CAPÍTULO XVIII — La habitación sin respuestas
La sala de espera no se parecía a ningún lugar donde Adrián acostumbrara sentirse importante.
No había madera oscura.
No había una pantalla con mercados.
No había asistentes.
No había café servido por alguien que supiera su nombre.
Solo cuatro sillas.
Una planta demasiado verde.
Una mesa pequeña con revistas.
Y una puerta cerrada.
Adrián llegó once minutos antes.
Eso sí era él.
Traje azul oscuro.
Camisa blanca.
Sin corbata.
Había considerado vestirse más casual.
Luego se sintió ridículo por considerar qué imagen debía proyectar ante una psicóloga.
Terminó usando el traje.
El teléfono vibró.
Gabriel.
¿Todo bien?
Adrián respondió:
Sí.
Lo miró.
Borró.
Escribió:
Tengo la cita.
Respuesta:
Bien.
Nada más.
Adrián guardó el teléfono.
Eso agradeció.
• • •
La puerta se abrió a las tres en punto.
—¿Adrián?
La mujer tendría poco más de cincuenta años.
Cabello corto.
Anteojos.
Ropa sencilla.
Nada que indicara si sabía quién era.
—Sí.
—Soy Claudia.
Extendió la mano.
Adrián la estrechó.
—Mucho gusto.
—Igualmente.
Ella señaló la puerta.
—Pasá.
• • •
El consultorio era más amplio que la recepción.
Dos sillones.
Un escritorio a un lado.
Libros.
Una ventana.
Otra planta.
Adrián eligió el sillón desde el que podía ver la puerta.
No lo pensó.
Claudia sí lo notó.
No dijo nada.
• • •
—¿Es tu primera vez en terapia individual?
preguntó.
—Sí.
Después recordó.
—Fui a terapia de pareja.
—¿Hace cuánto?
Adrián respondió.
Claudia tomó una libreta.
—¿Y qué te trae ahora?
Adrián había preparado una respuesta.
Estrés.
Eso era lo suficientemente cierto y suficientemente neutro.
—Mucho trabajo.
—¿Desde cuándo?
—Siempre.
Claudia esperó.
Adrián sonrió ligeramente.
—Últimamente más.
—¿Por qué?
—Una situación en una de mis empresas.
—¿Qué pasó?
Él explicó Novaris.
No todo.
Revisión.
Regulador.
Irregularidades.
Prensa.
Usó el mismo lenguaje que ante inversionistas.
Controlado.
Preciso.
Claudia escuchó.
Al terminar, preguntó:
—¿Y cómo te afectó?
Adrián casi respondió con cifras.
Pérdida de valor.
Costos legales.
Tiempo directivo.
Se dio cuenta.
—Reputación.
dijo.
—¿Qué pasó con ella?
—Nada definitivo.
—Entonces.
Adrián frunció el ceño.
—Mi nombre quedó asociado.
—¿A qué?
—Irregularidades.
—¿Cometidas por vos?
—No.
—¿Las conocías?
—No.
—¿Estás acusado?
—No.
Claudia esperó.
Adrián sintió irritación.
—No es tan simple.
—No dije que lo fuera.
—¿Qué es lo complicado?
Adrián respiró.
—Que debería haberlo visto.
• • •
Claudia anotó algo.
Adrián miró.
—¿Qué escribió?
Ella levantó la vista.
—¿Querés saber?
—Sí.
—“Debería haberlo visto”.
Adrián se recostó.
—Correcto.
—¿Por qué?
—Porque era mi responsabilidad.
—¿Qué parte?
—Supervisar.
—¿Personalmente cada transacción?
—No.
—¿Cada asiento contable?
—No.
—¿Cada proveedor?
—No.
—Entonces ¿qué significa “debería haberlo visto”?
Adrián cerró los labios.
—Que los controles debieron detectarlo.
—Eso es diferente.
—Yo diseñé parte del gobierno.
—También es diferente.
—No tanto.
Claudia dejó la libreta.
—¿Qué tendría que haber pasado para que vos consideraras aceptable no saber?
La pregunta lo molestó.
—Nada.
Ella esperó.
Adrián comprendió lo que acababa de decir.
—No sé.
• • •
—¿Dormís bien?
Cambio de tema.
Adrián agradeció.
—Más o menos.
—¿Cuántas horas?
—Cinco.
—Promedio.
—Tal vez.
—¿Despertás?
—Sí.
—¿A qué hora?
Adrián pensó.
—Depende.
Claudia esperó.
—Dos.
—Tres.
—A veces.
—¿Volvés a dormir?
—No siempre.
—¿Qué hacés?
—Trabajo.
Ella anotó.
—¿Desde cuándo?
—Años.
—¿Empeoró últimamente?
—Sí.
• • •
—¿Comés normalmente?
—Sí.
—Creo.
—¿Hoy almorzaste?
Adrián miró el reloj.
Tres veintidós.
No.
—No tuve tiempo.
Claudia no dijo nada.
Adrián añadió:
—No es habitual.
No estaba seguro de que fuera cierto.
• • •
—¿Tomás alcohol?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Normal.
—¿Qué es normal para vos?
Adrián respondió.
No parecía preocupante.
Claudia continuó.
—¿Alguna droga?
—No.
—¿Medicamentos?
—No.
—¿Ejercicio?
—Cuando puedo.
—Antes más.
• • •
Las preguntas empezaron a irritarlo.
No porque fueran invasivas.
Porque eran básicas.
Dormir.
Comer.
Moverse.
Parecían demasiado pequeñas frente a todo lo que había ocurrido.
—¿Esto es relevante?
preguntó.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tu cerebro también vive dentro de un cuerpo.
—Eso suena sospechosamente simple.
—Algunas cosas lo son.
• • •
Claudia volvió al divorcio.
—¿Cuánto hace?
Adrián respondió.
—¿Lo querías?
—No.
—¿Todavía querés a tu exesposa?
Adrián quedó quieto.
—De otra manera.
—¿Qué significa?
—Es la madre de mi hijo.
—Eso no responde.
Adrián sonrió sin humor.
—Todo el mundo está usando esa frase últimamente.
—Quizá la escuchás mucho porque respondés cosas distintas de las que te preguntan.
—Sí.
dijo finalmente.
—Una parte de mí siempre la va a querer.
Claudia asintió.
—¿Y eso te parece problemático?
—No.
Después:
—Antes sí.
• • •
—¿Te culpás por el divorcio?
Adrián respondió demasiado rápido.
—Sí.
Claudia levantó la mirada.
—¿Completamente?
Él dudó.
—No.
—¿Cuánto?
—¿Quiere porcentaje?
—Si te ayuda.
Él casi dijo setenta.
Se detuvo.
—Bastante.
• • •
—¿Por qué?
Adrián miró la ventana.
Londres.
Nueva York.
Singapur.
Cenas.
Partidos.
Dos controles.
—Trabajaba demasiado.
—¿Eso causó el divorcio?
—Fue parte.
—¿Tu exesposa tenía responsabilidad?
—Claro.
—Pero yo...
—No.
Claudia levantó una mano.
—Todavía no volvamos a vos.
Adrián frunció el ceño.
—¿Ella tenía responsabilidad?
—Sí.
—¿Cometió errores?
—Sí.
—¿La relación tenía dinámicas construidas por ambos?
—Sí.
Claudia asintió.
—Bien.
—Ahora podés volver a vos.
Adrián soltó una pequeña risa.
—Muy generoso.
• • •
Hablaron de Daniel.
Aquello fue diferente.
Adrián se movió en el sillón.
—¿Cómo es su relación?
—Buena.
Claudia esperó.
Adrián sonrió.
—Complicada.
—¿Por qué?
—Porque fui un padre muy proveedor.
—¿Y eso es malo?
—No.
—Pero confundí cosas.
—¿Qué cosas?
Adrián pensó.
—Dar con estar.
Claudia no escribió.
Solo escuchó.
—Cuando nació —continuó Adrián— pensé que nunca le iba a faltar nada.
—¿Lo dijiste?
—No.
—Lo pensé.
El hospital apareció.
La pequeña mano de Daniel cerrándose alrededor de su dedo.
Adrián bajó los ojos.
—Quería protegerlo.
—¿De qué?
La respuesta llegó desde muy atrás.
—De tener miedo por dinero.
• • •
Claudia guardó silencio.
—¿Tuviste ese miedo?
Adrián contó la historia.
Nueve años.
La puerta.
La factura.
La voz de su madre.
¿Y si vienen a cortar?
No solía contar eso.
Ni siquiera porque fuera secreto.
Porque durante muchos años le había parecido demasiado pequeño para explicar algo.
Claudia no pareció considerarlo pequeño.
• • •
—¿Qué pensaste aquella noche?
preguntó.
—Que podían cortar la electricidad.
—¿Qué sentiste?
Adrián tardó.
—Miedo.
La palabra salió extraña.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Tenías nueve años.
—Exacto.
Claudia asintió.
—No podías hacer nada.
Adrián sintió incomodidad.
—Mis padres resolvieron.
—Claro.
—Nunca estuvimos realmente en riesgo.
—Eso lo sabés ahora.
Silencio.
Claudia se inclinó ligeramente.
—El niño de nueve años no tenía estados financieros.
Adrián soltó una risa breve.
—No.
—Solo escuchó a su madre preocupada detrás de una puerta.
Algo en el pecho cambió.
Pequeño.
• • •
—¿Qué aprendiste de tu papá?
preguntó Claudia.
Adrián pensó.
—Responsabilidad.
—Trabajo.
—Resolver.
La frase llegó.
—“Yo me encargo”.
Claudia levantó los ojos.
—¿Él decía eso?
—Todo el tiempo.
—¿Y funcionaba?
—Muchas veces.
—¿Qué pasaba cuando no podía?
Adrián no sabía.
Intentó recordar.
Su padre cansado.
Reparando.
Trabajando.
Nunca:
No puedo.
Nunca:
Tengo miedo.
Nunca:
Necesito ayuda.
Adrián sintió algo parecido a comprensión.
No completa.
—No sé.
• • •
Claudia escribió dos frases en la libreta.
Adrián no preguntó.
Ella giró el cuaderno.
YO ME ENCARGO.
Debajo:
NUNCA TE VA A FALTAR NADA.
Adrián las miró.
—¿Qué ves?
preguntó.
—Dos promesas.
—¿A quién?
Adrián respondió:
—A otras personas.
Claudia negó suavemente.
—Tal vez.
Giró nuevamente el cuaderno.
—También parecen instrucciones para vos.
• • •
Adrián permaneció callado.
Yo me encargo.
Nunca te va a faltar nada.
Resolver.
Proteger.
Proveer.
Nadie se preocupa.
Nadie tiene miedo.
Porque Adrián se encarga.
• • •
—¿Qué pasa cuando no podés cumplirlas?
preguntó Claudia.
Adrián sonrió sin humor.
—Trabajo más.
La respuesta llegó sola.
Ambos se quedaron quietos.
• • •
—¿Y cuando trabajar más no funciona?
Adrián miró hacia la ventana.
—No sé.
Claudia no dijo nada.
La respuesta quedó.
• • •
Hablaron de Elena.
—¿Qué significa para vos?
—Es importante.
—¿La querés?
Adrián se quedó callado.
—Sí.
Decirlo le produjo una calma extraña.
—¿Ella lo sabe?
—Creo.
Claudia sonrió.
—Otra respuesta interesante.
—No soy bueno con estas preguntas.
—Sos bastante bueno respondiendo.
—Solo no te gustan las respuestas.
• • •
—¿Qué pasa cuando estás mal frente a ella?
Adrián pensó.
—Intento no preocuparla.
Claudia levantó el bolígrafo.
—Ahí.
—¿Qué?
—Otra instrucción.
Escribió:
NO PREOCUPÉS A NADIE.
Adrián la miró.
—No dije que fuera una regla.
—No hace falta escribir una regla para obedecerla.
• • •
Tres frases.
YO ME ENCARGO.
NUNCA TE VA A FALTAR NADA.
NO PREOCUPÉS A NADIE.
Adrián se quedó mirando.
Parecían razonables.
Incluso nobles.
Y de pronto, colocadas juntas, parecían una cárcel.
• • •
—¿Qué pensás?
preguntó Claudia.
Adrián respiró.
—Que está simplificando demasiado.
Ella sonrió.
—Puede ser.
—¿Y qué más?
Adrián bajó los ojos.
—Que quizá hay algo ahí.
• • •
Los cincuenta minutos terminaron demasiado rápido.
Adrián miró el reloj.
—¿Ya?
—Sí.
—No resolvimos nada.
Claudia sonrió.
—No era el objetivo.
Él frunció el ceño.
—¿Entonces cuál?
—Conocerte.
—Ya me conozco.
Claudia levantó una ceja.
Adrián sonrió.
—Eso sonó peor en voz alta.
—Un poco.
• • •
Se levantó.
Tomó el teléfono.
Antes de salir, Claudia habló.
—Adrián.
Él giró.
—¿Sí?
—Una pregunta para la próxima.
—¿Tarea?
—Podés llamarla así.
Adrián esperó.
—¿Quién sos cuando no estás resolviendo algo?
Silencio.
Adrián abrió la boca.
Nada.
Claudia sonrió apenas.
—Nos vemos el viernes.
• • •
Adrián salió.
Llegó al automóvil.
No entró inmediatamente.
Miró su reflejo en el vidrio.
Traje.
Reloj.
Porsche.
Adrián Salvatierra.
Fundador.
Presidente.
Inversionista.
Padre.
Pareja.