La Loba de París (Cantos de Expiación 1) 15. CAPÍTULO XIV #2
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15. CAPÍTULO XIV #2

El corazón debe educarse tanto como la razón… o acabarás creyendo que las llamas son caricias. Los mártires a veces visten seda, portan coronas… y sonríen.

Una enseñanza breve, casi un susurro, que ahora ardía en su conciencia como hierro candente. Una verdad tan cierta que en lugar de salvarla, la hería.

Cerró los ojos y el recuerdo de las caricias regresó con violencia. Volvía a sentir los labios de Enrique en su cuello y el calor de aquel cuerpo junto al suyo. El estremecimiento fue tan real que le arrancó un jadeo.

Despertó de golpe, encolerizada contra sí misma.

No, no podía confiar en sus propios impulsos.

Cada fibra anhelaba que él volviese a consumar lo que el escribano había interrumpido.

Tomarla… poseerla, como si fuera imposible negarse al captor.

La recién descubierta debilidad por el soberano la llenaba de asco y de sed en un mismo nudo.

Se acercó al hogar, inclinándose lo suficiente para que el calor casi le quemara el rostro. En ese resplandor parecía buscar una expiación. Un modo de purgar la contradicción que la dominaba. No era el mundo quien debía condenarla; era ella quien se juzgaba culpable.

Por tan solo un parpadeo creyó que podría resistir, que aquel fulgor la arrancaría de sus fantasías, pero las llamas trajeron de vuelta aquel roce prohibido.

Una certeza surgía entre todas las dudas: poco importaban ya las amenazas no pronunciadas del monarca… se temía más a sí misma.

Comprendió que debía abandonar París. No había otro camino.

Si permanecía un día más en el Louvre, acabaría cediendo y perdiendo aquello que aún conservaba de humanidad.

La resolución la sostuvo apenas un instante.

Al alba, el Todopoderoso seguiría reclamando de ella obediencia.

La noche se cerró sobre París como un secreto que nadie se atrevió a repetir. Al cabo de dos días, las naves que cruzaban el Canal llevaron consigo cartas, rumores y un nombre. Cuando el sol volvió a alzarse, ya era Londres quien sostenía la historia.

La tarde caía sobre aquella isla con la gravedad de un duelo antiguo, como si Inglaterra velara un pecado francés.

Desde los ventanales del despacho, la lluvia descendía en finos regueros que deformaban la imagen del jardín, donde cada gota parecía arrastrar consigo un fragmento de aquel panorama inundado.

Entre el aroma de la madera y el pergamino, el caballero permanecía inmóvil, contemplando su propia sombra dibujada sobre el tapiz que representaba una cacería lejana.

Su esposa, en la estancia contigua, hacía sonar el hilo y la aguja con la regularidad de un rezo aprendido. De cuando en cuando, una tos leve le recordaba que seguía allí, viva, doméstica, necesaria. A su lado, el tiempo se volvía vulgar.

En cambio, el sobre de lino depositado sobre la mesa parecía contener un fragmento del pasado intacto.

Lo observó largo rato antes de tocarlo.

La filigrana del papel, el cordel carmesí que lo sujetaba, la letra con trazos de mujer instruida.

Todo evocaba un orden perdido.

“Del Louvre, en París, marzo del año de Nuestro Señor de 1576.

A mi muy amado Sir Giles Kent en The Strand, Londres.

Mi bien más querido,

Desde que la fortuna quiso separarnos, cada día vivido entre estos muros me ha parecido un suplicio. El aire del Louvre pesa, las paredes guardan murmullos que ya no soporto escuchar y los pasos que resuenan en los corredores me devuelven la voz de todo cuanto deseo olvidar.

Por ello he resuelto, sin demora, abandonar las habitaciones que compartí con mi difunto esposo.

No lo hago por pena; es por vida: porque mi alma rehúsa seguir cautiva de una aflicción que no me pertenece.

Mañana partiré hacia mi residencia cercana a Calais, donde la soledad será menos hostil y el horizonte más amable a mi consuelo.

Sabed que no hay día en que mis pensamientos no crucen el mar para buscar los vuestros.

Anhelo con todo mi corazón el día en que la Providencia permita que nuestros ojos se encuentren de nuevo.

Y si el destino, compasivo, me concede tal dicha, prometo no apartar de los míos vuestra imagen ni en la vigilia ni en el descanso.

Hasta entonces, conservad esto como prenda de lo que callo y testimonio de lo que siento.

Vuestra en toda verdad y en todo secreto.

Gabrielle du Poitiers”.

La caligrafía de la condesa, firme y armoniosa, conservaba el mismo equilibrio que él recordaba en la curva de su largo cuello y en el modo de sostener la mirada sin retar ni ceder. Mientras desplegaba las hojas, una sonrisa lenta, satisfecha, le cruzó la cara.

No pensó en los inviernos transcurridos ni en la pena que la noticia anunciaba, sino en el hombre que ella había dejado atrás, cuando creían que el mundo podía ser un espejo dócil.

Cada frase era clara y medida, de quien domina el dolor como si también fuera un arte cortesano. Sin embargo, él no leyó la pérdida, vio solo una invitación.

Lo escrito, al pasar por su mente, mudaba de sentido como moneda devuelta por un jugador que se sabe perdedor. Aquello que debía inspirarle compasión se transformó en confirmación de su antigua gloria: ella seguía pensando en él o al menos eso quiso creer.

Una ráfaga de viento hizo temblar los cristales. Su esposa entró para encender otra vela; la llama vaciló antes de afirmarse, derramando una luz dorada sobre cada rincón. No la miró. Agradeció con un murmullo y en cuanto ella salió, volvió su atención a lo anterior.

—Ha vuelto a mí —murmuró, con un tono más de constatación que de sorpresa.

Se reclinó en la silla, dejando que el respaldo crujiera bajo su peso, contemplando la misiva como quien admira una imagen divina.

Sobre él, el retrato del padre —hombre de gesto adusto y mirada acerada— parecía reprobar su ensimismamiento.

En su imaginación, ella seguía siendo la joven que corría entre los trigales con los cabellos sueltos y la mirada encendida por un fervor que sólo él había sabido provocar. No concebía que el tiempo la hubiera rozado.

El pliego exhalaba un perfume leve, mezcla de tinta y añoranza. Con ademán casi reverente, la dobló, la acercó a su pecho y sonrió. La llama proyectó sobre la pared una sombra que parecía la de un hombre más joven.

Pensó en el viaje, el sonido de los cascos cruzando los puentes del norte y la humedad del amanecer sobre la campiña.

Imaginó el momento de la llegada: la puerta entreabriéndose, una figura vestida de luto y un reconocimiento mudo.

Por una brevedad de juicio, creyó distinguir su propia imagen tal como fue en la juventud: la frente altiva, la boca firme, la faz viva de un hombre aún por estrenar.

Entonces sonrió por el puro deleite de reconocerse.

Cuando la vela se extinguió, el caballero permanecía junto a la ventana, inmóvil, sosteniendo la oscuridad como si fuese herencia.

La luna se apagó sobre Londres con la precisión de un rito, mientras que al otro lado del Canal, la campiña del Boulonnais aguardaba bajo un cielo gris y sin memoria.

Allí, los caminos eran estrechos, los caseríos se escondían tras los prados y todo parecía detenido en una espera que solo el viajero sabría interrumpir.

El carruaje avanzaba con esfuerzo entre los senderos anegados, levantando un barro espeso que se adhería a las ruedas como si el campo mismo quisiera retenerla.

Los prados, aún verdes tras el deshielo, se extendían hasta perderse en una bruma plateada.

La lluvia había cesado al alba, dejando un aroma a tierra viva y a cosechas por nacer.

Madame du Poitiers apartó la cortina del ventanal y observó las colinas familiares.

A lo largo de los años las había evocado en sueños, como quien imagina un refugio que quizá ya no existe.

Allí estaban, intactas, indiferentes, con esa serenidad que sólo poseen los lugares que han visto demasiadas despedidas.

El cochero detuvo los caballos frente a la verja.

La mansión emergía de entre el paisaje más pequeña de lo que recordaba, como si el tiempo la hubiera encogido junto con sus habitantes.

Las hiedras trepaban por la fachada, ocultando las grietas y los ventanales se asemejaban a ojos cerrados, exhaustos de esperar.

Cuando el criado abrió la portezuela, permaneció unos segundos inmóvil, respirando.

Por primera vez, ningún hombre pesaba sobre ella.

Ya no era la hija del conde ni la esposa del inútil que había dilapidado su dote o la dama de la corte vigilada por miradas ajenas.

Era, por fin, una mujer sola.

Sola y libre.

Aquel hecho le dolió y reconfortó al mismo tiempo.

La libertad tiene el mismo sabor que el duelo.

Avanzó despacio por el sendero cubierto de hojas muertas, levantando con cada paso el eco de un recuerdo.

Allí, bajo el viejo tilo, su padre le había enseñado a leer en voz alta los versos de Dante; más allá, junto al estanque, Giles le había tomado la mano por primera vez. Recordar al inglés era como oír una música demasiado conocida: bastaba una nota para que todo su cuerpo reconociera la melodía.

Había anhelado a aquel hombre con la inocencia de quien cree que el amor puede desafiar la sangre y el rango.

Su hermano lo había desterrado de su vida con la frialdad de una sentencia, pero no de su pensamiento.

Desde entonces, la correspondencia clandestina había sido su único atavío de felicidad.

En ellas había aprendido a sobrevivir, a conservar el sosiego bajo la máscara de esposa tolerante, a sostenerse entre promesas escritas que olían a tinta y agua.

Ahora, al cruzar el umbral de la vieja casa, comprendió que regresaba a esa patria de pergamino.

El interior olía a piedra húmeda y a musgo. Los muebles, cubiertos por sábanas, parecían fantasmas aguardando su turno para ser recordados. Gabrielle avanzó por las estancias en penumbra, acariciando los respaldos. En cada objeto dormía una versión de sí que ya no existía.