CAPÍTULO IX — La mujer que no preguntó
Adrián conoció a Elena un martes por la noche en Nueva York.
No hubo música.
No hubo lluvia.
No hubo una mirada imposible atravesando una habitación llena de gente.
No ocurrió nada que, en aquel momento, pareciera importante.
Había aterrizado esa misma tarde.
Miami.
Nueva York.
Dos llamadas durante el trayecto desde el aeropuerto.
Una tercera antes de entrar al hotel.
A las ocho tenía una cena con representantes de un fondo de inversión, dos abogados y el director financiero de una compañía que estaban considerando adquirir.
La reservación era en Manhattan.
Adrián llegó a las siete cincuenta y tres.
Siete minutos antes.
Exactamente como le gustaba.
Traje azul medianoche.
Tom Ford.
Camisa blanca.
Abrigo oscuro.
Un reloj suizo parcialmente escondido bajo el puño.
Zapatos negros.
La clase de apariencia que hacía pensar que alguien había tomado decisiones deliberadas incluso respecto de cosas que otras personas consideraban irrelevantes.
La anfitriona revisó la reservación.
—Su mesa todavía no está completa, señor Salvatierra. ¿Desea esperar en el bar?
—Perfecto.
Adrián caminó hasta el fondo.
Se sentó.
—Agua mineral.
El bartender asintió.
No bebía alcohol antes de negociaciones importantes.
Nunca.
Le gustaba demasiado conservar ventaja.
Sacó el teléfono corporativo.
Diecinueve correos.
Tres mensajes desde Londres.
Dos de Costa Rica.
Uno desde Zúrich.
Después tomó el personal.
Un mensaje de Daniel.
Saqué 91 en mate.
Adrián sonrió.
Escribió:
Excelente. Muy orgulloso de vos.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
92.
Adrián frunció el ceño.
Dijiste 91.
Daniel:
Era para ver si estabas poniendo atención 😂
Adrián soltó una carcajada.
—Buena estrategia.
—¿Perdón?
Adrián levantó la mirada.
Una mujer estaba sentada dos lugares más allá.
Cabello oscuro.
Abrigo sobre el respaldo.
Una copa de vino.
Un libro abierto.
Lo miraba con expresión divertida.
—Nada. Mi hijo.
—Ah.
Volvió a leer.
Nada más.
Adrián observó durante un segundo.
No estaba acostumbrado a que una persona iniciara una interacción con él y después simplemente dejara de interesarse.
Regresó al teléfono.
Esta vez no. 92. Lo recordaré.
Daniel:
A ver.
Adrián guardó el aparato.
Bebió agua.
Miró involuntariamente el libro.
No alcanzó a distinguir la portada.
La mujer levantó la vista.
—¿Qué?
—Nada.
—Estabas mirando.
—Tal vez.
Ella cerró parcialmente el libro.
—Podías preguntar.
—¿Qué estás leyendo?
La mujer lo miró durante un segundo.
—Ahora ya no te voy a decir.
Adrián soltó una pequeña risa.
—Eso parece poco eficiente.
—¿Eficiente?
—Pregunté exactamente lo que querías que preguntara.
—Demasiado tarde.
Adrián la observó.
No estaba coqueteando.
O al menos no de la manera habitual.
Parecía simplemente entretenida.
—Entonces voy a tener que adivinar.
—Suerte.
Adrián inclinó ligeramente el cuerpo intentando ver la portada.
Ella giró el libro.
—Eso es trampa.
—Nunca acordamos reglas.
Adrián sonrió.
El bartender dejó el agua.
—¿Ficción? —preguntó Adrián.
La mujer tomó vino.
—Tal vez.
—Eso significa sí.
—No necesariamente.
—No tiene apariencia de libro técnico.
—¿Cómo tiene que verse un libro técnico?
Adrián pensó.
—Más aburrido.
Ella rio.
—Excelente criterio académico.
Adrián extendió una mano.
—Adrián.
Ella miró la mano.
Después a él.
La estrechó.
—Elena.
Su mano estaba fría.
—Mucho gusto, Elena.
—Igualmente.
Adrián miró el libro.
—Ahora que tenemos relación formal, ¿puedo saber?
Elena sonrió.
—No.
Él empezó a reír.
Aquella conversación no debería haberle resultado tan agradable.
Probablemente porque no tenía ninguna utilidad.
Eso también era raro.
• • •
—¿Esperás a alguien? —preguntó Elena.
—Sí.
—¿Cita?
Adrián levantó una ceja.
—¿Parece?
Elena lo examinó.
Traje.
Reloj.
Dos teléfonos.
Maletín.
—No.
—Qué seguridad.
—Tenés dos teléfonos sobre la barra y miraste la puerta tres veces desde que llegaste.
Adrián involuntariamente miró la puerta.
Elena sonrió.
—Cuatro.
Él comenzó a reír.
—Reunión.
—Eso pensé.
—¿Y vos?
Elena señaló el libro.
—Yo sí tengo una cita.
Adrián miró alrededor.
—No veo a nadie.
Ella levantó el libro.
—Precisamente.
—Eso fue bueno.
—Gracias.
Silencio.
Elena volvió a leer.
Adrián tomó el teléfono corporativo.
Un correo urgente.
Empezó a responder.
Mientras escribía, notó algo extraño.
No sentía necesidad de impresionar a aquella mujer.
Ni de explicar qué hacía.
Tampoco parecía existir un espacio natural para hacerlo.
Eso le produjo curiosidad.
• • •
—¿A qué te dedicás? —preguntó.
Elena levantó la mirada.
—¿Por qué?
Adrián se quedó quieto.
—Porque es una pregunta normal.
—¿Lo es?
—Bastante.
—Depende.
—¿De qué?
—De por qué querés saber.
—Conversación.
—Entonces podemos hablar de otra cosa.
Adrián rio.
—Sos complicada.
—Nos conocemos hace seis minutos.
—Suficiente para una evaluación preliminar.
—¿Siempre evaluás gente?
La pregunta hizo que Adrián pensara.
—Tal vez.
—Eso suena cansado.
Adrián la miró.
Cansado.
La palabra apareció demasiado cerca de algo que llevaba semanas evitando.
—Es útil.
Elena se encogió de hombros.
—No dije que no.
Volvió al libro.
Adrián observó el perfil de Elena.
La mayoría de las personas que descubría que él trabajaba en alta dirección hacía preguntas.
Empresa.
Cargo.
Viajes.
Dinero, aunque fuera indirectamente.
Elena todavía no sabía nada.
Y parecía perfectamente cómoda con esa ignorancia.
• • •
—Finanzas —dijo Adrián.
Elena levantó los ojos.
—¿Qué?
—Me preguntaste...
Se detuvo.
No.
Ella no había preguntado.
Elena sonrió.
—Yo no te pregunté.
Adrián empezó a reír.
—Es verdad.
—Pero gracias.
—De nada.
Volvió a beber agua.
Por alguna razón sintió ligeramente ridículo haber ofrecido información que nadie había solicitado.
Aquello casi nunca le ocurría.
• • •
El teléfono personal vibró.
Valeria.
Adrián miró.
Un mensaje.
Daniel necesita saber si podés recogerlo el viernes.
Abrió calendario.
Llegaba el jueves por la noche.
Viernes:
8:00 reunión regional.
10:00 estrategia.
12:00 almuerzo.
2:00 fondo.
4:00...
Libre.
Escribió:
Sí.
Lo pensó.
Agregó:
Yo lo recojo.
Envió.
Elena había vuelto al libro.
Adrián guardó el teléfono.
—¿Tenés hijos?
La pregunta salió espontáneamente.
Elena levantó la mirada.
—No.
—¿Querés?
Ella sonrió.
—Eso escaló rápido.
Adrián abrió los ojos.
—No quise...
—Estoy bromeando.
Él rio.
—Tengo uno.
—El del noventa y uno.
—Noventa y dos.
—Correcto.
—Es importante.
—Claramente.
Elena tomó la copa.
—¿Cuántos años?
—Once.
—¿Cómo se llama?
—Daniel.
Aquello fue todo.
No preguntó por su madre.
Ni si Adrián estaba casado.
Ni dónde vivía.
Solo:
—Debe estar orgulloso del noventa y dos.
—Muchísimo.
La frase produjo una sensación extraña.
Porque por primera vez aquella noche Adrián se dio cuenta de que llevaba varios minutos hablando con alguien que no sabía absolutamente nada de la parte más impresionante de su vida.
Y, sin embargo, sabía el nombre de su hijo.
No entendió por qué eso le pareció importante.
• • •
El bartender acercó la cuenta a Elena.
Ella miró el reloj.
—Tengo que irme.
Adrián sintió una pequeña decepción.
Ridícula.
—Entonces nunca voy a saber qué estabas leyendo.
—Probablemente sobrevivirás.
Elena guardó el libro dentro del bolso.
Demasiado rápido para que Adrián pudiera ver la portada.
—Eso fue deliberado.
—Por supuesto.
Se puso el abrigo.
Adrián levantó la vista.
—Mucho gusto, Elena.
—Igualmente, Adrián.
Ella dio unos pasos.
Después giró.
—Y felicidades por el noventa y dos.
—Gracias.
Elena salió.
Nada dramático.
Adrián volvió al teléfono.
Londres había enviado otro mensaje.
Su mesa estaba lista.
La noche continuó.
• • •
La cena duró casi tres horas.
Adrián estuvo brillante.
No existía otra palabra.
La empresa objetivo estaba sobrevalorada según el fondo.
Adrián no estaba de acuerdo.
—Están viendo la compañía que existe hoy —dijo uno de los inversionistas.
—Exacto —respondió Adrián.
—¿Y vos?
Adrián dejó los cubiertos.
—Estoy viendo la que podemos comprar.
El director financiero frunció el ceño.
—Eso implica asumir integración prácticamente perfecta.
—No.
—Entonces.
—Implica asumir que no vamos a pagar cientos de millones para seguir operándola exactamente como la encontramos.
Silencio.
Adrián abrió una presentación.
Mercados.
Sinergias.
Costos.
Capacidad.
Expansión.
Durante veinte minutos condujo la conversación.
Una pregunta.
Una cifra.
Otra hipótesis.
El representante del fondo lo observaba.
—Quiero ese escenario mañana.
—Lo tendrás.
—Antes de apertura.
Adrián miró la hora.
—Nueva York.
—Nueva York.
—Listo.
El hombre sonrió.
—Ahora entiendo por qué te tienen atravesando el planeta.
Adrián sostuvo su mirada.
—Todavía no.
—¿Qué?
—Lo vas a entender cuando cerremos.
Risas.
Aquello era Adrián.
Seguro.
Rápido.
Competitivo.
No arrogante sin fundamento.
Peor.
Arrogante con historial.
Y durante muchos años había funcionado.
• • •
Regresó al hotel cerca de medianoche.
La suite tenía vista a Manhattan.
Adrián dejó el abrigo.
Se quitó la corbata.
Colocó el reloj sobre una mesa.
Abrió la computadora.
Trabajó.
Una.
Una treinta.
Dos.
A las dos diecisiete terminó.
Cerró.
La hora quedó iluminada sobre la pantalla unos segundos.
2:17 a. m.
Adrián no le prestó atención.
Todavía era solo una hora.
Caminó hacia el ventanal.
Manhattan brillaba.
Miles de ventanas.
Taxis.
Edificios.
Personas.
Una ciudad que parecía incapaz de detenerse.
Adrián la entendía.
Tal vez por eso le gustaba tanto.
• • •
Dos semanas después regresó a Nueva York.
Esta vez llegó un lunes.
El martes tenía reuniones desde las ocho.
A las siete doce salió del hotel para comprar café.
No era parte de una rutina.
Simplemente necesitaba caminar.
La mañana estaba fría.
Abrigo.
Sin corbata todavía.
Teléfono en el bolsillo.
Entró a una cafetería.
Pidió.
Esperó.
Giró.
Elena estaba sentada junto a una ventana.
Mismo cabello oscuro.
Misma concentración.
Otro libro.
Adrián quedó quieto.
Ella levantó la mirada.
Lo reconoció.
Tardó un segundo.
Después sonrió.
—Noventa y dos.
Adrián empezó a reír.
—Adrián.
—Eso también.
Miró la hora.
Su automóvil llegaría en veintitrés minutos.
Suficiente.
Tal vez.
Se acercó.
—¿Puedo?
Elena miró la silla.