LA LUCIERNAGA EN LA TORMENTA CAPÍTULO IX — La mujer que no preguntó #2
35%

CAPÍTULO IX — La mujer que no preguntó #2

—¿Vas a intentar averiguar qué estoy leyendo?

—Absolutamente.

—Entonces no.

Adrián se sentó.

—Voy a arriesgarme.

Elena cerró el libro.

Esta vez lo dejó sobre la mesa.

La portada visible.

Adrián miró inmediatamente.

Ella negó.

—Qué poca disciplina.

—Llevo dos semanas esperando.

—Eso es preocupante.

—Soy persistente.

—Eso es lo que dicen los obsesivos con buen departamento de relaciones públicas.

Adrián rio.

Miró el título.

No era especialmente interesante.

La observó.

—¿Todo ese misterio por esto?

—Exactamente.

—Estoy decepcionado.

—Vas a recuperarte.

Adrián tomó café.

—¿Venís seguido?

—A veces.

—Yo también.

Elena levantó una ceja.

—No te creo.

—Trabajo en Nueva York bastante.

—Ah.

Eso fue todo.

Otra vez.

No:

¿Dónde?

No:

¿Qué empresa?

No:

¿Qué hacés?

Adrián esperó un segundo.

Nada.

—¿No vas a preguntar?

Elena sonrió.

—¿Qué?

—Nada.

Aquello comenzaba a divertirlo.

• • •

Elena señaló sus teléfonos.

—Hoy solo uno.

Adrián miró.

—El otro está en el automóvil.

—Eso no cuenta como progreso.

—¿Progreso hacia qué?

—No sé.

—Parecés una persona que necesita dos teléfonos.

Adrián apoyó el café.

—¿Qué significa eso?

Elena lo observó.

—Llegaste mirando el reloj.

—Tenés la computadora dentro del maletín.

—La primera vez estabas vestido para comprar una compañía.

—Hoy son las siete de la mañana y ya parecés llegar tarde.

Adrián miró involuntariamente el reloj.

Elena sonrió.

—Exactamente.

Él rio.

—¿Siempre analizás desconocidos?

—Solo a los que interrumpen mi lectura.

Adrián se recostó.

—Está bien. ¿Cuál es el diagnóstico?

—No hago diagnósticos.

—Evaluación preliminar.

Elena pensó.

—Te gusta saber qué viene después.

Adrián dejó de sonreír por una fracción de segundo.

—A todo el mundo.

—No.

—A algunas personas les gusta improvisar.

—Psicópatas.

Elena rio.

—A vos te incomoda no saber.

—Eso es distinto.

—¿Cómo?

—Querer información no significa tener miedo a la incertidumbre.

—No dije miedo.

Adrián quedó callado.

Ella tomó café.

Aquella mujer tenía una costumbre irritante:

dejaba las frases incompletas justo donde Adrián quería discutirlas.

• • •

—¿A qué te dedicás vos? —preguntó.

Elena sonrió.

—Ahí está otra vez.

—¿Qué?

—La clasificación.

—No estoy clasificando.

—Querés saber dónde colocarme.

—Eso es absurdo.

—Tal vez.

Adrián la observó.

—Entonces no me digás.

—Está bien.

Silencio.

Adrián comenzó a reír.

—Esto no funciona así.

—Parece que sí.

Elena miró el reloj.

—¿No tenés que irte?

Adrián miró el suyo.

Dieciséis minutos.

—Todavía.

—¿Importante?

—La reunión.

—Probablemente.

—¿Más que este café?

Adrián levantó una ceja.

Elena sonrió.

—Era broma. Andate.

Adrián no se levantó.

—Finanzas internacionales —dijo.

—Operaciones.

—Estrategia.

—Inversiones.

Elena esperó.

—Director ejecutivo.

Nada.

Adrián empezó a sospechar que ella lo hacía deliberadamente.

—¿Eso es todo?

—¿Qué querés que haga?

—No sé.

—¿Aplaudir?

Adrián soltó una carcajada.

Varias personas miraron.

—Sos terrible.

—Y seguís sentado.

Él tomó café.

—La mayoría pregunta.

—La mayoría quiere saber qué tan importante sos.

—¿Y vos no?

Elena lo miró.

Esta vez sin broma.

—Ya sé qué tan importante sos.

Adrián sintió una pequeña satisfacción.

Hasta que ella añadió:

—Para Daniel.

Silencio.

La frase llegó sin solemnidad.

Sin intención aparente de producir efecto.

Precisamente por eso lo produjo.

Adrián bajó la mirada hacia el café.

—Sí.

Elena volvió al libro.

No añadió nada.

• • •

El automóvil llegó.

El teléfono de Adrián vibró.

Conductor.

Se levantó.

—Tengo que irme.

—Lo imaginé.

Tomó el abrigo.

—Todavía no me dijiste qué hacés.

Elena sonrió.

—Correcto.

—Eso es injusto.

—La vida es difícil.

Adrián negó con la cabeza.

Dio un paso.

Después se detuvo.

—¿Voy a tener que encontrarte por tercera vez?

Elena levantó la mirada.

La frase cambió ligeramente el aire.

Ahora sí existía una intención.

Pequeña.

Clara.

Ella lo estudió.

—Nueva York tiene más de ocho millones de habitantes.

—Entonces esto ya es estadísticamente interesante.

—Eso fue muy poco romántico.

—Trabajo con números.

—Se nota.

Adrián sonrió.

Elena sacó un bolígrafo.

Tomó una servilleta.

Escribió.

La deslizó.

Un número.

Debajo:

Elena — la del libro

Adrián levantó la mirada.

—¿Para que no te clasifique mal?

—Para que no tengas que investigar cafeterías en Manhattan.

—Ya tenía un equipo trabajando en eso.

—Eso sí te lo creo.

Guardó la servilleta dentro del abrigo.

—Nos vemos, Elena.

—Andá.

Miró su reloj.

—Vas a llegar tarde.

—Nunca llego tarde.

Elena lo miró.

—Eso suena como algo que algún día alguien va a utilizar en tu contra.

Adrián rio.

Salió.

La frase quedó atrás.

Todavía.

• • •

Dentro del automóvil abrió inmediatamente la computadora.

Presentación.

Cifras.

Nueva York.

El teléfono corporativo comenzó a sonar.

Contestó.

—Sí.

Mientras escuchaba buscó un bolígrafo dentro del abrigo.

Sus dedos encontraron la servilleta.

La sacó.

Elena — la del libro

—¿Adrián?

Volvió.

—Sí. Estoy aquí.

Guardó la servilleta.

La reunión ocupó lo siguiente.

Después otra.

Después almuerzo.

Después Londres.

No escribió a Elena aquella noche.

Ni al día siguiente.

El jueves abrió el contacto.

Lo había guardado como:

Elena NY

Miró el espacio en blanco.

Escribió:

Terminé investigando el libro.

Borró.

Escribió:

¿El libro mejoró?

Borró.

Adrián Salvatierra podía negociar una adquisición de cientos de millones sin preparar la primera frase.

Llevaba casi dos minutos intentando escribir a una mujer.

Aquello le pareció ofensivo.

Finalmente:

Ya leí sobre el libro. Confirmo que no merecía tanto misterio.

Envió.

Seis minutos.

Respuesta.

Eso confirma mi teoría.

Adrián:

¿Cuál?

Elena:

No soportás no saber.

También confirma la mía.

Elena:

¿Cuál?

Sos insoportable.

Tres puntos.

Y aun así escribiste.

Adrián rio solo en la oficina.

Laura apareció en la puerta.

—¿Qué pasó?

Adrián bloqueó el teléfono.

—Nada.

Laura lo observó.

—Te estabas riendo.

—A veces lo hago.

—No últimamente.

La frase borró parte de la sonrisa.

Laura lo notó.

—Perdón.

—No pasa nada.

Dejó una carpeta.

—Londres adelantó la reunión.

Adrián miró el reloj.

—Por supuesto.

Laura salió.

El teléfono personal vibró.

Elena:

Por cierto, todavía no me interesa cuánto ganás.

Adrián quedó mirando.

Después respondió:

Yo tampoco te dije cuánto gano.

Elena:

Pero estabas cerca.

Adrián comenzó a reír otra vez.

• • •

Las conversaciones empezaron así.

Sin promesas.

Sin confesiones.

Sin intensidad artificial.

A veces tres mensajes.

A veces veinte.

Elena preguntaba cosas extrañas.

¿Comiste?

No:

¿Cómo salió la reunión?

¿Dormiste?

No:

¿Cerraron la operación?

Una vez Adrián escribió:

Londres finalmente aceptó.

Elena respondió:

Bien. ¿Almorzaste?

Adrián:

Eso es una respuesta decepcionante.

Elena:

¿Querés aplausos otra vez?

Adrián:

Un poco.

Elena:

👏

Adrián miró el emoji.

Sonrió.

Después comprendió algo.

Elena no estaba ignorando sus logros.

Simplemente no parecía confundirlos con él.

Aquello era nuevo.

• • •

Una noche, desde Zúrich, Adrián escribió:

¿Por qué nunca me preguntaste cuánto gano?

La respuesta tardó.

¿Debería?

Adrián:

La mayoría tiene curiosidad.

Elena:

Yo también.

Adrián esperó.

Nada.

¿Entonces?

Elena:

Tengo más curiosidad por saber por qué necesitás que yo tenga curiosidad.

Adrián dejó el teléfono sobre la cama.

Miró la habitación.

Hotel.

Traje sobre una silla.

Reloj.

Computadora.

Pasaporte.

Una vida completa empaquetada.

Aquella mujer acababa de hacer otra vez algo profundamente irritante.

Convertir una pregunta sencilla en un espejo.

No respondió.

Cinco minutos después:

¿Te ofendiste?

Adrián:

Estoy considerando bloquearte.

Elena:

Finalmente aprendiste algo de mí.

Adrián sonrió.

Por primera vez en meses, una noche en un hotel no le pareció completamente vacía.

Eso fue todo.

Todavía.

• • •