LA LUCIERNAGA EN LA TORMENTA CAPÍTULO VIII — Cuando la mente se apaga #2
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CAPÍTULO VIII — Cuando la mente se apaga #2

Aeropuertos por los tiempos de conexión.

Salones VIP por la calidad del café.

Trajes en fundas.

Camisas perfectamente dobladas.

Zapatos en bolsas separadas.

Dos teléfonos.

Adaptadores.

Cargadores.

Pasaporte.

La vida completa cabía dentro de una maleta Rimowa.

A veces despertaba en un hotel y necesitaba mirar la ciudad por la ventana para recordar dónde estaba.

Eso todavía le parecía gracioso.

—¿Dónde estás? —preguntó Daniel una vez por videollamada.

Adrián miró detrás.

—Singapur.

—Ayer estabas en Londres.

—Hace dos días.

—Es lo mismo.

Adrián rio.

—No geográficamente.

Daniel giró los ojos.

—¿Cuándo volvés?

—Viernes.

—¿Seguro?

Adrián sintió la palabra.

—Sí.

Volvió el sábado.

• • •

La primera señal fue pequeña.

Una contraseña.

Adrián llevaba años utilizándola para una plataforma interna.

La escribió.

Error.

Otra vez.

Error.

Se quedó mirando.

No podía recordarla.

Restableció.

Continuó.

Nada importante.

• • •

Después olvidó el nombre de un ejecutivo durante una llamada.

Lo conocía hacía tres años.

—Como decía...

Silencio.

El nombre desapareció.

Adrián improvisó.

—...tu equipo ha hecho un buen trabajo.

Nadie pareció notar.

Terminó.

Cinco minutos después recordó.

Matthias.

Se rio solo.

Cansancio.

• • •

Una noche en Zúrich abrió los ojos a las tres diecisiete.

No sabía por qué.

No volvió a dormir.

A las cuatro revisó mercados asiáticos.

A las cinco comenzó a preparar una presentación.

A las seis estaba trabajando.

A las siete se sintió excelente.

Había convertido insomnio en productividad.

Otra solución.

• • •

Laura empezó a llevarle comida.

—No necesito niñera.

—Correcto.

Dejó un recipiente.

—Necesitás almuerzo.

—Puedo pedir.

—Nunca pedís.

—Como.

—Café no es comida.

Adrián miró la taza.

—Depende de la industria.

Ella no rio.

—Estás demasiado delgado.

Adrián miró el traje.

—Me queda bien.

—Ese no es el punto.

—Entonces.

Laura suspiró.

—Nada.

Otra persona dejando de discutir.

Adrián no lo notó.

• • •

La reunión comenzó a las siete de la mañana.

Sala principal.

Cristal.

Pantalla completa.

En Costa Rica estaban Adrián, Laura, el director financiero regional y dos miembros del equipo de estrategia.

Conectados:

Nueva York.

Londres.

Zúrich.

Hong Kong.

Singapur.

Dubái.

Quince personas.

Sobre la mesa:

una adquisición cercana a quinientos millones de dólares.

El tipo de operación donde un error en una hipótesis podía costar más que la fortuna personal de la mayoría de los presentes.

Adrián había revisado todo.

Dos veces.

Aquella era su clase de reunión.

Su territorio.

El director financiero empezó.

—El escenario base mantiene retorno dentro de rango, pero tenemos una sensibilidad importante si el costo de deuda se mueve por encima de cien puntos básicos.

Adrián tomó café.

La diapositiva cambió.

—Londres propone reducir exposición previa al cierre.

Una voz desde Londres:

—Correcto. Nuestra preocupación no es el caso base sino el escenario tres.

Adrián miró el cuadro.

Escenario uno.

Dos.

Tres.

Conocía aquellos números.

—Si combinamos eso con la cobertura propuesta desde Zúrich —continuó el director—, reducimos volatilidad, aunque sacrificamos aproximadamente...

Adrián dejó de escuchar.

No gradualmente.

Simplemente ocurrió.

El sonido continuaba.

Las personas hablaban.

La pantalla cambiaba.

Pero las palabras dejaron de conectarse.

Adrián parpadeó.

Miró una cifra.

Sabía que la conocía.

No sabía qué significaba.

Intentó concentrarse.

*Escuchá.*

El director seguía hablando.

Adrián vio moverse su boca.

Nada.

Su mente produjo otra imagen.

Daniel.

El dibujo.

Dos casas.

Una línea punteada.

Para no perderme.

Después Valeria.

—Cuando no teníamos casi nada, te tenía a vos.

La pantalla cambió.

Adrián intentó volver.

*Concentrate.*

Otra imagen.

Su patrimonio.

La cifra antes del divorcio.

La cifra después.

Después Daniel:

Yo solo quería que llegaras.

Adrián respiró.

La voz del director regresó durante unos segundos.

—...y por eso creemos que deberíamos cerrar la cobertura antes de la apertura de Nueva York.

Adrián miró el reloj.

Nueva York.

¿Qué habían dicho de Nueva York?

No sabía.

Sintió calor debajo del cuello de la camisa.

Tomó agua.

Laura lo miró.

Adrián volvió a la pantalla.

*Volvé.*

El director terminó.

Silencio.

Quince personas.

Esperando.

—Adrián.

Él levantó la mirada.

—¿Cuál es tu lectura?

La pregunta más normal del mundo.

Adrián miró los números.

Cientos de millones.

Deuda.

Cobertura.

Retorno.

Riesgo.

Un idioma que había hablado durante media vida.

Nada.

Durante algunos segundos no comprendió una sola línea.

El hombre que siempre tenía una respuesta no tenía ninguna.

—Dame un momento.

Silencio.

Nadie reaccionó.

Pero Adrián sí.

Porque Adrián Salvatierra no pedía un momento.

Tomó la hoja.

Leyó.

Una línea.

Otra.

La información parecía estar escrita en un idioma casi conocido.

Finalmente encontró una cifra familiar.

Se aferró.

—No quiero cerrar cobertura todavía.

La voz desde Zúrich preguntó:

—¿Por qué?

Adrián respiró.

Necesitaba una respuesta.

La construyó.

—Porque estamos pagando protección antes de confirmar que el escenario tres tiene probabilidad suficiente para justificar el costo.

Silencio.

Zúrich respondió:

—Eso es precisamente lo que estábamos discutiendo.

El estómago de Adrián se cerró.

—Lo sé.

Mentira.

—Quiero revisar nuevamente la sensibilidad antes de decidir.

—Perfecto.

El director financiero retomó.