16. CAPÍTULO XV
CAPÍTULO XV
El sol ascendía limpio sobre los campos de Boulonnais.
Como una estera bien trazada entre setos se extendía el exterior trasero.
Cuadros de hierba; senderos de grava que relucían con el rocío de la madrugada.
Bajo la pérgola, dos monturas aguardaban aparejadas y serenas.
Gabrielle, con traje claro y capa ligera, sostuvo los guantes cerrados en la mano izquierda y avanzó dispuesta a descender hacia la abertura que daba al camino.
Nada en su porte denunciaba prisas o sobresaltos; había en su andar un pulso regido por la cortesía y la costumbre de la nobleza bien nacida.
Hacía poco que había llegado a la campiña, días en los que el inglés —ese caballero que le hablaba de libros y de esperanza— no se había separado de ella. Todo en él parecía dispuesto a devolverle la fe en la vida: su voz clara, su manera orgullosa de observarla.
Era un orgullo poco limpio, de quien ama la imagen que tiene ante los ojos más que el alma que encierra.
Giles se acercó, sonriente, con la capa doblada en el brazo.
—El sol promete acompañarnos —dijo, con tono de quien se sabe dueño del momento—. El aire del campo os sentará bien, milady.
Durante un instante creyó haber burlado al destino, como si los dioses, fatigados de castigarla, hubiesen extraviado su nombre entre los pliegues del cielo.
Había aprendido a no esperar milagros, pero un poco de paz… sí, eso podía concedérsele.
En sus palabras encontraba descanso y, en su presencia la certidumbre de no estar maldita. Su mente repetía: esta vez será distinto.
Entonces el ruido.
Primero, un rumor breve; luego, el trueno de cascos sobre el camino.
La sirvienta giró y el mozo soltó la azada; en un instante, el jardín se volvió campo de ejecución.
Gabrielle se irguió. Giles, sorprendido, hizo ademán de avanzar, pero la verja se abrió con un embate y la guardia del rey irrumpió en formación cerrada. Los estandartes de los Valois cortaron la luz y el acero repiqueteó con sonido de sentencia.
El oficial desmontó sin mirar a nadie. Se abrió paso con firmeza y, sin ceremonias, desplegó un papel grueso.
—Por orden de Su Majestad, Enrique III, Rey de Polonia y de Francia —leyó solemnemente—, vos, condesa Gabrielle du Poitiers, quedáis arrestada por el asesinato de vuestro esposo, Armand d’Aulnay.
Una pausa, un leve crujido del pergamino y añadió:
—Se os imputan además agravantes de seducción al rey y traición contra la reina.
Las palabras se clavaron cual lanzas en aquel santuario natural.
Nadie respiró.
La audiencia conformada por sirvientes se retorcía los delantales en señal de angustia y alguno soltó un quejido breve. Con semblante blanco, Giles dio un paso atrás, incrédulo.
La condesa, en cambio, permaneció inmóvil, sin inclinar la cabeza. Por dentro, el mundo se volcaba, pero en la superficie solo existía su firmeza.
Había esperado ese golpe sin saber cuándo llegaría y ahora lo recibía de pie, al igual que quien afronta la marea sin apartar la vista del horizonte.
El rey ha cumplido finalmente su palabra.
Ella, sin embargo, buscó otra cosa: el consuelo del querer.
Giró hacia su enamorado con la súplica muda de quien naufraga y busca, entre los ojos del otro, la orilla donde salvarse.
Mírame; cree en mí, sálvame.
Lo que halló fue vacío que comenzaba a dar paso al desprecio.
Una indignación gélida, impecable, bordada con vanidad embarrada.
Su rostro, endurecido por la ofensa, la hirió más que el propio decreto.
—¿Eso es cierto? —dijo Sir Kent temblando, pero no de amor ni de temor.
—¿Has hecho algo así? ¿Seducir al rey? ¿Entregarte a ese tirano?
¿Has permitido que te mancille cuánto hombre mora en París?
Gabrielle quiso contestar, pero la voz se le ahogó en la garganta.
—Giles… puedo explicar…
Él la interrumpió con furia.
—¡No! Solo dime que no lo has permitido.
Ni el oficial ni los criados se atrevieron a moverse.
Gabrielle, con el corazón roto, comprendió que no era a Enrique a quien debía temer, sino al hombre que decía haberla amado.
—Sí. Anhelé su calor… y ahora pago por ello.
El inglés retrocedió un paso.
—¡Me engañaste! ¡No eres la mujer de la que me enamoré!
No buscó entender.
Su arrogancia no soportaba esa estampa ensuciando la suya propia.
—Eres de su misma estirpe… vicio envuelto en seda y sangre en las manos.
Ese grito fue más violento que cualquier patíbulo.
Sintiéndose desgarrada por dentro, las rodillas se le doblaron, dejándola caer al suelo, abriendo llagas en sus piernas al chocar con la grava.
El llanto irrumpió desde lo más profundo, un sonido gutural, salvaje, que hizo retroceder a los soldados más próximos. Era un gemido de fiera herida, de alguien que acababa de perder lo último que la mantenía humana.
No lloraba lágrimas finas de dama; era un sollozo ancho, de pecho abierto, mezcla de rabia y humillación escondidas tras su largo moño ahora deshecho, cual tapiz desordenado ocultando una tragedia.
El oficial hizo una seña y dos hombres avanzaron, tomando a la condesa de los brazos para ponerla en pie y llevarla consigo.
Ella no se resistió.
A cada paso, la tierra se teñía con la sombra de su vestido. Giles seguía cual estatua, prisionero de su propio decoro.
No ofreció defensa, siquiera un adiós.
Había elegido la vergüenza del silencio.
A medio camino del enrejado —ese umbral entre la vida y la infamia—, Gabrielle se detuvo.
El soldado intentó tirar de ella, pero se zafó con un movimiento abrupto logrando aproximarse hasta el inglés antes de ser detenida nuevamente.
Su rostro, aún húmedo de lágrimas, resplandecía con una furia que helaba. Los hombres del rey comprendieron que estaban ante una condenada, pero no ante una vencida.
Su voz brotó despacio, grave, arrastrando el quiebre de su espíritu:
—¡Egoísta, mezquino!
Sus ojos enrojecidos ardían.
—Yo moriré deshonrada… pero tú vivirás sepultado en la miseria de la cobardía.
¡Ese día, el verdugo tendrá tus ojos!
Horas más tarde, el carruaje avanzaba entre calles encharcadas, custodiado por lanzas que relucían bajo una luna sin rostro. París dormía a medias, ya que sus piedras parecían observar. De pronto, ahí estaba la que sería su última morada.
El calabozo de la Bastilla era una fosa maloliente donde el tiempo se pudría. El agua goteaba desde los muros con ritmo de penitencia, y cada gota que caía sobre la piedra sonaba como un latido cansado.
Las ratas acudían sin miedo. Ese descaro le revelaba una jerarquía: en aquel portal hacia el averno, los animales poseían una dignidad que a los hombres se les había robado.
La llevaron a rastras y con los pies descalzos a lo más profundo de aquella pesadilla. Sin proclamas ni actas.
El primer latigazo olía a piel y sal, sacando de ella un grito puro de dolor. Tras ese primer fustigamiento, vinieron otros. El cuero encontró camino haciéndola ya no llorar, sino pensar que el próximo le arrancaría un suspiro final; sin embargo, esto no ocurría.
Sus atormentadores eran profesionales, sabían perfectamente hasta dónde llegar y cómo hacerlo para que el cuerpo desfalleciera solo por segundos, retomando pronto la conciencia y con ella la tortura.
Cuando la soltaron, cayó como un fardo, sintiendo la piedra en los dientes.
Alguien le vertió agua para asegurarse de que aún respiraba. Fue entonces trasladada a su nueva alcoba: una mazmorra estrecha y fría.
La jornada de penurias no había hecho más que comenzar.
En medio de su inconsciencia notó que le aprisionaban las manos y los pies con hierro pútrido.
Sería sometida cada instante fuera de la sala de interrogatorios a la cigüeña, un artefacto terrible, con el único fin de derrumbar cualquier tipo de voluntad.
El presente se le disolvió en una sucesión de luces rojas y negras para debatirse entre el dolor de la carne y el de su fuero interior.
En esa penumbra, la memoria acudió por instinto buscando forma.
La mano de su padre acariciaba su cabeza con dulzura; le oía nombrar virtudes antiguas, valores que había declarado enemigos hacía ya tiempo.
Ese pensamiento la sostuvo mejor que todos los santos juntos.
El cubo de agua volvió a caer.
Nogaret ocupó el umbral con la exactitud de una estampa.
Los encajes, el guante perfumado, el cabello empolvado.
Nada de ese hombre pertenecía a la carroña de esa celda y, sin embargo, su mirada se hundió en ella con hambre.
Recorrió la camisa rasgada, se detuvo en el pecho pegado por el agua; no fue deseo fugaz, fue codicia por una presa incapaz de defenderse.
—Vengo en nombre de Su Majestad. Os ofrece piedad a cambio de devoción.
Finalmente, ahí estaba la promesa de Enrique convertida en cepo.
—No.
La comisura de los labios de Nogaret tembló conteniendo un apetito impropio de un gentilhombre.
—Sois más retadora de lo que conviene a una mujer en vuestro estado. Ya aprenderéis a comportaros como tal.
La frase quedó danzando en la mente de la condesa.
A comportaros como tal…
¿Qué soy? ¿La niña du Poitiers que aprendió inglés para asombrar a su padre? ¿La dama que se creía a salvo tras un apellido?
¿Esposa fiel y digna? Nunca.
El capricho de un rey sádico y la burla de un caballero sin sangre en las venas.
A eso se reduce mi existencia.
De esa forma pasaban los días que perfectamente podrían haber sido meses, puesto que el mayor escarmiento no era la penitencia física, era la anulación del tiempo.
A Gabrielle, maniatada como estaba, le era imposible saber si amanecía o el alba caía, si llovía o nevaba; su aislamiento era completo y la única manera de evadirlo era refugiándose en los rincones de su delirio, donde un conde cariñoso la aguardaba.
Cada mañana era arrastrada por sus captores y sometida una y otra vez a castigos inhumanos. Jamás hubo preguntas ni interrogatorios.
Su cuerpo era mortificado por manos de carceleros anónimos y por orden de un consejo que no figuraba en actas, en una sala donde los jueces hablaban bajo y rubricaban solo en pensamiento.