LA LUCIERNAGA EN LA TORMENTA CAPÍTULO V — Necesitamos hablar
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CAPÍTULO V — Necesitamos hablar

—Sentate.

Adrián obedeció.

No porque estuviera acostumbrado a hacerlo.

Porque algo en la voz de Valeria le indicó que aquella noche no había espacio para negociar la forma de la conversación.

Se sentó frente a ella.

El teléfono quedó sobre la mesa.

Pantalla hacia abajo.

Por primera vez, ese gesto no significaba demasiado.

—¿Daniel está bien?

—Sí.

Adrián respiró.

—Entonces ¿qué pasó?

Valeria entrelazó las manos.

Las separó.

Volvió a juntarlas.

Había preparado aquella conversación durante meses.

En el automóvil.

En la ducha.

Mientras esperaba a Daniel fuera del colegio.

A las dos de la mañana, acostada junto al hombre al que quería hablarle mientras él dormía.

Había imaginado frases precisas.

Ahora ninguna parecía suficiente.

—No soy feliz.

Adrián quedó inmóvil.

No esperaba eso.

Esperaba una queja.

Una discusión sobre viajes.

Alguna fecha olvidada.

Singapur.

Londres.

El trabajo.

Algo identificable.

—¿Con qué?

preguntó.

Valeria bajó la mirada.

—Con nosotros.

Adrián sintió una presión pequeña en el pecho.

—¿Desde cuándo?

Ella pensó.

—No sé.

—¿Cómo que no sabés?

—No hay una fecha.

—Tiene que haber ocurrido algo.

Valeria sonrió con tristeza.

—Ahí estás.

—¿Qué?

—Buscando el incidente.

—Estoy tratando de entender.

—Lo sé.

—Entonces ayudame.

Valeria respiró.

—¿Te acordás de nuestro primer apartamento?

La pregunta lo desconcertó.

—Claro.

—¿La mesa prestada?

Adrián sonrió apenas.

—Era horrible.

—Sí.

—Y la refrigeradora.

—El tractor.

Adrián soltó una pequeña risa.

Valeria también.

Por unos segundos apareció una versión antigua de ellos.

Tan reconocible que dolió.

—Éramos felices —dijo Valeria.

—Éramos jóvenes.

—También.

—No teníamos responsabilidades como ahora.

—Eso no es lo que estoy diciendo.

Adrián esperó.

—Cuando vivíamos ahí —continuó ella—, a veces no teníamos dinero para salir a cenar.

—Lo recuerdo.

—Comíamos pasta tres veces por semana.

—Eso también.

—Teníamos una mesa prestada.

—Sí.

—Un carro que no encendía.

—Tenía carácter.

Valeria bajó los ojos.

—Y te tenía a vos.

La sonrisa desapareció.

Adrián miró alrededor.

La casa amplia.

La cocina que Valeria había escogido.

Mármol.

Madera.

Electrodomésticos de alta gama.

El jardín detrás de los ventanales.

—Me tenés.

Valeria negó lentamente.

—No como antes.

—Obviamente no como antes. Han pasado años.

—No hablo de eso.

—Entonces explicame.

Valeria lo miró.

—Cuando no teníamos casi nada, te tenía a vos.

La frase permaneció entre ambos.

Adrián sintió la necesidad inmediata de defenderse.

—Ahora tenemos una vida.

—Sí.

—Una casa.

—Sí.

—Daniel tiene oportunidades que nosotros no tuvimos.

—Sí.

—Podemos viajar.

—Sí.

—No tenemos que preocuparnos por dinero.

—Lo sé.

—Entonces no entiendo por qué todo eso parece algo malo.

Valeria cerró los ojos.

—Nunca dije que fuera malo.

—Suena así.

—Porque cada vez que intento decirte que te extraño, me respondés enumerando todo lo que tenemos.

Adrián se quedó callado.

—Yo sé cuánto vale esta casa —continuó ella—. Sé cuánto cuesta el colegio. Sé lo que tenemos invertido. Sé que probablemente podríamos dejar de trabajar mañana y vivir bien.

Adrián corrigió automáticamente:

—Dependería del nivel de gasto.

Valeria lo miró.

Adrián supo que había cometido un error.

—No importa.

—No.

Ella sonrió sin humor.

—Importa muchísimo.

Se inclinó hacia adelante.

—Ese es exactamente el punto.

—¿Cuál?

—Te acabo de decir que te extraño y tu mente hizo un cálculo financiero.

Adrián bajó la mirada.

—Es lo que hago.

—Ya sé.

—No significa que no me importés.

—También lo sé.

Aquellas respuestas empezaban a desarmarlo.

Habría sido más sencillo que Valeria dijera que era egoísta.

Que no la quería.

Que era un mal padre.

Podría haberse defendido.

Pero ella seguía reconociendo todo lo bueno.

Y aun así estaba diciendo que no alcanzaba.

—¿Qué querés que haga?

preguntó.

Valeria soltó una respiración lenta.

—No sé.

Adrián frunció el ceño.

—Tiene que haber algo.

—Otra vez.

—¿Qué querés que diga?

—Nada.

—Valeria, si hay un problema necesito saber qué podemos cambiar.

—No quiero ser un problema que resolvás.

—No estoy diciendo eso.

—Es exactamente lo que estás haciendo.

Adrián se levantó.

Necesitaba moverse.

Caminó hasta la ventana.

—Entonces ¿para qué estamos hablando?

Valeria lo miró.

—Para que entendás cómo me siento.

—¿Y después?

—No sé.

—Eso no tiene sentido.

—Para vos.

—Para nadie.

Valeria permaneció callada.

Adrián giró.

—No puedo corregir algo si no sé qué esperás de mí.

—No necesito que lo corrijás esta noche.

—Entonces ¿qué?

—Que escuchés.

Adrián abrió las manos.

—Estoy escuchando.

Valeria lo observó.

—Bien.

Él volvió a sentarse.

—Decime.

Valeria tomó aire.

—Me siento sola.

Las palabras llegaron mucho más suaves de lo que Adrián esperaba.

—Estás casada.

Lo dijo antes de pensar.

Valeria quedó inmóvil.

Adrián cerró los ojos.

—No quise...

—¿Ves?

—Sí.

—No, Adrián.

Valeria bajó la voz.

—Creo que todavía no.

—Puedo dormir al lado tuyo y sentirme sola.

—Puedo viajar con vos a Londres y sentirme sola.

—Puedo sentarme frente a vos en un restaurante y saber que una parte de tu cabeza está en Nueva York.

—Puedo contarte algo y ver el momento exacto en que el teléfono vibra y dejás de estar escuchando.

Adrián miró el teléfono boca abajo.

—Y lo peor —continuó ella— es que sé que no lo hacés para lastimarme.

Adrián levantó los ojos.

—A veces quisiera que fueras un cabrón.

La frase lo sorprendió tanto que casi rio.

Valeria también sonrió brevemente entre lágrimas.

—Sería más fácil.

—Podría enojarme.

—Culparte.

—Decir que nunca nos quisiste.

—Pero no es verdad.

Una lágrima cayó.

Valeria se la limpió.

—Nos querés.

—Muchísimo.

Adrián tragó saliva.

—Claro que los quiero.

—Todo esto...

Señaló alrededor.

—Lo hice por nosotros.

—También lo sé.

—Entonces.

Valeria lo miró.

—Ese es el problema.

Adrián quedó quieto.

—¿Cómo puede ser un problema que trabaje por mi familia?

—No lo es.

—Entonces.

—El problema es que convertiste trabajar por nosotros en la forma principal de estar con nosotros.

—Yo no necesito otra cuenta —dijo ella—. Ni otra propiedad. Ni otro viaje.

—Eso es fácil decirlo cuando ya tenemos seguridad.

Valeria asintió.

—Tenés razón.

La respuesta lo descolocó.

—Sí.

Ella continuó.

—Es fácil decirlo ahora porque vos hiciste posible que yo pudiera decirlo.

Adrián se quedó mirándola.

—Estoy agradecida.

—Profundamente.

—Y orgullosa de vos.

La voz de Valeria tembló.

—Pero también estoy perdiendo a mi esposo.

Adrián sintió miedo.

Esta vez no consiguió convertirlo inmediatamente en enojo.

—No me estás perdiendo.

—Ya casi no sé qué cosas te preocupan que no sean trabajo.

—Eso no es cierto.

—Entonces decime qué me preocupa a mí.

Adrián abrió la boca.

Daniel.

La casa.

¿Su familia?

¿Su madre?

No sabía.

Valeria lo vio buscar.

Y esa búsqueda respondió por él.

—Podés decírmelo.

La voz de Adrián salió más baja.

—Ese no es el punto.

—¿Por qué no?

—Porque antes no tenía que entregarte un informe para que supieras quién era.

Aquello dolió.

—¿Qué te preocupa?

preguntó finalmente.

Valeria negó con la cabeza.

—Hoy no.

—Pero quiero saber.

—Ahora sí.

Adrián no encontró defensa.

Valeria continuó:

—¿Sabés quién es el mejor amigo de Daniel?

—Mateo.

Ella negó.

—Mateo se cambió de colegio hace meses.

Adrián se quedó inmóvil.

—¿Qué materia le está costando?

Nada.

—¿Por qué estaba tan nervioso antes de presentar el proyecto?

Adrián bajó los ojos.

—¿Quién es Sofía?

Él levantó la mirada.

—La del proyecto.

—Eso sabés porque lo viste en la etiqueta.

Adrián sintió vergüenza.

Después irritación.

Era una respuesta vieja.

Más cómoda.

—No soy un padre ausente.

—No dije eso.

—Trabajo para él.

—Lo sé.

—Tiene todo lo que necesita.

Valeria lo miró.

—¿Todo?

La pregunta fue sencilla.

Adrián escuchó otra voz.

Muchos años atrás.

Él mismo.

Con Daniel recién nacido en los brazos.

Nunca te va a faltar nada.

—No es justo.

—No.

Valeria negó.

—Probablemente no.

—Pero esto tampoco lo es.

Adrián se levantó otra vez.

—¿Querés que deje el puesto?

—No.

—¿Que rechace Asia?

—Ya la aceptaste.

—Puedo cambiar.

—¿Querés?

Adrián quedó callado.

Valeria se levantó.

—Eso es lo que necesito saber.

—Claro que quiero estar con ustedes.

—No pregunté eso.

—Entonces ¿qué estás preguntando?

—Si querés esta vida o si querés la idea de esta vida.

Adrián frunció el ceño.

—No entiendo.

—Esposa.

—Hijo.

—Casa.

—Carrera.

—Dinero.

—Vacaciones.

—Todo perfectamente colocado.

Hizo una pausa.

—Como una lista de cosas que un hombre exitoso debe tener.

Adrián sintió que aquello era profundamente injusto.

—¿De verdad pensás que para mí ustedes son símbolos de estatus?

—No.

—Entonces no digás eso.

—Estoy diciendo que a veces parece que necesitás saber que todo existe, pero no necesariamente vivir dentro de ello.

Adrián negó.

—Eso es absurdo.

—Puede ser.

—Los amo.

—Sí.

—Entonces.

Valeria empezó a llorar nuevamente.

—El amor no siempre corrige lo que hacemos con él.

Aquella frase lo dejó quieto.

• • •

Pasaron varios minutos.

Ninguno habló.

Valeria fue a la cocina.

Sirvió dos vasos de agua.

Le dejó uno.

Adrián lo tomó.

No bebió.

—¿Hay alguien más?

preguntó.

Valeria levantó la mirada.

—¿Qué?

—Necesito saberlo.

—No.

—Podés decírmelo.

—No hay nadie.

Adrián la estudió.

Le creyó.

Aquello, inesperadamente, hizo todo peor.

Un tercero habría sido tangible.

Un culpable.

Un problema concreto.

Un enemigo.

Pero no había nadie.

Solo dos personas que todavía se amaban y no sabían cómo volver a encontrarse.

—¿Querés divorciarte?

preguntó.

Valeria cerró los ojos.

—No sé.

Adrián sintió un alivio inmediato.

—Bien.

Ella lo miró.

—No dije que no.

El alivio desapareció.

—¿Entonces qué significa?

—Que llevo meses preguntándome si podemos arreglar esto.

—Claro que podemos.

—¿Cómo sabés?

—Porque somos nosotros.

Valeria sonrió tristemente.

—Eso tampoco alcanza como respuesta.

—Nos queremos.

Ella tardó.

—Sí.

Adrián sintió el retraso.

—¿Vos me querés?

—Sí.

—Entonces no entiendo por qué estamos hablando de divorcio.

Valeria bajó la mirada.

—Porque querer a alguien no siempre significa que podás seguir viviendo de la misma manera con esa persona.

Adrián caminó hacia ella.

—Dame una oportunidad.