LA LUCIERNAGA EN LA TORMENTA CAPÍTULO XXIV — Emilia #2
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CAPÍTULO XXIV — Emilia #2

Adrián esperó.

Después los dedos diminutos se cerraron parcialmente alrededor del suyo.

• • •

El hospital.

Daniel.

Años atrás.

Nunca te va a faltar nada.

La promesa apareció.

Adrián la sintió.

Y esta vez no la repitió.

• • •

No podía prometer eso.

A Emilia le faltarían cosas.

Algún día.

Seguridad.

Certezas.

Personas.

Tiempo.

El mundo no permitía otra cosa.

• • •

Adrián acercó el rostro.

—No puedo prometerte que nunca te va a faltar nada.

La voz salió baja.

La enfermera estaba lejos.

—Pero voy a intentar que nunca dudés que podés llamarme.

• • •

Adrián cerró los ojos.

Eso sí.

Esa promesa era distinta.

• • •

Los días siguientes fueron una mezcla extraña.

Miedo.

Esperanza.

Resultados.

Pequeños avances.

Una complicación menor.

Otro avance.

Adrián aprendió un vocabulario que nunca quiso conocer.

Saturación.

Peso.

Alimentación.

Maduración.

Pero ya no buscaba controlar cada cifra.

Preguntaba lo necesario.

Confiaba.

Difícilmente.

Pero confiaba.

• • •

Una noche estaba junto a la incubadora cuando un número cambió.

Adrián se tensó.

La enfermera se acercó.

Ajustó algo.

Todo volvió.

Adrián sintió ganas de preguntar veinte cosas.

La enfermera dijo:

—Está bien.

Adrián asintió.

Nada más.

• • •

Elena lo miró desde una silla.

—¿Quién sos y qué hiciste con Adrián?

Él sonrió.

—Estoy medicado.

—No.

—Entonces terapia.

Elena rio.

Fue una risa cansada.

Hermosa.

• • •

Daniel conoció a Emilia a través del vidrio.

Se quedó quieto.

—Es demasiado pequeña.

dijo.

—Sí.

Daniel miró a Adrián.

—¿Va a estar bien?

La respuesta antigua habría sido:

Sí. Seguro.

Adrián respiró.

—Eso esperamos.

Daniel frunció el ceño.

Adrián añadió:

—Los médicos están haciendo todo lo que pueden y hasta ahora está respondiendo bien.

Daniel asintió.

La incertidumbre podía explicarse sin convertirla en terror.

Eso también era una forma de cuidar.

• • •

—¿Puedo verla más cerca?

preguntó.

—Cuando nos dejen.

Daniel sonrió.

—Después.

Adrián escuchó la palabra.

No dolió.

En ese contexto, después significaba:

cuando sea posible.

No abandono.

• • •

Emilia pasó varias semanas en el hospital.

Adrián aprendió a no medir recuperación por días completos.

A veces era gramos.

Un poco más de alimento.

Una noche tranquila.

Un monitor menos.

Pequeñas cosas.

• • •

Salvatierra Capital siguió funcionando.

Gabriel enviaba un mensaje cada noche.

No informes.

Solo:

Todo bien.

A veces:

Todo suficientemente bien.

Adrián sonreía.

• • •

Una tarde Gabriel apareció en el hospital.

Adrián estaba sentado con café.

—¿Qué hacés aquí?

—Nada.

—Eso nunca es verdad.

—Vine a verte.

—La empresa?

—Existe.

—¿Qué pasó con Orbis?

—Existe.

—Panamá?

—Sorprendentemente también.

Adrián rio.

• • •

Gabriel se sentó.

—¿Cómo está Emilia?

Adrián pensó.

—Mejor.

—Todavía da miedo.

—Pero mejor.

Gabriel asintió.

• • •

Después miró a Adrián.

—¿Y vos?

Adrián pensó.

No automático.

—Cansado.

—Muy.

—Asustado.

—Pero aquí.

Gabriel sonrió.

—Bien.

• • •

El día del alta de Emilia llegó sin fanfarria.

El médico explicó cuidados.

Controles.

Signos de alerta.

Adrián tenía preguntas.

Ocho.

Elena contó.

—Solo ocho.

—Estoy mejorando.

—Estoy orgullosa.

El médico rio.

• • •

Colocaron a Emilia en el automóvil.

Adrián revisó el asiento tres veces.

Elena lo dejó.

A la cuarta:

—Ya.

—Estoy verificando.

—Está bien.

—Seguro.

—Adrián.

Él sonrió.

—Bien.

• • •

Condujo despacio.

Demasiado.

Elena miró.

—Nos está pasando gente en bicicleta.

—Seguridad.

—Tiene motor, Adrián.

Él rio.

• • •

Al llegar a casa, Daniel estaba esperando.

Había un pequeño cartel.

BIENVENIDA EMILIA

Las letras estaban torcidas.

Adrián supo inmediatamente que Daniel lo había hecho.

Eso le gustó.

• • •

Entraron.

La casa cambió.

No visualmente.

Sonido.

Objetos.

Una respiración pequeña dentro.

• • •

Daniel se acercó.

—¿Puedo cargarla?

Elena y Adrián se miraron.

Adrián estuvo a punto de decir:

Sentado. Cuidado. Manos. Cabeza. No te movás.

Respiró.

—Sí.

• • •

Daniel se sentó.

Adrián colocó a Emilia en sus brazos.

Daniel quedó inmóvil.

—Es más pequeña que un control.

Adrián comenzó a reír.

—No la comparés con videojuegos.

Daniel sonrió.

Emilia abrió los ojos apenas.

• • •

Adrián observó a ambos.

Su primer hijo.

Su hija.

Dos historias.

Dos versiones distintas de él como padre.

La culpa apareció.

Por Daniel.

Inmediatamente.

• • •

Daniel levantó la mirada.

—¿Qué?

—Nada.

—Estoy contento.

• • •

Pero esa noche, después de que Daniel se fuera, Adrián habló con Elena.

—Voy a hacer cosas con Emilia que no hice con Daniel.

Elena lo miró.

—Sí.

La respuesta le dolió.

No negó.

• • •

—Voy a estar más.

—Probablemente.

—Y él lo va a ver.

—Sí.

Adrián bajó la mirada.

—Eso es injusto.

Elena se acercó.

—No podés criar a Emilia peor para equilibrar el pasado.

Adrián soltó una risa triste.

—Obviamente.

—Y tampoco podés volver atrás con Daniel.

—Lo que sí podés hacer es seguir estando con él ahora.

• • •

Adrián miró hacia la habitación donde dormía Emilia.

—A veces siento que tener otra oportunidad me hace más culpable.

Elena tomó su mano.

—No es otra oportunidad con Daniel.

—Es una historia nueva con Emilia.

Adrián asintió.

Eso era importante.

No reemplazar.

No reparar.

Amar distinto porque él también era distinto.

• • •

Las noches fueron difíciles.

Emilia despertaba.

Mucho.

Adrián también.

Elena descubrió algo sorprendente:

Adrián Salvatierra podía negociar una empresa de quinientos millones sin pestañear y ser derrotado por una bebé de tres kilos a las cuatro de la mañana.

• • •

—¿Qué quiere?

susurró.

—No sé.

—Comió.

—Sí.

—Está limpia.

—Sí.

—Entonces.

Elena lo miró.

—Es una bebé.

Adrián sostuvo a Emilia.

—Eso no responde.

Elena cerró los ojos.

—Bienvenido.

• • •

Caminó.

Una vuelta.

Otra.

Emilia seguía llorando.

Adrián sintió frustración.

Después la reconoció.

No hacia ella.

Hacia no saber.

• • •

Se sentó.

La sostuvo.

No hizo nada más.

Poco a poco el llanto bajó.

• • •

Adrián miró a su hija.

Nada que hacer.

Solo estar.

Otra vez.

• • •

Meses después, Emilia estaba más fuerte.

Controles buenos.

Peso.

Sonrisas.

Ruido.

Mucho ruido.

• • •

La casa ya no era elegante de la misma manera.

Había cosas de bebé.

Juguetes.

Una manta en lugares absurdos.

La lámpara horrible de Elena seguía allí.

Adrián había perdido completamente la guerra estética.

Y estaba bastante bien con eso.

• • •

Una tarde llegó de la oficina.

Seis y doce.

Emilia estaba en el suelo.

Elena cerca.

Daniel, que había llegado antes, hacía sonidos ridículos intentando hacerla reír.

Adrián se detuvo en la entrada.

• • •

Daniel levantó la mirada.

—Llegaste temprano.

La frase.

Años atrás habría dolido.

Ahora Adrián miró el reloj.

—Sí.

—Dije que venía.

Daniel sonrió.

—Sí.

• • •

Adrián dejó las llaves.

El teléfono vibró.

Lo miró.

Salvatierra Capital.

Lo puso boca abajo.

• • •

Daniel rio.

—¿Otra vez?

—Otra vez.

• • •

Adrián se sentó en el suelo.

Emilia lo vio.

Sonrió.

Tal vez por él.

Tal vez por el movimiento.

No importaba.

• • •

Adrián extendió las manos.

—Vení.

Elena le pasó a Emilia.

La niña se acomodó contra él.

• • •

Daniel tomó el otro lado del sofá.

Elena se sentó.

Cuatro personas.

Una casa.

Nada perfecto.

Nada garantizado.

Adrián miró alrededor.

• • •

Durante años había intentado construir una vida donde a nadie le faltara nada.

Ahora comprendía que aquello nunca había sido posible.

Siempre faltaría algo.

Tiempo.

Certeza.

Respuestas.

Personas.

La vida no podía asegurarse contra la pérdida.

• • •

Pero podía haber presencia.

Una mano.

Una llamada.

Un padre que llegaba.

Una pareja que hablaba.

Un amigo que contestaba.

Una niña que respiraba contra su pecho.

• • •

Emilia cerró los ojos.

Adrián apoyó la mejilla sobre su cabeza.

No pensó en el patrimonio.

No pensó en el trabajo.

No pensó en la siguiente adquisición.

• • •

Solo estuvo.

• • •