CAPÍTULO III — Nunca te va a faltar nada #2
Valeria dejó la copa.
—Adrián.
Él sonrió.
Esa noche, después de acostar a Daniel, abrieron una hoja de cálculo.
Casa.
Ahorro.
Inversiones.
Viajes.
Colegio.
Adrián señaló una cifra.
—Podemos comprar casa en dieciocho meses.
Valeria lo miró.
—¿La que vimos?
—Una mejor.
—Me gusta esa.
—Podemos conseguir algo con más jardín.
—No necesito más jardín.
—Daniel sí.
Valeria sonrió.
—Daniel tiene tres años. Necesita tierra.
—Entonces mucha tierra.
Adrián empezó a proyectar.
Cinco años.
Diez.
Universidad.
Jubilación.
Valeria observó cómo los números aparecían.
—¿Siempre pensás tan lejos?
—Alguien tiene que hacerlo.
Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Solo no te perdás el medio.
Adrián giró.
—¿Qué?
—Entre ahora y todo eso.
Señaló la hoja.
—La vida.
Adrián besó su frente.
—Dramática.
Valeria cerró la computadora.
—Vení.
Aquella noche la siguió.
• • •
La casa llegó antes de los dieciocho meses.
Adrián consiguió otro bono.
Una inversión funcionó muy bien.
El banco ofreció condiciones favorables.
Cuando recibieron las llaves, Daniel corrió de habitación en habitación.
—¡Esta es mía!
—¿Por qué? —preguntó Adrián.
—Porque sí.
—Argumento sólido.
Valeria caminaba por la cocina.
Abría gabinetes.
Sonreía.
Adrián permaneció en la sala.
Llaves en la mano.
Miró alrededor.
Casa.
Jardín.
Habitaciones.
Seguridad.
Una parte de él volvió a tener nueve años.
Detrás de una puerta.
Escuchando una factura.
Nunca.
Pensó.
A mi familia nunca le va a faltar nada.
Valeria se acercó.
—¿Qué pensás?
Adrián levantó las llaves.
—Que lo logramos.
Ella lo besó.
—Lo estamos logrando.
Adrián no notó la diferencia.
• • •
El éxito comenzó a acelerarse.
Una promoción generaba otra.
Una negociación bien cerrada abría una puerta.
Después otra.
Nueva York.
Miami.
Londres.
México.
Panamá.
Bogotá.
Madrid.
Más tarde Asia.
Adrián empezó a moverse en habitaciones donde todos parecían hablar en cifras enormes sin alterar el tono.
Millones.
Decenas de millones.
Cientos.
Aprendió rápido.
Y descubrió algo peligroso:
le gustaba.
No únicamente el dinero.
El juego.
La estrategia.
La negociación.
La sensación de entrar en una sala sabiendo que podía cambiar el resultado.
Trabajaba más.
Ganaba más.
Invertía más.
Su patrimonio empezó a crecer a una velocidad que incluso Valeria dejó de comprender completamente.
—¿Cuánto tenemos invertido?
preguntó una noche.
Adrián dio la cifra.
Ella lo miró.
—¿En serio?
—Sí.
—Eso es...
—Sí.
Valeria sonrió.
—Entonces ya está.
Adrián levantó los ojos de la computadora.
—¿Qué?
—Ya tenemos suficiente.
Adrián casi rio.
—No funciona así.
—¿Por qué?
—Porque ahora podemos diversificar mejor.
—No hablo de inversión.
—Yo sí.
Valeria se sentó frente a él.
—Adrián.
—¿Qué?
—Si mañana dejás de trabajar, ¿podemos vivir?
Él hizo un cálculo rápido.
—Claro.
—¿Bien?
—Muy bien.
Valeria sonrió.
—Entonces suficiente.
Adrián negó.
—No.
—¿No?
—Todavía no.
—¿Qué falta?
La pregunta parecía sencilla.
No tenía respuesta.
Más patrimonio.
Más seguridad.
Más oportunidades.
Más libertad.
¿Hasta dónde?
No sabía.
—Quiero asegurar el futuro de Daniel.
Valeria lo miró.
—Tiene siete años.
—Precisamente.
—La universidad está a once.
—Por eso.
—Ya tiene universidad pagada varias veces.
—Nunca sabés.
Valeria se quedó observándolo.
—Creo que vos no estás ahorrando para Daniel.
Adrián frunció el ceño.
—¿Entonces para quién?
Ella pensó.
—Para el niño que fuiste.
Adrián dejó de sonreír.
—Eso es psicología barata.
Valeria se encogió de hombros.
—Puede ser.
—Mis padres hicieron lo mejor que pudieron.
—Nunca dije lo contrario.
—Nunca me faltó nada importante.
Valeria sostuvo su mirada.
—Entonces ¿por qué te da tanto miedo que a Daniel sí?
Adrián cerró la computadora.
—Estoy cansado.
Valeria sonrió ligeramente.
—Claro.
La conversación terminó.
La pregunta no.
• • •
Los años siguientes demostraron que, financieramente, Adrián tenía razón.
Su disciplina produjo resultados extraordinarios.
El dinero comenzó a generar más dinero.
Las inversiones crecían mientras él dormía.
Bonos.
Acciones.
Fondos.
Propiedades.
Participaciones privadas.
Accedió a banca privada.
Después a estructuras patrimoniales que años atrás ni siquiera sabía que existían.
Un asesor le explicó una vez:
—En este nivel el objetivo ya no es únicamente crecimiento.
Adrián levantó la mirada.
—¿Entonces?
—Preservación.
La palabra le gustó.
Preservar.
Eso era exactamente lo que había querido hacer toda la vida.
Preservar dinero.
Preservar seguridad.
Preservar familia.
Preservar reputación.
Preservar control.
Todavía no sabía que algunas cosas empiezan a morir precisamente cuando intentamos impedir que cambien.
• • •
Compró el Porsche después de un bono extraordinario.
Esta vez sí.
Había esperado años.
Valeria lo acompañó.
El vendedor abrió la puerta.
Cuero.
Tecnología.
Potencia.
Adrián se sentó.
Sonrió como un niño.
Valeria lo miró.
—Compralo.
Adrián giró.
—Todavía no dije nada.
—Te conozco.
—Tengo que revisar...
—Adrián.
Ella rio.
—Tenés suficiente.
Aquella palabra.
Otra vez.
Adrián hizo la transferencia.
De contado.
Cuando salieron, condujo.
Valeria estaba junto a él.
—¿Feliz?
—Mucho.
—Bien.
—Te lo merecés.
Adrián apretó el acelerador.
El motor respondió.
Durante unos minutos no pensó en inversiones.
Ni patrimonio.
Ni trabajo.
Solo disfrutó.
Ese recuerdo sería importante años después, cuando tuviera que venderlo.
No por el automóvil.
Por el hombre que lo había comprado.
• • •
Un viernes regresó temprano.
Siete y quince.
Valeria estaba en la cocina.
Daniel hacía tareas.
Adrián entró sonriendo.
—Sorpresa.
Daniel levantó la mirada.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—¿Por qué estás aquí?
Adrián fingió ofensa.
—Vivo aquí.
—Sí, pero temprano.
Valeria intentó contener una risa.
Adrián dejó las llaves.
—Esta noche no trabajo.
Daniel abrió mucho los ojos.
—¿En serio?
—En serio.
—¿Podemos jugar?
Adrián miró a Valeria.
Ella sonreía.
—Claro.
Cenaron los tres.
Después jugaron.
Adrián perdió deliberadamente la primera partida.
Daniel lo descubrió.
—Me dejaste ganar.
—No.
—Sí.
—Tengo dignidad.
—Sos malísimo mintiendo.
La segunda partida Adrián jugó en serio.
Ganó.
Daniel protestó.
Valeria apareció desde la cocina.
—Tiene ocho años.
—La vida es competitiva.
—Adrián.
—¿Qué? Hay que prepararlo.
Daniel rio.
Fue una buena noche.
Muy buena.
Al acostarse, Valeria se acercó.
—Extrañaba esto.
Adrián tomó su mano.
—Podemos hacerlo más.
—Sí.
—Voy a organizar la agenda.
Valeria se quedó quieta.
Adrián lo notó.
—¿Qué?
Ella sonrió.
—Nada.
—Decilo.
—Que hasta para pasar tiempo con nosotros necesitás convertirlo en una reunión.
Adrián rio.
—Si funciona.
—No todo necesita agenda.
—Lo que no se agenda no ocurre.
Valeria lo miró.
—Eso es lo más triste que dijiste hoy.
—Es verdad.
—Tal vez.
Apagó la lámpara.
—Pero debería haber algunas cosas que ocurran porque querés estar ahí.
Adrián cerró los ojos.
No respondió.
A la mañana siguiente recibió una llamada.
Una oportunidad internacional.
Importante.
Tres semanas después estaba nuevamente en Londres.
Y después Nueva York.
Y después Zúrich.
Y después Singapur.
• • •
A medida que su mundo crecía, Adrián comenzó a faltar de maneras pequeñas.
Una cena.
Un partido.
Una reunión del colegio.
Un domingo.
Siempre había una razón.
Casi siempre buena.
Y después compensaba.
Regalos.
Viajes.
Un fin de semana excelente.
Una cena extraordinaria.
Daniel recibía todo con alegría.
Todavía.
Valeria menos.
—No necesito que me llevés a París —dijo una vez.
Adrián la miró como si hubiera hablado en otro idioma.
—¿Qué?
—Necesito que cenés conmigo un martes.
—Podemos hacer ambas.
—Pero nunca hacemos la segunda.
—Eso no es verdad.
—Está bien.
Valeria dejó de discutir.
Adrián interpretó aquello como progreso.
• • •
Un domingo, Daniel tenía nueve años.
Estaban desayunando.
Adrián revisaba el teléfono.
—Papá.
—Sí.
—Cuando yo sea grande quiero tener mucho dinero.
Adrián levantó la mirada.
—¿Sí?
Daniel asintió.
—Como vos.
—Entonces vas a tener que trabajar.
—¿Mucho?
—Mucho.
Daniel pensó.
—¿Entonces voy a tener que irme siempre?
Adrián dejó el teléfono.
—¿Qué?
—Como vos.
Valeria dejó la taza.
Adrián miró a su hijo.
—Yo no me voy siempre.
Daniel se encogió de hombros.
—Casi.
Adrián sintió algo incómodo.
—Trabajo para ustedes.
—Ya sé.
Daniel continuó desayunando.
La conversación terminó allí.
Para Daniel.
Adrián la recordó durante el trayecto al aeropuerto aquella misma tarde.
El conductor puso la maleta en el vehículo.
Valeria lo besó.
Daniel levantó una mano.
—Chao.
Adrián abrió la puerta.
Se detuvo.
Podía cancelar.
La reunión del lunes podía hacerse virtual.
No era ideal.
Pero podía.
Miró a Daniel.
Después pensó en la operación.
En la oportunidad.
En todo lo que dependía de aquella reunión.
—Vuelvo el miércoles.
—Está bien —dijo Valeria.
Adrián subió.
El automóvil avanzó.
Abrió el correo.
Cinco minutos después ya estaba trabajando.
• • •
En el aeropuerto entró a la sala VIP.
Pidió café.
Se sentó junto a la ventana.
Aviones.
Personas.
Maletas.
Destinos.
Abrió una hoja financiera personal.
Patrimonio.
La cifra había alcanzado un nuevo máximo.
Adrián la observó.
Sonrió.
Pensó en aquella noche detrás de una puerta.
La voz de su madre:
¿Y si vienen a cortar?
Nunca más.
Daniel jamás tendría que escuchar una conversación así.
Jamás tendría que mirar una factura con miedo.
Jamás tendría que pensar si alcanzaba.
Adrián cerró la aplicación.
Satisfecho.
No comprendía todavía la ironía.
Había cumplido su promesa.
A su hijo nunca le faltaría dinero.
Y mientras se aseguraba de eso, comenzaba lentamente a faltarle él.
• • •