La Loba de París (Cantos de Expiación 1) 15. CAPÍTULO XIV #4
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15. CAPÍTULO XIV #4

Deseaba que aquel fuego consumiera la sombra del Valois, que el olor de ese hombre borrara el del otro y que el placer la devolviera a la inocencia perdida.

Cada beso era una absolución.

Cuando la tormenta de los cuerpos se aplacó, quedaron tendidos uno junto al otro, envueltos bajo el cobijo de la luna.

Con clara expresión de triunfo, Giles la observaba; en tanto que ella, con los ojos abiertos, veía el techo con lucidez.

Él rompió el silencio:

—Por fin, Gabrielle… El destino no podía negarnos esto.

Ella no respondió.

Pensó que quizá el cielo no era un lugar. Podría ser ese resquicio del ahora: la certeza de que todo sufrimiento había tenido un sentido, de que la vida —tan larga, tan cruel— la conducía hacia esa calma.

Si su cuerpo obedecía a otro ¿qué importaba? Nadie debía saberlo.

Ni siquiera ella.

La última noche en la campiña tuvo el perfume del engaño. Parecía ofrecer consuelo, mas solo encubría el regreso de lo inevitable. Al despuntar la mañana, la capital aguardaba sin voz.

En el Louvre, cuando aún no habían disipado las sombras de las galerías y los ujieres hablaban en voz baja por costumbre más que por sigilo, el guardia dudó en la puerta.

Golpeó dos veces y al no oír respuesta, avanzó un paso.

Enrique estaba de pie, todavía en camisa, con el cabello revuelto por un sueño sin descanso.

—Majestad… —balbuceó el hombre, con la voz baja y la mirada fija en el suelo—. La condesa du Poitiers… ha partido. Creemos que varios días atrás.

Durante un segundo, nada se movió. Solo el leve chasquido de la leña que moría en el brasero. El rey giró la cabeza lentamente, sin comprender.

—¿Partido? ¿Dónde?

—Su residencia, Majestad… está vacía, al igual que sus aposentos.

—¿Vacía? —repitió, rumiando la palabra como un veneno desconocido.

La idea lo atravesó con claridad cruel. La campiña. Su refugio.

Aquella imagen de la francesa alejándose entre la bruma lo humilló más que cualquier afrenta política.

El guardia asintió con torpeza, dio un paso atrás y, antes de poder reaccionar, la orden lo cortó en seco:

—¡Fuera!

Cuando la puerta se cerró, el monarca quedó solo, inmóvil, mirando la nada. Sentía el pecho rígido, como si el aire se negara a obedecerle. De pronto el gesto se le descompuso y un golpe estremeció la estancia. El tapiz cayó, la mesa se volcó, el vino se derramó sobre los documentos reales.

Atravesó el corredor descalzo, sin lámparas ni escolta. El suelo le devolvía un frío mortuorio y cada paso le aceleraba aún más el respirar, pero sin hablar, sin mirar a nadie. Era la imagen de un Dios destronado.

Las puertas de los aposentos de Gabrielle cedieron a una sola embestida.

Nadie lo detuvo. Nadie se atrevió.

El recinto conservaba el alma de la ausente como si se negara a abandonar el lugar.

El monarca avanzó hasta el tocador. Sobre la mesa, un frasco de perfume aguardaba como una burla.

Tomó el vidrio entre los dedos. El líquido se movió dentro con lentitud, recordándole el temblor de una garganta bajo sus manos, la tibieza de un cuerpo rendido.

Entonces, sin aviso, descargó el frasco contra el suelo. El estallido fue seco, violento y el aroma lo saturó todo. No era fragancia: era carne, era deseo, era ella.

La respiró con desesperación, con necesidad animal.

El olor le arrancó la razón y con ella, el último vestigio de rey.

¡La hice vivir… sentir… temblar! ¡Y aun así huyó!

El pecho se le contrajo. Caminó en círculos, arrancó las cortinas, volcó la silla donde ella solía sentarse a leer.

El ruido de la madera al romperse le supo a alivio.

Golpeó la pared, arremetió contra el cofre de viaje, arrasó con todo lo que no podía poseer.

Las llamas de la lámpara temblaron, mas el perfume persistía, obstinado, como un espectro que no acepta exilio.

De pronto, en el borde de la cama vio algo: un pañuelo de lino, con una inicial bordada.

Lo tomó sin pensar acercándolo a su nariz.

La fragancia era inconfundible: ella, en su forma más íntima.

Sus dedos se crisparon apretándolo con tal fuerza que las uñas se clavaron en la carne. La piel se abrió. La sangre brotó entre los puños y empapó la tela.

Apretó más.

El dolor no lo detuvo; lo sostuvo. Necesitaba sentir algo real.

El lino se tiñó, rojo sobre blanco.

Una gota cayó sobre el suelo, redonda, lenta.

Entró en la estancia del difunto escribano y señaló la mesa, aún manchada de tinta.

—Llamad a Nogaret.

Cuando el consejero apareció, el monarca ya estaba de espaldas, mirando la chimenea en la que ella pasaba tantas horas.

—Quiero que busquéis a la condesa du Poitiers en la campiña, en Calais, en los puertos, en los confines del infierno, si allí se esconde.

Quiero su rastro, su sombra, su respiración. No os he perdonado que dejarais escapar al navarro, de modo que, so pena de vuestra vida, encontrarla u ocuparéis su lugar en la Bastilla.

Nogaret vaciló. Las ideas se le atoraban en la boca.

—¿Bajo qué… bajo qué cargo… debo… dictar la orden, Majestad?

El silencio se extendió.

Enrique se acercó, tanto que el hombre sintió el calor de su respiración.

El monarca levantó la mano ensangrentada, aún con el pañuelo goteando entre los dedos.

—Asesinato.