CAPÍTULO XVIII — La habitación sin respuestas #2
Exesposo.
Todo eran roles.
La pregunta permanecía.
¿Quién sos cuando no estás resolviendo algo?
• • •
Se sentó.
Encendió el motor.
El teléfono vibró.
Gabriel.
¿Cómo fue?
Adrián respondió:
No resolvimos nada.
Gabriel:
Entonces probablemente fue bien.
Adrián sonrió.
Guardó el teléfono.
• • •
Aquella noche cenó con Elena.
No en un restaurante.
En casa.
Ella había cocinado.
Adrián llegó veinte minutos tarde.
No cuarenta.
Progreso dudoso.
—Perdón.
—¿Reunión?
—Terapia.
Elena levantó la mirada.
—Fuiste.
—Sí.
Ella no sonrió demasiado.
No celebró.
Solo:
—¿Cómo fue?
Adrián dejó las llaves.
—Raro.
—¿Querés hablar?
La respuesta habitual apareció.
No.
Se detuvo.
—Un poco.
Elena asintió.
—Bien.
• • •
Cenaron.
Adrián contó algunas cosas.
No Novaris.
La infancia.
La factura.
Su padre.
Yo me encargo.
Elena escuchó.
No intentó interpretar.
Eso agradeció.
• • •
—Me hizo una pregunta al final.
dijo Adrián.
—¿Cuál?
Él tomó agua.
—Quién soy cuando no estoy resolviendo algo.
Elena se quedó quieta.
—Qué desagradable.
Adrián empezó a reír.
—Gracias.
—Preguntas así deberían estar reguladas.
—Exacto.
Después Elena sonrió.
—¿Y qué respondiste?
—Nada.
—¿No sabés?
—No.
Elena pensó.
—¿Querés que te diga quién creo que sos?
Adrián sintió curiosidad.
—Sí.
Ella lo miró.
—No.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué?
—No te voy a ahorrar la tarea.
Él empezó a reír.
—Sos una persona horrible.
—Y aun así viniste a cenar.
• • •
Después, mientras lavaban platos, Adrián recibió un correo.
Asunto:
Salvatierra Capital — board materials
Miró.
No lo abrió.
Elena lo vio.
No dijo nada.
Adrián continuó secando un plato.
Treinta segundos.
Un minuto.
El teléfono permaneció sobre la mesa.
Adrián sintió una incomodidad absurda.
Como si un documento pudiera darse cuenta de que estaba siendo ignorado.
Finalmente tomó el teléfono.
Elena siguió lavando.
Adrián miró la pantalla.
Después la bloqueó.
La dejó.
—Mañana.
dijo.
Elena giró.
La palabra.
Después.
Pero algo había cambiado.
Esta vez no significaba:
vos podés esperar.
Significaba:
el trabajo puede.
• • •
El viernes volvió.
Después el siguiente.
Y el siguiente.
No porque le gustara.
Muchas veces salía molesto.
Claudia preguntaba demasiado.
Dejaba silencios demasiado largos.
Y tenía la irritante costumbre de no quedar impresionada cuando Adrián explicaba algo que en cualquier otra habitación habría producido respeto.
• • •
Una sesión comenzó con dinero.
—¿Cuánto necesitás para sentirte seguro?
preguntó.
Adrián sonrió.
—Depende.
—¿De qué?
—Gastos.
—Obligaciones.
—Edad.
—Rentabilidad.
—Inflación.
—Riesgo.
Claudia esperó.
—¿Número?
Adrián pensó.
Tenía uno.
Claro que tenía uno.
Lo dijo.
Claudia anotó.
—¿Cuánto tenés?
Adrián la miró.
—No creo que sea relevante.
—Está bien.
—Más.
dijo finalmente.
Claudia levantó la mirada.
—¿Más que el número?
—Sí.
Ella escribió.
Adrián sonrió con incomodidad.
—Ya sé lo que va a decir.
—¿Qué?
—Que entonces el número no funciona.
Claudia negó.
—No iba a decir nada.
Eso fue peor.
• • •
Otra sesión fue sobre Daniel.
—¿Qué te gustaría que él dijera de vos dentro de veinte años?
Adrián respondió inmediatamente.
—Que fui un buen padre.
—¿Qué significa?
Adrián pensó.
Proveedor.
No.
Presente.
Confiable.
Alguien a quien llamar.
—Que sabía que yo iba a estar.
Claudia asintió.
—¿Él lo sabe hoy?
Adrián se quedó callado.
—Más que antes.
—No pregunté eso.
Adrián suspiró.
—No siempre.
• • •
Otra:
—¿Cuándo fue la última vez que estuviste completamente tranquilo?
Adrián pensó.
Vacaciones.
No.
Una cena.
No.
Un cierre.
Eso era satisfacción.
No tranquilidad.
Daniel jugando.
Tal vez.
—No sé.
Claudia anotó.
—Dejá de escribir cuando digo no sé.
Ella sonrió.
—Es una respuesta importante para vos.
• • •
Las sesiones empezaron a funcionar.
No como Adrián esperaba.
No se sentía mejor inmediatamente.
A veces se sentía peor.
Pero comenzó a observar cosas.
El teléfono.
La hora.
El impulso de resolver.
La necesidad de responder inmediatamente.
El momento exacto en que una emoción incómoda se convertía en una hoja de cálculo.
• • •
Una noche abrió el informe de patrimonio.
La cifra era enorme.
Su banquero había enviado una actualización.
Adrián miró.
Sintió alivio.
Después recordó la sesión.
Preguntó, casi en voz alta:
—¿Qué estoy tratando de resolver?
Silencio.
Cerró.
No tuvo respuesta.
Pero por primera vez notó la pregunta.
• • •
También empezó a dormir ligeramente mejor.
Cinco horas.
A veces seis.
Una noche llegó a siete.
Despertó y miró el reloj.
Sintió algo parecido a orgullo.
Luego comprendió lo absurdo.
Había convertido dormir en otra métrica de desempeño.
Se rio solo.
• • •
Elena encontró la planta.
La misma del apartamento.
Todavía viva.
Apenas.
—Esto necesita ayuda.
dijo.
Adrián miró.
—La riego.
—Cuando te acordás.
—Ha sobrevivido.
—Eso no significa que esté bien.
Adrián quedó quieto.
Elena lo miró.
—¿Qué?
—Nada.
Ella levantó la planta.
—La voy a mover donde haya más luz.
—Claudia cobraría por esa metáfora.
—Yo acepto transferencia.
• • •
Meses pasaron.
Novaris dejó de ocupar titulares.
Salvatierra Capital seguía fuerte.
Adrián regresó a algunas reuniones públicas.
No todas.
Seguía revisando quién lo miraba.
Pero menos.
• • •
Una mañana, Claudia preguntó:
—¿Cómo estás?
Adrián respondió:
—Bien.
Ella no habló.
Adrián sonrió.
—Eso fue automático.
—Sí.
Revisó.
—Ansioso.
—Un poco triste.
—Dormí mal.
—Y tengo ganas de trabajar para no pensar en nada de eso.
Claudia sonrió.
—Eso suena bastante más útil que “bien”.
Adrián rio.
• • •
Después llegó una semana especialmente buena.
Orbis cerró un contrato importante.
Novaris mostró estabilización.
Daniel estuvo con él tres noches.
Elena habló de quedarse más tiempo en Costa Rica.
Adrián durmió bien.
No hubo prensa.
No hubo crisis.
Se sintió mejor.
Mucho.
Y tomó una decisión.
No consciente.
No dramática.
Simple.
Canceló la sesión del viernes.
Trabajo.
La siguiente también.
Viaje.
La tercera:
Te escribo para reagendar.
No reagendó.
• • •
Claudia no lo persiguió.
Elena preguntó una vez.
—¿Cuándo tenés cita?
—La moví.
—¿Para cuándo?
—Todavía no sé.
Ella lo miró.
Adrián esperó la discusión.
No llegó.
—Está bien.
dijo Elena.
Aquello debería haber sido libertad.
Pero la vieja parte de Adrián interpretó el silencio de otra forma:
Entonces ya estoy bien.
• • •
Volvió a trabajar más.
No tanto como antes.
Al principio.
Después un poco más.
Una llamada a medianoche.
Dos noches malas.
Una cena cancelada.
Nada extraordinario.
Todo explicable.
Todo conocido.
• • •
Una madrugada volvió a abrir el teléfono.
2:17 a. m.
Vio la hora.
Pensó en Claudia.
Por un instante consideró escribirle.
Después apareció un correo de Nueva York.
Lo abrió.
Solo uno.
Después otro.
Y otro.
La habitación volvió a llenarse de la luz azul de la pantalla.
Adrián sintió alivio.
Trabajo.
Eso sí sabía hacerlo.
• • •