La Loba de París (Cantos de Expiación 1) 14. CAPÍTULO XIII #3
78%

14. CAPÍTULO XIII #3

—No repetiré condescendencias. En agosto se hizo lo que había que hacer. Yo mismo di la pauta sin concesión. Hoy será igual. Él debió caer entonces y ahora lo harán los dos.

—Del escarmiento de Margarita me encargo yo.

Que no te devore la soberbia —advirtió ella—. Un soberano que se entrega a sus apetitos pierde media Francia; uno que se encierra en catecismos pierde la otra mitad. Administra ambos pecados porque si noto que uno te posee… yo gobernaré en tu lugar.

Francisco desde su esquina disfrutaba del peligro que aquello significaba para su compañero de cuna.

—Si lo permitís, madre, iré a Saint-Cloud. Dirigiré el cerco con mano firme. Mi nombre basta para que obedezcan sin chistar.

—Tu nombre basta para hundirte si fallas —repuso ella—. Si hoy brilla tu obediencia, mañana veremos.

Enrique no esperó a más debate.

—Haré que sus partidarios sientan hielo en los huesos y cuando crea que descansa, caeré sobre él.

—Eso último, con medida. No conviertas París en cadalso. Quiero disciplina, no espectáculo. El reino está cansado.

—Habrá limpieza —remató él—. Lo traeré hasta aquí y… será su final.

La mujer dio la señal al ujier concluyendo la reunión y antes de que nadie se moviera, dejó la advertencia suspendida en el ambiente:

—Somos Médici, en esta casa, quien tropieza no vuelve a levantarse. Procurad, por vuestro bien, manteneros en pie.

El eco de aquel choque de voces aún vibraba en las paredes de la fortaleza, mientras París se recogía bajo la ignorancia.

Las tabernas cerraban sus postigos, las campanas marcaban el rezo final y las antorchas difícilmente lograban empujar las tinieblas.

Bajo ese manto engañoso de sosiego fatuo, otra escena aguardaba paciente: la de madame du Poitiers, sabedora de más de lo que convenía y temerosa de menos de lo que la prudencia dictaba.

Ya en sus aposentos, Gabrielle cayó sobre la silla más próxima con un suspiro que parecía arrancado de siglos. La jornada había sido un torbellino: pasiones, sobresaltos, huidas y promesas.

Se encontraba exhausta, sí, pero dueña de sí misma. Al fin su destino le pertenecía. A partir de ahora impondría su ley.

Lo primero que hizo fue recorrer el dormitorio de Armand y luego el despacho, con la meticulosidad de quien registra botines de una contienda.

Cajones abiertos, cofres inspeccionados, cajitas de plata volcadas. No buscaba recuerdos, sino pruebas de rapiña: cualquier objeto de su linaje que aquel marido indigno hubiese osado reclamar.

Nada descubrió digno de conservar salvo las ruinas de un hombre que había pretendido ser señor, pero había sido parásito.

Convocó a los criados para, con voz de acero, ordenar que arrojaran fuera de sus dependencias cuanto recordase a su difunto esposo.

—¡Desalojadlo de aquí, como cosa infecta!

Pasó la tarde en ese empeño, tratando a cada almohadón, cada jarra cual afrenta que debía ser desterrada.

Al ocaso, llamó a una de las sirvientas para que la ayudase a vestir y peinar, privilegio retirado por el escribano varios años atrás.

La anciana entró convencida de que asistiría a la nueva viuda en los ritos del luto, con la toca y el velo negro.

¡Más engañada no podía estar!

La condesa escogió sus mejores galas. Satén que realzaba la blancura de su piel y un talle descubierto que hablaba más de triunfo que de pérdida.

—No habrá lágrimas esta noche. Será una celebración —murmuró—, al tiempo que la doncella se debatía entre el escándalo y la obediencia.

No pensaba mostrarse en las salas comunes del palacio.

Esa velada no era para cortejos ni para miradas indiscretas; era un festín íntimo, un banquete de su alma recién liberada.

Deseaba recogerse en soledad, rodeada únicamente de sus pensamientos, saboreando el extraño desasimiento que la embriagaba.

En su cabeza, una legión de escrúpulos danzaba convulsa.

Aquel navarro, que en medio de su inexperiencia la había deslumbrado, ahora cabalgaba hacia sus dominios. Finalmente, alguien había sido capaz de burlar a los Valois.

¡Eso es un rey!

¡Mi rey!

Solo a él había decidido jurar lealtad, aun en contra de su patria.

Acercándose a una de las estrechas ventanas, se detuvo largo rato, dejando que el frío rozase su rostro y aspiró hondo, como si quisiera absorber París entero.

¡Qué placer! ¡Soy libre!

De pronto, como ráfaga helada, se irguió la escultura altiva de su padre. El conde, grave y noble, vigilándola desde la memoria.

¿Qué diría de ella? ¿La reprendería? ¿Le echaría en cara haber arrojado por el suelo todo cuanto había sembrado en su infancia?

Se vio a sí misma a través de sus ojos de antaño: la joven erudita de carácter dócil, la hija de lecturas y rezos. Esa criatura había desaparecido.

No, el gran mariscal de campo, de pararse frente a ella, no la reconocería.

Aquella verdad irrefutable empezó a envenenarla por dentro y no estaba dispuesta a permitirlo.

Giró hacia la mesa. Allí descansaba el libro templario, aquel que el conde le había entregado con orgullo, símbolo de sacrificio y rectitud. Ese tomo que había llevado consigo en viajes y encierros como amuleto de fe y linaje.

Se acercó despacio, como quien se enfrenta a un cadáver querido, para acariciar su lomo cuarteado por postrer instante.

Luego lo levantó y, con un gesto tan solemne como sacrílego, lo arrojó a las llamas.

Las páginas se retorcieron cual ángeles lanzados al foso.

Ahí muere la conciencia.

Mientras observaba las páginas de aquel documento tan venerado convertirse en cenizas y ceder ante el fuego, la tibieza trajo consigo lo inexplorado.

Una sensación cálida, un roce no pedido…

Besos húmedos capaces de consumir todo lo que le rodeaba, pero cuando volvía a estremecerse, todas esas caricias tomaron forma: la de Enrique III.

Gabrielle se turbó ante la certeza de su deseo.

Demandó a su nueva doncella una jarra de Borgoña y una vez que esta se retiró, proclamó con sobriedad:

—Brindo por el navarro que pronto reinará en los Pirineos. Brindo por mí, señora de mi lecho y voluntad.

Alzo la copa por haber dejado atrás valores tan insensatos que ni Dios supo sostener.

Se llevó el cristal a los labios y el vino bajó por su garganta como un sacramento invertido.

—Y ruego que ni hombre ni santo ose devolvérmelos.