LA LUCIERNAGA EN LA TORMENTA CAPÍTULO IV — La distancia entre dos personas #2
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CAPÍTULO IV — La distancia entre dos personas #2

—¿Todo esto es tuyo?

Daniel preguntó.

—No.

—¿Sos jefe?

—De algunos.

—¿De todos?

—No.

Daniel pareció decepcionado.

—Entonces tenés que seguir subiendo.

Adrián rio.

—Eso parece.

La frase fue inocente.

Adrián la recordó durante años.

• • •

Valeria también viajó algunas veces.

Londres.

Madrid.

Nueva York.

Hoteles excelentes.

Restaurantes.

Compras.

Desde afuera parecía una vida envidiable.

Y en muchos aspectos lo era.

Eso hacía todavía más difícil admitir que algo no estaba funcionando.

¿Cómo se quejaba uno de una vida así?

¿Cómo decía:

Me siento sola

desde una suite de hotel cuyo precio por noche habría pagado el alquiler de su primer apartamento?

Valeria tardó mucho en intentarlo.

• • •

Una noche en Londres, Adrián trabajaba frente a la computadora.

Valeria estaba en la cama.

Habían cenado juntos.

Buena cena.

Buen vino.

Habían regresado temprano.

Se suponía que sería una noche para ellos.

Adrián dijo:

—Diez minutos.

Cuarenta y cinco después, seguía escribiendo.

Valeria cerró el libro.

—¿Cuánto falta?

—Casi termino.

—Eso dijiste.

—Es una revisión.

—Lo sé.

Adrián terminó un párrafo.

—Dame cinco.

Valeria lo observó.

—No.

Él levantó la mirada.

—¿Qué?

—No te doy cinco minutos.

Adrián frunció el ceño.

—No entiendo.

—Porque siempre te doy cinco.

—¿Qué querés que haga?

—Cerrar la computadora.

—Lo hago en cinco.

Valeria soltó aire.

—Ahora.

Adrián miró la pantalla.

Después a ella.

—Esto tiene que salir esta noche.

—Entonces trabajá.

Valeria apagó su lámpara.

—Buenas noches.

Adrián quedó inmóvil.

Cinco minutos después cerró la computadora.

Se acostó.

—Ya.

Valeria estaba de espaldas.

—¿Ya qué?

—Terminé.

—Bien.

Adrián se acercó.

Puso una mano sobre su cintura.

Valeria permaneció inmóvil.

—¿Estás enojada?

—No.

—Entonces.

—Valeria.

Ella giró.

—No puedo encenderme y apagarme cuando vos tenés espacio en la agenda.

Adrián retiró la mano.

La frase dolió.

—No era eso.

—Ya sé.

—Entonces por qué...

—Porque cada vez siento más que nuestra relación existe en los huecos que deja tu trabajo.

Adrián se sentó.

—Eso no es justo.

—Probablemente no.

—Estoy aquí con vos.

—En Londres porque tenías reuniones.

—Te traje conmigo.

Valeria lo miró.

Adrián supo inmediatamente que había dicho algo terrible.

—No quise...

—Me trajiste.

Ella repitió.

—Como si fuera parte del equipaje.

—No dije eso.

—No.

Valeria se levantó.

—Pero por primera vez entendí cómo te sentís respecto de todo esto.

Entró al baño.

Cerró.

Adrián permaneció sentado.

No entendía por qué una noche que había planeado para estar juntos había terminado peor que si ella no hubiera viajado.

La respuesta era sencilla.

Había organizado tiempo con Valeria.

Pero nunca había dejado de pertenecer al trabajo.

• • •

El viaje terminó.

Volvieron a casa.

No hablaron de Londres.

Pasó una semana.

Después otra.

Adrián estuvo especialmente atento.

Llegó temprano dos noches.

Llevó flores.

Organizó una cena.

Valeria agradeció todo.

Y eso fue exactamente lo que empezó a preocuparlo.

No discutía.

No reclamaba.

No preguntaba.

Una noche Adrián llegó a las ocho.

—Hoy sí.

Valeria levantó la mirada desde el sofá.

—¿Hoy sí qué?

—Temprano.

Ella miró el reloj.

—Sí.

Adrián sintió algo incómodo.

—Pensé que podíamos cenar.

—Ya comimos.

—¿Por qué?

Valeria lo miró con extrañeza.

—Porque son las ocho.

—Siete cincuenta y ocho.

—Perdón.

Adrián dejó las llaves.

—Te escribí.

—A las siete veinte.

—Dije que venía.

—Sí.

—Entonces podías esperar.

Valeria se quedó mirándolo.

—No quería.

La respuesta lo sorprendió.

—¿Qué?

—Tenía hambre.

—Daniel también.

—Comimos.

Adrián sintió una irritación absurda.

Había hecho el esfuerzo.

—No puedo ganar.

Valeria frunció el ceño.

—¿Qué?

—Si llego tarde, mal. Si llego temprano, comen sin mí.

—No sabía que esto era una competencia.

—Sabés lo que quiero decir.

—No.

Adrián abrió el refrigerador.

—¿Dónde está la comida?

—Segundo recipiente.

La sacó.

La puso en la mesa.

Valeria volvió a mirar la televisión.

Adrián se quedó quieto.

Algo había cambiado.

Por primera vez comprendió que Valeria ya no estaba esperándolo.

No únicamente esa noche.

En general.

• • •

Comió solo.

Después subió a ver a Daniel.

La puerta estaba cerrada.

Tocó.

—¿Sí?

Entró.

Daniel estaba hablando con amigos por computadora.

—Hola.

—Hola, pa.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—¿Qué hacés?

—Jugando.

—¿Querés que hagamos algo?

Daniel señaló la pantalla.

—Estoy con ellos.

—Ah.

—Otro día.

—Sí.

Cerró la puerta.

Durante años había supuesto que cuando tuviera tiempo, las personas que amaba seguirían exactamente donde las había dejado.

No había contado con que también tenían vidas.

• • •

Esa noche Valeria estaba despierta cuando entró al dormitorio.

Sentada.

Sin libro.

Sin televisión.

Sin teléfono.

Adrián supo inmediatamente que algo ocurría.

—¿Qué pasó?

Valeria respiró profundamente.

Había ensayado aquella conversación muchas veces.

En algunas versiones lloraba desde el principio.

En otras gritaba.

En otras Adrián comprendía antes de que tuviera que explicar demasiado.

Nada ocurrió como había imaginado.

—Necesitamos hablar.

Adrián se quedó quieto.

La frase parecía demasiado grande para una habitación tan silenciosa.

Dejó el teléfono sobre una mesa.

—Está bien.

Valeria señaló la silla frente a ella.

—Sentate.

Adrián obedeció.

Y por primera vez en muchos años, el hombre que podía entrar en una sala con banqueros, abogados e inversionistas y controlar el rumbo de una negociación sintió algo para lo que no tenía ninguna preparación.

Miedo.

• • •