16. CAPÍTULO XV #4
El oscuro ejecutor lo guardó bajo el manto, asintió con un movimiento casi reverencial y se perdió entre la niebla con el peso de su carga.
Desde la seguridad de la distancia, el menor de los Valois observaba cómo la figura se desvanecía; sintiendo, en el hueco del pecho, la punzada agria de la cobardía.
He llegado tarde a todo: a la lealtad, al valor y a la amistad.
En el Louvre, esa misma tarde, el mensajero entregó la nota manchada de realidad. Enrique III la leyó una vez, sin mover el rostro y ordenó vino.
La primera jarra la bebió cual agua del Tíber; con la segunda, vació su propia absolución; la tercera lo condenó al silencio de los hombres que ya no creen en su corona.
La calma del salón era fatua, temiendo despertar al soberano de su penitencia.
En algún punto de la pared, el retrato de su madre parecía observarlo con una serenidad insultante.El licor corría por su garganta con el sabor agrio de la espada sin recelo.
Cuando por fin se detuvo, miró el reflejo turbio del líquido en la copa y una sola lágrima le cruzó el rostro. No supo si era por amor, por orgullo o por rabia. Quizá por las tres cosas confundidas en el mismo veneno, borrando de sí hasta la capacidad para mantenerse en pie.
Pensó en Gabrielle y en Catalina, jamás en Luisa.
En medio de aquel vendaval, entendió que sus dos grandes errores habían sido ordenar el encarcelamiento y permitir que otros la convirtieran en asunto de Estado. La madre había tomado su deseo y lo vistió de decreto.
Él… rey de Francia, fue convertido en espectador de su propia voluntad.
¿Dónde empezaban sus órdenes y dónde la voluntad de su madre? Quizá nunca fue rey, sino eco de un vientre poderoso.
Que los dioses me juzguen por la obra de mis manos, no por lo que otros hicieron a la sombra de mi corona.
El clamor del suceso no se detuvo en Francia: algún emisario indiscreto —celoso de ganarse el favor de su señor— llevó la noticia más allá del Canal, apresurándose a relatar, con adornos de dramatismo y devoción fingida, cada detalle a los Kent.
“Desde París, a 20 de mayo del año del Señor 1576. A Su Señoría, Sir Giles Kent en The Strand, Londres.
Esta mañana se ha cumplido la sentencia reservada contra la antigua favorita de Su Majestad Cristianísima, el Rey Enrique III de Francia.
La condesa a quien el vulgo ha dado por nombre La Loba de París —mote nacido tanto de sus excesos como del emblema de hierro que selló su rostro en la hora postrera— fue ejecutada al clarear en los patios de la Bastilla.
Se murmura que, por orden escrita de mano poderosa, sus restos recibirán reposo junto a los du Poitiers, a fin de limpiar con apariencia de piedad lo que el escándalo ha ensuciado.
En los arrabales se repite que París ha recobrado el sueño y que la noche vuelve a pertenecerle a Dios.
El Todopoderoso guarde a Vuestra Señoría con larga salud”.
Cuando la misiva fue leída, provocó en el inglés una mezcla amarga de indignación y vergüenza. Aquel papel le devolvía un reflejo deformado de sí mismo: había consentido que una imagen falsa eclipsara la suya y esa impostura hería su vanidad.
Su soberbia, alimentada durante años por el fervor hacia un astro caído del cielo francés, se sintió burlada.
Había soñado brillar con la luz de aquella criatura celestial desterrada del favor divino, y ahora comprendía que había amado un espejismo nacido del pecado.
No era solo la decepción del amante no correspondido; era la ofensa del hombre sobrevalorado comparado con un rey.
Entendía con la resignación de los años que la hubiese poseído un marido; pero no podía aceptar que otro —y menos un Valois— hubiese reclamado su cuerpo y sus anhelos.
¿Había fingido placer en aquel lecho profano? ¿Había pronunciado las mismas palabras que un día le susurró a él, con la voz temblorosa de la promesa?
Las preguntas se clavaban en su mente como espinas. De pronto, el celo cedió al resentimiento y el rostro de Gabrielle se le antojó monstruoso.
Era lo que se decía, una loba, nacida para devorar lo que amaba.
Aquella jaula de metal que había sellado sus labios era, en su pensamiento, el justo símbolo de lo que ella encarnaba: una boca que mentía, una lengua que corrompía, una faz que merecía el peso del hierro.
Su suerte había sido leve; de haber estado él en el tribunal, la sentencia habría tenido otro final mucho peor.
Todo esto le carcomía mientras su amor propio se desangraba bajo las vestiduras, cual asesino disfrazado de víctima fingida.
Apenas pasaron unas semanas cuando, una madrugada en que la niebla no se había disuelto del todo, los sepultureros encontraron sobre la lápida de la condesa una loba de piedra. Alzada en posición de ataque, las mandíbulas abiertas… el gesto suspendido entre rugido y mordida.
No era un símbolo de reposo… era dominio.
Parecía a punto de abalanzarse sobre el mundo entero, aguardando la orden de un Dios ausente.
Nadie había oído pasos ni carros ni el golpe de los canteros durante la noche. Simplemente estaba allí, perfecta, inevitable… como un Cerberus tallado por la propia condena, ahora guardián del segundo infierno.
Los monjes del priorato más cercano discutieron si debía retirarse, pero ninguno osó tocarla. Alegaron que no constaba permiso alguno, aunque nadie se ofreció a moverla.
En las tabernas se decía que no era obra humana. Era el recordatorio de un juramento incumplido.
Aseguraban que la loba aguardaba, inmóvil pero despierta, el momento en que las culpas del reino pesaran lo suficiente para volver a levantarse. Otros decían que era el propio pecado de Francia el que había tomado forma para vigilar su tumba.
Con el tiempo, nadie volvió a discutir su origen, pero aun así, cada generación aprendió a reconocer su mirada cuando el viento traía el olor de las iglesias.
La venganza no siempre regresa con gritos; a veces elige la forma de un silencio expectante manteniéndose erguida entre los muertos.
Los siglos han pasado, mas su juicio no ha terminado.
Así acaba este paréntesis de la historia, con el Sena agraviado en sangre; pero ¿qué podía importar la muerte de una mujer, cuando hasta los templarios ardieron bajo los caprichos de la Corona?
¡Ahí tienes, París!
Te han ofrecido a tu propia descendencia como ofrenda… y una vez más la has aceptado.