CAPÍTULO IV — La distancia entre dos personas
Valeria dejó de esperarlo despierta un martes.
No ocurrió después de una pelea.
Ni de una traición.
Ni de una fecha olvidada.
Simplemente tuvo sueño.
Adrián había escrito a las siete y catorce:
Voy saliendo.
A las ocho y seis:
Se complicó algo.
A las nueve cuarenta y uno:
No me esperés para comer.
Valeria leyó el último mensaje sentada en el sofá.
La televisión estaba encendida.
No sabía qué programa veía.
Sobre la mesa había una copa de vino que llevaba casi una hora intacta.
Miró hacia la escalera.
Daniel dormía.
La casa estaba ordenada.
La cocina limpia.
Todo en su sitio.
Valeria bloqueó el teléfono.
Subió.
A las once cincuenta y tres Adrián entró.
Encontró la casa oscura.
Dejó las llaves.
Se quitó el saco.
Abrió el refrigerador.
Había un recipiente con comida.
Encima, una nota.
Calentá 2 minutos.
Adrián sonrió.
Dos minutos después comía de pie mientras revisaba correos.
No sabía que aquella había sido la última noche durante mucho tiempo en que Valeria había preparado la cena pensando que quizá comerían juntos.
• • •
Los cambios importantes casi nunca se anuncian.
Se vuelven costumbre.
Primero Valeria dejó de esperar.
Después dejó de preguntar a qué hora llegaría.
Adrián lo agradeció.
Pensó que finalmente habían encontrado una dinámica que funcionaba.
Si llegaba temprano, cenaban juntos.
Si llegaba tarde, había comida.
Si viajaba, hablaban por teléfono.
Si Daniel tenía una actividad, Valeria le enviaba la fecha.
Adrián intentaba asistir.
Sistema.
Organización.
Eficiencia.
Una familia convertida lentamente en logística.
• • •
Adrián continuó creciendo dentro de la compañía.
Su nombre comenzó a circular más allá de la región.
Ya no era únicamente el hombre al que llamaban cuando una operación tenía problemas.
Ahora lo invitaban antes de que existieran.
Nueva York quería su opinión.
Londres también.
Un equipo en Singapur comenzó a incluirlo en discusiones estratégicas que originalmente no pertenecían a su área.
Su compensación aumentó.
Su patrimonio también.
Compró un segundo inmueble como inversión.
Amplió la cartera internacional.
La banca privada le asignó un nuevo asesor.
Recibió una invitación a un fondo cerrado que requería un patrimonio mínimo que años atrás le habría parecido obsceno.
Adrián sintió satisfacción.
No culpa.
Había trabajado para aquello.
Una mañana, mientras se ajustaba una corbata frente al espejo, Valeria apareció detrás.
—¿Cuánto cuesta ese traje?
—¿Por qué?
—Curiosidad.
—No te va a gustar.
—Entonces quiero saber más.
Adrián dijo la cifra.
Valeria abrió los ojos.
—¿Por un traje?
—No es “un traje”.
—Tiene pantalón y saco.
—Exactamente.
—Adrián.
Él rio.
—Me gusta.
Valeria lo miró frente al espejo.
Traje perfectamente adaptado.
Reloj.
Camisa.
Zapatos.
Todo impecable.
—Te queda muy bien.
—Gracias.
Ella se acercó.
Acomodó ligeramente la corbata.
—A veces parecés otra persona.
Adrián la miró en el espejo.
—¿Eso es malo?
—No.
Valeria pensó.
—Solo extraño al del carro que no encendía.
Adrián rio.
—Yo no.
Ella sonrió.
Pero no era una broma completa.
• • •
Daniel cumplió diez años.
Adrián organizó una celebración enorme.
No porque Daniel lo pidiera.
Porque podía.
Videojuegos.
Inflables.
Comida.
Decoración.
Un pastel diseñado especialmente.
Un espacio reservado entero para sus compañeros.
Adrián llegó temprano.
Eso era importante.
Camiseta polo.
Jeans.
Sin traje.
Valeria lo vio.
—¿Quién sos?
—Muy graciosa.
—Pensé que ibas a venir con junta directiva.
—Cancelé todo.
—¿Todo?
—Todo.
Daniel apareció corriendo.
—¡Papá!
Adrián abrió los brazos.
—Feliz cumpleaños, campeón.
Lo abrazó.
Durante varias horas estuvo realmente allí.
Tomó fotografías.
Jugó.
Perdió.
Comió pastel.
Habló con otros padres.
Su teléfono permaneció dentro del automóvil.
Al anochecer, cuando todos se habían ido, Daniel cayó agotado sobre el sofá.
—Fue el mejor cumpleaños.
—Obvio.
Valeria estaba recogiendo vasos.
—Gracias, papá.
Adrián se sentó junto a él.
—Siempre.
Daniel cerró los ojos.
Aquella palabra sería otra promesa imposible.
• • •
Más tarde, cuando Daniel dormía, Valeria y Adrián recogían juntos.
—Estuvo bonito —dijo ella.
—Sí.
—Daniel estaba feliz.
—Yo también.
Valeria sonrió.
—Te extrañaba.
Adrián dejó unas cajas sobre la mesa.
—Estoy aquí.
La sonrisa de Valeria se apagó apenas.
—Hoy.
Adrián respiró.
—No arruinemos el día.
—No estoy arruinando nada.
—Cada vez que hago un esfuerzo pareciera que lo utilizás para recordarme lo que hago mal.
Valeria se quedó quieta.
—No.
—Sí.
—Adrián...
—Cancelé reuniones.
—Dejé el teléfono.
—Organicé todo esto.
—¿Y todavía hay algo malo?
Valeria lo miró con cansancio.
—¿Querés que te felicite por estar en el cumpleaños de tu hijo?
La frase salió más dura de lo que pretendía.
Adrián quedó inmóvil.
—No.
—Eso sonó...
—Ya sé cómo sonó.
Valeria cerró los ojos.
—Perdón.
—No importa.
—Sí importa.
—No quiero discutir.
Adrián tomó una bolsa.
—Voy a sacar esto.
Valeria lo observó salir.
Ella tampoco quería discutir.
Ese era parte del problema.
• • •
Las discusiones se volvieron más cortas.
Antes podían hablar durante horas.
Enojarse.
Explicarse.
Reconciliarse.
Ahora duraban diez minutos.
Después alguien decía:
—No vale la pena.
Era una frase peligrosa.
Porque algunas cosas sí valían la pena.
Solo estaban demasiado cansados para pelearlas.
• • •
Una noche fueron a una cena corporativa.
Valeria casi había olvidado lo bien que Adrián sabía moverse en ese mundo.
Salón elegante.
Ejecutivos.
Inversionistas.
Abogados.
Empresarios.
Personas cuya conversación natural incluía países, mercados y cifras de ocho o nueve dígitos.
Adrián cambió en cuanto entró.
No de personalidad.
De energía.
Parecía más alto.
Más despierto.
Más vivo.
Saludó a personas por nombre.
Recordó esposas.
Hijos.
Operaciones.
Una conversación ocurrida meses antes en Nueva York.
Valeria lo observaba.
Un hombre se acercó.
—Adrián Salvatierra.
Se estrecharon las manos.
—¿Cómo estás?
—Muy bien.
—Escuché lo de Londres.
—Todavía no cerramos.
—Pero van a cerrar.
—Esa es la idea.
El hombre miró a Valeria.
—¿Tu esposa?
Adrián puso una mano en su espalda.
—Valeria.
—Encantado.
—Igualmente.
—Tu marido es peligroso —dijo el hombre.
Valeria sonrió.
—Lo sé.
—Nos quitó varios millones en una negociación.
Adrián negó.
—Ustedes me los dieron.
—¿Ves?
El hombre rio.
—Peligroso.
Continuaron.
Valeria sintió orgullo.
Mucho.
Aquella era otra complicación.
No odiaba el éxito de Adrián.
Lo admiraba.
Sabía lo extraordinariamente bueno que era.
Había estado a su lado cuando nadie conocía su nombre.
Había visto cada ascenso.
Cada madrugada.
Cada negociación.
Cada riesgo.
Era imposible pedirle que abandonara una parte tan grande de quien era.
Solo quería que quedara algo para ellos.
• • •
Durante la cena, Adrián habló con un grupo sobre una posible expansión hacia Asia.
Singapur.
Hong Kong.
Capital institucional.
Una integración.
Valeria conversaba con otra mujer.
Pero escuchó una frase:
—Eso implicaría estar viajando casi dos semanas al mes.
Adrián respondió:
—Al principio.
Valeria giró.
No habían hablado de eso.
Esperó hasta el automóvil.
—¿Asia?
Adrián estaba respondiendo un mensaje.
—¿Qué?
—Lo que dijiste.
—Ah.
Guardó el teléfono.
—Es una posibilidad.
—¿Desde cuándo?
—Nada está decidido.
—No pregunté eso.
Adrián suspiró.
—Unas semanas.
Valeria miró por la ventana.
—Y no pensaste contármelo.
—No hay nada que contar.
—Dos semanas al mes.
—Dijeron que podría implicar eso.
—Adrián.
—Si ocurre, lo hablamos.
Valeria soltó una risa breve.
—¿Cuándo?
—Cuando sea real.
—¿Después?
Adrián la miró.
La palabra ya tenía filo.
—No empecemos.
—No estoy empezando.
—Entonces.
—Estoy tratando de entender en qué momento dejaste de considerar que las decisiones sobre tu tiempo también afectan nuestra vida.
Adrián se quedó callado.
—No acepté nada.
—Todavía.
—Exacto.
—Entonces ¿por qué estamos discutiendo?
Valeria miró hacia adelante.
—Porque creo que ya sé cuál va a ser tu respuesta.
Adrián sintió enojo.
—Eso es injusto.
—Puede ser.
—No podés juzgar una decisión que no tomé.
—Tenés razón.
Valeria se volvió hacia la ventana.
—Perdón.
Otra discusión terminada.
No resuelta.
• • •
Dos meses después Adrián aceptó.
No formalmente una mudanza.
Costa Rica seguiría siendo su base.
Había negociado eso.
Pero Nueva York, Londres, Hong Kong y Singapur entraron definitivamente en su agenda.
La compensación también cambió.
Sustancialmente.
Adrián regresó a casa con la propuesta.
Valeria la leyó.
—Es muchísimo dinero.
—Sí.
—Y acciones.
—Sí.
—¿Bono?
Adrián señaló.
Valeria leyó.
Durante un segundo apareció la antigua emoción.
Aquella del primer gran ascenso.
—Dios.
—Eso dije.
Valeria pasó página.
Luego otra.
—¿Cuántos viajes?
—Depende.
—¿Promedio?
—No sé todavía.
—Adrián.
—Quizá diez días al mes.
Ella lo miró.
—Dijiste dos semanas.
—Eso era otro escenario.
—Diez días sigue siendo un tercio del mes.
—No necesariamente consecutivos.
Valeria cerró la carpeta.
Adrián sabía lo que venía.
—Antes de que digás nada...
—No.
Ella levantó una mano.
—No quiero pelear.
—Entonces hablemos.
—Ya hablamos.
—No sobre esto.
Valeria lo miró.
—Hemos estado hablando de esto durante años.
—Es una oportunidad extraordinaria.
—Lo sé.
—Una posición así no aparece dos veces.
—También lo sé.
—Entonces.
Valeria respiró.
—Aceptala.
Adrián quedó sorprendido.
—¿Qué?
—Aceptala.
—¿En serio?
Ella sonrió ligeramente.
—Si te digo que no, ¿vas a dejar de quererla?
Adrián no respondió.
—Exactamente.
Valeria empujó la carpeta hacia él.
—Aceptala.
—Podemos hacer que funcione.
—Sí.
—Organizarnos.
—Sí.
—Daniel puede viajar conmigo alguna vez.
—Sí.
Adrián se acercó.
—¿Estás bien?
Valeria lo miró.
—No sé.
Él interpretó aquello como miedo al cambio.
No como cansancio.
La abrazó.
—Va a estar bien.
Valeria cerró los ojos contra su pecho.
Quería creerle.
• • •
Los primeros meses incluso parecieron demostrar que Adrián tenía razón.
Viajes organizados.
Videollamadas.
Regalos.
Fines de semana.
Una vez llevó a Daniel a Nueva York.
El muchacho quedó fascinado.
Rascacielos.
Times Square.
Una tienda de videojuegos.
Un partido.
Adrián le mostró la oficina.