrito atrasado.

Una autora imposible.

Un lanzamiento que probablemente saldría mal y que ambas querían hacer de todos modos.

Adrián no apareció en la conversación durante los siguientes cuarenta minutos.

Y nada faltaba.

• • •

Durante aquellas dos semanas durmió solo.

La primera noche mal.

La segunda mejor.

La tercera despertó a las dos diecisiete.

Miró el reloj.

El cuerpo recordó.

Se sentó.

Respiró.

Tomó el teléfono.

No abrió correo.

Escribió a Claudia:

Desperté ansioso. Estoy bien acompañado por mi plan. Te cuento mañana.

No esperaba respuesta.

No era una emergencia.

Solo estaba hablando antes de desaparecer.

Dejó el teléfono.

Volvió a dormir.

• • •

Al día siguiente Claudia respondió:

Bien hecho. Hablamos en sesión.

Adrián miró.

No sintió orgullo.

Sintió algo mejor.

Normalidad.

• • •

Una tarde estaba con Daniel en el automóvil.

Daniel ya casi alcanzaba su altura.

Eso molestaba a Adrián de manera irracional.

—No crezcás más.

—No depende de mí.

—Todo es negociable.

—Eso dice Gabriel que decís.

Adrián lo miró.

—¿Hablan de mí?

—Todos hablan de vos.

—Qué horror.

• • •

Daniel miró por la ventana.

Después preguntó:

—Pa.

—¿Sí?

—¿Vos y Elena van a tener hijos?

Adrián casi frenó.

—¿Qué clase de interrogatorio es este?

—Pregunta.

—¿Por qué?

Daniel se encogió de hombros.

—No sé.

Adrián lo miró.

La idea había existido.

No como plan.

Conversaciones.

Elena había dicho que no sabía.

Adrián tampoco.

Después de Daniel, después del divorcio, después de todo.

La posibilidad daba miedo.

• • •

—No sé.

dijo.

Daniel asintió.

No pareció decepcionado.

• • •

—¿Te molestaría?

preguntó Adrián.

Daniel pensó.

—No.

—Pero si tienen uno, no te olvidés de mí.

La frase fue una broma.

Solo parcialmente.

Adrián sintió el impacto.

No respondió demasiado rápido.

• • •

—No quiero olvidarme de vos aunque no tengamos otro hijo.

Daniel miró.

Adrián continuó:

—Y si alguna vez sentís que estoy haciendo eso...

—decímelo.

Daniel levantó una ceja.

—¿Sin que te enojés?

—Probablemente me voy a enojar.

Daniel rio.

—Pero intentaría escucharte.

Daniel asintió.

—Está bien.

• • •

Esa noche Adrián habló con Elena.

—Daniel me preguntó si vamos a tener hijos.

Elena quedó quieta.

—Ah.

—Eso dije yo.

—¿Qué le dijiste?

—Que no sé.

Elena asintió.

Adrián esperó.

No quería convertir la conversación en presión.

• • •

—¿Vos querés?

preguntó Elena.

Adrián pensó.

No respondió desde el plan financiero.

Ni edad.

Ni habitaciones.

Ni colegio.

Solo desde una imagen.

Un niño.

Una casa ruidosa.

Daniel más grande.

Elena.

Él.

• • •

—Creo que sí.

La respuesta le sorprendió incluso a él.

Elena quedó mirándolo.

—¿Creo?

—Sí.

—Me da miedo.

Elena asintió.

—A mí también.

• • •

—¿Vos querés?

preguntó.

Elena tardó.

—Sí.

Nada más.

• • •

Adrián sintió la antigua maquinaria activarse.

Médicos.

Tiempos.

Finanzas.

Habitación.

Seguros.

Agenda.

La observó arrancar.

Sonrió.

Elena lo vio.

—¿Qué?

—Mi cerebro acaba de abrir un Excel.

Ella empezó a reír.

—Cerralo.

—Estoy intentando.

• • •

No decidieron esa noche cuándo.

Ni cómo.

Ni si todo saldría según querían.

Solo reconocieron que existía un deseo.

Y que podían caminar hacia él sin convertirlo inmediatamente en un proyecto.

• • •

Antes de dormir, Adrián apagó la luz.

Elena estaba junto a él.

—¿Estás bien?

preguntó.

Adrián pensó.

No estaba eufórico.

No estaba ansioso.

No estaba resolviendo.

Solo estaba.

• • •

—Sí.

dijo.

—Hoy sí.

• • •