14. CAPÍTULO XIII #2
—Habrá sido obra de un vulgar delincuente.
Que retiren los restos antes de que la pestilencia se extienda.
No deseo que una muerte sin mérito ensucie los planes.
Limpiad el lugar, reforzad la seguridad y que preparen todo para la salida de mañana —dijo con rotundidad y con un movimiento de diestra, indicó al lacayo que prosiguiese con su tarea.
Su tono, más que dictar mandatos, los cincelaba sin admitir refutación ni detenimiento.
Aquel que cayó no era ni querido ni poderoso, pero lo imprevisto de su final, la brutal quietud del cadáver, la presencia —a escasos palmos— de la joven Gabrielle y la apatía del monarca lo convertían en pasto ideal para el colmillo de la comitiva.
Nadie dormía. Nadie callaba.
La noche ya no era morada para el descanso.
Al otro lado del recinto improvisado, el escándalo se propagaba como la marea alta en luna llena.
Primero, rumores maliciosos entre los domésticos. Luego, órdenes cortadas, pasos acelerados y armas templadas sin destinatario.
Finalmente, el caos.
En ese desorden, que ningún capitán logró contener, el heredero de Navarra encontró la hendija que llevaba días buscando.
Sin consultarlo con su sombra ni con la razón, tomó a Margarita por el brazo y se adentró en la neblina del matorral más denso, sin ceremonia ni advertencia.
Centinela alguno notó su ausencia.
La conmoción era tan vasta, tan llena de conjeturas, que la vista de todos apuntaba hacia la tienda enlutada, donde las habladurías ya daban a la condesa como futura mártir o ejecutora.
Para cuando la voz de alarma fue dada, la espesura los había tragado.
Enrique no miró atrás. Sabía que si fallaba, perdería más que su soberanía.
Entre tanto, la maleza no cedía sin arañazo. Cada rama le rozaba como un dedo acusador. Cada raíz bajo sus pies parecía recordarle que la tierra aún no lo reconocía como hijo legítimo.
Toda su historia estaba siendo reescrita, ya no era cautivo, ni siquiera rey… era un fugitivo.
La tensión de Margarita era mayor que la suya. Ella no había sido criada para correr al filo de la medianoche ni jugarse el cuello por impulsividad. Pese a ello, se mantuvo callada intentando mantener el avance con un silencio que valía todas las joyas de la Corona.
El Borbón no pensaba en el recién caído —eso poco importaba—.
Recordaba a su madre; en la condena sin nombre que fue nacer bajo un linaje manchado y aun así tener que sonreír como si el cetro estuviese al alcance.
Pensaba en los años de obediencia fingida, en los brindis que nunca le supieron a victoria y en las humillaciones tragadas bajo capa de diplomacia.
No codiciaba el trono ajeno ni ansiaba la gloria que tantos creían su meta. Lo único que anhelaba era hablar sin amedrentamientos. Vivir sin que su verbo estuviese dictado por labios ajenos.
Corría no hacia la libertad, sino a la posibilidad de merecerla.
Ningún ladrido o galope errático pudo quebrar su pulso.
Ambos huían bajo el espanto de escuchar muy cerca de sí los cuernos y perros de busca.
Ahora ellos eran la presa. No obstante, ese mismo pavor les insuflaba vigor para proseguir sin caer en aquella carrera letal, porque ya no eran solo sus propias vidas las que pendían de un hilo; era el porvenir de una nación… de una fe.
Cuando el capitán quiso reunir soldados para sellar los accesos, ya no había nada que cerrar.
El navarro había huido y con él, un tributo de paz frente a Felipe II.
No había quien quisiera cargar con el peso de aquella noticia ni con el juicio que vendría tras pronunciarla. Se escudriñaban entre sí, esperando a que el contiguo se pronunciase —que alguien más asumiese la maldición.
La escena rozaba la comedia: hombres armados, curtidos en campañas, debatían en susurros como niños ante el umbral de una catástrofe.
Fue un consenso mudo lo que los salvó… Nogaret.
Él, cuyas espaldas ya soportaban más secretos de los que el reino podía digerir, debía recibir uno más.
El consejero reposaba bajo una lona, apartado del tumulto, tejiendo en sus ideas un tapiz de sospechas que aún no encajaban del todo.
Cuando el guardia habló, no lo hizo con estruendo. El nombre del prófugo y una palabra inevitable: Navarra.
El mutismo que siguió fue absoluto. Los sonidos habían sido arrasados por la mención de aquel mal augurio.
Un latido, solo uno y luego vacío.
Sus órganos parecieron vaciarse de toda sustancia al saberse vencidos por el fatum.
Conocedor de que el deber no concede indulgencias: se incorporó velozmente; enderezó el cuello de su jubón y, con la elegancia meticulosa de quien marcha a su ajusticiamiento, se encaminó hacia el aposento del rey.
La distancia que separaba el poder de la desgracia se le antojó más larga que una campaña, pero no existía manera de evitarlo.
Dentro, el Valois seguía con la vista fija en sí mismo y cierta muestra de complacencia, hasta que se vio interrumpido.
—Hablad —ordenó, sin volverse.
El gentilhombre se detuvo a dos pasos de la cortina. Su vaho pesaba más que el coraje.
—Se ha ido.
—¿Quién?
—Navarra.
Tal anuncio fue seguido de un endurecimiento de mandíbula y el leve giro que Enrique concedía a los infortunios que merecían atención directa.
—¿Cuándo?
—Hace pocos instantes. Aprovechó la conmoción.
—¿Cómo?
—A pie con… vuestra hermana.
—Oh, desde luego… desde luego.
Se echó a reír con una risa tan hueca que parecía nacer en la garganta de un hombre diferente.
—¡Mi hermana… mi sangre… y la corona de mis padres convertida en dote para un extranjero que osa hacerme frente! —gritaba sin reparos deambulando como un león acorralado.
¿Sabes lo que esto significa, Nogaret? ¡Respóndeme!
—Majestad…
—¡Significa que me ha escupido a la cara! ¡Aquí! ¡En mi tienda! Esa peste navarra me desafía, me mira a los ojos, luego se marcha como un mancebo furtivo y tú expones esta tragedia como si fuese la crónica de un baile.
Se acercó. Demasiado. Nogaret no se movió.
—Haz que los busquen a ambos. Que no quede senda sin batir.
Quiero que lo próximo que vea Margarita sea la cabeza de su nuevo ungido clavada en una pica.
Volviendo su atención al espejo, suspiró una advertencia.
—Si no los encuentras, mandaré que os desuellen y que vuestra piel cuelgue como aviso —sentenció sin vacilar, dejando al otro abandonar el lugar e intentar salvar su pellejo.
El alba se vislumbró entre los restos de una noche maldita, pero fue recibida bajo la soberbia intacta de un Valois que aún se creía invencible.
Él, que se preciaba de ver más allá de todos, él, cuyo capricho solía dictar destinos y anular intrigas, había sido burlado como un aprendiz.
Lo peor… es que se había dejado arrastrar al juego. ¿Por quién? ¿Actuó el navarro solo? ¿O acaso alguien más tejía la telaraña desde el interior?
Al menos, algo bueno había brotado de aquella humillación: la desaparición del imbécil que tantas veces estorbó su camino, un lastre menos.
Sin embargo, era consciente de que eso poco valdría para compensar la infamia.
De momento, no había más que enfrentar lo inaplazable; su propia estupidez exigía penitencia y las razones debían rendirse ante la única persona que no le trataba como al elegido de Dios.
Su madre.
Catalina aguardaba en la sala austera del Louvre cuando la puerta se abrió de golpe. Enrique irrumpió sin preámbulos, la capa húmeda, los labios tensos y tras él Alençon, comedido, con la sonrisa que siempre esconde cálculo.
La florentina, presintiendo que le daban largas a las novedades, los instó:
—Hablad de una vez.
—El Borbón ha huido… y tu hija con él —apostilló el monarca en tono amargo y acerado.
La Médici, inmóvil, pestañeó más que esperando, demandando explicaciones.
—Creemos que escapó durante la confusión del campamento.
—¿A qué te refieres? ¿A la propia de la montería o hay algo que me ocultas?
Francisco lo siguió como quien llega a un banquete al que no ha sido invitado y que se sienta igual, vigilando el instante para colarse en la conversación.
—Un detalle menor, pero elocuente —respondió el duque—. El marido de la condesa du Poitiers, fue hallado muerto.
—Escoria —lo atajó Enrique—. Un escribiente no pesa. Aquí se habla de reyes y de herejes, no de plumillas. Si crees que me conmueve ese miserable, no conoces tu apellido.
—El detalle importa —insistió Alençon—. Si el soberano se deja distraer y se mancha de sangre ruin, otros escriben la crónica por él.
Catalina volvió a poner orden.
—Lo menor se descarta, lo mayor se castiga. Nadie más hablará del escribano. Volvamos a lo relevante.
Enrique se hallaba cargado de cólera.
—Lo primordial es que Navarra aún respira por mi tolerancia.
Debió terminar allí mismo, como los de su calaña en San Bartolomé, pero Carlos me detuvo. Sigo pagando los errores de su cobardía.
Alençon, con ese comedimiento que siempre disfraza alevosía, se dispuso a continuar con su cometido.
—Madre, Francia reclama firmeza serena. Si mi hermano se enreda en caprichos, convendrá pensar en un sustituto que no desfallezca. No pido honores; ofrezco servicio.
—Tu servicio se presenta cuando hueles asiento libre —cortó Enrique—. Cuando hay riesgo, cambias de estancia.
Catalina alzó la palma en ademán imperativo.
—Aquí no venís a medir vanidades sino a enderezar el día. Enrique, dilo sin vueltas. ¿Qué hiciste? ¿Qué falló?
—Soplos vendidos. Por esa hendidura salió. No habrá segunda ocasión.
—Esa hendidura tiene nombres, los quiero.
—París se cierra hoy. Portones con doble guardia, relación de cocheros, mozos de cuadra y caballos de relevo. Revisión de postas. Premios para el guía que traiga noticia cierta. Castigo ejemplar para el que mienta.
Y aviso: cada clave muda que se resista hallará suplicio público.
—Así me sirves. Francisco, te sentarás junto al canciller. Escucha, aprende. No interrumpas. Y si una sílaba te pide salir, la tragas.
—Obedeceré —musitó Alençon.
—No me basta la música de tu discurso —replicó la Médici—. Necesito verlo.
Fue allí cuando el rey, desbordado por todo cuanto le rodeaba, afirmó sin atisbo de duda: