La Loba de París (Cantos de Expiación 1) 15. CAPÍTULO XIV #3
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15. CAPÍTULO XIV #3

Llegó hasta la galería este, donde el color de la tarde entraba sin permiso.

Las ventanas daban al campo abierto; más allá, se divisaba la línea gris del mar.

Aquel linde azul y verde había sido su consuelo en la juventud, cuando creía que la distancia entre ella y Sir Kent podía medirse en leguas y no en destinos.

Apoyó la frente en el cristal. La sensación del frío le devolvió el pulso.

En el fondo de su alma, algo se agitó con la obstinación de una llama que se niega a extinguirse. No era nostalgia; era hambre. Hambre de todo lo que le fue arrebatado, de todo lo que aún podía rescatar.

Sabía que las murmuraciones no tardarían en llegar, que los heraldos de la corte harían correr su apellido como una mancha. Sin embargo, el juicio de los hombres le resultaba ya tan inofensivo como el rumor del viento.

Había sobrevivido a peores inquisiciones: la del deber, la del linaje, la del amor impuesto.

Abrió el balcón y salió. El aire del campo la envolvió con un frescor brutal. Por un instante, sintió que la casa respiraba con ella, que cada piedra la reconocía.

Sonrió con una dulzura amarga. Quizá Giles ya no fuera el mismo, quizá no la esperara, pero necesitaba creer que sí, porque solo a su lado volvería a ser la mujer que fue antes del dolor.

Él era su refugio, su salvación, la única promesa que el tiempo no había conseguido corromper y, si el precio de alcanzarlo era quebrar las últimas leyes que la ataban a la realidad, estaba dispuesta.

Un macilento amanecer encontró a la condesa osando respirar: la primera rebeldía de voluntad liberada.

Se filtraba entre las nubes un pálido sol que iluminaba la casa como si quisiera exponerla ante su propio reflejo.

Llevaba diez días esperando. Cada ruido en el camino hacía que el corazón se le agitara y cada silencio posterior le recordaba cuán frágil es la dicha cuando depende de otro.

El sonido de las ruedas sobre el empedrado la estremeció. Cruzó el vestíbulo entre pasos mezclados de dignidad y miedo, sabedora de que el amor que sobrevive demasiado tiempo entre letras acaba por tornarse fantasma.

Cuando Giles entró, la penumbra del salón pareció apartarse. Llevaba un jubón oscuro, el gesto más severo que en su juventud y en la mirada, un brillo que ella conocía demasiado bien: el del hombre que se complace al sentirse recordado.

Se inclinó con cortesía.

—Milady —dijo—, vuestra carta… No podía dejarla sin respuesta.

—Ni yo dejaros sin esperanza —replicó ella con suavidad.

Él sonrió.

—Hemos esperado demasiado para decirnos eso en voz alta. Avanzó hacia ella al compás del fuego y se encontraron como si ambos buscaran en el otro la confirmación de una memoria.

—Sois exactamente como os imaginaba —murmuró Giles.

—Decís eso porque las cartas no envejecen —respondió—. Mas los cuerpos no conocen la clemencia.

Él negó con la cabeza.

—No el vuestro. Cada línea que escribí sois vos.

—De lo que recordabais de mí, ¿querréis decir?

Giles se permitió una sonrisa breve.

—¿No es lo mismo?

Ella no contestó, consciente de aquella mentira que tanto le gustaría creer.

Se volvió hacia el ventanal.

Fuera, la luz del crepúsculo teñía el campo de un tono violeta. En otros parajes había aprendido a esperar sin fe y, sin embargo, ahora sentía renacer en su pecho algo que no sabía si era amor o alivio.

—Vuestra ausencia me ha acompañado más que muchas presencias —dijo él, con voz grave.

En Londres todo me parecía vacío.

El fuego crepitaba bajo, consumiendo lentamente los troncos, quedando en la estancia el rumor de la lluvia y el aliento compartido de los dos.

Gabrielle permanecía de pie junto al hogar, las manos unidas sobre el pecho y la mirada perdida hacia las brasas.

Giles, tras ella, la observaba como se contempla una victoria.

—Os he esperado demasiado.

—Y yo —susurró al fin—, he deseado que la Providencia tuviera piedad.

Giles se acercó y apoyó la frente en su hombro.

El contacto fue leve; suficiente para quebrar la distancia de los años.

La dama cerró los párpados y su mente vaciló un instante, evocando otros brazos, otro aliento: el del rey, frío, violento y exquisitamente posesivo.

Una sombra le recorrió el cuerpo. Giles, en medio de una inquebrantable vanidad, lo sintió como un estremecimiento de deseo bañado en pudor.

—No temáis —dijo con voz que confundía ternura y conquista—. Ya no hay nada entre vos y el ayer.

La condesa lo miró inmutable, embargada por una necesidad profunda de existir.

—No es miedo.

Sus bocas se encontraron con torpeza al principio, luego con una urgencia que los sorprendió.

Madame du Poitiers sintió cómo el cuerpo del inglés la envolvía, sólido, cálido, distinto, pero aún en la sombra de cada caricia, el fantasma del rey parecía observarlos.

Una punzada de vergüenza la recorrió, seguida de un fervor súbito. Se aferró a Giles con más fuerza, buscando en su piel un olvido inmediato.

Sus labios se movieron con desesperación, como si cada beso pudiera borrar el anterior.

Giles interpretó ese ímpetu como rendición. Su ego se hinchó: aquel cuerpo, solo había esperado su regreso. La viuda, la mujer admirada en la corte, la fugitiva de París… toda ella pertenecía ahora a sus manos.

Sonrió contra su cuello, portando un orgullo silencioso.

—Os he soñado tantas veces.

—Entonces callad y soñad de nuevo —replicó ella, con un hilo de voz.

El vestido se deslizó sobre el suelo con un rumor seco. La condujo hasta el sitial, cubierto de brocado. Sus movimientos eran precisos, casi ceremoniosos; llevaban la marca de quien cumple al fin un designio aplazado.

Ella lo dejó hacer, rendida a un olvido que sabía frágil.

Cuando la besó en los pechos, cerró los ojos y por un segundo, vio el rostro de Enrique. Aquella mirada de hielo que la había reducido a temblor.

La repulsión la atravesó, seguida de un deseo más intenso.

Buscó los labios de Giles con avidez, queriendo convencer a su cuerpo de que era otro el que la poseía y que el pasado se disolvía entre esos dedos.

En cambio, Giles, convencido de que la pasión era para él, se sentía renacido, poderoso, dueño del resplandor que irradiaba de ella.

Cada gemido lo engrandecía; cada respiración de ella lo proclamaba vencedor en una guerra que solo él libraba.

Por fin —pensó— la tenía no como recuerdo, sino como verdad.

En el fragor del acto, ella lo abrazó con fuerza, casi con furia.

Su mente se debatía entre la culpa y el alivio.