15. CAPÍTULO XIV
CAPÍTULO XIV
El mediodía filtraba su resplandor por los vitrales emplomados, tiñendo el suelo con reflejos de púrpura y oro. Aquella estancia era el punto de tránsito entre la galería y la entrada de la capilla, portadora de la solemnidad de un templo profano, donde la fe se inclinaba ante la intriga.
—Su Majestad.
—Madame, vuestra presencia en palacio se ha reducido a ilusión.
—Tras la muerte de mi marido me he visto obligada a atender personalmente varios asuntos.
—Cierto es que ahora, el bienestar de vuestro linaje descansa tan solo en vos. Sin embargo, confío en que hallaréis tiempo para el recreo en compañía de quien os aprecia.
—Señor mío, sostengo la esperanza de que la presencia de nuestra reina os hará olvidar tan breve distanciamiento.
—¿Por qué la nombráis ahora? ¿Osáis acaso imponernos más obstáculos cuando finalmente el más molesto ha desaparecido? ¿O acaso habéis olvidado ya mi calor?
El monarca se acercó aprisionándola fuertemente contra uno de los muros.
—¡Enrique no! —gritó la dama al borde de la desesperación.
—El juego se acaba, condesa. No hay espacio para vacilaciones.
La sangre ha corrido y el muerto enfriado.
No portáis el luto, mas os alejáis como quien respeta un recuerdo.
—¡No, por favor! Apartaos de mí.
—Habéis recuperado el libre albedrío, fortuna y voz, pero no olvidéis que en Francia, todo cuanto hay me pertenece.
En medio de aquella disputa apenas contenida, un leve movimiento en el fondo del salón bastó para alterar el equilibrio.
La puerta lateral cedió con un suspiro de bisagra y un recién llegado cruzó el umbral sin anuncio.
El murmullo se disipó. Nadie precisó volverse para saber quién era, puesto que su perfume era inconfundible y bastó su presencia para que las frases pendientes quedaran en suspenso.
—¡Pero qué maravillosa concurrencia y grata reunión!
El monarca, lanzando una mirada de odio a su hermano, se dio la vuelta y sin pronunciar nada más, se alejó rumbo a su despacho, dejando en la entrada de la sala común a una Gabrielle amenazada y a un Francisco desconcertado, al menos en apariencia.
—Vaya, desde que el ingrato navarro escapó a sus dominios con murallas de papel, Su Majestad guarda el humor de un ermitaño.
—Cada rey con su corona. Ya no os debe preocupar su falsa fe.
—Al contrario, madame. Fuera de nuestra vista, los movimientos del enemigo se agazapan y redoblan su furor.
—Pensé que eráis prácticamente hermanos, monseigneur.
—No intentéis enredarme con esa sonrisa vuestra, tan hábil para fingir ignorancia como para enterrar confesores. Sois mucho más sagaz que eso.
Madame du Poitiers guardó silencio.
—Si a mi hermano le veo meditabundo, a vos, madame, os noto radiante. Al parecer, el duelo consuela más y aflige menos de lo que se cree —dijo Alençon intentando pesar una verdad que desde la noche de la montería sospechaba.
—¿Se siente pesar al morir la tisis? ¿Se necesitan condolencias al librarse de piojos?
Francisco asintió, aunque al ver que un mensajero tomaba el mismo camino que antes había recorrido el rey, se despidió con elegancia y fue tras él.
“Sello de la Cancillería Apostólica.
Vaticano, en el mes de marzo del año del Señor 1576.
A Su Majestad Cristianísima, Enrique III, Rey de Francia y de Polonia.
Nos dirigimos a vos por mandato de Su Santidad Gregorius Papa XIII, movidos por la creciente preocupación que, desde hace semanas, recorre los círculos de la curia romana con motivo del reciente suceso acaecido en el seno de vuestra corte: la fuga del príncipe Enrique de Borbón, tras abandonar los compromisos públicos asumidos en presencia del altar, se ha manifestado nuevamente en abierta y escandalosa adhesión a la herejía calvinista.
No corresponde a esta Santa Sede juzgar la voluntad de los soberanos, pero sí advertir con claridad meridiana cuando la permisividad de los reyes amenaza el equilibrio mismo de la Cristiandad.
Lo ocurrido —según los testimonios recibidos de diversas nunciaturas— no puede ser atribuido al azar ni a la simple temeridad de un joven príncipe, sino que debe entenderse como la consecuencia directa de una clemencia mantenida por demasiado tiempo y de una vigilancia manifiestamente negligente.
Conviene recordar que la piedad personal no exime al monarca del deber público, ni el amor materno —tan admirable en su esfera natural— puede erigirse en criterio rector de la política de una nación.
Lo que en otras casas sería solo un descuido, en Francia se convierte en catástrofe, pues ninguna corona pesa más en el destino de Europa que la vuestra.
Desde esta Sede Apostólica se ha tolerado, en nombre de la concordia, más de lo que los tiempos permiten.
Hemos comprendido vuestra precaria posición entre partidos irreconciliables; incluso, se ha valorado el compromiso económico asumido por ciertos vínculos florentinos de vuestra sangre, mas hay afrentas que no pueden compensarse ni con oro ni con ruegos.
Permitidnos hablar con la franqueza que exige la gravedad del momento: la libertad del navarro y su reincidencia pública en el error constituyen una herida abierta en el costado de la Iglesia y una amenaza directa para el alma de vuestro reino.
Por tanto, y sin desear contrariar vuestra autoridad, os exhortamos con urgencia a tomar las medidas que el deber exige y la fe demanda.
La lenidad ha cumplido su curso. Ha llegado la hora de la corrección.
Si ello no fuere posible por la vía regia, la Iglesia sabrá disponer de los medios que aún le restan para preservar lo que el mundo católico le ha confiado.
Que el juicio de los hombres os sea leve, y el de Dios, más aún.
Sub sigillo piscatoris.
Por mandato de Su Santidad Gregorius XIII,
Firmado por mano del Cardinal Filippo Boncompagni.
Secretarius Sanctae Sedis”.
La habitación olía a cera apagada y perfume marchito. Los muros, cargados de tapices dorados, parecían absorber el sonido con desgana.
Enrique III, con la misiva aún entre los dedos, la releía con la obstinación de quien busca piedad en un veredicto.
—Hablan como si yo hubiera abierto personalmente las puertas del sur para el calvinismo —murmuró, más para sí que para los ahí presentes.
Del otro lado de la estancia, apoyado con una soltura apenas disimulada contra el dosel de la chimenea, el menor de los Valois se cruzaba de brazos.
—Quizá no las abriste… pero tampoco las cerraste. Para Roma, equivale a complicidad.
Los bordes ya comenzaban a marcarse en los dedos del rey por la presión.
—“La lenidad ha cumplido su curso” —citó con voz agria—. “Ha llegado la hora de la corrección”.
¿Qué pretenden, madre? ¿Ahorcar al Borbón en la plaza del mercado?
Catalina de Médici alzó la vista con esa expresión de vacía serenidad que usaba cuando quería parecer sorda sin serlo.
—Pretenden, hijo mío, que sigáis representando una obra cuyo argumento ya no os pertenece; solo el final, quizá, os será concedido.
—¡Yo soy el rey! —explotó alzando la voz— ¿O acaso se me ha negado ya hasta eso?
Alençon se irguió. Caminó despacio hasta el escritorio y señaló el sello del documento abierto.
—No te han negado el trono. Solo han empezado a sugerir que podrías no merecerlo.
Se produjo un impenetrable silencio.
—¿Lo dicen con palabras?
—No, aún no. Pero hay cartas de los Guisa cruzando la frontera en ambas direcciones. Tienen sus propios confesores, sus propios fondos… y algo peor: sus propios soldados.
Piden indulgencias en Roma y reclutan tropas en Lyon. Si uno de ellos se proclamara paladín de la verdadera fe… ¿quién lo detendría?
Enrique bajó el rostro hacia el suelo.
—¿Los hugonotes? ¿Los herejes del sur? ¿A eso he quedado reducido, a buscar escudo entre quienes hace cuatro años llenaban el Sena con sus cadáveres?
La florentina habló entonces, despacio, como si cada palabra costase:
—Los herejes no te han escrito para exigirte sangre, Roma sí.
Francisco se acercó al rey. No con afecto, más bien con esa camaradería punzante de los hermanos que no se odian, no obstante tampoco se salvan.
—Los hugonotes ya se alzaron. Ahora el peligro está en tus propias calles, iglesias y procesiones.
El enemigo ya no viste negro, hermano… viste púrpura y reza por tu alma con los labios, mientras afila el puñal con las manos.
Él no respondió. Solo caminó hacia la ventana. Afuera, París parecía dormir bajo un cielo enfermo.
A través de ese ventanal en el corazón de la roca, el soberano supo que ya era tarde para gobernar.
Lo que le aguardaba no era un reino... era un campo de batalla.
Caída la noche, las estancias del Louvre habían quedado reducidas a un silencio tenso, como si la corte contuviera el aliento.
Ya en sus aposentos, Gabrielle recordaba una y otra vez el eco del rey, grave y seductor, con esa mezcla de promesa y amenaza que le arrancaba la calma.
Podía sentir su furia contenida, esa cadencia entrecortada que aún vibraba en su oído y al mismo tiempo, el tacto de sus dedos en la piel… un perfume que la envolvía desafiando la razón.
Aquello atentaba contra todo buen juicio. Tenía por seguro la clase de criatura que era ese hombre, forjado en el fanatismo, alguien sin escrúpulos, sin capacidad de arrepentimiento, cuya vida había sido un catálogo de crímenes.
Sobre los hombros de aquel Valois yacían las muertes de medio París. Ciudadanos de corazón justo habían sido asesinados por el simple hecho de no rezar en latín.
Ella había sido testigo de aquella crueldad. Recordaba los gritos, las calles manchadas, los cuerpos abatidos sin juicio ni perdón. Sin embargo, su presencia, su voz, la arrastraba como una corriente oscura.
Ese conflicto la desgarraba.
No podía permitirse gozar de aquellas atenciones ni tolerar que los besos del monarca… húmedos y violentos, hallaran en ella una rendija por donde entrar. Cada asomo de debilidad le parecía una traición al recuerdo de los que habían caído bajo su espada.
En medio de esa tempestad en su alma, los consejos de un padre olvidado volvieron a su memoria: