16. CAPÍTULO XV #3
Por un instante, el enviado de la florentina lo contempló complacido por la estética de la crueldad. Luego, con un ademán, ordenó pasar el cerrojo y abandonó el calabozo.
Sosteniendo la máscara con ambas manos, el verdugo permaneció quieto. Disimuló su turbación lo mejor que pudo puesto que su labor lo había habituado a la carne abierta, pero aquella visión tenía otro peso.
Frente a él no estaba una culpable más.
Sabía quién era desde la tarde anterior. Nogaret lo había convocado personalmente, entregándole las órdenes de forma lenta. Le habló de la prisionera, de su insolencia, de los rumores, de su arrogancia y noble caída.
Solo al escuchar el nombre —Gabrielle du Poitiers—, el hombre sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
La misma mujer que, en la noche de 1572, había sanado sus heridas cuando él, perseguido y herido, iba a ser degollado por católicos.
Desde aquel día, la había amado en silencio, como se ama lo imposible: desde abajo, desde la oscuridad.
Ahora la veía allí, reducida a sombra.
Nada de lo que había aprendido entre los de su oficio lo preparaba para la humillación de verla en ese estado. El hombre respiró hondo, reteniendo el temblor.
Ni los azotes ni el hambre ni las semanas de suplicio habían conseguido borrar del todo el honor de su semblante.
Incluso deshecha, Gabrielle conservaba algo de lo divino. Ese vestigio era lo que más le dolía.
El plan ya estaba en movimiento.
Poco importaba si era culpable o no. Tenía una deuda de vida con ella. Esta era la oportunidad de salvarla y acercarse un poco más a la clase de caballero que la dama merecía.
Acudió a una furcia de la Corte de los Milagros, una vieja que comerciaba con despojos y favores.
Por sus manos pasaban dientes, ojos, extremidades, prendas de difuntos; todo lo que el patíbulo ofrecía a cambio de monedas.
Con ella, el futuro ejecutor confiaba en obtener un brebaje capaz de sumir a la víctima en una inconsciencia lo bastante convincente para que quien lo ingiriese pareciera muerto y la ausencia de dolor fuese absoluta.
En esta ocasión no cobraría por su servicio. Antes bien pagaría con todo lo que poseía, conservando el anhelo de tener como recompensa el salvar a quien una vez le mantuvo con vida.
Lo que planeaba era un acto de amor silente y de deuda; de las que en los infiernos del hombre se pagan con riesgo.
Desde esa noche, la idea de redención se le fijó en el pecho con la fuerza de una orden divina.
Sabía que le sería imposible impedir la ejecución, pero quizá podría engañar al destino.
La absolución de un criminal podía ser comprada; la de una condesa, solo redimida a costa de un pecado nuevo.
El capellán recitó la absolución con un murmullo cansado, ahogado por el olor de la sangre seca.
Gabrielle lo escuchó sin devoción.
Había dejado de creer en el perdón mucho antes de perder la esperanza. Su mirada vacía se alzó un momento hacia el hombre con aspecto menos fiel.
No lo reconoció. O quizás sí y prefirió callar.
Cuando el sacerdote se retiró, el hombre quedó solo con ella.
La máscara reposaba sonriendo con malicia sobre la mesa, esperando su rostro.
El verdugo la observó largo rato. Su deber era callar aquella boca, extinguir lo poco que le quedaba de palabra. En cambio, vio en la prisionera la misma compasión que una vez lo salvó.
Acercó el cubo de agua a sus labios.
Gabrielle lo observó sin miedo, con esa serenidad de los que ya no esperan.
—¿Madame, me reconocéis?
La mujer intentaba fijarse en el rostro de aquel sujeto, pero los párpados le pesaban.
—En una ocasión —insistió él— vos arriesgasteis la seguridad de vuestro hogar por rescatar la mía.
Al escucharlo, Gabrielle abrió los ojos tanto como le fue posible. Efectivamente, era él. Era aquel pobre desdichado que bajo el techo de los establos había esquivado la muerte. Esbozó una sonrisa apretando levemente su mano.
—Mi señora, os he comprado algo de piedad para vuestro suplicio —dijo mientras sacaba un pequeño frasco con líquido negruzco y hálito amargo—. Probad este brebaje y os prometo que no habrá dolor alguno para vos, solo un sueño profundo que os mantendrá lejos de las penurias que están dispuestas.
Ella, sin dudar, bebió hasta la última gota, trayendo consigo una oscuridad absoluta e impenetrable.
La Bastilla, muda y ciega, fue testigo de la salida de aquel hombre de la prisión varias horas después, mientras en lo alto, las campanas de la torre marcaban el instante que antecede a los milagros o a las condenas.
Así comenzó a obrarse el propósito que lo acompañaría hasta el amanecer. Sabedor de que en esa fortaleza nada se movía sin eco, que las paredes oían y los pasos traicionaban, actuó con cautela sin permitir que nada de ello lo detuviese.
A lo largo de las torres, la claridad se arrastró con la perfidia de un reptil cansado. El cielo, de un gris sin nombre, parecía no querer mirar aquello que la Corona se disponía a hacer, al tiempo que las murallas de la prisión rezumaban sudor con hedor a culpa.
En el patio, el cadalso esperaba. No era una estructura de justicia, sino un altar pagano donde ni el agua podía lavar los restos de voluntades arrancadas.
Las puertas se abrieron con lentitud, emergiendo de entre las tinieblas la acusada vestida con un camisón de lino blanco, sin ornamento alguno, tejido tosco que dejaba entrever la piel amoratada de los brazos.
Avanzaba sin resistencia, más arrastrada que guiada por los guardias, con los tobillos débiles, los pasos erráticos, ojos entreabiertos y una mezcla de sueño con terror que la hacía parecer un espectro errando entre la muerte y la vigilia.
El hocico de hierro en forma de lobo le cubría rostro y lengua.
La pieza mordía sus encías de modo que cada intento de hablar era un espasmo.
De vez en cuando emitía un ruido gutural, mezcla de grito ahogado y vómito desahuciado; un sonido que parecía salirle de una garganta desgarrada.
Intentaba pronunciar quizá una súplica, pero el metal le devolvía solo un eco animal.
Al pie de la tarima, el paciente sacerdote soportaba las inclemencias de un día recargado de vientos tempestivos. Cuando la prisionera se detuvo frente a él, pronunció las palabras que debía decir, las mismas que la liturgia exigía en casos así:
—Calla, mujer, que la lengua que ofende aprenda el silencio del hierro.
Ella alzó los ojos llorosos y las lágrimas se mezclaron con el sudor, con la suciedad, con la última lucidez que la mantenía consciente. No había redención en su mirada: solo cansancio, la incomprensión de quien despierta en el instante final y ya no sabe si pedir perdón o justicia.
Los soldados la empujaron suavemente hacia los peldaños hasta llegar arriba, donde el verdugo aguardaba.
Era un hombre de manos grandes, rostro pálido y ojos hundidos bajo la capucha. No pensaba, no sentía; solo cumplía. Al verla vacilar, extendió un brazo y la sostuvo. Ella giró la cabeza, como si en aquel contacto encontrase a la muerte misma.
Desde la galería elevada, Catalina de Médici contemplaba el ritual con el rostro cubierto por un velo negro que bailaba con la brisa.
Sus ojos seguían cada gesto y cada respiración de la víctima… su víctima.
En ellos se delataba crueldad y regocijo.
La convicción de que su hijo predilecto debía sobrevivir, aunque fuera devorando lo que más quería.
A su lado, Nogaret mantenía el pergamino con la orden real doblado en su cinturón.
Para él todo aquello carecía de importancia, era simplemente un capricho desterrado, al igual que tantos otros en aquella corte.
Inesperadamente, la víctima se arrodilló por instinto buscando el guante negro y corroído de aquel que la convertiría en despojos, quien evitó su contacto instintivamente, provocando una risa breve en la reina madre.
—Parece que al final, toda dignidad tiene un límite.
En ese instante, la mujer quiso incorporarse, quizá huir, quizá gritar, pero la máscara le recordó su condición.
Solo le quedaron fuerzas para suplicar al cielo que no mirara.
El sayón tomó la empuñadura y levantó la hoja.
El aire cambió de sabor y todo —la bruma, las antorchas— se detuvo.
Tras un segundo, el mundo entero pareció inclinarse hacia aquel cuello desnudo. Luego el acero descendió y hasta Dios contuvo el aliento.
El corte fue limpio, preciso, absoluto. No hubo grito.
Con un ruido sordo el cuerpo cayó hacia adelante y la vestimenta de un blanco casi sagrado se tiñó de rojo.
La cabeza, aún dentro del lobo metálico, rodó unos centímetros, chocó con el borde y quedó quieta, orientada hacia el este buscando el primer resplandor.
El hombre de la espada, ahora carmesí, se inclinó, la levantó con ambas manos y la presentó a los testigos.
Catalina quedó satisfecha de su obra.
Abajo en el patíbulo, se cubrió a la mujer con un manto oscuro que se pegó al lino empapado, para luego cargar con ella por la puerta lateral, dejando la sangre tras de sí, una huella alargada que las escobas no se atrevieron a borrar.
Con serenidad impenetrable, algo se contrajo en la florentina: el reconocimiento del precio:
La familia es una amante cruel que exige siempre el sacrificio más puro.
Ajena a esto, la Bastilla volvió a cerrar sus portones mientras París despertaba con la sangre aún tibia del cadalso empapando su amanecer.
Aquella ejecución, concebida para morir en el sigilo del poder, se alzó como un secreto indómito aún antes de ser.
Ningún decreto pudo reprimir el rumor que, de boca en boca, fue ascendiendo por los corredores del Louvre hasta alcanzar a Francisco, siempre más atento a cuanto rozaba la intriga que a los mandatos de su hermano ungido.
Dando pie a que al acabar la sanguinolenta ceremonia, un emisario del duque de Alençon se aproximara discretamente a la entrada trasera para entregar a aquel siniestro ser un pliego lacrado y una pequeña bolsa con monedas.
No cruzaron palabras.
“Que su cuerpo repose junto a los suyos. Ninguna fosa común debe mancillar su apellido.”