16. CAPÍTULO XV #2
Una de tantas veces, las cuerdas cortaron sus muñecas en anillos a causa del roce.
Crujieron los dedos; no todos, pero sí los necesarios para incapacitar una escritura e impedir una firma.
Las uñas cedieron una a una con ese chasquido breve que jamás se olvida.
Le cortaron el cabello sin humillación teatral, con prisa de oficio.
En el suelo, los mechones eran evidencia de un ajusticiamiento.
La sangre, primero tibia, después espesa, dibujó sobre su lomo una cartografía sin países.
De regreso en el antro, la figura de Giles atravesó la penumbra con la dignidad de un recuerdo noble.
Mentiste…
Comprendió que ya no necesitaba salvarse por amor; esa superstición había hecho más daño que el hierro. Lo supo con nitidez: el amor es un juez más cruel que el rey.
Varias jornadas después, cuando Nogaret volvió, se cubrió la nariz con un gesto de decoro ofendido. Aquella visión dejó de excitarle. Lo que deseaba no era la dama, era el instante en que ella cediese.
—Vengo a por una respuesta para Su Majestad.
Pero ya no quedaba mujer. Ahí reposaban restos de costras y magulladuras.
Alarmado, el consejero decidió informar inmediatamente al monarca antes de que no hubiese vuelta atrás y cargase él mismo con la muerte de la favorita del rey.
Los pasos del gentilhombre resonaron con premura por los corredores del palacio, donde cada rincón parecía escuchar y cada tapiz guardaba un enigma.
El rumor de lo sucedido corría más rápido que el mensajero y, antes de que la noche se cerrase sobre el Louvre, ya había quienes apostaban si el rey perdonaría o si añadiría un nombre más a su lista de víctimas.
—Su Majestad —murmuró Nogaret al entrar temiendo despertar algo peor que un secreto y dejando tras de sí, rastros de la arena gris propia del agujero en el que había estado.
—He vuelto de la Bastilla.
Enrique, en el sillón donde coleccionaba sus rabias, alzó la cabeza con un gesto que mezclaba expectación y saqueo.
—Hablad —ordenó.
Nogaret desechó toda ceremonia inútil y explicó con la rudeza de quien conoce la ciudad por sus fauces.
—La condesa está al borde del no retorno. La prisión la ha consumido.
Huele a miseria; su ropa, al contacto con la celda, ha quedado prendida de suciedad. Las torturas le han dejado marcas que atraviesan la piel y hollan la carne.
—¿Se ha mandado que no tocasen su rostro?
—Sí, mi señor, pero aun así la Bastilla la ha devorado.
Enrique clavó en el portador de la noticia una risa corta, que sonó a filo apagado.
—¿Ha accedido a ser mi amante? —inquirió con soberbia esperando buenas nuevas.
—No, Majestad. En mi primera visita se negó rotundamente. En la segunda, no fue capaz de pronunciar palabra. Me pareció que su espíritu se había evaporado.
Un silencio tenso se formó instalándose cual hecho pestilente.
Enrique se puso de pie con lentitud teatral.
—¡Maldita sea! ¿Quién se ha atrevido a…?
—Pero, Su Majestad, fueron vuestras órdenes —interrumpió el hombre.
Alençon, que había permanecido al margen, no resistió más. Tras años de sumisión contenida, su enojo brotó en palabras que buscaban abrir la herida del ejecutor.
—¿Tanto te importa la atención de una mujer que no repara en ti? —vociferó— ¿No tienes a tu alrededor miles de doncellas dispuestas a compartir tu lecho? Destiérrala si quieres, pero déjala ir. No la conviertas en excusa para tu ira.
El rey se volvió con la velocidad brutal de quien ha aprendido a gobernar por el espanto.
—¡Cállate! —tronó—. Y que nunca más se te ocurra hablarme así o el próximo en ocupar esa celda serás tú.
¿Creías que el parentesco te otorgaba derecho a insolencia? Hablas a tu rey, no a un hermano despojado del cetro.
Catalina, hasta entonces reclinada en su sillón con la parsimonia que acostumbraba, se incorporó de forma demoledora.
—No consentiré —dijo, y su voz fue hierro templado— que mis hijos se devoren por una condesa subida a fortuna.
No sostendré un bautismo de locura que venga de la educación mal administrada por un padre sobrevalorado.
Si debe expirar para dejarnos en paz, que así sea… pero con la firma de los Médici.
Vos, hijo —continuó señalando a Enrique—, tenéis fronteras que guardar. No permitáis que el engreimiento os haga perder el reino.
Nogaret, venid conmigo. Hay gestiones que requieren discreción. Dejadlos disputando su orgullo.
El consejero se inclinó y siguió a Catalina, dejando tras de sí a un Francisco herido en su osadía y a un monarca bañado en frustración.
—Si muere —murmuró sin atisbo de piedad—, no será por falta de advertencia. Si ha de expiar, que lo haga en lo que yo mande. Nadie se burlará de mi voluntad bajo la forma de una mujer. Si ella se consumió, que su destino sea clausura y olvido.
Alençon, dolido y furioso, replicó con una acritud que quemó la máscara de cortesía.
—¿Es el olvido lo que buscáis, pues? ¿Enterrar su nombre para que no manche la altivez de vuestra corona? No todo lo que os rechaza es afrenta; no toda negativa exige penitencia.
El rey, sin tolerancia, pronunció entonces la amenaza que volvía sangre los pactos familiares.
—Quien se atreva a mofarse de mi mando conocerá la simetría del temor. Si vuelves a injuriarme, hermano, que el frío de la Bastilla te pruebe en la quietud.
Esas palabras bastaron para silenciar eternamente a Alençon consciente de que Enrique no mentía y que sin titubeos, el próximo podía ser él.
En tanto un salón decidía con chantajes, otro se urdía con cautela. Así, bajo el mismo techo, Francia continuaba debatiéndose entre la saña y la estrategia.
Nogaret aguardó hasta oír que Catalina lo hacía pasar, sin siquiera apartar la vista de los vitrales.
—El asunto de la condesa está alcanzando límites intolerables; la quiero fuera del tablero ya.
El hombre se recompuso antes de responder.
—Con todo respeto, madame, dudo que sea esa la intención del rey.
—¿Olvidáis quién gobierna tras el trono, Nogaret? —señaló de forma cortante alzando una ceja la florentina.
Espero, por vuestro bien, que la desmemoria no os conduzca por senda errada.
—Por supuesto que no, mi señora —respondió aceleradamente secándose el sudor frío de la frente— ¿Qué planes tenéis para la du Poitiers?
—No quiero prórrogas.
Una semana, en acto privado y pocos testigos.
La ejecución no debe ser un espectáculo, un acto que inflame voluntades o reviva consciencias dormidas.
—Pero no hubo proceso ni juicio. La ley puede reprochar.
—Mi firma ya es una sentencia. Que se use la espada, conforme al rango, mas quebraremos esa dignidad de la que tanto presume con una humillación medida que deje claro su error. Una afrenta simbólica y tortuosa que castigue su pretensión de igualarse a un Médici.
—Se dispondrá todo según vuestras indicaciones.
—Dejad a Enrique sin tiempo para erigir una escena. La cuestión se cerrará antes de que amaine su furia.
Vos, Nogaret, prepararéis el cadalso cerrado y dispondréis la lectura… Yo os diré cómo quebrar su voluntad.
—Así será, señora —contestó el hombre sin muestra de reparos.
—No os equivoquéis. El problema no es solo ella, es mi hijo. Este reino podrido de pasiones confunde amor con debilidad y no sabe perdonarlo en un monarca.
La reina madre apoyó las palmas sobre la mesa en señal de dictamen sellado.
—Recordad, silencio absoluto tras el ajusticiamiento. Archivad las actas, que nadie convierta su final en manifestación.
Sin héroes ni mártires.
La mujer le dio la espalda, caminó hasta una repisa y cogió un anillo que portaba una inmensa esmeralda en el centro y el escudo Médici a los lados.
—Entregadlo a quien debáis y que olvide quién se lo envió —acotó casi en susurros—. Servirá de pase y pago para que actúe con la prontitud solicitada, sin obstáculos y disponga del cadáver.
El emisario tomó la joya, hizo una inclinación breve y se volvió hacia la puerta.
Al abrirla, la penumbra de la galería lo tragó, con una Catalina detrás, regodeándose en su propósito.
Privaría a la ciudad de un acto glorioso propio del poder Valois del que tanto gozaban los parisinos, pero aquello exigía rapidez.
La maldad demanda plazos cortos.
Fue así como a los pocos días, el arcón cedió y el aire, ya viciado por la mojadumbre, pareció encogerse ante la figura que apareció ante Gabrielle.
El gentilhombre no estaba solo. Tras él marchaban el capellán enviado por Saint-Paul y el verdugo de la corte, cuyas pisadas resonaron con la gravedad de un oficio sin conciencia.
La prisionera, encogida sobre la paja húmeda, apenas logró alzar el rostro.
—Gabrielle du Poitiers —declaró el consejero con voz de mármol—, habéis sido hallada culpable de asesinato y traición. Afrontaréis vuestro destino mañana, al alba. Aquí tenéis al representante de Dios, para que confeséis vuestros pecados… si es que aún sois capaz.
El capellán dio un paso al frente. Sus labios rezaron palabras que se estrellaban contra la piedra, huecas, sin convicción y con actitud de cumplimiento. Era tan solo un alma más en la cuenta de su ministerio.
Nogaret, satisfecho con el espectáculo, se volvió hacia el ajusticiador y le entregó un paquete envuelto en seda verde.
—Aquí está el sello de Su Majestad. Colocádselo al terminar con el sacerdote. Que esta noche sea la última en la que las estrellas contemplen su rostro.
El ejecutor asintió en silencio.
Abrió la tela y el metal relució con una frialdad casi viva: era el hocico de hierro.
La pieza no había salido de manos ordinarias, era nacida del rencor de una reina; en el taller donde se templó el acero, los herreros juraban haber sentido que el fuego se rehusaba a obedecer.
El artilugio estaba diseñado para cubrir el rostro y clavar en la lengua lo suficiente una lámina fina para impedir la palabra sin causar la muerte.
La forma, la de un lobo, respondía al capricho de una Catalina que gozaba de doctrinar el punir, dejando claro el tipo de infamia que había cometido la acusada: una bestia, una traidora, una mujer que hablaba demasiado.