CAPÍTULO V — Necesitamos hablar #2
—Adrián...
—En serio.
—Puedo bajar viajes.
—Bloquear noches.
—Llegar temprano.
—Fines de semana.
—Lo organizamos.
Valeria comenzó a llorar.
—¿Qué?
preguntó Adrián.
—Escuchate.
—Estoy proponiendo cambios.
—Exactamente.
—¿Y qué querés que haga?
—No sé.
Valeria se limpió el rostro.
—Pero me duele que incluso ahora la respuesta sea reorganizar tu calendario.
Adrián se sintió atrapado.
—No puedo ganar esta conversación.
—No hay nada que ganar.
La frase cayó con claridad.
Adrián dejó de hablar.
• • •
Más tarde subieron al dormitorio.
Daniel dormía.
Adrián entró primero.
Se quitó el reloj.
Lo dejó en la mesa.
Después el saco.
Camisa.
Zapatos.
Cada objeto quedó en su lugar.
Necesitaba al menos eso.
Valeria estaba frente al espejo quitándose unos aretes.
Adrián la observó.
—Podemos ir a terapia.
Ella giró.
Adrián mismo se sorprendió.
Nunca había considerado seriamente aquella posibilidad.
—¿Irías?
—Sí.
—¿De verdad?
—Sí.
—Aunque implique mover reuniones.
Adrián respiró.
—Sí.
Valeria lo observó.
Todavía quería creerle.
Eso era evidente.
—Está bien.
Adrián sintió alivio.
Ahora sí existía algo concreto.
Una acción.
Una persona.
Un proceso.
Tomó el teléfono.
—Busco ahora.
Valeria soltó una pequeña risa.
Adrián levantó la mirada.
—¿Qué?
—Nada.
Después sonrió.
—Mañana.
Él miró el aparato.
Comprendió.
Lo dejó.
—Mañana.
Se acostaron.
Durante varios minutos ninguno apagó la lámpara.
—Valeria.
—¿Sí?
—No quiero perderte.
Ella cerró los ojos.
—Entonces no esperés hasta que me haya ido para buscarme.
Adrián sintió un nudo.
Se acercó.
Esta vez ella permitió el abrazo.
Durmieron así.
Por la mañana, Adrián despertó a las cinco y veinte.
Valeria seguía dormida.
Miró el teléfono.
Treinta y dos correos.
Singapur ya estaba terminando su día.
Londres empezaba.
Nueva York todavía dormía.
Adrián abrió el correo.
Después miró a Valeria.
Recordó:
Terapia.
Abrió el calendario.
Buscó un espacio.
Miércoles.
Cuatro de la tarde.
Había una reunión regional.
La movió.
Escribió:
Terapia — Valeria
Bloqueó dos horas.
Durante algunos segundos se sintió satisfecho.
Había empezado.
Respondió el primer correo.
• • •
Las primeras semanas fueron mejores.
Llegó temprano.
Dos noches.
Después tres.
Cenaron juntos.
Jugó con Daniel.
Fue a terapia.
La primera sesión le pareció extraña.
La segunda, incómoda.
La tercera produjo una discusión.
La terapeuta les pidió contar cómo se habían conocido.
Valeria habló del automóvil.
Adrián dijo:
—Tenía carácter.
Valeria empezó a reír.
La terapeuta sonrió.
—Todavía hay mucha complicidad entre ustedes.
Adrián miró a Valeria.
Ella bajó la vista.
Él interpretó aquello como una excelente noticia.
Había problema.
Había profesional.
Había progreso.
Podían resolverlo.
• • •
Un sábado llevó a Daniel a desayunar.
Sin teléfono sobre la mesa.
—¿Qué materia te está costando?
Daniel lo miró sorprendido.
—¿Qué?
—Matemáticas.
—No.
—Entonces.
—Estudios sociales.
—¿Por qué?
Daniel sonrió.
—¿Mamá te está dando un curso sobre mí?
Adrián sintió vergüenza.
—No.
—Parece.
—Estoy preguntando porque quiero saber.
Daniel lo estudió.
—Está bien.
Le contó.
Profesor.
Examen.
Una exposición.
Adrián escuchó.
—¿Y tu mejor amigo?
—Lucas.
Adrián asintió.
—Lucas.
—Sí.
—¿Qué pasó con Mateo?
—Se fue.
—Ya sé.
Daniel levantó una ceja.
—¿Sabías?
—Claro.
Daniel sonrió.
Adrián también.
Una mentira pequeña.
Después sintió culpa por ella.
• • •
Durante casi tres meses, las cosas mejoraron.
No volvieron a ser como antes.
Pero mejoraron.
Valeria comenzó a esperar algunas noches.
Adrián cumplió varias promesas.
Una vez llegó tarde.
Llamó antes.
No mensaje.
Llamó.
—Voy a llegar una hora después.
Valeria permaneció en silencio.
—¿Está bien?
—Gracias por llamar.
Era poco.
Pero importaba.
• • •
Entonces apareció el proyecto regional.
No fue una emergencia.
Ni una orden.
Una oportunidad.
Cuatro países inicialmente.
Después seis.
Reestructuración.
Capital.
Integración con Nueva York.
Alta visibilidad.
Su jefe fue claro.
—Podés decir que no.
Adrián miró la propuesta.
—Lo sé.
—Y nadie va a cuestionar tu posición.
—Lo sé.
—Sé que estás intentando bajar ritmo.
Adrián sintió incomodidad.
No le gustaba que su vida privada hubiera llegado tan arriba.
—Eso no afecta.
—No dije que afectara.
El hombre cerró la carpeta.
—Solo quiero que decidás sabiendo lo que implica.
Adrián se llevó el documento.
No se lo mostró a Valeria esa noche.
Ni la siguiente.
Quería entender primero.
Evaluar.
Cuando finalmente habló, ya sabía que quería aceptarlo.
—Son seis meses fuertes —dijo.
Valeria estaba sentada frente a él.
Ella no preguntó por dinero.
—¿Cuánto viaje?
—Depende.
Valeria sonrió tristemente.
—Claro.
—Pero podemos organizar.
—¿Querés hacerlo?
Adrián dudó apenas.
—Sí.
Valeria asintió.
—Entonces hacelo.
Adrián esperaba una discusión.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Podemos hablarlo.
—¿Cambiarías de opinión?
Él no respondió.
Valeria asintió.
—Entonces ya hablamos.
• • •
El proyecto empezó.
Una sesión de terapia se movió.
Después otra.
La tercera se canceló.
—La reprogramamos —dijo Adrián.
—Sí —respondió Valeria.
No la reprogramaron.
• • •
Seis meses se convirtieron en nueve.
La agenda volvió a llenarse.
Las cenas comenzaron a enfriarse nuevamente.
Daniel dejó de preguntar algunos viernes si Adrián llegaría.
Valeria dejó de recordarle terapia.
Adrián interpretó aquel silencio como evidencia de que la crisis había pasado.
Después de todo, ya no discutían tanto.
• • •
Regresó de un viaje un jueves por la noche.
Casi once.
Traía regalos.
Una caja para Daniel.
Algo para Valeria.
Dejó la maleta.
—Hola.
Valeria bajó las escaleras.
—Llegaste.
—Sí.
Se acercó.
Intentó besarla.
Valeria giró ligeramente el rostro.
El beso terminó en la mejilla.
Adrián se detuvo.
—¿Qué pasa?
Valeria lo miró.
No estaba enojada.
Aquello lo asustó.
Había tristeza.
Y algo distinto.
Una calma que Adrián no había visto antes.
—Creo que tenemos que separarnos.
El mundo pareció quedarse quieto.
—¿Qué?
—Necesito que nos separemos.
—Valeria...
—No puedo seguir así.
Adrián dejó la caja que tenía en las manos.
—Acabamos de ir a terapia.
—Hace meses que no vamos.
—Podemos volver.
—No se trata de volver a la terapia.
—Entonces ¿de qué?
Valeria comenzó a llorar.
—De que yo ya no quiero seguir esperando a que tu vida tenga espacio para la nuestra.
Adrián sintió miedo.
Real.
—Estoy aquí.
Valeria cerró los ojos.
La misma frase.
Otra vez.
—No —dijo.
—Estás de viaje la mitad del tiempo.
—Cuando estás aquí seguís trabajando.
—Cada vez que algo mejora, aceptás otra cosa porque pensás que ahora sí vas a poder hacerlo diferente.
Adrián buscó respuestas.
—Puedo dejar el proyecto.
Valeria negó.
—No.
—Sí.
—Llamo mañana.
—Adrián.
—Lo dejo.
—No quiero que lo dejes por miedo a perderme.
—¿Y qué querés?
Ella sostuvo su mirada.
—Quiero que algún día cambiés porque no querés perderte vos mismo.
Adrián se quedó inmóvil.
No entendió.
Años después recordaría aquella frase palabra por palabra.
Esa noche solo le pareció injusta.
—¿Y Daniel?
preguntó.
Valeria cerró los ojos.
—Seguimos siendo sus padres.
—Le vamos a destruir la vida.
—No digás eso.
—Es verdad.
—No.
Valeria se acercó.
—Lo que puede hacerle daño es crecer creyendo que amar significa aguantar indefinidamente cualquier forma de relación.
—Yo te amo.
Valeria comenzó a llorar más.
—Lo sé.
—Entonces no hagamos esto.
Ella levantó una mano y tocó el rostro de Adrián.
—Yo también te amo.
Adrián sintió esperanza.
Entonces Valeria añadió:
—Y aun así necesito irme de esto.
La esperanza desapareció.
• • •
Aquella noche no durmió.
A las cuatro de la mañana bajó.
La casa estaba silenciosa.
Encontró una fotografía.
Playa.
Daniel sobre sus hombros.
Valeria abrazándolo.
Los tres sonriendo.
Se sentó.
Su teléfono vibró.
URGENTE — Singapur
Adrián miró la pantalla.
Después la fotografía.
El teléfono volvió a vibrar.
Por primera vez en años, un problema internacional no fue lo más importante de la habitación.
Dejó el dispositivo boca abajo.
Se quedó mirando la fotografía.
Y descubrió algo insoportable.
Había pasado buena parte de su vida construyendo seguridad para proteger a su familia.
Y ahora tenía suficiente dinero para mantener aquella casa durante décadas.
Pero ninguna cantidad podía obligar a dos personas a seguir habitándola juntas.
• • •