LA LUCIERNAGA EN LA TORMENTA CAPÍTULO VIII — Cuando la mente se apaga #3
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CAPÍTULO VIII — Cuando la mente se apaga #3

La reunión continuó.

Debajo de la mesa, la mano derecha de Adrián temblaba.

• • •

Terminó a las ocho cuarenta y nueve.

Las pantallas se apagaron.

Los ejecutivos de Costa Rica salieron.

Laura se quedó.

Adrián cerró la computadora.

—¿Qué pasó?

Él continuó guardando documentos.

—Nada.

—Adrián.

—Dormí poco.

—No estabas escuchando.

Adrián levantó la mirada.

—Sí estaba.

Laura no respondió.

No necesitaba.

Él se pasó una mano por el rostro.

—Me distraje.

—¿Cuánto pensás?

—Un minuto.

Laura lo miró.

—¿Dos?

Nada.

Adrián sintió irritación.

—¿Cuánto?

—Casi siete.

Adrián se quedó quieto.

—No.

—Sí.

—Eso es imposible.

—Miré la hora.

Siete minutos.

Adrián intentó recordarlos.

Nada.

—Jet lag.

Laura se cruzó de brazos.

—Volviste hace cinco días.

—Mi cuerpo todavía...

—Dormís cuatro horas.

—No sabés cuánto duermo.

—Porque no dormís.

Adrián se levantó.

—Estoy bien.

Laura cerró los ojos.

—No.

Él giró.

Era la primera persona que se lo decía así.

Sin pregunta.

Sin suavizar.

—¿Perdón?

—No estás bien.

Adrián sintió enojo.

—Eso no te corresponde.

Laura recibió el golpe.

Se notó.

Él también.

Silencio.

—Tenés razón —dijo ella.

Recogió una carpeta.

—No me corresponde.

Caminó hacia la puerta.

Adrián sintió culpa.

—Laura.

Ella giró.

—Que esto quede aquí.

La expresión de Laura cambió.

Aquello dolió más que el comentario anterior.

—Por supuesto.

Salió.

• • •

Adrián permaneció solo.

Se levantó.

Caminó hasta el ventanal.

La ciudad estaba completamente despierta.

Treinta pisos abajo, vehículos.

Personas.

Edificios.

Adrián miró su reflejo.

Traje impecable.

Corbata perfecta.

Reloj.

Cabello.

Postura.

Nada había cambiado.

Eso le produjo alivio.

Si nadie podía verlo, probablemente no era grave.

Aquella sería otra idea peligrosa.

• • •

A las once cometió un error.

Pequeño.

Aprobó una versión incorrecta de un documento.

Laura lo detectó antes de que saliera.

Entró.

Dejó la hoja.

—Esta no es la final.

Adrián la miró.

—Sí.

—No.

—La revisé.

Laura señaló fecha.

Adrián tomó el documento.

Ella tenía razón.

—Perdón.

Laura no respondió.

Dos errores en una mañana.

Uno visible solo para ella.

—¿Querés que mueva la reunión de las doce?

—No.

—Puedo hacerlo.

—No.

Laura apretó los labios.

—Está bien.

Adrián odió aquellas dos palabras.

• • •

Aquella noche llegó al apartamento a las nueve y diecisiete.

Estacionó.

Apagó el motor.

No bajó.

Respondió un correo.

Después otro.

Miró hacia el edificio.

No quería subir.

No había nada malo dentro.

Ese era precisamente el problema.

No había nada.

Daniel estaba con Valeria.

Ninguna mochila.

Ningún control sobre el sofá.

Ninguna voz.

Adrián volvió al correo.

A las nueve treinta y ocho seguía dentro del automóvil.

A las diez doce.

A las diez cuarenta y siete.

A las once veintitrés un guarda golpeó suavemente la ventana.

Adrián levantó la mirada sobresaltado.

Bajó el vidrio.

—¿Todo bien, don Adrián?

—Sí.

—Lo vi hace rato aquí.

Adrián miró el reloj.

Más de dos horas.

No se había dado cuenta.

—Estaba terminando unas cosas.

El guarda sonrió.

—No trabaje tanto.

Una frase cualquiera.

Amable.

Adrián rio ligeramente.

—Alguien tiene que hacerlo.

El guarda siguió.

Adrián subió el vidrio.

Miró su reflejo en el parabrisas.

Las ojeras eran visibles.

No dramáticas.

Solo cansancio.

Eso era todo.

Cansancio.

Necesitaba dormir.

Vacaciones.

Comer mejor.

Tal vez bajar unos días el ritmo.

Nada más.

Encendió el vehículo.

El motor respondió.

Adrián tomó el volante.

Entonces se quedó quieto.

¿Por qué había encendido?

Ya había llegado.

Estaba estacionado frente a su casa.

Apagó el motor.

Por primera vez aquella noche sintió miedo de verdad.

• • •

Subió.

Dejó las llaves.

Se quitó el saco.

Fue a la cocina.

Había una planta junto al ventanal.

La había comprado semanas atrás porque el apartamento parecía demasiado vacío.

Las hojas comenzaban a secarse.

Adrián tocó una.

Cayó.

Miró la tierra.

Seca.

Había olvidado regarla.

Buscó un vaso.

Lo llenó.

Vertió agua.

Demasiada.

El agua atravesó la maceta y comenzó a caer sobre el suelo.

—Mierda.

Buscó una toalla.

Se agachó.

Limpió.

Después se quedó mirando la planta.

Semanas sin agua.

Y ahora pretendía arreglarla de golpe.

Adrián dejó la toalla.

Por alguna razón pensó en Valeria.

Después se obligó a no hacerlo.

• • •

El teléfono vibró.

Daniel.

Una fotografía.

El dibujo.

Había agregado algo.

Sobre la línea punteada entre las dos casas había un automóvil mejor dibujado.

Muy diferente a la papa de Adrián.

Mensaje:

Lo arreglé 😂

Adrián sonrió.

Escribió:

Traición. El mío tenía carácter.

Daniel respondió:

El tuyo daba pena.

Adrián rio.

Después escribió:

¿Por qué los puntos?

Pasaron varios segundos.

Daniel:

Ya te dije. Para no perderme.

Adrián miró las palabras.

Esta vez no respondió inmediatamente.

Miró la planta.

El apartamento.

El traje sobre una silla.

La computadora dentro del maletín.

Después su reflejo oscuro en el vidrio.

Y apareció una pregunta.

Pequeña.

Incómoda.

¿Y si el que se está perdiendo soy yo?

Adrián sostuvo el teléfono.

La idea duró pocos segundos.

Llegó un correo.

URGENTE — NUEVA YORK

Lo abrió.

Y volvió a trabajar.

• • •